Historia universal de la infamia

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Matteotti

Mensajepor Invitado » Jue 12 Ene, 2017 1:32 am

Matteotti

tsevan rabtan


El once junio de 1924 murió el diputado socialista Giacomo Matteotti. Tenía 39 años. Había sido elegido por tercera vez.

Mussolini, tras la marcha sobre Roma, había formado gobierno con la indecente complicidad de Victor Manuel III. La reforma de la ley electoral y las fraudulentas elecciones (Potevo fare di questa Aula sorda e grigia un bivacco di manipoli) convirtieron la cámara de diputados en un redil lleno de fascistas.

Matteoti pronunció dos discursos en los que denunció fogosamente el incumplimiento de la ley y el fraude. El último de ellos, de 30 de mayo de 1924, fue aplaudido con rabia por sus compañeros socialistas. Matteotti, al sentarse, dijo: Io, il mio discorso l’ho fatto. Ora voi preparate il discorso funebre per me.

La historia si se repite, se repite como farsa. En este caso, al menos, porque el precedente es inseguro y todo supura mala literatura. Se cuenta que Enrique II, conde de Anjou, conde de Maine, duque de Normandía, duque de Aquitania, conde de Nantes, señor de Irlanda y rey de Inglaterra, harto de su antiguo amigo, Tomás Becket, susurró esa pregunta: Who will rid me of this troublesome priest?

Dicen que Benito Mussolini, ese payaso aupado en los hombros de tantos intelectuales ahítos de sueños húmedos sobre el poder y la acción, le dijo a su perro: Cosa fa questa Ceka? Cosa fa Dumini? Quell’uomo dopo quel discorso non dovrebbe più circolare…

El 10 de junio, Matteotti fue secuestrado y asesinado. Su cadáver fue descubierto casi dos meses después.

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Historia universal de la infamia

Mensajepor Invitado » Vie 17 Mar, 2017 8:29 pm


Lo que hizo la verja con la identidad de los gibraltareños


Un estudio analiza la influencia de la frontera en la forja de relaciones entre dos pueblos

Jesús A. Cañas Cádiz 12 MAR 2017 - 21:54 CET

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Tráfico en la carretera que lleva de España a Gibraltar, esperando en la barrera porque un avión está aterrizando en la pista. Terrence Spencer Getty


La frontera era tan porosa que la única forma de distinguir a un gibraltareño de un español era por la marca de tabaco que fumaba o por la forma de colocarse la chaqueta. De poco servía la verja que el ejército británico levantó en 1909 para separar los territorios. La Línea de la Concepción (Cádiz) era, poco menos, que un barrio de Gibraltar: en uno y otro lado se compartían idioma, costumbres, gustos musicales e incluso parentesco. Pero con el franquismo y su lema “Gibraltar, español”, la interculturalidad saltó por los aires. De 1969 a 1982, la frontera cerró. Se hizo impermeable, cruda y despiadada. Familias divididas y una comarca partida en dos.

La reacción lógica no fue menos hostil, los gibraltareños empezaron a imaginarse a sí mismos “más británicos que los propios británicos”. En esta convulsa y reciente historia, entre lo político y lo cotidiano, Gibraltar conformó una identidad propia, opuesta a la española pero también distinta de la británica. Esa cultura generada a raíz de los conflictos fronterizos la analiza ahora el estudio antropológico Bordering on Britishness (“Al límite de lo británico”).

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Un marinero británico de permiso en Gibraltar disfruta de un paseo con su novia en una calle estrecha (8 de mayo de 1954). Bert Hardy Getty


