Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Las últimas noticias de la Realeza. Monarquía vs. República
¿Cuánto reinarán Felipe VI y Letizia?


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NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensajepor Invitado » Jue 04 Jun, 2020 1:00 am



"Hace cinco años de mi abdicación de la Corona y desde el año pasado he venido madurando esta idea. Es mi voluntad y deseo dejar de desarrollar actividades institucionales a partir del próximo 2 de junio”. Hace un año de esta estremecedora carta de don Juan Carlos a su hijo Felipe que se hizo pública por expreso deseo de los dos.

Parece sincera y emotiva, pero contiene varias inexactitudes: el rey no llevaba un año madurando la idea, es más, ni siquiera fue idea suya apartarse de las actividades públicas, sino que fue fruto de una dura negociación entre padre e hijo. Felipe, un mes antes de esta misiva y sin que lo supiéramos nadie, había sido informado de las cuentas opacas de su padre en Suiza y de que Leonor y él mismo figuraban como beneficiarios. Y había acudido a la desesperada a un notario para declarar que no sabía nada de estos asuntos y renunciaba a todo beneficio que pudieran derivarse.

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A partir de ahí, don Felipe vivía con el temor de que el día menos pensado Corinna y las investigaciones periodísticas en el extranjero sacaran a la luz estas irregularidades, y saliendo del notario se enfrentó a su padre y le dijo: “No nos podemos fiar de tu amante ni de los fiscales suizos ni de los periodistas... Si quieres salvar la institución, esta es la única salida que te queda. Escribe esta carta en la que decides retirarte de las actividades públicas”.

Aunque al principio el rey emérito se negó tajantemente, al final, a regañadientes y con grandes reticencias, tuvo que aceptarlo. Como tuvo que aceptar la abdicación en 2014. ¡Cuentan que los gritos entre padre e hijo se oían desde el jardín! Don Juan Carlos estaba tan enfadado que incluso se negó a ir a la proclamación de Felipe y estuvo sin hablarle muchos meses. Desde entonces, los desencuentros han sido numerosos: homenajes programados de los que de pronto dejaba de hablarse, su ausencia en ceremonias importantes...

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En el aniversario de los 40 años de la Constitución se lo quería sentar en el gallinero del Congreso y decidió no ir. ¡Estaba indignado! ¡Él, que se consideraba uno de los padres de facto de esa constitución! Y es que Felipe y sus asesores –y quizás también Letizia–, avisados de que iban a ir saliendo a la luz las tropelías de Juan Carlos, tenían que ir poniendo parches antes de la herida y acotando las cuotas de poder que aún conservaba el rey emérito.

Aunque la carta de renuncia de 2019 sirvió de poco, en marzo de este mismo año el propio don Felipe tuvo que dar un paso adelante y rematar simbólicamente a su padre, ya que habían aflorado al fin las informaciones de la existencia de esas cuentas opacas en Suiza, como él se temía. Y tuvo que explicar que un año antes “renuncié en cuanto lo supe a mi herencia y al beneficio de cualquier estructura financiera que no esté en consonancia con la legalidad”, reconociendo implícitamente que su padre había cometido hechos presuntamente delictivos. Don Juan Carlos apuntaba en el mismo documento que su hijo “no tenía conocimiento de estas actividades”, asumiendo también, en cierta manera, su culpabilidad.

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¡Cuánto no sabemos todavía! ¡Son muchos años de impunidad, contando con la complicidad tácita de muchos políticos y periodistas! Como dice Corinna en las cintas de Villarejo: “El rey es como un niño… no distingue lo legal de lo ilegal”. Aunque cada semana, gota a gota, vamos enterándonos de más anomalías económicas, y aunque los delitos en España no pueden juzgarse ya que el rey era inviolable, ¿podría hacerse en Suiza? Quizás todavía veremos a don Juan Carlos sentado en el banquillo de los acusados. ¡A los que vivimos la transición nos sangrarán los ojos ante esa imagen! Y es que los asuntos de dinero son los que menoscaban realmente la figura de un rey y, por tanto, lo que más temor producen. Así me explico que, cuando una persona próxima a don Juan Carlos le avisó de que yo estaba escribiendo ‘La soledad de la reina’, el rey le preguntó: “¿Y qué dirá?”. Su interlocutor le respondió: “Pues, barbaridades, señor, las infidelidades, las mujeres…". "Ah ¿habla de mis novias? Pues mientras hable de mis novias me es igual... No tiene importancia”.

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En este largo confinamiento, el rey vive con el temor de que le arrebaten lo último que le queda: el tratamiento de rey y los privilegios que conlleva, desde el uso del avión hasta vivir en Zarzuela y las casas de Patrimonio. Dándose la paradoja de que él, que ha sido rey durante 40 años y uno de los motores de la transición, pueda ser enterrado como un ciudadano cualquiera, mientras que su padre, que no reinó ni un solo día, reposa bajo una losa en la que pone Juan III. ¡No sabe qué va a pasar, y la incertidumbre es lo peor de todo! Se mueve por Zarzuela como alma en pena en silla de ruedas, aunque estos días está más acompañado, ya que se va reincorporando poco a poco todo el personal de la casa. No habla con su hijo, pero tampoco con esa mujer con la que se casó sin amor y a la que ha llegado a detestar profundamente. Hay una frase recurrente que te dicen los amigos de Juan Carlos: "La reina no ha sabido crear ni familia, ni hogar...". Irene, que acompaña a Sofía y que estuvo algo enamorada de Juanito hasta el punto de que los amigos de Estoril dudaban de si se iba a casar con una hermana o con la otra, tampoco le dirige la palabra. Por su cabeza, nunca ha pasado irse a vivir a ningún país caribeño. Su sueño en estos momentos es volver al mar. Como decía su padre cuando estaba ya ingresado en la clínica de Navarra, a punto de morir: "El mar... añoro el mar". Está siendo un final de tragedia griega para una vida extraordinaria.

