Historia universal de la infamia

Un lugar con buen talante y pluralidad democrática donde se debate lo más relevante de la política y la actualidad nacional e internacional.

Imagen

Avatar de Usuario
herero

Historia universal de la infamia

Mensajepor herero » Mié 22 Jul, 2015 12:14 am

Imagen

Hereros huidos al desierto tras la matanza, en una foto de 1907, aproximadamente - Foto Galerie Bassenge


Alemania reconoce por primera vez el genocidio de Namibia, el preludio de las atrocidades del III Reich

Entre 1904 y 1908, las tropas del káiser Guillermo II exterminaron consciente e intencionadamente a un alto porcentaje de las poblaciones herero y nama en la antigua colonia de África Alemana del Sudoeste, la actual Namibia. Más de cien años después, Alemania ha reconocido oficialmente que aquella matanza fue un “genocidio”, el primero del siglo XX y preámbulo de las grandes barbaridades de la Alemania nazi.


Las atrocidades cometidas por el II Reich alemán en Namibia se encuentran consignadas al detalle en el Blue Book, o Informe sobre los Nativos del Suroeste de África y sobre su trato por parte de Alemania, un documento redactado entre 1916 y 1918. En la actualidad se conserva únicamente una copia en la sede del Parlamento británico en Westminster, a pesar del compromiso de Reino Unido de destruirlo a cambio de que Alemania hiciera lo propio con otro informe sobre los crímenes cometidos por los británicos en sus colonias.

El Blue Book, cuyas conclusiones han sido recopiladas por la escritora Elise Fontenaille-N’Diaye, muestra cómo, siguiendo las órdenes del Kaiser, el general Lothar von Trotha se propuso exterminar a los dos pueblos que se habían alzado en armas en contra de la presencia colonial Alemania.

El resultado fue la emisión, los días 2 de octubre de 1904 y 22 de abril de 1905, de dos “órdenes de aniquilación” (Vernichtungsbefehl) que resultaron trágicamente eficaces: se calcula que los herero perdieron alrededor del 80 por ciento de su población y los nama aproximadamente la mitad. A juicio de los expertos, estos crímenes entran de lleno en los términos establecidos por la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de Naciones Unidas.


Alemania reconoce el genocidio

A principios de julio, y ante el escaso entusiasmo del Gobierno de Namibia por meterse en “berenjenales” políticos con la antigua potencia colonial, una delegación de descendientes de las víctimas de aquellas matanzas se trasladó a Alemania para mover cielo y tierra con un objetivo muy claro: que Berlín no solo admita que aquello fue un genocidio, sino que colabore en la repatriación de los restos de víctimas que fueron trasladados a Alemania para utilizarlos en experimentos pseudocientíficos de índole claramente racista y que ponga en marcha un proceso de reparación por los daños cometidos.

Durante su visita a Alemania, los delegados namibios fueron recibidos por el partido de La Izquierda (Die Linke), que presentó una moción en ese sentido en el Bundestag. El 8 de julio, el presidente de la Cámara, Norbert Lammert (de la Unión Demócrata Cristiana, CDU, el partido de la canciller, Angela Merkel), dio el primer paso, al declarar al semanario Die Zeit que, “según los parámetros actuales del Derecho Internacional, la represión del levantamiento de los herero fue un genocidio”.

El 9 de julio, la delegación namibia se trasladó a Londres para consultar el citado ejemplar del Blue Book, con el objetivo, según declararon al diario digital Jeune Afrique, de cambiar la posición de su propio Gobierno, cuyo apoyo a la causa es, “más que nada, nebuloso”, según explicó el exparlamentario Katuutire Kaura. “Los que tienen influencia no son los que han sufrido. Hemos decidido actuar por nosotros mismos, porque, si no, nunca pasará nada”, añadió.

La superación del genocidio es el único elemento que enturbia en la actualidad las relaciones entre Namibia y Alemania. El Gobierno de Windhoek, en poder del antiguo movimiento de liberación y actual partido político Organización del Pueblo del Suroeste Africano (SWAPO, por sus siglas en inglés) desde la independencia del país en 1990, nunca ha hecho suyas, con la suficiente contundencia, las reivindicadiones de los descendientes de las víctimas.

    Imagen

    El Blue Book

Los delegados namibios también acudieron en Londres al despacho de abogados británico Doughty Street Chambers, especializado en la defensa de las libertades individuales y de los derechos humanos. Como resultado de este encuentro, advirtieron de que si Alemania no accede a sus peticiones antes del 2 de octubre (aniversario de la primera orden de exterminio), deberá enfrentarse a un proceso legal en su contra.

De momento ya han comenzado las conversaciones, en las que el tema de las reparaciones será crucial. Entre masacres, expropiaciones y otros abusos, resulta difícil calcular el perjuicio económico exacto, pero los delegados no consideran exagerado reclamar mil millones de dólares por los crímenes, imprescriptibles según el Derecho Internacional, cometidos contra los hereros y los namas por el Imperio alemán.

Las presiones también fueron intensas desde la propia Alemania. El 9 de julio, con motivo del centenario del fin del dominio sobre la antigua colonia de África Alemana del Sudoeste, se puso en marcha una campaña de recogida de firmas en la que, bajo el manifiesto Völkermord ist Völkermord! (Genocidio es genocidio), se reclama al presidente del país, Joachim Gauck, al Parlamento y al Gobierno, que “reconozcan oficialmente el genocidio de los hereros y los namas".

Asimismo, el manifiesto pide a Alemania que se disculpe públicamente por estos hechos y colabore en la identificación y devolución de los restos humanos que fueron deportados desde Namibia y otras colonias alemanas a Alemania, “donde se utilizaron para investigaciones pseudocientíficas de carácter racista”. Entre los firmantes figuran la vicepresidenta del Bundestag, Claudia Roth; el copresidente de Die Linke, Bernd Riexinger, y la exministra alemana de Desarrollo Heidemarie Wieczorek-Zeul.

Por fin, el paso más importante se produjo el 10 de julio, cuando el Gobierno de Angela Merkel admitió oficialmente que “la guerra de exterminio emprendida en Namibia entre 1904 y 1908 constituyó un crimen de guerra y un genocidio”. Se trataba de la primera vez que Berlín utilizaba este término para definir las atrocidades perpetradas por las Schutztruppe en la antigua colonia.


La antesala del nazismo

De acuerdo con lo recogido en las 200 páginas con que contaba el Blue Book (de las que solo se conservan 49), las matanzas ordenadas por el II Reich en Namibia no sólo pueden catalogarse como el primer genocidio del siglo XX, sino que, para muchos, sirvieron de campo de entrenamiento para las que habrían de llevar a cabo los nazis apenas tres décadas más tarde.

De hecho, los nombres de los implicados son muy elocuentes, tal como recoge un elaborado informe de Jeune Afrique a partir del libro de Fontenaille-N’Diaye. Por ejemplo, el gobernador enviado por el canciller Otto von Bismarck a Namibia en 1885, en calidad de alto comisario del Reich, se llamaba Heinrich Goering y era el abuelo de uno de los hombres más próximos de Adolf Hitler, Hermann Goering.

También por aquellos años desembarcó en Swakopmund un joven médico antropólogo llamado Eugen Fischer, discípulo de Alfred Ploetz, el fundador de la eugenesia alemana. Fischer, declarado enemigo del mestizaje que estaba contribuyendo a “degenerar a la raza blanca”, llevó a cabo investigaciones pseudocientíficas con cráneos que concluyeron con la publicación del libro Fundamentos sobre la herencia humana y la higiene racial, algunos de cuyos pasajes figuran en el Mein Kampf de Hitler. El discípulo más célebre de Fischer fue nada menos que Josef Mengele, el “médico” del campo de concentración de Auschwitz.

En todo caso, el verdadero brazo exterminador del II Reich en Namibia fue el general Lothar von Trotha, quien llegó a la colonia el 11 de junio de 1904 con una reputación de brutalidad bien ganada durante sus campañas militares en África del Este y en China. Con tales prendas, Von Trotha asumió la misión de reprimir a los rebeldes hereros liderados por Samuel Maharero, que habían asesinado a 123 colonos alemanes y habían perpetrado numerosas violaciones y otros graves abusos.

    Imagen

    Lothar von Trotha

En agosto de ese mismo año, Von Trotha rodeó a los hereros que habían cometido el error de concentrarse en un punto concreto y ordenó a sus tropas que mataran sin piedad a todos, sin excluir a ancianos, niños ni mujeres. Los heridos fueron rematados con las bayonetas y los que pudieron escapar no tuvieron otra opción que huir al desierto, donde las tropas alemanas habían envenenado los pocos pozos de agua existentes. Los supervivientes fueron trasladados a un campo de concentración en la isla de Shark, un islote batido por los vientos en las costas de Lüderitz.

Por su parte, los namas, que también se habían rebelado contra la opresión alemana, corrieron una suerte similar. De los alrededor de 3.500 namas y hereros trasladados al campo de concentración de la isla de Shark, según Fontenaille-N’Diaye, sobrevivieron menos de 200.

Por entonces, algunos alemanes protestaron contra estos hechos. Fue el caso del misionero Friedrich Vedder, quien en 1905 escribió: “No puedo dar los detalles sobre las atrocidades de que he sido testigo, sobre todo contra mujeres y niños. Es demasiado horrible para escribir sobre ello”.

