Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Las últimas noticias de la Realeza. Monarquía vs. República
¿Cuánto reinarán Felipe VI y Letizia?


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NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensajepor Invitado » Jue 23 Jul, 2020 2:40 am



Un amigo de don Juan Carlos se perdió hace pocos años en el recinto privado de la Zarzuela. Iba a visitarlo, convaleciente de una de sus operaciones, pero en vez de entrar en las estancias del rey, abrió la puerta de un saloncito de la reina. Frente al televisor, estaban las dos hermanas griegas, Irene y Sofía, con una mesita delante con la cena, viendo la televisión. Era un programa cómico de una cadena inglesa y las dos hermanas comían y, a la vez, reían a carcajadas. El hombre cerró la puerta silenciosamente sin que ellas se dieran cuenta. “Me impresionó, porque las vi tan extranjeras, tan ajenas a todo…”.

Así ha estado nuestra reina durante cuatro meses, confinada en sus habitaciones, con la única compañía de su hermana Irene. Ni sus hijos ni sus nietos ni, por supuesto, su marido la han visitado. En esos largos días, seguramente, doña Sofía ha podido hacer repaso de su vida. Mejor dicho, de las mujeres en la vida de su marido. ¡Una obsesión que le ha durado más que el amor!

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Si pregunto qué siente la reina por el rey, me contestan: “La indiferencia más absoluta. Esa sonrisa que exhibe en las fotos junto a él se apaga cuando se quedan solos y se va cada uno por su lado”.

Sin embargo, su orgullo sufre con la exhibición pública de sus aventuras. Su relación con Corinna la hirió profundamente. Tanto, que, según se dice, maniobró para que el hijo de Corinna no fuera admitido en un buen colegio en Inglaterra y que las familias aristócratas inglesas le hicieran el vacío.

Alexander, que no es hijo del rey –ya que nació dos años antes de conocerlo– sino del príncipe Casimir zu Sayn-Wittgenstein, tuvo que ir al final a un prestigioso internado suizo.

Pequeñas venganzas, sutiles alfilerazos que, desde su posición, ha podido propinar a las amantes de su marido. Primero debía identificarlas, claro está. Cuando Sabino estaba en la Casa, era su paño de lágrimas y confidente. “La reina no sabía si eran varias amantes o solo una, pero muy paseada”. Preguntaba: “¿Es Bárbara?”. Y sabía leer en la expresión del jefe de la Casa como en un libro abierto. “¡Siempre acertaba!”. ¿Es la legendaria perspicacia de los celosos, que casi siempre dan en el clavo? Y Sofía aplicaba el correctivo correspondiente.

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A dos damas catalanas no las invitó nunca a las recepciones en el Palacete Albéniz, aunque ambas poseían título. A otra señora de la nobleza alemana la humilló de todas las formas posibles, negándole incluso un amarre en el Club Náutico de Palma. A Marta Gayá intentó que la sociedad mallorquina la marginase, pero ahí se impuso el rey y los deseos de Sofía no se cumplieron.

A veces no estaba muy segura. Por cierta presentadora de televisión preguntó a otra con la que tenía más confianza, y se hizo enviar fotos de la hija de una señora sevillana para observar un posible parecido… Supervisaba el mailing de las celebraciones del santo del rey en el Campo del Moro y aparecían misteriosas tachaduras…

A veces eran simples sospechas, o que las señoras eran muy guapas, o tenían fama de devoradoras de hombres… A Isabel Preysler, a Tita Cervera, a Marta Chávarri, siempre las saludaba con frialdad… De hecho, cuando los reyes eran solo Sofi y Juanito, se negaba a ir a Estoril, no solo para complacer a Franco, al que no le gustaba que visitaran a don Juan, sino porque sospechaba que detrás de cada amiga de la infancia, había una novia (por cierto, con razón la mayoría de las veces).