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NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensajepor Invitado » Sab 13 Jun, 2020 3:07 am



Hace quince años nacía Irene Urdangarin Borbón, la hija pequeña de Cristina e Iñaki. ¡Y quién iba a decir que ese bebe rubicundo y sanote iba a ser el causante del primer enfrentamiento entre Letizia y Cristina! Terminaría por derivar en esa aversión manifiesta que se extiende hasta nuestros días y se puso en evidencia el día del funeral de la Infanta Pilar, hace pocos meses. Cuando Felipe parecía que iba a saludar a su hermana, se interpuso Letizia abortando la maniobra.

Este gesto del rey hubiera significado el respaldo público y el apoyo fraternal a una repudiada infanta Cristina, con un marido en la cárcel, apartada de la familia y de la vida pública.

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Pero aquel 5 de junio de 2005 nada hacía presagiar estas engorrosas tormentas familiares. Rubios, guapos, altos, en la puerta de la clínica Teknon de Barcelona, la familia Urdangarin Borbón parecía “de anuncio”, como decía una de las numerosas personas que a mi lado contemplaban esa primera presentación a la prensa de Irene. Corrieron en ese momento rumores de que se había recurrido a técnicas de fertilización para que la infanta alumbrara al fin a una niña después de tres chicos, pero se comentaba con cariño, porque todavía no sabíamos nada de los negocios opacos de Iñaki.

Cristina, “la nostra”, estaba muy guapa. Llevaba un blusón de color azul cielo, su peluquero había ido a la clínica a peinarla y maquillarla, y no había engordado demasiado, siguiendo las pautas que le había marcado su dietista, la doctora Folch. Iñaki llevaba corbata rosa, a juego con las camisas de Juan, Pablo y Miguel.



El bautizo de Irene tuvo lugar mes y medio después, el 14 de julio, en los jardines del palacio de la Zarzuela. Letizia, recién incorporada a la familia, estaba embarazada de cinco meses, solo cuatro meses después iba a nacer el heredero del heredero: ¡un brote nuevo en el ya robusto tronco borbónico! Todas nuestras miradas estaban puestas en ella, analizábamos hasta el menor detalle de su indumentaria, de su expresión, de las relaciones con su familia política. El proceso de adaptación estaba siendo duro y difícil. Dejar de ser una profesional libre y brillante para someterte a la rigidez de la vida en palacio, donde tu único cometido es sostener un ramo de flores y caminar cuatro pasos detrás de tu marido, estaba resultando muy decepcionante.

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De las dos cuñadas, con la que se llevaba mejor era con Cristina. Iñaki había comprado el anillo de compromiso en Barcelona, las dos parejas habían salido juntas varias veces, Cristina era universitaria, trabajaba, tenía muchas cosas en común con su cuñada. Cada vez que Letizia viajaba a Barcelona para probarse el traje de novia en el taller de Pertegaz en la Diagonal, llamaba a Cristina y luego comían en el Jardín de la Abadesa, al lado de la Cruz de Pedralbes.

Así pues, cuando Cristina organizó el bautizo de su hija en Madrid, empezó a calcular cómo distribuir a los invitados que acudían de fuera. Ellos y los parientes de los reyes, en la Zarzuela, los hermanos de Iñaki y los amigos de Barcelona, en hoteles. Pero pensó que sus suegros merecían trato especial y se le ocurrió que podrían alojarse en casa de su hermano. La Zarzuela bis, la casa de la pradera, como la llamaba el rey, o el Pabellón del príncipe, un extenso palacio/chalet de 3.200 m2 cuya construcción había costado 4,2 millones de euros. Los suegros aceptaron encantados y Cristina llamó a Felipe para pedírselo.

Éste le dijo que sí, naturalmente, pero que de todas formas llamase a Letizia, que no dejaba de ser la anfitriona, aunque no habría ningún problema, por supuesto. Así lo hizo la infanta y cuál fue su sorpresa ante la respuesta de su cuñada: se negó en redondo a invitar una noche al discreto matrimonio Urdangarin, Juan María y Claire. No es que le pusiera pegas, ¡es que le dijo lisa y llanamente que no! “Estoy embarazada, no me siento bien y no me apetece tener en casa a unas personas que no conozco”.

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Quien me contó este suceso, que publiqué en mi libro ‘Secretos y Mentiras de la familia real’, en 2007, lo juzgó con benevolencia dada “la extrema vulnerabilidad de Letizia esos días”. El bautismo, como es natural, estuvo lleno de caras largas. Aunque se celebró a las siete y media de la tarde y en una zona sombreada, al lado de la ermita que está en los jardines del palacio, el calor era insoportable y se eternizó por los parlamentos de monseñor Rouco Varela y los otros dos sacerdotes. Habían vestido a Irene con el traje de cristianar que ya había llevado su abuelo en su bautizo en Roma, la pila era la de plata sobredorada del Palacio Real y el agua venía (presuntamente) del rio Jordán.