El 1916, el comandante británico Thomas O’Reilly emprendió las investigaciones contenidas en el Blue Book y en 1918 envió sus conclusiones al Parlamento y al Ministerio del Interior de su país, en el contexto de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial. El informe apenas fue tratado durante las negociaciones del Tratado de Versalles y cayó en el olvido tras la muerte de su autor en 1919, a causa de la famosa “gripe española”.

En 1926, Reino Unido y Alemania llegaron a un acuerdo para destruir la mayor parte de los ejemplares del Blue Book, después de que Berlín amenazara con publicar su White Book sobre las atrocidades cometidas por los británicos en sus colonias. Fue el comienzo de la Omertà (una más entre las potencias mundiales) anglo-alemana sobre el primer genocidio del siglo XX, que afortunadamente ha empezado a derribarse gracias a la constancia de los de siempre.

Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Mié 22 Jul, 2015 12:25 am

Una historia conocida


Imagine que no es ciudadano en su propio país. Que necesitará siete testigos como usted para revocar el testimonio de un alemán. Imagine que le van quitando a usted y a los suyos, rápidamente, todas sus posesiones, hasta el punto de llevarles a la miseria y a una "tierra de nadie" jurídica que podrá legitimar cualquier actuación. Imagine que empiezan, usted y los suyos, a ser deportados, apartados, en un lugar espantoso, en el que se les somete a hambre y privaciones, y finalmente se les masacra. Imagine que esto se hace sistemáticamente, con la intención manifestada de acabar con todos los que forman parte de su "grupo". Imagine que los únicos que protestan contra esa "solución" al "problema" que usted y los suyos representan sean aquellos alemanes que desean mantener mano de obra esclava para sus explotaciones. Imagine que algún médico aprovecha para hacer experimentos médicos con gemelos ...

En 1878, los británicos convirtieron Walvis Bay en colonia de la corona. Es un sitio poco interesante, famoso sólo porque en él desembarcó Bartolomé Dias y porque los ingleses pensaron que les serviría para parar las ambiciones alemanas. Sin embargo, en 1883 un comerciante alemán, Adolf Lüderitz, compró una bahía situada más al norte a un jefe Khoi y, utilizando ese documento (la historia de la colonización está repleta de astracanadas similares), Bismarck decidió proclamar el protectorado que daría lugar al Deutsch-Südwestafrika, el África del Sudoeste Alemana. Pocos años después, en 1892, se convirtió en colonia alemana.

Antes de seguir, les quiero contar algo de otra colonia alemana en África. Lo que hoy es Tanzania (salvo Zanzíbar), Ruanda y Burundi, formaban el África Oriental Alemana. Se trataba de un país rico y poblado. Entre los pueblos que lo habitaban estaban (y están) los hehe. A finales del siglo XIX los mandaba un jefe, Mkwawa, que hizo frente a los alemanes en los años en que estos construían un ferrocarril entre Dar-es-Salam y el lago Tanganika. La respuesta alemana a la resistencia wahehe fue brutal y terminó con un episodio esperpéntico. El cráneo del jefe Mkwawa fue enviado a Dresde y, tras la Gran Guerra, fue objeto de un artículo del tratado de Versalles, concretamente el 246 ("Within six months from the coming into force of the present Treaty, ... Germany will hand over to His Britannic Majesty's Government the skull of the Sultan Mkwawa which was removed from the Protectorate of German East Africa and taken to Germany"), ya que interesaba a los ingeleses ganarse el aprecio de los hehe. Al final el cráneo tuvo que esperar a los años cincuenta para regresar.

Pues bien, entre los más afamados y brutales oficiales de las fuerzas alemanas, destacó Adrian Dietrich Lothar von Trotha. Y ya podemos volver al África del Sudoeste. Allí vivían los herero, un pueblo bantú. Desde 1884 se prohibió a los herero aplicar su derecho consuetudinario, a la vez que se les excluía del derecho colonial alemán. Los colonos alemanes (que valían siete veces lo que un africano para el derecho colonial, ya que hacían falta siete testimonios de africanos en contra para desvirtuar el de un blanco) fueron rápidamente apropiándose de todos los terrenos donde había pastado tradicionalmente su ganado. Cuando protestaban perdían el propio ganado. Expulsados rápidamente de todos los territorios apropiados para la ganadería, su actividad económica de subsistencia, los herero terminaron, tras veinticinco años de expolio, por rebelarse. Y lo hicieron saqueando las granjas de los colonos y matando a cientos de éstos. En ese momento eran unos 80.000.

La respuesta alemana, la de Trotha, fue rápida. En la batalla de Waterberg, los herero son aplastados. Pero eso sólo fue el comienzo del horror. Se había decidido resolver el "problema herero", evitando que pudieran regresar a sus tierras. Así que se fue expulsando a todos los herero hacia el desierto de Omaheke. Las órdenes de Trotha eran cristalinas: “Todo herero hombre, mujer o niño que se encuentre, con o sin pistola, en los territorios alemanes será asesinado. Yo mismo lo haré si hace falta”. El jefe del Estado Mayor en Berlín, Von Schlieffen, autor del célebre plan estratégico para la I Guerra Mundial, afirmó: "el árido Omaheke terminará lo que el ejército alemán ha comenzado: el exterminio de la nación herero". Se oyeron entonces voces que hablaban de los herero como enemigos de la nación alemana y de las acciones de Von Trotha como una cruzada contra la barbarie. Se secaron y envenenaron pozos y se creó un cordón de tropas en torno al desierto. De 80.000 sólo quedaron 16.000. La mayoría murió de sed. Los restantes fueron utilizados, como mano de obra esclava, en campos de trabajo y la debilidad y las enfermedades mataron a un 50%. El 26 de diciembre de 1905, un decreto imperial sancionó la ocupación de las tierras: "sin rebaños, los herero no tienen necesidad de tierras", decía con cinismo la norma. Y mientras tanto, Eugen Fischer, futuro rector de la Universidad de Berlín y profesor de Josef Mengele en la Facultad de Medicina, llevaba a cabo experimentos de esterilización en mujeres herero.

Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Mié 22 Jul, 2015 12:36 am

La búsqueda de la felicidad


La historia de las naciones, a menudo, es cruelmente paradójica. No sé cuál era el número de españoles analfabetos a mediados del siglo XIX. Supongo que la cifra sería muy elevada. Sin embargo, los liberales que gobiernan en España, para demostrar su buen hacer en las colonias, aprobaron en 1863 una ley que hacía obligatoria y gratuita la educación primaria en Filipinas. Para llevar a la práctica esa ley, se crean escuelas de magisterio y con ello, en un plazo relativamente breve, se consiguió que el pueblo con más altos niveles de educación de todo el sudeste asiático fuese el filipino.

A esa circunstancia se unieron los ecos de la revolución de 1868. La educación y la emulación serán la fuente de tres años de sueños de libertad que finalizan en 1871, con el nuevo gobernador general, ése que llega a prohibir a los sacerdotes filipinos desafectos decir misa y que reprime el motín de Cavite, de 1872, con dureza. Se ejecuta a liberales y sacerdotes y se inicia el exilio.

De los sueños se derivan las andanzas de Rizal (ejecutado por los españoles), Bonifacio (ejecutado por los filipinos) y Aguinaldo.

Pero más que hablar de la resistencia filipina o de la guerra hispano-norteamericana, me gustaría recordar un episodio olvidado, el de la conquista norteamericana.

Cuando los norteamericanos declaran la guerra a España por el asunto del Maine (hay que ver lo que acabo de decir), no tardaron en llamar a Emilio Aguinaldo (presidente a la sazón según los republicanos filipinos), para que desde su residencia en Hong Kong marchase a Filipinas, a fin de abrir un segundo frente.

Sólo un mes después la guerra de Cuba ha terminado. En París, Estados Unidos y España firman un tratado por el que se ceden las Filipinas a los norteamericanos, a cambio de 20 millones de dólares.

Claro, cuando Filipinas es española los norteamericanos prometen la libertad. Cuando pasa a ser suya, se olvidan de todas las promesas. Aguinaldo, al comprender la traición, convoca en Malolos un congreso que declara la independencia y poco después se aprueba una constitución republicana. Pero McKinley no ha hecho la guerra contra España para regalar las Filipinas.

De nuevo se busca una causa para la guerra, forzando las tensiones entre las tropas norteamericanas establecidas en Filipinas y las fuerzas de los independentistas. Se dice que las primeras balas silban al intentar cruzar un soldado filipino uno de los puentes en San Juan del Monte (hoy forma parte de la metrópolis de Manila), uno de los accesos a Manila (la única zona de Filipinas controlada por los norteamericanos). En la wiki se dice que estudios actuales sostienen que el incidente se produce en Manila propiamente dicha, a la altura de la calle Sorrego. Se cuenta que son unos soldados borrachos los que disparan y matan al soldado filipino. Es igual, lo que es evidente es que la noche del 4 al 5 de febrero de 1899 se producen enfrentamientos que se recogen en la declaración que efectúa Aguinaldo:

    "SUPLEMENTO
    AL
    HERALDO FILIPINO
    =======
    Domingo, 5 de Febrero de 1899
    ORDEN GENERAL
    AL EJERCITO FILIPINO

    A las nueve de la noche de este día, he recibido de la Estación de Caloocan un parte comunicándome que las fuerzas americanas atacaron sin previo aviso ni motivo justificado nuestro campamento en San Juan del Monte y nuestras fuerzas que guarecen los blockhouses de los alrededores de Manila, causando bajas entre nuestros soldados, los cuales en vista de tan inesperada agresión y del decidido empeño de los agresores, hubieron de defenderse hasta que se generalizó el fuego por toda la línea.