“Ha sido una labor casi de arqueología de la memoria oral”, reconoce el gibraltareño y catedrático de la Universidad de Essex Andrew Canessa. Él ha sido el encargado de dirigir un proyecto (financiado por el Consejo de Investigación Social y Económica de Reino Unido y apoyado por el Gobierno de Gibraltar) sobre la historia oral de la identidad gibraltareña en el siglo XX.
En colaboración con la doctora Jennifer Ballantine Perera, de la Garrison Library de Gibraltar, y de los investigadores posdoctorales Giacomo Orsini y Luis G. Martínez del Campo; Canessa ha reconstruido la cultura asentada en el recuerdo de 400 entrevistados a ambos lados de la frontera. La conclusión es casi obvia: “La cultura de Gibraltar está absolutamente marcada por la frontera”.
Los entrevistados, de 16 a 101 años, —en largas citas donde se les invitaba a recordar y a hablar en llanito, el dialecto que mezcla inglés y castellano— han reconstruido su visión de identidad “forjada en oposición al franquismo y en el rencor a lo español”, explica Canessa. “Existen espacios públicos, como los medios, las redes sociales o los discursos políticos, donde se proyecta una idea gibraltareña con una retórica casi racista. Pero, en general, la gente llora por la pérdida de lo que tienen en común con algunos aspectos de la cultura española”.

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Control de documentación en la frontera por parte de policías gibraltareños y guardias civiles, previo a la clausura de la verja en los años 60. Getty


Matrimonios mixtos

Antes de los años cincuenta, un tercio de los matrimonios eran entre gibraltareños y españolas. Con el cierre de la frontera, el pasado de esas mujeres se perdió deliberadamente. “Se hicieron muy gibraltareñas, como respuesta al dolor de verse separadas de su familia en España”, añade Canessa.

Respecto al idioma, el bilingüismo y el llanito están ahora en riesgo de desaparecer. “Los mayores son bilingües y sienten que los jóvenes pierdan el español. Sin embargo, es casi una regla social no hablar a los hijos en castellano, se vincula de alguna forma a la clase obrera”. Tampoco es sencillo el sentimiento que Gibraltar tiene hoy hacia la frontera. Pese al sufrimiento, siente necesaria su presencia “ya que es vista como una salvaguarda de la situación de privilegio económico de que disfrutan”, como remarca el estudio.

“Quiero que se vea la diversidad”

El catedrático Andrew Canessa no se quedará aquí en su proyecto ‘Bordering on Britishness’. Después de obtener conclusiones variadas de sus 400 entrevistas a personas de distintas edades, religiones, condición social y etnias; pretende elaborar todo el material en artículos científicos y un libro académico. En él, hará un esfuerzo divulgativo por acercar a la sociedad las conclusiones alcanzadas en las que, ante todo, quiere “que se haga patente la diversidad”.

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Mensajepor Invitado » Sab 22 Jul, 2017 12:44 am



Así era Hiroshima antes de ser destruida por la bomba atómica de EE.UU.
Las imágenes fueron filmadas en la primavera de 1935, diez años antes de que la ciudad fuera blanco de un ataque nuclear. El Museo Memorial de la Paz de Hiroshima ha puesto a disposición del público imágenes digitalizadas que revelan cómo era la vida en esa ciudad japonesa diez años antes de que fuera destruida por una bomba atómica estadounidense. Hiroshima fue la primera ciudad en ser atacada con armas nucleares, cuando las fuerzas norteamericanas lanzaron una bomba atómica al final de la Segunda Guerra Mundial, el 6 de agosto de 1945. Tres días después, EE.UU. lanzó una segunda bomba sobre Nagasaki. Las bombas atómicas destruyeron ambas ciudades cobrándose la vida de unas 246.000 personas, aunque solo la mitad falleció los días de los bombardeos. El resto de las víctimas murieron por lesiones o enfermedades atribuidas al envenenamiento por radiación. Ahora, un mes antes del 72.º aniversario del bombardeo, el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima ha revelado un video en blanco y negro de tres minutos, que muestra cómo era la vida y la ciudad antes de la guerra. Las imágenes fueron filmadas aproximadamente en abril de 1935, y el museo ha invertido cerca de 900.000 yenes (unos 7.950 dólares) en la restauración y digitalización de la cinta, reporta el diario 'Japan Times'.



Lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima.