Cristina, más acostumbrada a disimular y dado que a la postre estaba en su ambiente, en su casa y arropada por todos los suyos, posa sonriente en todas las fotos, pero la expresión de Letizia es un poema. No se levantó de la silla, se abanicaba continuamente, le brillaban las sienes, cuando posó en grupo se le hundieron los tacones en el césped y estuvo a punto de caerse… Tenía un rostro tan angustiado que uno de los invitados me dijo que temió que fuera a desmayarse. Ninguno de los cincuenta asistentes eran amigos o de su familia, se sentía en territorio enemigo, lo pasó muy mal.

Se había especulado que la madrina de Irene podía ser Letizia, pero fueron padrinos Rosario Nadal, entonces mujer de Kyril de Bulgaria, y Pedro López-Quesada, que terminaría pasándose al “bando” de Letizia y convirtiéndose en el “compi yogui”. Si estaba así calculado desde el principio o se cambió debido al enfrentamiento de las cuñadas, nunca lo sabremos.

Cristina le contó lo sucedido a su padre, que adora a sus hijas. Por supuesto, la respaldó y no le dirigió la palabra a Letizia en todo el bautizo. Felipe no tuvo más remedio que ponerse de parte de su mujer, y desde entonces el trato con su hermana no ha hecho más que empeorar.

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En el 40 aniversario de Iñaki Urdangarin, por ejemplo, tres años después, Cristina le preparó en la casa de Pedralbes una súper fiesta a la que acudieron los entonces príncipes de Asturias y la reina Sofía. Uno de los empleados que sirvieron el catering me contó que Letizia estuvo todo el tiempo en un rincón sin hablar con nadie y sin que nadie le dirigiera la palabra, mientras los invitados, reina incluida, bailaban la conga alrededor de la piscina. Los desencuentros han sido constantes, pero el árbol de la hostilidad hunde sus raíces en 2005. ¡Triste aniversario! Desde entonces, se ha hecho muy grande.

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Mensajepor Invitado » Sab 20 Jun, 2020 3:07 am



La primera llamada del día para don Juan Carlos es de su hija Elena. “Hola, papá, ¿cómo estás?”. “Bien, chiquitina”. Son conversaciones breves, porque ni él ni ella son personas cariñosas, pero el padre sabe que la hija siempre está ahí y que, a diferencia de Cristina, nunca le pide nada. En estos meses de confinamiento debido a la covid-19, la infanta, aunque ha debido permanecer aislada en casa, sin servicio y sin sus hijos, ha estado muy activa. Ha paseado a su perra Tula dos veces al día, ha salido a aplaudir al balcón a las ocho de la tarde y ha grabado algunos vídeos festivos en los que demuestra que las frivolidades de este mundo, tales como ropa de moda, peluquería o maquillaje, ya no forman parte de sus intereses.

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¡Qué diferencia de aquella infanta de tipo espectacular a la que yo vi bailar varias veces en el podio de la discoteca Tiffanys de Baqueira y que de pronto desaparecía y veías a los escoltas recorriendo el hotel Montarto de arriba abajo para tratar de encontrarla! Era la primera en llegar a las pistas por la mañana gritando: “¡Vamos al Mirador!”, y la seguía una fila de amigos tan larga como la cola del metro. O aquella muchacha entregada a la música que bailaba en la discoteca Cats de Puerto Portals jugueteando con dos abanicos a la manera de Locomía, a la que intentó fotografiar Gustavo González, pero fue expulsado de la ‘boîte’ por los miembros de seguridad que siempre la acompañaban y protegían. Una infanta en la que se han cebado la injusticia y la desgracia en tres ocasiones de su vida.

Al nacer, la primera. Le tocaba reinar al ser la primogénita, ya que en este país no impera la ley sálica. Pero fue el propio rey el que insistió a los ponentes de la Constitución para que se precisara que el heredero debía ser varón porque, según dijo: “Mi hija mayor no está en condiciones de reinar”, señalando a Elena de por vida con esta frase demoledora, achacándole algún problema que nunca hemos sabido cuál es en realidad. Mientras sus profesoras en la escuela de Magisterio dijeron que era perfectamente normal, también averiguamos que Sabino Fernández Campo, el que fue jefe de la casa real, la acompañó durante muchos años al psicólogo. Claro que esta circunstancia no le importó nunca a Elena, quien confiaba a sus amigos: “Rezo para que no le pase nada a Felipe, no soportaría ser reina”. Su abuela le inculcó el amor por los caballos aunque, según decía: “La niña tiene el mismo problema que yo, es demasiado grandota y nunca será muy buena”.

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Se enamoró perdidamente de su compañero en la hípica, Luis Astolfi, que la abandonó por la que después fue su mujer. Cuando la infanta se iba acercando a los 30 años y la prensa se preguntaba: “¿Elena se quedará para vestir santos?”, se empezó a ver a su lado a un muchacho larguirucho con cara de enterrador, que al poco supimos que era su novio. Jaime Marichalar pertenecía a la pequeña nobleza castellana, era un empleado de banca sin un duro, “bisutería fina” según la letal definición del experto en monarquía Juan Balansó. Su sueño era casarse con una infanta y convertirla en la mujer más elegante del mundo, un papel en el que Elena nunca se ha sentido a gusto, pues lo suyo es el ambiente rural de cacerías, caballos y fuego en la chimenea

Tuvieron dos hijos, pero solo cinco años después ya se rumoreaba que la infanta era tremendamente infeliz y quería separarse. Pero, en 2001, a Marichalar le dio un ictus haciendo bicicleta estática en su gimnasio y aquí se vio la madera de que estaba hecha Elena, pues tuvo que resistir al lado de su marido tres años terribles. Se fueron a vivir a Nueva York para tratarlo en el Mount Sinai con Valentín Fuster y se alojaron en el hotel Intercontinental, mientras sus hijos iban a una guardería de los jesuitas en Manhattan.