    Yo deploro como el que más esta ruptura de hostilidades: tengo la conciencia tranquila de haberla querido evitar a todo trance, procurando conservar con todas mis fuerzas la amistad del Ejército de ocupación aún a costa de no pocas humillaciones y mucho derechos sacrificados.

    Pero tengo el deber ineludible de mantener íntegro el honor nacional y el del ejército tan injustamente atacado por los que, preciándose de amigos y libertadores, pretenden dominarnos en sustitución de los españoles, como lo demuestran los agravios enumerados en mi manifiesto del 8 de Enero ultimo; los continuos atropellos y violentas exacciones cometidos contra el vecindario de Manila; las conferencias inútiles y todos mis esfuerzos frustrados en pro de la paz y la concordia.

    Ante esta provocación que no esperaba, solicitado por los deberes que me imponen el honor y el patriotismo y la defensa de la nación a mí encomendada, invocando a Dios por testigo de mi buena fe y de la rectitud de mis intenciones;

    Ordeno y mando:

    1º Quedan rotas la paz y las relaciones de amistad entre las fuerzas filipinas y las americanas de ocupación, las cuales serán tratadas como enemigos dentro de los límites prescritos por las leyes de la guerra.

    2º Serán tratados como prisioneros de guerra los soldados americanos que fueren cogidos por las fuerzas filipinas.

    3º Este Bando será notificado a los Sres. Cónsules acreditados en Manila y al Congreso, para que acuerde la suspensión de las garantías constitucionales y la consiguiente declaración en estado de guerra.

    Dado en Malolos a 4 de Febrero de 1899


    Emilio Aguinaldo,
    General en Jefe"

Los historiadores discuten si la guerra (nunca declarada, ya que los americanos dan por sentado que es una insurrección en territorio que les pertenece) dura hasta 1901 o hasta 1906. Poco tenían que hacer los filipinos contra el moderno ejército norteamericano y los 70.000 soldados que se trasladan a las islas. Mueren cinco mil norteamericanos y de diez a veinte mil "insurgentes".

Pero lo verdaderamente grave de esta guerra y la razón fundamental por la que la recuerdo es que durante la misma se produce una serie de crímenes de guerra de los que son responsables los norteamericanos y que suele olvidarse cuando se habla de grandes matanzas y genocidios.

El escenario de la guerra es muy difícil. Cientos de islas y un terreno poco propicio. Recuerda a una guerra que tendrá lugar casi cien años después. Para facilitar las operaciones militares la armada y el ejército norteamericanos no dudarán en concentrar a los habitantes de las zonas en las que es mayoritaria la presencia de los rebeldes, en campos, de esos que hacen famoso al general Weyler (qué gran sarcasmo que Hearst y Pullitzer los denuncien cultivando los tambores de guerra en Cuba), luego al ejército inglés en la guerra de los bóer y más tarde a tantos y tantos hijoputas. Usarán también los barcos y sus cañones para bombardear indiscriminadamente las zonas de la costa. No se cortarán, vamos. No se conoce el número de muertos. Las estimaciones más bajas hablan de doscientos mil muertos. Las más altas de un millón. Las más creíbles, se sitúan en el medio millón. En toda Filipinas viven nueve millones de personas.

No está mal. Como para tener una entrada apreciable en una "Enciclopedia Universal de la Infamia"

Imagen

Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Mié 22 Jul, 2015 12:47 am

Māyā


La reina Victoria I del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda fue proclamada Emperatriz de la India en 1876. Andaba detrás la mano de Disraeli y un trono vacante desde la muerte de Bahadur Sah II, el último de los Grandes Mogoles de la India. Bahadur era poeta y escribió su epitafio. El protagonista de esta historia también lo fue, y es lástima que nadie escribiera su epitafio antes de que cumpliera los cuarenta.

Imagen

Lytton en Calcuta: 1877


Pero no, el tipejo vivió bastantes años más. Los suficientes para preparar y celebrar, en enero de 1877 un durbar, en el que la designación de la reina como Emperatriz de la India recibiera el respaldo de los nobles y los príncipes. Ese tipejo se llamaba Edward Robert Bulwer-Lytton, y fue el primer conde de Lytton.

Su padre era Edward Bulwer-Lytton, un escritor coñazo (recordado sobre todo -busquen en la biblioteca de sus padres o abuelos- por sus Últimos días de Pompeya), que le metió a estudiar en un colegio de los buenos y le mandó a la universidad a Alemania (supongo que para no verle el pelo). El caso es que el tipo decidió hacerse poeta y publicar, bajo el seudónimo de Owen Meredith, largos y soporíferos poemas que gustaron sobre todo a la reina. Me la imagino leyendo:




    Now in May Fair, of course,--in the fair month of May--

    When life is abundant, and busy, and gay:

    When the markets of London are noisy about

    Young ladies, and strawberries,--"only just out;"

    Fresh strawberries sold under all the house-eaves,

    And young ladies on sale for the strawberry-leaves:

    When cards, invitations, and three-cornered notes

    Fly about like white butterflies--gay little motes

    In the sunbeam of Fashion; and even Blue Books

    Take a heavy-wing'd flight, and grow busy as rooks;

Es curioso que eso, extraído de Lucile, un libro de poemas de Lord Lytton y dedicado a su padre, pudiese ser reclamado por nadie con sentido común y amor propio. Pero el caso es que Swinburne y ¡el propio Bulwer-Lytton, su padre! acusaron a Lord Lytton de plagio. Misterios de la condición humana. O quizás consecuencia del consumo de opio, al que eran aficionados padre e hijo.

En fin, si de su obra literaria se hubiese tratado nadie se acordaría hoy de él. Por desgracia también fue político, y debía estar bien relacionado, ya que, después de unos años de carrera diplomática, fue escogido para sustituir, como Virrey de la India, al conde de Northbrook, un hombre demasiado "independiente". Quizás la razón fundamental de su éxito fuese precisamente su falta de talento. Disraeli y Salisbury (el poderoso Secretario de Estado para la India) estaban interesados en parar la influencia rusa en Afganistán, y de paso vengar el honor del Imperio, aún manchado por los muertos del Paso de Khyber. Y escogen para ello a un tipo que en octubre de 1877 se atreverá a denunciar la existencia de una coalición secreta anglo-franco-rusa contra Alemania. A partir de entonces se convierte en vox populi la demencia del Virrey.

Pero antes, nada más ser nombrado, Lord Lytton sabrá cuál es la prioridad, ya que empleará todos los recursos en dos tareas. Una será el pozo que se recordará como segunda guerra afgana. La otra tiene que ver con la imagen que nos queda de la India del siglo XIX: una imagen llena de lujo y derroche. Una imagen que olvida a los perros y al mal.

Lord Salisbury le pide a Lytton que la asamblea que reunirá a todos los que son algo en la India para que aclamen a la Emperatriz Victoria, sea una demostración de poder y riqueza que impresione incluso a los maharajás. Y cumplió. Los fastos terminaron con un banquete al asistieron 68.000 personas. Era enero de 1877.

Esto habría sido un ejemplo más de inútil gasto de dinero si no hubiese coincidido con unos hechos terribles. En 1876 comenzó una gravísima sequía que afectó sobre todo a la meseta del Deccan. Prácticamente no hubo lluvia en la época del monzón y pronto comenzó la escasez. Por desgracia, en 1877 se repitió la misma ausencia de lluvias. La hambruna azotó el sur de la India. Y el Gobierno decidió no hacer nada. Y además boicoteó todos los intentos de asistir a los hambrientos, incluso destituyendo a las autoridades locales demasiado "sensibles". Casi 7 millones de toneladas de trigo fueron exportadas desde la India hacia la metrópoli en 1877 y 1878. La propia India, por tanto, podría haber alimentado a su población. Pero el Gobierno creía en una falsa autoregulación, absurda sobre todo cuando el competidor era la metrópoli y las normas y sanciones eran tan rígidas para los ciudadanos locales, carentes de derechos políticos. Normas que fijaban la dieta de los trabajadores en cantidades que los condenaban a la muerte, inferiores a las de los campos de trabajo nazis. Y todo ello por un miedo absurdo a que los indios, los indios pobres, se "acostumbrasen" al auxilio público. La hambruna de dos años provocó la pérdida de todos los bienes, la venta de niños, el saqueo, el canibalismo. Y cuando volvió a llover no había qué plantar, no había con que realizar las faenas agrícolas. Ya no quedaban animales. Regiones enteras quedaron despobladas, o pobladas por espectros. Y los mosquitos prosperaron por falta de predadores y la malaria acabó el trabajo.

Las voces horrorizadas se multiplicaron, pero el Virrey sólo bajó hasta Madrás desde su residencia norteña, en agosto de 1877. Temía por la recaudación. Los más ingenuos creyeron que su corazón se ablandaría por el horror. Pero no. Sus cartas destilan asco por las masas de desheredados, de los que dice "revientan de gordos", dibujando el retrato de un enajenado inmoral.

El cambio de gobierno cambió al Virrey y las protestas provocaron una comisión en los Comunes. Los funcionarios del reino, entre ellos el principal, Lord Lytton, quedaron exonerados. La hambruna y la muerte eran simple resultado de la sequía.