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Mensajepor Invitado » Lun 04 Dic, 2017 3:20 am

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El gobernador de Canadá Mitchell Hepburn y las quintillizas Dionne, en 1934


La triste historia de las quintillizas canadienses, a un paso del olvido

Vecinos y voluntarios están recogiendo firmas para salvar el museo dedicado a la memoria de las quintillizas Dionne, una pequeña casa en Ontario que alberga el legado de uno de los episodios más extraordinarios, y tristes, de la historia de Canadá: allí nacieron, hace 82 años, cinco hermanas cuyas vidas fueron convertidas en un ‘reallity’, y que llegarían a ser visitadas por tres millones de personas.

Miguel Máiquez


Vista desde fuera, la vieja casa de madera parece poca cosa. Apenas una pequeña edificación rural más, de las muchas que uno puede ver diseminadas a lo largo de las interminables carreteras de Ontario. Su interior, sin embargo, alberga el legado de uno de los capítulos más extraordinarios, y tristes, de la historia de Canadá: aquí nacieron, hace 82 años, Annette, Cécile, Émilie, Marie e Yvonne, las quintillizas Dionne, cinco hermanas cuyas vidas fueron convertidas en un auténtico reallity, y que llegarían a ser visitadas por más de tres millones de personas.

Situada actualmente en North Bay, a orillas del lago Nipsing, en el centro de Ontario, la vivienda donde vinieron al mundo las hermanas Dionne se encontraba originalmente a unos 15 kilómetros de allí, en una granja de la pequeña y remota localidad de Corbeil, cerca de Callander y no lejos de la frontera con Quebec. Desde 1985, la casa ha sido la sede de un pequeño museo dedicado a la memoria de las quintillizas, pero hace unos dos meses, el que ha sido su propietario durante los últimos 30 años (la Cámara de Comercio de la ciudad) decidió poner la propiedad en venta. Vecinos y voluntarios están recogiendo firmas para salvarlo, y las autoridades municipales no han dicho aún la última palabra, pero el futuro del museo es, siendo optimistas, incierto, y su pérdida puede resultar irreparable. Como señalaba recientemente a un diario local Mark King, miembro del comité de servicios comunitarios de North Bay, “es cierto que la historia de las quintillizas tiene un lado oscuro, pero ocurrió, y es parte de nuestra historia”.


Cinco de cinco

El 28 de mayo de 1934 los periódicos de toda Norteamérica aún seguían obsesionados con el final de las andanzas de Bonnie y Clyde, la pareja de bandidos más famosa de todos los tiempos, que una semana antes habían sido abatidos a tiros por la policía en una solitaria carretera de Louisiana. En Europa, entre tanto, los forajidos también eran noticia, pero de otra índole: Hitler y Mussolini estaban a punto de reunirse por primera vez, en un encuentro que tendría lugar quince días después, durante la Biennale de Venecia. Y en Callander, Ontario, el doctor Allan Roy Dafoe, que el día anterior había celebrado su 51 cumpleaños, se preparaba para asistir a un parto que sabía especialmente complicado. Lo que Dafoe no sabía era que aquel parto estaba a punto de acabar para siempre con su tranquila vida de médico rural, y a convertirle, de la noche a la mañana, en mundialmente famoso.

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La casa-museo de las quintillizas Dionne

Dafoe, especialista en obstetricia y ginecología, había llegado a Callander hacía casi dos décadas, y conocía bien a su comunidad. La parturienta, Elzire Dionne, era una joven de 25 años perteneciente a una familia francófona de la región. Vivía, junto con su marido, Oliva-Edouard, en una granja a las afueras del pueblo, y no era precisamente una primeriza: la pareja tenía ya cinco hijos, el último de los cuales había nacido tan solo once meses antes.

El médico esperaba, como mínimo, gemelos, pero era consciente de que la cosa podía complicarse. Elzire había sido diagnosticada con una “anomalía fetal”, y sufría de fuertes calambres desde el tercer mes de embarazo. El parto era, además, prematuro. A mitad de la noche ya estaba claro que se trataba de un alumbramiento múltiple. Con el apoyo de dos comadronas a las que Oliva-Edouard tuvo que llamar urgentemente, Dafoe acabaría ayudando a venir al mundo a cinco niñas, todas vivas, aunque de salud aún frágil, que pasarían a la historia como las primeras quintillizas idénticas de las que se tiene noticia que lograron sobrevivir a la infancia.