El carácter de Jaime se vuelve desconfiado, agresivo e irascible, le monta a la infanta unas escenas espantosas, se mete con la gente por la calle. A través de la hípica, Elena se hace amiga de los Hearst, quienes los invitan a su casa en los Hamptons. Nada más llegar, Marichalar le espeta a su anfitriona: “Llevas un traje feísimo”. No tienen dinero, no cuentan con ningún apoyo, excepto la directora del hotel, que es española y les hace un precio especial para que puedan seguir alojados. Cuando regresan a Madrid, la infanta está embarazada, pero pierde a su hijo. A partir de ahí no hay marcha atrás. Se enfrenta a sus padres, la madre no tolera el divorcio, y su padre, a pesar de que detesta a Marichalar, le recuerda lo difícil que es la vida para una mujer sola. Pero ella tira el divorcio adelante, no la anulación eclesiástica, que ni uno ni otro solicitan.

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Elena cambia entonces completamente. ¿Dónde están sus fastuosos trajes de Caprile y Lacroix, sus sombreros, sus largas sesiones en la camilla de la esteticista, su asistencia a fiestas y desfiles de moda? Todo eso pasa al olvido, se dedica a sus trabajos de profesora de inglés y en la Fundación Mafre, ejerce de madre soltera de sus dos hijos, se vuelca en la religión y en la amistad de su amiga Rita Allendesalazar, su segunda familia, y los periodistas pronto nos cansamos de seguirla y dejamos de hablar de ella. Y aquí se vuelve a dar otra injusticia en su vida: a pesar de su comportamiento irreprochable, la casa real decide prescindir de sus servicios y arrumbarla al desván de los trastos inservibles como su hermana Cristina, la gran repudiada. La apartan de todas sus funciones, apenas tiene trato con su hermano, su cuñada o sus sobrinas y, aunque no tiene ninguna culpa, se convierte, como Cristina, en una apestada. Con Letizia, el trato siempre ha sido frío y distante; una es una princesa de sangre real y la otra no, pero su cuñada tiene el poder y ella no. Es curioso que se mantenga tan apartada a la que va tercera en la línea de sucesión de la Corona, después de Leonor y Sofía. Un caso único en las monarquías europeas.

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"Elena hubiera sido feliz haciéndose monja”, me comenta una persona que ha estado muy cerca de ella. Desde su separación, lleva una vida monacal y no ha conocido varón, algo consecuente con su forma de pensar, ya que delante de los ojos de Dios sigue casada con Marichalar.

Es tan severa en sus juicios como su madre, pero mientras Sofía cultiva una religiosidad difusa y algo estrambótica, en la que se mezclan lo católico onda integrista, lo ortodoxo, lo budista, las enseñanzas indias del gurú Mahadevi e incluso la teosofía de madame Blavatsky, que cree en la reencarnación y la trasmigración de las almas, Elena es católica a machamartillo. El único hombre de su vida es su padre. “Hola, papá, ¿cómo estás?” “Muy bien, chiquitina”.

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VALENTIN FUSTER.?

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensajepor VALENTIN FUSTER.? » Sab 20 Jun, 2020 7:21 am

'' NO ES POR MALDAD'' PILARICA, PERO LA PRIMRA VEZ QUE ESCUCHE EL NOMBRE DE VALENTIN FUSTER FUE CUANDO OPERO A CARLOS CANO DE 1 OPERACION DE CORAZON A VIDA O A MUERTE EN NUEVA YORK. DESPUES, EL NOMBRE DE VALNTIN FUSTER LO ESCUCHE VARIAS VECES POR HABER OPERADOS A OTROS ESPANOLES DE CORAZON. JAMS HE ESCUCHADO QUE VALETIN FUSTER, TRATARA A NINGUN ENFERMO DE ICTUS COMO TU DICES QUE TRATO AL MARIDO DE LA INFANTA ELENA.

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Mensajepor Invitado » Sab 20 Jun, 2020 11:10 am

No es por maldad, anónimo, pero con una pequeña búsqueda en Google encuentras esa información:

Este lunes, 17 de febrero, los Reyes entregaron en el palacio de El Pardo los Premios Nacionales de Investigación, un acto al que asistieron numerosas caras conocidas como Alicia Koplowitz o el ex ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón. Aunque la gran sorpresa fue la presencia de Jaime de Marichalar, ex marido de la Infanta Elena, dado que se trataba de un acto institucional de los Monarcas.