En tres años murieron entre seis y diez millones de personas.

    Imagen

Avatar de Usuario
Invitado

Mensajepor Invitado » Mié 22 Jul, 2015 11:52 am



Filosofía aquí y ahora - Guerra del Paraguay - Un Genocidio Latinoamericano

Avatar de Usuario
Invitado

Historia universal de la infamia

Mensajepor Invitado » Dom 03 Ene, 2016 9:00 pm

    Imagen

    Los retratos de las mujeres que fueron obligadas a ser esclavas sexuales en Nanjing (China).


    Las heridas de las esclavas del Imperio

    China convierte en museo uno de los antiguos centros de esclavas sexuales usados por las tropas niponas, mientras las víctimas siguen pidiendo justicia

    Javier Espinosa


Los organizadores del museo han colocado los preservativos protegidos por vitrinas. Eran los tristemente célebres 'Totsugeki Ichiban' (Campeones del ataque) que se convirtieron en un elemento añadido de la indumentaria de los soldados japoneses. A su lado han dispuesto tubos de vaselina.

La exhibición también incluye una de las precarias sillas de madera que se usaban en aquellos centros para examinar las partes más íntimas de las féminas, fotos de los doctores que las reconocían y toda la parafernalia médica que utilizaban para prevenir la expansión de enfermedades venéreas: agujas, jeringuillas, endoscopios. Otra de las cristalera protege un cubículo con"permanganato de potasio" con el que se desinfectaba estas instalaciones. Fue donado a la exhibición por Lei Guiying.

Era uno de los muchos y dolorosos recuerdos que la madre adoptiva de Tang Jiaguo guardaba de su paso por un de estos enclaves, el centro Yamamoto, situado a 40 kilómetros de la ciudad de Nanjing. Una memoria que mantuvo oculta durante décadas. Casi el mismo tiempo que permaneció arrinconado el recuerdo en torno al prostíbulo japonés de la calle Liji o el de los otros 40 recintos similares que se establecieron en la provincia de Jiangsu, en el sur de China.

"Mi madre nunca nos contó esa historia tras la liberación. A finales de 2005 un anciano del vecindario que estaba al corriente de lo ocurrido me dijo que mi madre había sido una mujer de confort. Fue una conmoción. No podía creérmelo", rememora Jiaguo. La mujer no sólo se lo había ocultado a su hijo. Su propio marido falleció en 1982 sin conocer su terrible experiencia.

"Cuando le pregunté se puso hecha una furia. Me insultó. Pensaba que era una deshonra. Quería llevarse el secreto a la tumba", añadió a este diario.

Pero Jiaguo convenció a la anciana de que debía hacer pública su historia. "Tras una gran discusión mental decidió cambiar de actitud y denunciar lo que había pasado para reclamar justicia para todas las 'mujeres de confort'", precisa.


    Imagen

    Cuatro 'mujeres confort', una de ellas embarazadas, liberadas por un soldado chino en 1944.


    'Me obligaron a ser puta'

A Lei Guiying le dijeron que el dueño del burdel necesitaba a una señora de la limpieza. Tenía sólo 13 años. "Al cabo de un tiempo me obligaron a ser puta", declaró en una entrevista que concedió a un periódico chino poco antes de fallecer en 2007.

"Los soldados hacían cola para acostarse con 5 ó 6 chicas que nos íbamos tumbando, una tras otra, en una gran cama. Si te negabas te golpeaban con sus armas. Si una de las mujeres moría a causa de la tortura, el propietario hacía un agujero y la enterraba. Al principio eramos 15 pero al cabo de un año y medio sólo quedaban seis. El resto murió", relató la señora.

Guiyin consiguió escapar en 1943, tras dos años de reclusión. Se casó a los 17 años, pero nunca pudo quedarse embarazada, una secuela recurrente entre las chicas usadas en los burdeles a causa de los medicamentos que les administraban.

"Mi madre quería llevar a los soldados ante los tribunales, pero falleció antes de poder hacerlo. Antes de morir me pidió que siguiera luchando en su nombre", refiere Tang Jiaguo.

El valiente testimonio de Lei Guiying, el primero que se escuchó en Nanjing, fue determinante para resucitar la historia de los centros de esclavas sexuales de Jiangsu. El 1 de diciembre las autoridades de la capital de esta provincia inauguraron una exposición dedicada a las apodadas 'mujeres de confort' en uno de los complejos de viviendas utilizados precisamente por los militares nipones para satisfacer sus instintos sexuales.

"Los vecinos lo llamaban el prostíbulo japonés de la calle Liji", explica la guía de las instalaciones.

La apertura se inscribe dentro del magno esfuerzo desarrollado por Pekín en los últimos años para documentar los múltiples desmanes de las tropas niponas que ocuparon su territorio entre 1931 y 1945, en un entorno de creciente rivalidad con Tokio.

El tratado entre Japón y Corea del Sur destinado a indemnizar a las esclavas sexuales de ese país ha reavivado la polémica en el resto de las naciones asiáticas cuyas mujeres sufrieron esta práctica, y en especial en China, que como reclama el museo de Nanjing "fue la mayor víctima del sistema de 'mujeres de confort', donde se crearon más centros, los mayores y donde duraron más".

El burdel de la calle Liji se estableció en 1937. Años después de la primera instalación de este tipo que se creó a principios de esa década en Shanghai y se ganó una lúgubre fama: el Salón Daiichi.


    Imagen

    Manifestantes, con los retratos de esclavas sexuales, ante la embajada japonesa en Seúl.


    Una chica por cada 178 soldados

La difusión en 2014 de decenas de miles de documentos del ejército japonés recuperados por archivo provincial de la provincia de Jilin tras la derrota de los nipones confirmaron el carácter sumamente organizado de un entramado que comprendió cientos de burdeles ubicados en decenas de localidades chinas, hasta el punto de estudiarse el ratio entre soldados y 'mujeres de confort' -en Nanjing era de una fémina por cada 178 soldados- o el número exacto de cuantos uniformados frecuentaban cada recinto.

Por ejemplo, en Zhenjiang -una ciudad cercana a Nanjing- los mismo papeles contabilizaron la visita de 8.929 soldados a los centros de esclavas sexuales en sólo 10 días.

"Japón ha sido el único Estado en la era moderna que estableció una red de prostíbulos de esta magnitud", manifestó el historiador Su Zhiliang, un experto en este asunto de la Universidad de Shanghai.

El recorrido por los ocho edificios que constituyen el museo es un viaje a través de la depravación del ser humano. La exhibición incluye 1.600 objetos, 680 fotografías, mapas con la red de burdeles creados en China y el sudeste de Asia -sólo quedó excluida Camboya- y decenas de espeluznantes testimonios de las víctimas.

Entre las fotos hay una de la surcoreana Pak Yeong-Sim. Esta desnuda y ya se le aprecia su incipiente embarazo. Pak Yeong-Sim aparece en otra instantánea de la época. Ahora vestida y ya con una prominente gravidez. Es la misma imagen que ha inspirado una de las tres estatuas que decoran la entrada del memorial de la calle Liji.

Las lágrimas que aparecen colgadas del muro detrás de las esculturas son una alegoría a las que derramó la coreana en 2003, cuando visitó este mismo lugar a sus 82 años y lo identificó como el mismo recinto donde había estado encerrada entre 1939 y 1943.

"Las lágrimas simbolizan su desamparo y pena", asevera el enunciado que acompaña a la obra artística.

Los japoneses habilitaron el burdel en la calle Liji tras confiscar el hotel Puqing,un habitáculo comercial que a su vez había aprovechado la vieja residencia del teniente general Yang Puquing del Kuomintang (las fuerzas nacionalistas) que huyó cuando los japoneses capturaron la ciudad en 1937.

Es una vivienda de dos pisos en la que que dispusieron 30 pequeñas habitaciones unidas por un corredor. El museo ha recreado su contenido: una pequeña cama estilo 'tatami' a ras de suelo, un armario y una mesa con una palangana para asearse.

Como se lee en uno de los paneles, el 21 de noviembre de 2003, Pak Yeong-Sim regresó al número 12 de calle Liji. Al adentrarse en la casa señaló a la habitación número 19 sin poder contener las lágrimas. Era el cuarto donde la obligaron a ejercer como 'mujer de confort'.

También explicó la lúgubre función del pequeño ático situado frente a sus dependencias que usaban los japoneses para ""detener y torturar" a las mujeres "desobedientes", apostilla otro cartel.

"En los primeros días cuando estuve aquí, si me resistía, me asaltaban de forma cruel o me encerraban ahí arriba", relató.

"Los soldados venían, se desnudaban y me violaban uno por uno. No podía resistirme. Si lo hacía me pegaban. No podía dormir durante toda la noche. La mujer china que estaba en la habitación de enfrente tuvo conmiseración y me daba algo de comida. A veces me ofrecía vino y opio. A veces sólo podía dormir tras beber vino y opio", precisó en sus comentarios, reproducidos en el mausoleo.

Al igual que Lei Guiying, Pak Yeong-sim murió en 2012 sin conseguir que Japón asumiera su responsabilidad legal en esta controversia.

"Todos las demandas de mujeres chinas o surcoreanas que se han iniciado en Japón han sido desechadas. Japón defiende que tras el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con China (1972) este asunto está cerrado y los tribunales adoptan esta postura política. No es una buena indicación sobre el sistema judicial japonés", indica la abogada Kang Jian.