“Mostrarlas al mundo”

En una sociedad aún convaleciente de los estragos de la Gran Depresión, con el fantasma de otra gran guerra a las puertas, y con el potencial de evasión que suponía el nuevo entretenimiento de masas proporcionado por el cine y la época dorada de Hollywood, la historia de las quintillizas Dionne, su mezcla perfecta de esperanza y atracción circense, resultó irresistible. Los pulmones de aquellas cinco niñas eran tan pequeños que necesitaban constantemente respiración asistida para funcionar, y sus posibilidades de supervivencia eran, según contaban los diarios de la época, de una entre 50 millones. Y, sin embargo, ahí estaban, agarradas a la vida. En el siguiente audio, el doctor Dafoe narra, entusiasmado y lleno de fervor religioso, sus impresiones tras el parto:



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Un anuncio de Palmolive de 1937, con las quintillizas Dionne
La noticia corrió como la pólvora, y Oliva y Elzire empezaron a recibir ofrecimientos desinteresados de ayuda. Mujeres de la zona les llevaban leche materna para amamantar a las recién nacidas, la Cruz Roja de Canadá envió enfermeras… Las cartas de solidaridad llegaban desde todas partes de Norteamérica, y pronto llegaron, también, otras propuestas menos altruistas: tan solo unos días después del parto, responsables de la Exposición Universal de Chicago (inaugurada en 1933, y que estaba celebrando una segunda edición) se pusieron en contacto con los padres y les convencieron de que “mostraran sus hijas al mundo”, exhibiéndolas en una incubadora en la muestra, a cambio de dinero (algo no tan inusual con bebés prematuros, en una época en la que triunfaban los animales amaestrados, los niños prodigio y las rarezas de feria). El matrimonio llegó a firmar un contrato, pero el Gobierno de Ontario intervino y, teniendo en cuenta la difícil situación económica de la familia (con otros cinco hijos ya), el entonces gobernador de Canadá (el territorio pertenecía aún formalmente al Reino Unido) retiró a Oliva y Elzire la custodia de las niñas, y las quintillizas fueron puestas a cargo del doctor Dafoe y de tres guardianes.

Los nuevos custodios, sin embargo, no tardaron demasiado en percibir el potencial económico de las hermanas, y en convertirlas en una auténtica atracción turística. Junto a la casa donde nacieron se construyó el Hospital-Guardería Dafoe, a donde fueron trasladadas las quintillizas. Allí, además de recibir manutención, educación y cuidados médicos, y de ser constantemente examinadas y estudiadas, las niñas podían ser observadas por el público a través de espejos especiales semiplateados (de una sola cara). Como si de personajes de una novela se tratara, cada hermana, por ejemplo, tenía asignados un color y un símbolo propios. El lugar llegó a recibir más de 3 millones de visitantes (hasta 6.000 por día), llegados desde toda Norteamérica, e incluyendo estrellas de cine y celebridades del momento, como Clark Gable, James Stewart, Bette Davis, James Cagney, Mae West, Amelia Earhart… Las quintillizas llegaron a facturar, solo en el primer año, cerca de un millón de dólares canadienses, y el ‘parque’ se transformó en la atracción turística más importante de Ontario, por delante incluso de las cataratas del Niágara. Las quintillizas, apodadas ya simplemente The Quints, sin apellidos ni lugar de procedencia, eran habituales en los pases de noticias de los cines, aparecieron incluso en dos películas de Hollywood, y ayudaron a aumentar las ventas de numerosos productos, participando en anuncios publicitarios.