Sin embargo, no era tan extraña, habida cuenta de que entre los premiados se encontraba el cardiólogo Valentín Fuster, quien mantiene una relación muy estrecha con el ex duque de Lugo, ya que es uno de los grandes artífices de su recuperación tras el gravísimo ictus que padeció en diciembre de 2001. El infarto cerebral dejó a Marichalar afectado de serias secuelas en el lado izquierdo de su cuerpo, y dado su empeño en demostrar que seguía siendo el mismo de antes, dedicaba más tiempo a la vida social que a su rehabilitación, lo que suponía un serio riesgo para su salud. Y quitaba el sueño a Don Juan Carlos, hasta el punto que se puso en contacto con el médico, residente en Nueva York, quien determinó que Jaime se instalara una larga temporada en la cuidad de los rascacielos, algo que hizo en 2003 junto con la Infanta Elena y sus hijos, Froilán y Victoria Federica. El tratamiento, supervisado por el propio Fuster, consistía en siete horas de rehabilitación diarias en el prestigioso hospital Monte Sinaí, donde este ejercía como especialista cardíaco.

etc.

https://www.elmundo.es/loc/famosos/2020 ... b45f1.html

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GRACIAS

Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensajepor GRACIAS » Sab 20 Jun, 2020 12:32 pm

POR TU INFORMACION. COMO DIJE, EL NOMBRE DE FUSTER LO ESCUCHE POR PRIMERA VEZ CUANDO URGENTEMENTE TRASLADARON A CARLOS CANO A NUEVA YORK PARA SER OPERADO DE URGENCIA. RECUERDO QUE CARLOS CANO ESCRIBIO 1 COPLA TITULADA: '' YO NACI EN NUEVA YORK'' SE MUY POCO DE MEDECINA, PERO NUNCA HE LEIDO NI HE OIDO QUE 1 CARDIOLOGO HAYA TRATADO A 1 PACIENTE QUE HAYA SUFRIDO 1 ICTUS.
GRACIAS 1 VEZ MAS, POR TU INFORMACION

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Mensajepor Invitado » Jue 25 Jun, 2020 2:46 am



No viene Julio Iglesias a España. Ha cancelado su gira por culpa del coronavirus. “Está muy triste”, declaran sus representantes, “porque tenía una gran ilusión por venir”. ¡Narices tenía ilusión! ¡Naranjas de la China! Julio estaba tan preocupado con esta gira que para él ha sido un alivio no tener que realizarla. Eran cinco conciertos programados, frente a los treinta de Raphael, su más directo competidor, que ha aplazado la mayoría para el año 2021 ¡y en algunos ya ha agotado entradas! Julio iba a actuar tan solo en Fuengirola, Alicante, Chiclana, Mérida y Córdoba. Lugares llenos de encanto, sí, pero tenía la espina clavada de no haber conseguido que las grandes plazas como Barcelona, Madrid, Valencia, A Coruña o Zaragoza, escenarios de sus grandes éxitos, se interesaran por contratarlo.

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Y es que ningún promotor privado quería arriesgarse porque lo cierto es que Julio ha descuidado a su público español y ya no tiene el predicamento de antes. No se puede olvidar que, en los últimos conciertos en España, concretamente el de Cap Roig en Girona, se tuvo que llenar el aforo con jovenzuelos captados a lazo a última hora porque “Julio se deprime si ve que no hay público”. ¡Aún recuerdo el cabreo de los espectadores que habían pagado 400 euros e iban elegantemente vestidos al ver a aquellos niñatos con sandalias y bañador sentados en las primeras filas que, encima, no habían pagado ni un euro! Y bostezando, porque el espectáculo, con sinuosas señoritas a las que Julio piropeaba incesantemente, y con discursos tipo: “Cuidado esos maridos, que aquí veo mucha señora guapa”, y chistes como: “Me llamaban el termo porque cantaba tan dentro de mí, conservo el calor…” les eran a aquellos muchachos tan ajenos como el ‘No-Do’ o la goma de borrar.

Pero Julio también se ha alegrado de cancelar su concierto, no solamente porque temía el fracaso artístico en su tierra, sino también que su hijo Javier Santos decidiera emprender alguna acción a la desesperada para reclamar su atención, presentándose en algún evento o abordándolo en su camerino o intentado subir a su avión privado. Y también tenía miedo a las preguntas de los periodistas. Han pasado ya aquellos tiempos en los que venían los mánagers a pedirte que de ciertos temas no preguntaras, o Julio te llamaba unos minutos antes de la rueda de prensa para mirarte a los ojos y suplicarte: “No me menciones eso… ¿no querrás verme sufrir, verdad, flaca?”. Y siempre cedías porque la carne es débil y tampoco te pagaban tanto.

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El hecho de que Julio maquille su vida no debe cogernos por sorpresa, porque, como todos los grandes artistas, miente muy bien. Los mas viejos del lugar recuerdan con asombro cuando llegó a las redacciones el documento que acreditaba que se había hecho súbdito panameño, y cómo lo negó en rueda de prensa: “Soy más español que la fabada y eso es un infundio de mis enemigos que quieren hundirme…”. O cuando dice que se lleva tan bien con su hijo Enrique y ahora nos hemos enterado por las memorias de Ramón Arcusa, “Soy un truhán, soy un señor (o casi)”, que conoció a sus nietos y a Anna Kournikova poco antes de la cuarentena del coronavirus.