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Los que escribimos sobre este tema hemos querido ahondar en las relaciones de Sofía, para ver si ha correspondido con la misma moneda a su marido, sobre todo sabiendo que la pareja no tiene relaciones íntimas desde hace mucho más tiempo del que imaginamos. Un arquitecto, una personalidad política ya fallecida, un apuesto caballero portugués con el que se vería en Londres, el escritor J.J. Benítez que le escribía poemas… Todos, rumores infundados que me han sido desmentidos por las propias personas o por las circunstancias. La gran pregunta por tanto es: ¿Por qué doña Sofía ha aguantado durante tanto tiempo?

Los más generosos aventuran que por su hijo. Sí, pero… su hijo no iba a dejar de ser el heredero, pasara lo que pasase. La motivación tiene que ser otra y quizás no tan altruista. Cuando Sofía, que ha aguantado infidelidades desde su primer año de matrimonio, sorprendió a su marido en la cama con una mujer en una cacería en la que se presentó por sorpresa, tenía solo 37 años y se acababa de morir Franco. Y, comprendiendo que a partir de entonces su marido iba a actuar con total libertad, huyó a la India con sus hijos, dispuesta a dejarlo. La reina Federica fue muy clara: “No lo abandones nunca, no dejes de ser reina… ¿Quieres ser como yo, una reina sin reino, una paria que tiene que vivir de la caridad de los demás, y que ha tenido que venir a la India porque nadie me aguanta?”. Federica vivía modestamente en un ashram en Delhi junto a su gurú Mahadevin y su hija Irene. Había salido tan pobre de su país, que Juanito y Sofía les habían tenido que llevar ropa a Roma para que se vistieran ella, sus hijos y sus nietos.

Sofía entendió la lección perfectamente, se armó de su sempiterna sonrisa de Gioconda, y fue ella la que le comunicó al rey que, ocurriera lo que ocurriese, no querría divorciarse e iba a ser reina hasta que muriese.

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¿Es posible vivir al lado de un hombre durante 50 años y no sorprenderte de la inmensa fortuna que manejaba? “Ella era perfectamente consciente, es más, le animaba en ese sentido, temerosa de que le pasara lo mismo que a su madre”, me comenta el periodista García Abad, “¡El miedo a la pobreza es un sentimiento tan humano!”. La reina se definió delante de Pilar Urbano como “austera… dinero, dinero, dinero… ¡Me da asco que la gente siempre hable de dinero!”. Es fácil ser austero si vives en un recinto de varias hectáreas con ciervos y gamos, tienes a tu disposición en verano un palacio de 9.000 metros cuadrados en la isla más bonita del mundo, coches, barcos, un fabuloso joyero del que solo conocemos una pequeña parte y, encima, eres la buena de la película… La abogada Magda Oranich, que la conoce bien, me confesó un día: “Entiendo que pueda perdonar unos cuernos, al fin y al cabo, a cierta edad dejas de dar importancia a estas cosas, pero ¿qué tu marido sea un enfermo de la caza? Nosotras, que somos animalistas como ella, ¿podríamos aguantarlo? Mi respuesta es no… A menos que haya una motivación muy fuerte.”

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El último año, antes del confinamiento, me han comentado que, a pesar de sus limitaciones físicas, el rey ha ido a cazar prácticamente cada semana. Desaparecida Corinna, su gran amor, vierte en la caza todos sus anhelos, frustraciones y esos legendarios ataques de cólera que solo conocen sus íntimos. Las fincas de sus amigos ricos están a su disposición, son ambientes muy discretos, en los que nadie se va a ir de la lengua. Para el rey son todos los mimos y cuidados, tiene incluso una silla especial para poder cazar. Sigue cobrando piezas importantes. A pocos metros del palacio, en el mismo recinto de la Zarzuela, está el pabellón de caza del rey, donde guarda sus trofeos cinegéticos, un edificio que costó tres millones y medio de euros, con una habitación de 200 metros cuadrados para guardar únicamente las armas: medio centenar de fusiles. Al parecer, se hizo bajo la supervisión de Corinna, aunque su construcción es un secreto, ya que se hizo firmar una cláusula de confidencialidad a todos los que intervinieron y así permaneció hasta que lo reveló El Mundo. En los dos pisos del pabellón, perfecto silencio, inmóviles para toda la eternidad, hacen guardia exóticos elefantes, osos, jirafas… y también animales autóctonos como cabras montesas, jabalíes y lobos, disecados por expertos taxidermistas. Quizás está incluso la primera liebre que Juanito cazó con Franco y que el Caudillo le ofreció disecada, la cabeza y las pezuñas, cuando solo tenía nueve años.