Sentada en su despacho de Pekín, Jian exhibe la colección de fotos de centros de recreación sexual erigidos por los japoneses que compiló en su visita a la isla de Hainan y la provincia de Shanxi, foco de los dos procesos legales que ha abanderado contra Tokio en representación de 14 antiguas esclavas sexuales chinas.

"Nos costó mucho conseguir que hablaran. Ellas mismas pensaban que estaban 'sucias'. No eran prostitutas. Fueron raptadas o se las obligó a practicar el sexo. Solían tener 13, 14 o 15 años. Fue algo muy cruel. Muchas terminaron no siendo fértiles", asevera.

La letrada aclara que pese a sus repetidas derrotas legales, los defensores de esta causa -incluido un amplio grupo de abogados japoneses- pretenden continuar con sus alegatos jurídicos. Una decena de mujeres surcoreanas lanzó esta semana una enésima demanda contra Tokio en un tribunal de su país.

"Incluso si ellas muere, sus hijos podrían seguir peleando", acota Jian.

"Para nosotros no es un problema de dinero, sino de justicia y responsabilidad. Tienen que pedir perdón. Cuando me enteré del acuerdo con Corea del Sur me indigné. Los japoneses cometieron el mismo crimen en China. No vale con excusarse sólo delante de los coreanos", sentencia Tang Jiaguo, el hijo adoptado de Lei Guiying.

Avatar de Usuario
Invitado

Leopoldo II

Mensajepor Invitado » Vie 22 Ene, 2016 2:17 am

Leopoldo II

tsevan rabtan


En el mes de Agosto de 1885, los que sabían algo acerca de África en el Foreign Office, estaban de vacaciones. Alguien, sin embargo, remitió una comunicación, un “nos damos por enterados”, algo intrascendente. Y al hacerlo, le dio al tramposo un póquer de ases. Para entenderlo hay que dar marcha atrás.

Los americanos no se interesan demasiado por los negros. Esto lo dijo, en 1884, uno de los tipos más extraordinarios de todos lo tiempos, y no entiendan lo de extraordinario como un elogio, sino en sentido literal. Un tipo que necesitaría varias entradas para empezar a hablar de él y de su asquerosa obra. Un timador, un trilero, un sujeto amoral, el rey de un país demasiado pequeño y ordenado, capaz de soportar su afición por las niñas, pero incapaz de darle su sueño hecho de mapas, barcos y mercaderías.

Lo curioso es que el mismo hombre que preguntaba si estaban en venta las Filipinas, que pensaba en conquistar algún pedazo de China o que ponía por escrito que el tesoro del emperador del Japón estaba “mal custodiado”, terminó haciéndose con un territorio tan grande como media Europa. Lo consiguió engañando a todo el mundo, jugando con cartas marcadas, y aprovechándose de la apatía y la ignorancia de unos y la negligencia de otros.

Primero encabezó un movimiento (la AIA) casi filantrópico destinado a crear bases en África Central e introducir allí la “civilización”; luego compró a Stanley y creó una compañía mercantil, la CEHC, en la que participaban, además del tahúr, otras personas que pronto desaparecieron de la empresa, de dudosa reputación (ellos) y prácticamente en quiebra, especialmente interesadas en la explotación la navegación del río Congo y la construcción de un vía férrea que salvase los últimos kilómetros del río, imposibles de navegar. Finalmente convirtió el comité en la Association Internationale du Congo, la AIC. Sir Travers Twiss, el experto oxoniense, contestó, cuando se le consultó formalmente acerca de la posibilidad de depositar en algo tan extraño la soberanía de una nación, que por qué no, que ahí estaban la Orden de Malta o los Caballeros Teutónicos.

Pero me he adelantado. La cosa africana lo era de costas y casi todas estaban ocupadas. Portugueses, ingleses y franceses discutían sobre la desembocadura del Congo y nuestro trilero fue prometiendo a todos lo que negaba a todos, sin más fuerza que las proclamas y una buena fortuna. Cuando el inmigrante despreciado, el extraordinario Brazza, firmó con el reyezuelo Makoko un tratado de amistad, un diputado de la Asamblea dijo con sorna: Por fin tenemos un aliado. Lo cierto es que la presencia, no buscada, de Francia, al norte del río Congo, llevó a los políticos ingleses a aceptar a los negreros portugueses. No parecía haber otra solución. Sin embargo, el timador, alto y barbudo y amante de la filantropía, proclamó: ¡libre comercio! Nada hay que guste más a un inglés que eso. Tan filantrópico era nuestro protagonista que anunció que asumiría todos los gastos de la empresa. Los ingleses gritaron ¡hurra! y los franceses, que creían que el tipo era un excéntrico, se encontraron con garantías de que Francia tenía “preferencia” para ocupar el territorio si no era capaz de sacarlo adelante. Y no crean que se olvidaron; pregúntenle a De Gaulle.

Tan absurdo era todo que, cuando Bismarck organizó la Conferencia de Berlín (esa en la que, según los libros que habrán leído, supuestamente se repartió África), nadie invitó al tahúr. No importó; se coló en la fiesta usando a la delegación americana y al viejo Stanley, y fue prudente: solo pidió, a través de su marioneta, que el territorio incluyeses lo que llamó la “cuenca geográfica y comercial del Congo”, o lo que es lo mismo África central de costa a costa. No se le hizo caso, claro, pero las actas de la conferencia se llenaron de mapas y más mapas, repletos de errores, de cordilleras y lagos inexistentes, y el trilero los fue convenciendo, de uno en uno. Los americanos fueron fáciles: no se interesaban por los negros y “su” hombre era “su” hombre. Bismarck era más difícil. No se tragó las proclamas de buenas intenciones, pero calculó sobre contrapesos: así, cuando el timador se presentó sin fronteras le mandó a paseo, pero luego aceptó un Congo sin Katanga. Los franceses le darían el resto: el timador les dijo que renunciaba a los territorios al norte del río, que no controlaba, pero que, a cambio, reclamaba los que había excluido de los mapas presentados al “canciller de hierro”. Y los franceses, por segunda vez, se asombraron por tanta generosidad. Así que el mapa que firmaron los franceses era diferente: incluía Katanga, la zona más rica del Congo.

El hueso más duro era el inglés. Y entonces se produjo la farsa. El 1 de agosto de 1885, el timador se proclamó rey soberano del Congo, incluyendo la neutralidad y el libre comercio como elementos fundadores. Y se lo comunicó a los firmantes del acta de Berlín.

El acta no contenía ningún acuerdo sobre fronteras, pero todos los documentos que se habían discutido, junto con sus mapas, estaban en un solo dossier. Alguien comprobó que el mapa que aparecía en el dossier coincidía con el que enviaba el rey trilero, y pensó que los ingleses habían aceptado la creación del nuevo Estado. Salió del Foreign Office una comunicación dando al Gobierno inglés por enterado, lo que equivalía a dar por buena la creación del nuevo Estado con las fronteras admitidas por Francia. A la vuelta de vacaciones, los expertos se encontraron con el error ya cometido, e Inglaterra no quiso desdecirse. Cuando años más tarde Rhodes intente hacerse con Katanga (ese oscuro episodio en el que el rey timador termina enviando sicarios), el gobierno inglés se atendrá a su palabra.

El golpe se había consumado. Había nacido un aborto, el horroroso negativo del siglo XX.

Avatar de Usuario
Invitado

Palabra y honor

Mensajepor Invitado » Vie 22 Ene, 2016 2:23 am

Palabra y honor

tsevan rabtan


A finales del siglo XVIII, con los ecos de la Revolución Francesa al fondo, se empezó a plantear con fuerza en la Confederación germánica el asunto de la emancipación judía. Cuando más difícil parecía se presentó Napoleón y, por arte de magia, un espíritu liberal atravesó el corazón de Federico Guillermo III de Prusia, a la vez que en las ciudades alemanas se imponían las modernas reglas francesas de ciudadanía. Finalmente, en 1812, se acordó, en un famoso edicto, que todos los judíos de Prusia debían gozar de los mismos derechos de ciudadanía que cualquier otro súbdito, adoptando nuevos apellidos de lengua alemana e inscribiéndose en los registros civiles. El mismo camino se siguió en Baviera, Austria y Sajonia, aunque con restricciones.

Así, cuando en 1813 Federico Guillermo inflamó el corazón de los jóvenes alemanes con su “llamamiento a mi pueblo”, judíos de toda Alemania se alistaron, por vez primera, en los ejércitos prusianos y lucharon en la Batalla de las naciones y en Waterloo. Hubo un caso especialmente llamativo, el de una mujer, llamada Louise Grafemus (su nombre original era Esther Manuel) que, para encontrar a su marido, que estaba en el ejército francés invasor de Rusia, se alistó haciéndose pasar por hombre y sirvió en el Segundo de Ulanos de Königsberg, donde alcanzó el rango de sargento mayor, fue herida dos veces y recibió la Cruz de Hierro.