Pero Julio es el primero en confesar: “Soy un mal padre”. La familia, los hijos, las mujeres, siempre han estado detrás de su carrera. Me contaba hace poco un amigo su asombro cuando había ido a verlo en verano a su casa de Ojén. “No sabía cómo se llamaban las personas de servicio y creo que ni sus propios hijos… Me los presentaba en plan, este es un fenómeno, pero yo creo que es porque no le venía el nombre a la cabeza en ese momento… Le pedí un vaso de agua y abría puertas al azar, no sabía dónde estaban los vasos, me dijo que nunca había entrado en la cocina… Menos mal que Miranda estaba al quite de sus más pequeños deseos, sin hablar, eh, porque es una gran silenciosa”. Pregunté si su fiel compañera de estos últimos treinta años seguía en la casa, y me dijo que sí. No es glamurosa ni fotogénica como Miranda, pero es la persona que mejor lo conoce y con la que más cómodo se siente.

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En estos días, Julio es noticia de primera plana en México, ya que la mujer del importante abogado Juan Collado, preso por delincuencia organizada, lavado de dinero y cargos muy graves que lo relacionan con la ‘mafia del poder’, ha dicho que su gran apoyo en estos tiempos, en los que todos huyen y tratan a la familia como si fueran unos apestados, es Julio Iglesias. “Es su hermano de sangre, me llama todos los días, me ofrece su ayuda a cualquier nivel, cuando el tema de la pandemia se acabe, quiere venir a verlo a la cárcel, aunque sabe el escándalo que representará esa visita…”. En cada celebración importante del millonario abogado, que atesora grandes cantidades de dinero en bancos españoles y andorranos y está casado con una actriz de telenovela muy famosa en México, Julio estaba allí, algunas veces cobraba un millón de dólares por actuación, y otras cantaba gratis, por amistad.

No es su primer contacto con este tipo de asuntos. Hace años, ya me contó Xavier Cugat que él le había presentado al sucesor del gánster Bugsy Siegel. “Todos los artistas del espectáculo en EE UU son contratados por la Mafia, si no, no podrían actuar, pregúntaselo a Frankie [Sinatra]… Eran unas personas muy agradables, yo les dije que Julio era como mi hijo y le abrieron las puertas de EE UU”, me dijo. Julio está bien de salud, mejor que estos últimos años. Ha pasado la cuarentena con la familia al completo, incluidos los perros de sus hijas, en su casa de Miami, “lavándome las manos varias veces al día”, según ha explicado él mismo, y sigue diciendo: “Me gustan las mujeres con locura” y también: “Me quedan muchos sueños inconfesables que cumplir”. Vente para España. Julio, va, y así nos lo cuentas.

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Mensajepor Invitado » Vie 26 Jun, 2020 1:30 am



Pilar Eyre abandona Espejo Público tras una contestación de Fran Rivera: "No queremos gente como tú"
La periodista Pilar Eyre ha dado por finalizada su intervención en el programa después de una discusión con el extorero Fran Rivera. Visiblemente afectada, la colaboradora se disculpaba y aseguraba que no estaba en condiciones para continuar.

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NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensajepor Invitado » Vie 03 Jul, 2020 2:01 am



Año 1981. Viernes tarde. La secretaria de Interviú sacó la cabeza por la puerta de la redacción y preguntó: “¿Hay alguien?”. “Sí, yo, ¿qué pasa?”. Unos pies sobre la mesa, calzados con unas botas tejanas, identificaron al único periodista que quedaba en todo el edificio de la calle Rocafort: el más brillante de todos nosotros, el mítico y gamberro Luis Cantero.

“Te paso una llamada”. Una voz de tono pijo, ansiosa, apresurada. “Luis, tú no me conoces, soy Tita Cervera, mira, te voy a pedir un favor muy gordo. Tenéis unas fotos ahí en las que salgo desnuda…”. “¿En toples?”, se hizo el despistado Cantero.

“No, no, desnuda de arriba y abajo, y embarazada. Son del año pasado, en la piscina de mi casa, os las ha vendido una amiga… Vaya, quien yo creía que era una amiga… Te suplico que las retires y yo a cambio te daré un desnudo bonito, unas declaraciones exclusivas, lo que quieras, pero es que esto me da mucha vergüenza”. La desesperación hacía que su voz temblase y Luis, hombre compasivo, le dijo: “Te entiendo, pero no puedo hacer nada, es competencia del director, además el número ya está impreso”. Tita se puso a sollozar: “Pero qué horror, cómo me hacéis eso, os voy a demandar, ¿con qué cara salgo ahora a la calle?”.

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Al cabo de un par de semanas y de que la revista se vendiera en todos los quioscos con el sugestivo título “Carmen Cervera, un embarazo al descubierto”, subí a Sant Feliu de Guíxols para ver si le sacaba alguna declaración. Ella no estaba, pero hablé con su madre, que me enseñó orgullosa la fantástica casa, Mas Mañanas, colgada sobre el mar. Estaba decorada tipo americano, los dormitorios con sábanas de seda y cojines en forma de corazón, el cuarto de Borja lleno de peluches, y luego me invitó a merendar en un salón con espejos de marcos dorados y alfombras muy gruesas.

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Me contó: “El padre del niño, Manolo Segura, que es un chico del grupo de Tita en Madrid, está muy enamorado de mi hija, pero ella no quiere casarse… No está segura de sus sentimientos”. Me hablaba de su hija y sus amigos como si fueran tiernos adolescentes, cuando Tita ya había tenido dos maridos. Entonces ninguno sabíamos que ya había conocido al barón von Thyssen. A la salida, me abordó una de las criadas: “Son muy buenas personas, pero diga que hace seis meses que no nos pagan”.