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Las quintillizas Dionne, camino de Toronto para conocer a la reina Isabel, en 1939


Abusos

Como relata Cynthia Wright en el trabajo académico They were five: The Dionne Quintuplets revisited (Journal of Canadian Studies, Winter 1994/95), las quintillizas estaban al cuidado de enfermeras, y, salvo por las rondas diarias de turistas (a quienes generalmente oían, pero no veían), tenían poca relación con el exterior, incluyendo contactos ocasionales con sus padres y sus hermanos, que vivían al otro lado de la calle. Su horario era rígido y metódico: cada mañana las vestían a todas juntas en un gran cuarto de baño, tomaban zumo de naranja y aceite de hígado de bacalao, les rizaban el pelo, rezaban una oración y, tras sonar un gong, iban a desayunar. Luego jugaban durante 30 minutos en una habitación soleada, antes de ser examinadas por el doctor Dafoe, por entonces convertido ya en una auténtica celebridad.

Las quintillizas permanecieron en este centro un total de nueve años, a lo largo de los cuales los padres denunciaron reiteradamente el “abuso afectivo y psicológico” al que presuntamente las sometía el médico, al obligar a las niñas a hablar solamente en inglés, pese a su origen franco-canadiense (las quintillizas participaron en una obra teatral, Siempre seremos inglesas, que causó una gran irritación en la comunidad francófona). El médico llegó incluso a expulsar del centro a la única enfermera que se comunicaba en francés con las niñas. Los padres se quejaban asimismo de las pocas oportunidades que tenían para integrar en la familia a las quintillizas, quienes frecuentemente realizaban viajes para participar en funciones, siempre vestidas de forma idéntica.

Finalmente, en 1943, los padres ganaron un juicio contra las autoridades de la Gobernación, y las niñas fueron devueltas a su familia. La recién constituida Fundación Dionne les construyó entonces una gran mansión, equipada con 20 habitaciones. Con los años, la Guardería acabó convertida en un colegio y, posteriormente, fue usada como convento. El doctor Dafoe murió poco después del juicio, en junio de 1943.


La vida después de la fama

Al cumplir los 18 años, las quintillizas se marcharon de casa. Émilie se hizo monja y murió dos años después, en 1954, en el convento, durante un ataque epiléptico. Las otras cuatro hermanas intentaron llevar una vida normal, sin recibir, aún, ni un dolar de los inmensos beneficios que habían generado durante su infancia. Marie murió en 1970. Cuando la encontraron en el apartamento en el que vivía sola, llevaba varios días fallecida.

En 1995, las tres hermanas supervivientes por entonces (Annette, Cécile e Yvonne) afirmaron que su padre había abusado sexualmente de ellas durante su adolescencia, y revelaron asimismo que se habían sentido discriminadas por sus padres, y peor tratadas que el resto de sus hermanos. En 1997 escribieron una carta abierta,dirigida a los padres de los septillizos McCaughey, en la que les advertían de los riesgos de permitir demasiada publicidad para los niños.

Las tres hermanas, que vivían juntas en el suburbio de Montreal de Saint-Bruno-de-Montarville, llegaron en 1998 a un acuerdo económico con el Gobierno de Ontario, como compensación por la explotación a la que habían sido sometidas. Recibieron cerca de 3 millones de dólares libres de impuestos, y una disculpa formal. Yvonne falleció el 23 de junio de 2001, víctima de un cáncer.

Annette y Cecile, de 82 años de edad, tienen actualmente vidas muy distintas. En la primera entrevista concedida por ambas en 18 años, publicada el pasado mes de octubre por el diario Montreal Gazette, Marian Scott cuenta que las hermanas aún se sienten cerca (“se llaman por teléfono a diario”, “terminan las frases de la otra cuando hablan”), pero, mientras que Annette “vive de forma independiente en un agradable apartamento”, Cécile sobrevive gracias a una pensión del Gobierno de 1.443 dólares al mes, que apenas llega para pagar la residencia de ancianos en la que se encuentra.

A orillas del lago Nipsing, en el centro de Ontario, el museo de las quintillizas Dionne, una institución sin ánimo de lucro, guarda aún el testimonio de estas cinco vidas. Fotos, utensilios, juguetes, vestidos, documentos… La antigua casa de madera es, tal vez por poco tiempo ya, el testigo de una época de prodigios y atropellos no tan lejana como parece. Como dice Mark King, en North Bay, “si no queremos repetir los errores, tendremos que recordar cómo los cometimos”.

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Las quintillizas Dionne en 1947, con sus padres




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