Que la reina, persona sensible, sepa que cuando abre una de las ventanas de la zona sur casi puede ver el pabellón de la muerte, que lea en los periódicos cómo acusan su marido de enriquecimiento ilícito y hablen libremente sus amantes, las “de pasar” y las fijas, y aún se atreva a reñir a las periodistas porque llaman emérito a su marido, “no lo hagáis, se disgusta”, y luzca en su dedo como desafío el anillo de prometida, pertenece a lo más íntimo y misterioso del alma humana.

¡El alma de Sofía! Sabino dijo de ella: “Parece lo que no es”. Con eso tenemos que contentarnos.

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NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensajepor Invitado » Jue 30 Jul, 2020 2:47 am



Los Juegos Olímpicos de Barcelona en el 92, junto a la Expo de Sevilla, constituyeron los dos ejes de la vida nacional y convirtieron nuestro país en la capital del mundo. Justo estos días hace 28 años. Y así lo acaba de recordar el rey Felipe en un vídeo conmemorativo grabado para el Comité Olímpico: “España dio un salto cuantitativo … En estos momentos duros el espíritu olímpico debe seguir inspirándonos…”.

¿Cómo no va a recordarlos él, que fue abanderado y en la sesión inaugural puso un nudo de emoción en todas las gargantas? Desfiló, alto y marcial, portando la bandera española, con un sombrero que le iba pequeño –porque no tenían de su talla–, y su hermana Elena se echó a llorar como una ciudadana cualquiera. La imagen de sus lágrimas resbalando libremente por su rostro apareció en todo el mundo. Sabíamos que en esa época Felipe estaba enfrentado a su familia por el amor de Isabel Sartorius, una relación tan tormentosa que aquel pobre muchacho de 24 años flotaba como un barco a la deriva en los experimentados brazos de la irresistible sirena. Pero del asunto no se podía hablar libremente. Eso al menos me dijeron en televisión: “Del tema Sartorius, mejor no hablar”. Me contrataron en ‘Barcelona: juegos de sociedad’, un programa diario de Televisión Española improvisado sobre la marcha y destinado a cubrir la vertiente social de los Juegos Olímpicos. Era en directo, a partir de la medianoche, lo dirigía el genial Joan Ramon Mainat, lo presentaba la exquisita Inka Martí y no teníamos ni un duro. Como yo debía salir todas las noches vestida de gala, mi amiga Guillermina Motta me dejó la ropa que usaba en el escenario. Competíamos con la todopoderosa TV3 y la estrella máxima Julia Otero, y yo me tenía que recorrer cada día los restaurantes, ruedas de prensa, cenas y agasajos tratando de encontrar todo aquello novedoso, diferente y gratis, para competir con la ilustre compañera y, sin embargo, amiga.

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Mi centro de operaciones era el hotel Princesa Sofía, porque en él se alojaban todas las testas coronadas. Y un día coincidí en el ascensor con dos reinas, Ana María de Grecia y Beatriz de Holanda. Me incliné ante ellas en una reverencia muy protocolaria y cuando ya iba a levantarme, antes de que se cerrasen las puertas, se colaron dos más: Sofía de España y la gran duquesa de Luxemburgo. Volví a inclinarme y, por si las moscas, ya no me enderecé hasta que llegamos al ático, diez pisos después. Salieron altivamente las cuatro reinas y oí a una extrañada Ana María que le decía a su cuñada en un susurro perfectamente audible: “Pobrecilla, esa periodista… No sabía que era jorobada”.