Segundo acto. En 1983, nadie se acordaba de esas fotos de Interviú, ni la propia Tita, que me invitó a su boda con el barón von Thyssen en el bellísimo castillo de Daylesford, una especie de Downton Abbey, en la campiña inglesa. Después de dos años de estar juntos, al final Tita había conseguido enamorar a aquel riquísimo barón que nunca aprendió a decir en español otra frase más allá del “Tita, te quiero”, según nos demostró ese día, en que no dejó de repetirlo. Tita llevaba un colgante de platino con el fabuloso brillante Estrella de la Paz, de 179 quilates, el más grande y puro del mundo. ¿Qué habrá sido de él? Se lo compró a Harry Winston, el joyero de las familias reales, y en esa época estaba valorado en 600 millones de pesetas (3,6 millones de euros).

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Se movía rodeada de guardias de seguridad y rottweilers y, en un momento dado, se lo quitó porque le dolía el cuello y la madre me lo pasó para que lo tocase. En ese momento, se sentó a mi lado un hombre muy atractivo, y la madre me susurró: “Es el barón von Bülow… Ya sabes que ha intentado matar a su mujer, está en libertad provisional, lleva una tobillera de acero”. Del susto, se me cayó el brillante al suelo y se lanzaron guardias y rottweilers sobre mí, inmovilizándome. Cuando salí del trance, recordé que era periodista y le pregunté a Carmen madre: “¿Y Manolo Segura?”. Extrañada, me dijo: “¿Quién?”. “Manolo Segura, el padre de Borja”. Y me contestó con la sinceridad más absoluta pintada en los ojos: “El padre de Borja es el barón Thyssen”.

Costa Brava, verano 2003, sitio de moda. En una mesa estaba Tita Cervera con su amigo Javier Báñez y otra persona. En la mesa de al lado, un grupo bullicioso de chicas riendo y pasándolo bien (algunas eran primas mías). En la mesa de Tita no se hablaba, todo eran silencios solemnes y caras de enterrador. De pronto, uno de los acompañantes se levantó y se dirigió a la mesa divertida: “Veo que os lo estáis pasando genial, la baronesa os pregunta si podemos sentarnos con vosotras… Se acaba de quedar viuda y le gustaría distraerse”. Se abrió el corro inmediatamente, revuelo de sillas, servilletas, más bebida y la noche se estiró hasta la madrugada.

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En un momento dado, una de mis primas, impresionada por la mirada triste de Tita, hizo un aparte con el acompañante. “Pero, con todo lo que tiene, es raro que se sienta sola…”. Y el otro contestó: “Es algo típico en los millonarios, tiene un barco fantástico, pero no sabe a quién invitar para que navegue con ella, una propiedad inmensa aquí en Sant Feliu, otras en Marbella y en Madrid, pero no sabe cómo llenarlas. No tiene amigos porque todos se acercan a ella por interés, su hijo y su nuera apenas le hablan…

La sociedad española le ha dado de lado, ¡a ella, que tanto ha hecho por este país! ¿Cómo no sentirse sola? ¡Se ha muerto el barón y todos han desaparecido!”. Luego, Tita tuvo a las gemelas, apareció de nuevo en su vida Manolo Segura, esta vez con su mujer, y la baronesa fue tejiendo laboriosamente a su alrededor una nueva familia… Ahora, Manolo Segura se ha muerto y el mundo de Tita se ha hecho más pequeño porque se ha quedado huérfana de amigo. Lo siento mucho.

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Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensajepor Maritxu » Dom 05 Jul, 2020 11:13 am

Invitado escribió:
La periodista Pilar Eyre ha dado por finalizada su intervención en el programa después de una discusión con el extorero Fran Rivera. Visiblemente afectada, la colaboradora se disculpaba y aseguraba que no estaba en condiciones para continuar.





Vaya dos....

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Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensajepor Invitada » Dom 05 Jul, 2020 12:03 pm

Maritxu escribió:Vaya dos....


Esta mujer que despelleja y despelleja de manera
persistente, cuanta sensibilidad, susceptibilidad
demuestra cuando la dicen algo que la disgusta,
cuanto envanecimiento!

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Mensajepor Maritxu » Dom 05 Jul, 2020 12:14 pm

Invitada escribió:Esta mujer que despelleja y despelleja de manera
persistente, cuanta sensibilidad, susceptibilidad
demuestra cuando la dicen algo que la disgusta,
cuanto envanecimiento!



Y salía en una lista de "amigas entrañables" de cierto señor mayor.

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Aguas turbulentas - Pilar Eyre

Mensajepor Invitado » Sab 11 Jul, 2020 2:57 am



Pazo de Meirás. Agosto 1969. Una televisión panzuda, con una figura de Sargadelos encima, preside el pequeño saloncito, oscuro y húmedo, donde Franco y su mujer, Juan Carlos y Sofía, están viendo ‘Crónicas de un pueblo’. El caudillo tiene delante una Mirinda de naranja, que no ha probado porque se está quedando dormido. Doña Carmen se toma una manzanilla, como siempre después de la cena, que hoy ha sido tan parca como de costumbre: caldo gallego y una rodaja de merluza.

Sofía está con el oído atento, porque Miss Hibbs, la ‘nanísima’, está acostando a sus hijos y a los nietos pequeños de Franco, Arancha y Jaime, mientras observa de reojo a su casquivano marido, que ya ha empezado a darle algún disgusto... Pero Juanito se hace el despistado fumándose un cigarrillo, que ha encendido después de pedirle permiso a la Señora. Carmen Polo ya les ha informado que se ha cambiado la cama que rompieron la primera noche haciendo dios sabe qué.