Sin embargo, con la victoria volvió la reticencia. Pronto voces de toda Alemania demandaron la vuelta al estatus anterior, sobre todo en las ciudades en las que los judíos habían recibido derechos de ciudadanía de los invasores franceses. El asunto llegó al Congreso de Viena, donde Prusia y Austria pretendían extender esos derechos al conjunto de los Estados y ciudades alemanas. Sin embargo, al ver que esto no era posible, decidieron aplazar la cuestión; eso sí, garantizando el mantenimiento de los derechos que ya habían sido concedidos. Así, se redactó la siguiente disposición: “a los adeptos a la religión judía se les mantendrán los mismos derechos concedidos en los diferentes Estados de la Confederación”. Sin embargo, un astuto diputado de Bremen, el senador Schmidt, planteó que podía producirse dudas si se defendía que los derechos atribuidos por los franceses a algunos judíos alemanes podía extenderse a otros, en territorios que no habían formado parte de la Confederación del Rhin, y planteó un sencillo cambio. Se cambiaría la preposición “en” por la preposición “por”. Con esa explicación fue aceptada la enmienda, y la redacción final quedó así: “a los adeptos a la religión judía se les mantendrán los mismos derechos concedidos por los diferentes Estados de la Confederación”.¿Qué sucedió? Pues que al poco se interpretó que ese “por los Estados” sólo podía referirse a Prusia, Mecklenburgo y Baden, pero no a los Estados y ciudades en los que los funcionarios franceses (no los Estados) habían concedido derechos de ciudadanía.

Lübeck ordenó a las sesenta y seis familias judías que se habían establecido en la ciudad que la abandonaran. Se negaron y sus tiendas fueron clausuradas y sus bienes confiscados. Fueron expulsados.

Fráncfort, una ciudad más importante, no pudo expulsar a los judíos por la presión de Metternich, pero les impidío participar en las asambleas, despidió a sus funcionarios, les prohibió ciertas actividades mercantiles e incluso paralizó las solicitudes de matrimonio. Se llegó a pedir a la facultad de derecho de Berlín que informase jurídicamente. Y allí Savigny, el ilustre fundador de la escuela histórica del Derecho, mantuvo la infamia de que la relación personal de servidumbre que ligaba al emperador con los judíos se había transferido a las ciudades que podían incluso obligarlos a vivir en las juderías. De nada sirvió que los judíos contraargumentasen remontándose más lejos, al Imperio Romano, en el que eran ciudadanos libres.

Tampoco resultó mejor la situación en Austria o Prusia. Se les ordenó establecerse en distritos concretos y se les prohibió rotundamente hacerlo en el Tirol y en los pueblos de las montañas bohemias. Se los oprimía con impuestos especiales en Galitzia y Viena, en la que sólo se toleraban doscientas familias judías, pero en la que vivían más de diez mil, que eran, legalmente, extranjeros transeúntes con un derecho de estancia de dos semanas que debía ser constantemente renovado con el pago de la tasa correspondiente. Y en Prusia, en la que formalmente se mantuvo el edicto de 1812, se fue recortando en la práctica.

Finalmente, en 1819, se produjo una ola de crímenes y ataques a judíos en varias ciudades alemanas. Sólo cuatro años antes morían en los ejércitos que luchaban contra Napoleón.

Avatar de Usuario
Invitado

Historia universal de la infamia

Mensajepor Invitado » Dom 31 Ene, 2016 4:01 pm

Un país de ‘hijos de’

Francia está convencida de su ‘egalité’, pero la realidad es que son los poseedores de ilustre patronímico quienes ocupan desde consejos de administración hasta portadas de revistas

Álex Vicente 5 ENE 2016 - 00:00 CET


¿Qué tienen en común Marine Le Pen y Léa Seydoux, heroína de la ­última película Bond? ¿Qué comparte un actor como Louis Garrel con el empresario François-Henri Pinault? ¿Y en qué se parece la ex líder socialista Martine Aubry a la nueva imagen de Chanel, Lily-Rose Depp? La respuesta es sencilla: todos ellos son hijos de. Son las cabezas ­visibles de una nueva aristocracia que se ­extiende a lo largo y ancho de la sociedad francesa. No tendrán sangre azul ni alto copete, pero han logrado ocupar todas las sedes del poder, desde consejos de administración y gabinetes ministeriales hasta portadas de revistas. Su única arma es contar con un patronímico ilustre, convertido en la mejor herencia que tus progenitores te puedan dejar.

Así suena la tesis de dos periodistas de investigación, Aurore Gorius y Anne-Noémie Dorion, que acaban de publicar en su país Fils et filles de… (La Découverte), un ensayo que se adentra en los círculos de esos retoños de familias pudientes en la patria de la supuesta égalité. Las autoras descubrieron que frecuentan los mismos colegios, ya sean inmemoriales instituciones católicas o escuelas Montessori de educación bilingüe. Luego aprenden a jugar al tenis o a montar a caballo en los mismos clubes para happy few y, durante la adolescencia, frecuentan los mismos rallies, exclusivos cenáculos de socialización para los hijos de la aristocracia y la alta burguesía. No es extraño que terminen emparejándose o, por lo menos, trabajando en los mismos lugares, donde se apoyan inevitablemente en la escalera que conduce al poder.

Hace medio siglo, el sociólogo Pierre Bourdieu ya denunció los mecanismos que garantizaban la reproducción de esos privilegios y fortificaban la jerarquía social preexistente. Describió a un país que, pese a creerse plenamente igualitario desde los tiempos de la Revolución –la nobleza quedó oficialmente abolida en Francia en 1789–, se seguía dividiendo “entre herederos y desheredados”. Las autoras del ensayo afirman que la situación no ha mejorado. Más bien lo contrario. “Esa nobleza nunca dejó de existir. Cincuenta años después, esos herederos no solo figuran en la esfera económica y política, sino también en el ámbito cultural”, afirma Gorius. El libro arranca con una lista interminable de hijos de que dominan el mundo del espectáculo, como Vincent Cassel, Chiara Mastroianni o Charlotte Gainsbourg, quien acaba de protagonizar una campaña publicitaria al lado de… su propia hija. “Es como si el propio apellido se hubiera convertido en un negocio”, apunta la autora, para quien “la división entre las élites y el pueblo es un problema central en la Francia de hoy”, convertida en “una sociedad sin combustible, donde el ascensor social ha dejado de funcionar”.

Los expertos dicen lo mismo desde hace tiempo. El economista Thomas Piketty advierte que las desigualdades aumentan desde los ochenta, mientras que el joven sociólogo Camille Peugny ha alertado que el determinismo sigue plenamente vigente: cerca del 70% de los hijos de obreros siguen ocupando empleos de obrero. Sucede en muchos otros sitios, pero en una nación tan íntimamente convencida de su igualitarismo duele todavía más. “Estas dinastías cuentan con una ventaja considerable respecto al resto: la inmortalidad simbólica. Cuando uno se apellida Peugeot, vive de una manera distinta, como si diera continuidad a lo que hicieron sus ancestros”, explica el sociólogo Michel Pinçon, que lleva décadas estudiando a las clases acomodadas junto a su esposa, Monique Pinçon-Charlot. “En cambio, un hijo de obrero no sabe ni cómo se llamaban sus tatarabuelos. El efecto en la autoestima de unos y otros no es el mismo. Los hijos de no se sienten seres aislados, sino eslabones de una estructura superior que, a la vez, les confiere la convicción de ser individuos de excepción”. Así les sigue tratando un país que cortó las cabezas de sus reyes, pero sin eliminar la corte.

http://elpais.com/elpais/2016/01/04/eps ... 25621.html

Avatar de Usuario
Invitado

Historia universal de la infamia

Mensajepor Invitado » Mar 02 Feb, 2016 2:59 pm

Gran hilo :up:

Avatar de Usuario
Invitado

La Nueve, los olvidados de la victoria

Mensajepor Invitado » Mié 03 Feb, 2016 1:51 am



DOCUMENTAL: La Nueve, los olvidados de la victoria.
Documental que narra la historia de los republicanos españoles de "La Nueve", compañía de la división Leclerc cuyas tropas fueron las primeras que liberaron París, el 24 de agosto de 1944. La Nueve -cuyos tanques y vehículos de combate habían sido bautizados con nombres procedentes de la Guerra Civil española, como 'Madrid', 'Guernica' o 'Guadalajara'- había participado en la campaña de África contra Rommel y no sólo liberaron París, sino que participaron en la ofensiva en Alsacia y en el definitivo asalto en Alemania contra el 'Nido de Águilas' de Hitler. Perecieron más de mil hombres. La historia de 'La Nueve' era hasta hoy prácticamente desconocida, pues la historia oficial en Francia ha echado una cortina de silencio y de olvido sobre esa participación española y extranjera en la liberación de París y en la resistencia contra el nazismo. Alberto Marquardt, director argentino afincado en Francia, se interesó en 2002 por esta epopeya de 'La Nueve' y por su carácter simbólico para restablecer la verdad histórica. Siete años después, Marquardt consiguió montar la producción y con magníficas imágenes de archivo y las entrevistas a dos de los supervivientes: el catalán Luis Royo y el asturiano Manuel Fernández, sin amarguras ni recriminaciones, reconstruyen con emoción la historia de la Nueve. En su aventura, esos republicanos españoles derrotados en España prosiguieron en Francia la lucha armada contra el fascismo y el nazismo -aliados de Franco en la Guerra Civil-, con la esperanza de que una vez terminada la Guerra Mundial caería también la dictadura franquista. La historia de 'La Nueve' es la de los campesinos, los artesanos, los maestros, "proyectados" de golpe y porrazo a la Historia, arrancados a su condición, a su cotidianidad, y que aceptaron el desafío a pesar de las dificultades.