En otra ocasión, comimos en el Auditorio y me tocó sentarme al lado de la princesa Ana de Inglaterra, que era la presidenta de su federación hípica. Vestida como una medio monja exclaustrada, con un moñete de institutriz, no me dirigió ni una mirada en toda la comida. Acabamos, nos levantamos… No, ella no… Se quedó sentada moviéndose de forma extraña, hasta que, al final, me dirigió una mirada de socorro. Se le había perdido un zapato debajo de la mesa. Me puse a cuatro patas, lo encontré a varios metros y ella me tendió su pie deformado por los juanetes, provisto de un ‘pikis’ no muy limpio, y se lo puse como si ella fuera la Cenicienta y yo, el príncipe. A partir de ahí, cada vez que me la encontraba, me mostraba el pie y yo levantaba el pulgar guiñándole un ojo, ante el natural desconcierto de todos mis compañeros.

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¡Los compañeros! La competencia era seria y, aunque nos amábamos, éramos capaces de descuartizarnos para conseguir una buena exclusiva. ¡Schwarzenegger está comiendo en la Barceloneta! ¡Michael Douglas en el Tibidabo! Corre, corre, que aún puedes enterarte de algo, qué comieron, con quién, cuánto medían… (ambos son bajitos). En el hotel se alojaba la familia Alba al completo: Cayetana, sus hijos y Jesús Aguirre, al que nadie hacía caso, ni siquiera le dirigían la palabra, y se quedaba mustio y solo tomando café conmigo y me mentía como un bellaco: “Hoy me ha estado llamando todo el día Vázquez Montalbán para que fuera a comer con él. Juan Marsé está empeñado en enseñarme Barcelona”. Tímidamente, le propuse que viniera al programa y, ante mi sorpresa, aceptó entusiasmado. Lo metí en un coche de producción y lo llevé a los estudios de Sant Cugat. Entre Moisés Rodríguez y yo lo entretuvimos en la sala vip mientras iban desfilando los otros invitados del programa, Paquito Clavel y la vedette Regina Do Santos con un escotazo impresionante. Jugaban al billar y aquello era un alboroto sicalíptico con continuas alusiones a las bolas de Regina y las bolas de Paquito. El duque de Alba iba empalideciendo y temimos que huyera a uña de caballo. Pero salió al plató y se dirigió a Inka con una de sus retorcidas sonrisas: “Espero que no me invite a jugar al billar. Me he dejado las bolas en el palacio de Liria”. ¡Madre mía la que se armó! ¡Esa noche ganamos a Julia Otero! Aunque quizás la petición más extraña me vino del propietario del hotel Ritz de Barcelona, mi amigo Antonio Parés: “Oye, Pilar, que me dice el rey de Togo que nunca se sienta en una silla corriente, que quiere un trono. ¿De dónde diablos saco yo un trono?”. Llamamos al Ayuntamiento, a Casa Real y no, don Juan Carlos y doña Sofía no usaban tronos. Hasta que, al final, se me ocurrió. ¡Solo hay unos reyes que se sienten en tronos! Llamamos a unos grandes almacenes, pedimos el trono de los reyes magos y lo enviaron al hotel. El rey de Togo se quedó tan contento y Parés tan agradecido, que me ofreció su suite romana para que pasara un fin de semana… ¡Ya lo contaré algún día!

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Indiscutiblemente, el centro de atención de los Juegos Olímpicos de Barcelona fue el rey don Juan Carlos. Estaba en la cumbre de su popularidad. En esos días se hizo una encuesta en la prensa catalana y, al preguntar quiénes eran las figuras más importantes de estos Juegos Olímpicos, el primero fue Maragall y el segundo, Juan Carlos. Jordi Pujol, el president de la Generalitat, manifestó que lo admiraba porque era una de las personas que mejor entendía el hecho catalán y don Juan Carlos se paseaba guapo, bronceado, sonriente, seguro de sí mismo, convertido en el talismán de la selección española. Sofia y Juan Carlos eran la imagen icónica de un país moderno y avanzado y se movían como estrellas de Hollywood, repartiendo abrazos y sonrisas. Pero todo era una comedia de cara a la galería… La pareja real se alojaba en el palacio de Pedralbes y, por las noches, los gritos que se dirigían se oían desde el jardín. La reina se había enterado de que el rey tenía una relación seria con Marta Gayá, que también estaba en Barcelona, y otra no tan seria con una dama catalana y una vez… Pero esto es ya otra historia. ¡Ay, quién pudiera volver a esos tiempos en los que todo parecía posible!




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