Avatar de Usuario
aborigen

La generación robada

Mensajepor aborigen » Lun 08 Feb, 2016 10:00 pm

Imagen


La generación robada

tsevan rabtan


¿Qué se puede hacer con unas gentes que no tienen palabras para ayer y mañana? Brutos desorganizados que no cultivan la tierra ni crían ganado; que creen que todo es de todos; hombres y mujeres semidesnudos que dedican su tiempo a amontonar conchas.

Echarlos de sus tierras, matarlos y dar su carne a los perros, torturarlos por diversión. Eso estuvo mal, aunque no fuera un delito, porque, incapaces de pensar y sentir (imbéciles a los que se podía envenenar), no tenían capacidad jurídica. Así fue hasta Myall Creek. Allí, veintiocho hombres, mujeres y niños aborígenes fueron atados, arrastrados durante horas y luego ejecutados a tiros y cuchilladas. Era 1838 y siete hombres fueron ahorcados.

Las cosas iban cambiando.

Iban cambiando a mejor.

Esos pobres niños, en manos de sus padres, incultos, imposibilitados de acceder a una buena educación, debían ser salvados. En 1910, el Estado inició el “robo” de niños. Durante sesenta años, funcionarios públicos separaron a los niños de sus padres; por cualquier razón, o por ninguna, porque hasta la década de los sesenta, los aborígenes no fueron legalmente custodios de sus hijos. No importaba el momento de la separación, porque los aborígenes pronto olvidaban a sus hijos. Eso es lo que dijeron los funcionarios. “Tus padres han muerto”, “tus padres no te quieren”.

Crecían en un orfanato hasta los dieciséis años. Luego podían volver o quedarse en la ciudad. Ser un aborigen en la ciudad, rodeado de blancos, o volver a un lugar que no comprendían. Extraño en todas partes.

Puede que el rapto abarcase a un tercio de los niños. Entre ellos prácticamente a todos los de raza mixta.

Un día, los australianos, decidieron investigar oficialmente su pasado. Tres años de trabajos dieron fruto: el Bringing Them Home: National Inquiry into the Separation of Aboriginal and Torres Strait Islander Children from Their Families. Las cifras absolutas eran terribles, pero se negó una asunción oficial de culpabilidad. Es duro, pero correcto. No eres responsable de las buenas intenciones de tus padres. Aunque todas las cifras (de mortalidad, violencia, enfermedad, media de vida) les siga situando en el siglo XIX.




Dicen que los aborígenes creen que la creación se produjo en el Tiempo del Sueño, un lugar donde puedes entrar. Pero tienes que conocer el camino.

Avatar de Usuario
vaimaca

Historia universal de la infamia

Mensajepor vaimaca » Mar 09 Feb, 2016 4:57 pm

lo mismo hicieron con los aborígenes de uruguay.......los borraron del mapa ...no dejaron ni uno.


Avatar de Usuario
Pro Mundi Beneficio

Historia universal de la infamia

Mensajepor Pro Mundi Beneficio » Sab 30 Abr, 2016 2:51 am

Panamá, Panamá

Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista, 09 de abril de 2016.


Desde el principio Panamá se creó como un lugar para esconder propiedades obtenidas de manera poco escrupulosa -el oro de los incas-; aunque entonces, como ahora, se decía que todo era perfectamente legal. De hecho, Ciudad de Panamá se levantó para proteger esas transacciones culpables; no del fisco, sino de los piratas del Caribe. Se cuenta una historia sobre el asalto de uno de ellos, el famoso Henry Morgan: un sacerdote embadurnó con barro el oro de una imagen, y lo hizo de una manera tan convincente que el pirata galés acabó dándole una parte de su botín para que comprase una imagen más rica. Quizás con ese cura comienza la historia de opacidad del istmo, hermoso pero nacido en pecado al mundo de la economía internacional.

Es cierto que Panamá se ha aprovechado de la globalización, pero también es cierto que la inventó. Porque, simplificando, la globalización no es más que el canal de Suez y el de Panamá.

Otros países los han creado los generales. Panamá lo creó, apropiadamente, un banquero, que precisamente también se apellidaba Morgan: J. P. Morgan. Existía el rumor malicioso de que era descendiente de aquel pirata Morgan que se había llevado de Ciudad de Panamá 195 mulas cargadas de plata, pero no era cierto. Fue J. P. quien convenció al presidente de Estados Unidos para que apoyase al movimiento secesionista que quería la separación de Colombia, y así poder terminar las obras del canal. De este modo ganó y a la vez perdió su soberanía Panamá, un país destinado a ser un atajo.

«La mayor libertad que el ser humano se ha tomado con la naturaleza», es como describió el canal de Panamá el historiador James Bryce. En él se pusieron piedras suficientes como para levantar veinte veces las pirámides de Egipto. Veinticinco mil trabajadores murieron construyéndolo, entre ellos más de quinientos de los cuatro o cinco mil gallegos que fueron a extenuarse en los pantanos, acosados por la fiebre amarilla y la malaria. Cuando la obra quedó terminada, Frederick Law Olmsted, el mismo arquitecto que había diseñado Central Park en Nueva York, convirtió la pesadilla en un sueño y transformó la zona del Canal en una encantadora Nueva Inglaterra flanqueada por la selva.

Fue entonces cuando comenzó, de una manera bastante inocente, la costumbre de registrar compañías extranjeras en diez minutos. En plena Ley Seca, a los barcos norteamericanos se les ocurrió navegar bajo pabellón panameño para poder servir alcohol. De aquella sed nació la mayor flota del mundo: hoy los barcos que ondean la bandera de Panamá superan en número a los de Estados Unidos y China juntos. Y a los barcos siguieron los bancos. Hasta entonces Panamá, con sus constantes protestas estudiantiles contra el imperialismo norteamericano, había parecido demasiado inestable, una Cuba en ciernes. Hasta que John Wayne convenció al presidente Carter de que devolviese el canal -el actor había tenido una mujer panameña y se emborrachaba con Omar Torrijos, que le puso su nombre a una isla-.

Al poco tiempo, más de cien bancos habían abierto ya oficina en la Ciudad de Panamá, atraídos por un secreto bancario mayor todavía que el de Suiza. «Se vende un país portátil», cantaba Rubén Blades, que se llegó a presentar a las elecciones presidenciales de Panamá.

Selva e ingeniería, fiebre y salsa, bello y abundante en peces y mariposas -que es justamente lo que significa su nombre-, Panamá es, más que un paraíso fiscal, un limbo cuya historia capicúa comienza con un pirata y termina con un banquero que se llamaban igual. Y todo ello presidido por el lema de su escudo, Pro Mundi Beneficio: para beneficio del mundo.

Avatar de Usuario
Invitado

HAGA PATRIA, MATE A UN CURA

Mensajepor Invitado » Mar 17 May, 2016 2:17 am

Imagen
IGNACIO ELLACURÍA S. J. (Portugalete, Vizcaya, 1930 – San Salvador, El Salvador, 1989)


HAGA PATRIA, MATE A UN CURA

Rafael Narbona


Ignacio Ellacuría es el nombre de varios centros educativos de nuestro país, pero la mayoría de sus estudiantes ignoran todo sobre él. Se repite la misma paradoja con figuras como Nelson Mandela o María Zambrano. “Quien salva una vida salva al mundo”, afirma el Talmud. Es decir, nos salva a todos, reconciliándonos con nuestra propia condición de hombres, mostrando que en nuestra naturaleza existe la indiferencia hacia el dolor ajeno, pero también la solidaridad y la compasión. Al igual que otros líderes políticos o religiosos asesinados por defender la paz, Ellacuría es una referencia irrenunciable para los que no han perdido la esperanza en la posibilidad de un mundo más justo. Su muerte no es un argumento para el desaliento, sino un testimonio del espíritu utópico, que no se resigna ante el actual desorden mundial. El sufrimiento de los países del Tercer Mundo exige una respuesta que desborde los acontecimientos, superando el fatalismo que niega un futuro a los pueblos estrangulados por la historia. Las trágicas muertes de Ignacio Ellacuría, Óscar Romero y Rutilio Grande nos enseñan que las transformaciones sociales no son quimeras irrealizables, sino realidades que justifican el optimismo más insensato.

En los años ochenta, la guerra sucia en América Central alcanzó unos niveles inauditos de crueldad, superando los crímenes de las dictaduras del Cono Sur. En Guatemala, el temor a que la extrema pobreza de población maya (casi la mitad de los habitantes del país centroamericano) abasteciera las filas de la guerrilla marxista desató una terrorífica política de masacres. La Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala investigó los hechos. Se estimó que se habían realizado más de seiscientas matanzas entre 1978 y 1983, incluyendo el asalto a la Embajada Española en 1980, con treinta y siete muertos. El obispo Juan Gerardi fue asesinado en 1998, dos días después de entregar un informe meticuloso y exhaustivo sobre la represión.

Imagen

El caso de El Salvador no es muy diferente. Las sucesivas juntas militares que ocuparon el poder en esos años emplearon la misma política de guerra sucia. El batallón Atlacatl, entrenado por consejeros militares norteamericanos, exterminó en diciembre de 1981 a los pobladores de El Mozote, sin discriminar entre hombres y mujeres, niños o ancianos.En 1989, un pelotón de Atlacatl asesinaría a Elba Ramos y su hija Celina, de quince años, junto a seis jesuitas de la Universidad Centroamericana de San Salvador. Seis jesuitas identificados con la “teología de la liberación”, que entiende el cristianismo como opción preferencial por los pobres. Reprobados por Roma y acusados de marxistas, los jesuitas habían trabajado activamente a favor de la paz y la justicia social. Entre las víctimas se hallaba Ignacio Ellacuría, pero sería incoherente mencionarle en primer lugar, ignorando el infortunio de Elba y Celina, asesinadas por la fatalidad de trabajar en el campus universitario. También jesuita, Jon Sobrino se libró de la muerte por hallarse en Tailandia, sustituyendo al teólogo brasileño Leonardo Boff. Sobrino siempre ha reservado un lugar principal para Elba y Celina. Al evocar ese trágico día, enfatiza que sus compañeros sabían el riesgo al que se exponían, pero Elba y Celina encarnaban una vez más la indefensión de los pobres. Sus nombres representan a las víctimas anónimas que transitan inadvertidas por los márgenes de la historia. Son el rostro de una humanidad sin rostro, humillada y ultrajada, despreciada y olvidada por los países desarrollados, cada vez más despreocupados por su suerte. Se alega que el problema no es la condonación de la deuda externa ni el subdesarrollo educativo y sanitario, sino la corrupción política y la ausencia de cultura democrática. Esas objeciones no impiden continuar con la venta de armas a países en guerra o que violan los derechos humanos. España participa en este comercio, firmando contratos con Sri Lanka, Arabia Saudita y Colombia. Es curioso que un homosexual que simpatizó con el comunismo, pero abominó del terrorismo de izquierdas, filmara la película más hermosa sobre Jesús de Nazaret. Pier Paolo Pasolini se acercó a la figura de Cristo con una intuición asombrosa, con una delicada sensibilidad que le ayudó a asimilar lo esencial. El Evangelio según san Mateo (1963) empieza con una dedicatoria a Juan XXIII, que apreció la calidad artística y humana de una obra sobre el misterio de la Encarnación, que surgió de la mente de un ateo. Juan XXIII habría canonizado a Ignacio Ellacuría, pero el espíritu del Papa bueno, “un hombre en tiempos de oscuridad” (Hannah Arendt) ya no inspira a la Iglesia Católica, que se preocupa más de la disidencia teológica que de los pecados de sus pastores.

Ignacio Ellacuría ingresó en los jesuitas en 1947. Licenciado en Filosofía y Teología, estudió en Innsbruck (Austria) con Karl Rahner y realizó su tesis doctoral bajo la dirección de Xavier Zubiri, convirtiéndose en su heredero intelectual. Su afinidad con el padre Arrupe, general de los jesuitas, le ayudó a comprender muy pronto la tragedia de El Salvador. Profesor y más tarde rector de la UCA, publica en la revista de Estudios Centro Americanos “A sus órdenes, mi capital”, acusando a la oligarquía terrateniente de boicotear las iniciativas para realizar una reforma agraria. El artículo despertó la indignación de la derecha salvadoreña, que comenzó una campaña de amenazas y atentados contra la UCA, acusada de ofrecer sus instalaciones a la subversión marxista. Pese a sus grandes cualidades intelectuales, Ellacuría ya había mostrado mayor preocupación por lo social que por lo académico. Esa vocación adquiriría un giro dramático con el asesinato del sacerdote Rutilio Grande, el 12 de marzo de 1977. Amigo personal de Óscar Romero, Rutilio había participado en la organización de las Comunidades Eclesiales de Base y, ante la represión financiada por los terratenientes contra la población indígena, había manifestado en un célebre sermón que “muy pronto la Biblia y el Evangelio no podrán cruzar las fronteras [de El Salvador]. Sólo nos llegarán las cubiertas, porque todas las páginas son subversivas. Si Jesús intentara cruzar la frontera, le acusarían de agitador, forastero, judío y lo volverían a crucificar”. A las pocas semanas, Rutilio Grande sería asesinado.

Imagen

Óscar Romero, arzobispo de San Salvador y amigo personal de Rutilo, sufrió una enorme conmoción interior, cuestionándose su posición como pastor del pueblo salvadoreño. Inició una campaña contra la pobreza y la violencia de los escuadrones de la muerte, reconociendo el derecho del pueblo a organizarse para protestar pacíficamente. Durante la famosa homilía del domingo 23 de mayo de 1980, se dirigió al ejército salvadoreño pidiendo el fin de las matanzas: “Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: No matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. […] La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. […] En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”. Al día siguiente, un francotirador le asesinó mientras oficiaba misa, escogiendo por su valor simbólico el momento de la eucaristía. De acuerdo con el testimonio de Jon Sobrino, Ellacuría consideró que con monseñor Romero Cristo había pasado por El Salvador. Desde su muerte, comenzó una frenética actividad de mediador para conseguir la reconciliación nacional, lo cual le atrajo con idéntica fuerza adhesiones y repulsas. Acusado de simpatizar con el marxismo, Ellacuría aclaró que el marxismo había contribuido a destruir escandalosas injusticias sociales, pero con métodos que habían desembocado en regímenes dictatoriales. “La trágica deficiencia del comunismo -escribió- es su incapacidad de establecer un ideal permanente y digno de vida humana”. Sin embargo, Ellacuría mantuvo la convicción del teólogo protestante Jürgen Moltmann sobre la necesaria convergencia de socialismo y cristianismo en un marco democrático. No parece casual que un ejemplar del Dios crucificado, obra fundamental de Moltmann, apareciera salpicado de sangre en el escenario del asesinato de los jesuitas de la UCA.

Imagen

La figura de Jon Sobrino recobró actualidad con el pontificado de Benedicto XVI, cuando recibió una amonestación del Vaticano por ofrecer una visión demasiado humana de Cristo. Sobrino recuerda que Ellacuría, parco y austero, describió en más de una ocasión a Jesús de Nazaret como “un gran hombre”. El intento de cerrar la parroquia “roja” de Entrevías redunda aún más en la involución de la Iglesia, cada vez más alejada de las reformas acometidas por el Concilio Vaticano II. La posibilidad de impartir la misa en latín y recuperar el canto gregoriano malogra la perspectiva del diálogo entre creyentes, agnósticos y ateos. Frente a la nostalgia del nacional catolicismo, Ellacuría representa otro concepto del legado cristiano, injustamente despreciado por el conservadurismo romano. Nadie mejor que Sobrino para explicar el cristianismo renovado de Ellacuría. En las cartas que le escribió después de su asesinato, menciona su propósito de humanizar la historia, de buscar la justicia en el presente y no en el más allá, de mantener vivo el espíritu utópico, de recordar el nombre de las víctimas sin nombre, abocadas al olvido por haber crecido y muerto en la pobreza. Apenas hay museos ni monumentos para honrar su memoria. Son la letra pequeña de la Historia, que casi les escatima la condición humana. La utopía de Ellacuría se llamaba “cultura de la pobreza”. La cultura de la pobreza rechaza la acumulación de capital, de bienes superfluos, de objetos innecesarios, sin reparar en que a la mayor parte de la humanidad le falta precisamente lo esencial: agua potable, comida, infraestructuras, sanidad, educación. La cultura de la pobreza se rebela contra las necesidades artificiales surgidas de una economía de consumo, donde el ser humano sólo es una variable con un valor relativo. Escribe Ellacuría: “Se desprecian otros modelos culturales menos desarrollados en algunos aspectos, pero sin duda más plenamente humanos”. Y Jon Sobrino añade: “Fuera de los pobres no hay salvación”. Los pobres no son un lastre, sino la reserva de esperanza de la humanidad. La sangre derramada en El Salvador -antes durante la guerra civil, ahora en las luchas entre maras, pandillas callejeras organizadas como clanes- no es sangre inútil, sino la prehistoria del género humano en su avance hacia un porvenir menos injusto. Sin la perspectiva utópica y de progreso, carece de sentido la acción política. Los asesinos no pueden tener la última palabra, afirma Elie Wiesel, superviviente de Auschwitz. La presencia de las víctimas es más luminosa, más verdadera, más esclarecedora que la de sus verdugos.

La infamia no tiene futuro, sólo pasado o un presente en descomposición. Los pueblos crucificados muestran el verdadero rostro de un mundo acostumbrado a 24.000 muertos diarios por desnutrición. Ése es el rostro que hizo visible la muerte de Ellacuría, cura vasco, intelectual brillante, aficionado al fútbol y el juego de frontón, hombre reservado, reacio a los sentimentalismos, más preocupado por el sufrimiento que por el pecado, entregado a la causa de que las víctimas se hagan visibles y adquieran una voz que nos dignifique a todos, partidario de humanizar la historia con la esperanza, “la esperanza contra toda esperanza”. Al igual que Sobrino y Leonardo Boff, Ellacuría consideraba una “obscenidad metafísica” que la mitad de la riqueza del planeta se hallara concentrada en dos centenares de personas. Sin ninguna clase de fascinación morbosa por el martirio, Ellacuría sabía que la muerte le acechaba en una época en que la derecha latinoamericana lanzó el lema: “haga patria, mate a un cura”. Es imposible saber qué pasó por su cabeza mientras permanecía en el suelo esperando las balas, pero no es improbable que recordara las palabras de Óscar Romero: “Me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida, precisamente por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres… Sería triste que en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas del pueblo”.




Volver a “La Crispación”