Las cabezas de dos ciervos abatidos en la sierra de Cazorla los observan melancólicamente desde las paredes. Juanito y Sofi se aburren a muerte, pero tienen que disimular, ya que su principal tarea en estos años de espera e incertidumbre es halagar al caudillo.

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Sofía y doña Carmen se entienden en francés: la princesa no se expresa bien en castellano y la Señora lo habla porque de pequeña tuvo una ‘gouvernante’ de Burdeos. En ese momento irrumpe en el cuarto una pareja sofisticada y elegante, oliendo a perfume francés y a dinero. Ella lleva un vestido de Pertegaz que deja ver sus bronceadas rodillas; él, foulard y pelo engominado. Son los marqueses de Villaverde, que vienen a despedirse: “Nos vamos a cenar al Náutico…”. Observan a la pareja joven y se sienten obligados a preguntarles: “¿Quieren venir sus altezas?”. Y es Sofía la que contesta: “No, preferimos quedarnos con el abuelo”. Quien me contó esta anécdota me dijo que a Franco le había resbalado una lágrima por la mejilla.

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Hay que decir que Sofía y Juanito iban al mismo tiempo y con más discreción, pero con mucho más entusiasmo, a pasar el resto del verano a Mallorca. Los primeros años se alojaban en el hotel Son Vida, el Victoria o el Club Náutico.

Entonces, la modestia y la austeridad presidían estas vacaciones familiares, la comida habitual era gazpacho, que el rey incluso se llevaba en termos a las regatas, y era normal ver al matrimonio con sus tres hijos tomando un helado por la calle o a la reina comprando fruta en el mercado de Santa Caterina, calzada con unas alpargatas y el típico cesto colgado del hombro. No hace falta decir que ambas prendas se pusieron de moda y, desde entonces, nunca han dejado de estarlo.

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Fue cuando el Govern balear, a sugerencia del amigo del rey Zu Tchokotua, decidió cederles el uso del palacio de Marivent, originariamente residencia del pintor griego Saridakis. Los descendientes de este pleitearon contra esta decisión, ya que la viuda lo había cedido únicamente para ser utilizado como museo, pero perdieron el juicio y lo único que consiguieron fue que se les permitiese recuperar los objetos del interior de la casa. El Govern, desdeñosamente, comentó que estos objetos no tenían valor ya que muchos de los cuadros atribuidos a pintores conocidos eran falsificaciones. Los reyes ocuparon oficialmente el palacio en 1973 y, a partir de ahí, sus veraneos empezaron a tener una personalidad propia, que pudimos compartir gracias a los numerosos periodistas desplazados a la zona.

Las regatas en las que participaban pusieron de moda el deporte de la vela y hay muchas generaciones de niños que pueden decir: “A mí me daba clases una infanta de España”, ya que ambas princesas participaban en los ‘stages’ deportivos de Calanova. También pudimos asistir a las risas cómplices del rey y sus amigos de toda la vida –Karim Aga Khan, Zu Tchokotua, o su compañero de regatas Josep Cusí– en el restaurante Flanigan de Puerto Portals, propiedad de su también amigo Miguel Arias, donde don Juan Carlos solía vestir pantalón rojo, camisa blanca y mocasines sin calcetines, atuendo que se convirtió en un clásico de todos los señores ‘bien’ españoles.

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También en esa época disfrutaba de ciertas ‘amistades’ femeninas, aunque de todo esto no nos hemos enterado hasta más tarde. A la reina, que sí lo sabía pero como gran profesional que es lo disimulaba en público, la podíamos ver paseando de forma relajada con su hermana Irene y su prima Tatiana Radziwill, las únicas personas que gozaban de su intimidad. Las tres solían cargar personalmente con las mismas bolsas de las rebajas de unos grandes almacenes de Palma.

Este ambiente festivo familiar contrastaba con la soledad que vivía don Juan de Borbón, el padre del rey, que también era visitante asiduo de la isla y se quedaba a dormir en su barco. Apenas veía a su familia. “Yo no soy nadie, no saben dónde colocarme, soy un estorbo para todos”, llegó a decirme suspirando con tristeza en una ocasión. El verano del 92, un año antes de morir, se le pudo ver varias noches cenando en algún restaurante palmesano con la única compañía del periodista Luis María Ansón.

Tampoco doña Pilar, hermana de don Juan Carlos, frecuentaba a los reyes, aparte del día de su cumpleaños en agosto, cuando celebraban una cena todos juntos. Pero tal circunstancia importaba poco a la aguerrida infanta, que a bordo de su pequeño velero, Doña Pi, se cruzaba sin complejo alguno en la bahía palmesana con el fabuloso yate Fortuna, un regalo del rey Fahd de Arabia Saudí. La infanta Pilar se cabreó porque su hermano no hizo nada para evitar que la casa donde veraneaba fuese demolida por una infracción urbanística, aunque no dejó de acudir a Mallorca ya que se compró un chalet en el municipio de Calviá.

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Pero ni don Juan ni doña Pilar ni doña Margarita –que veraneaba en Portugal–, ni sus hijos, salían en las célebres fotos de las escaleras de Marivent, donde la familia real posaba con los huéspedes insignes que cada año los visitaban: desde una lady Di empeñada en taparse las piernas con un feo vestido de rayas –y que después comentó que el rey había intentado ligar con ella–, hasta Harald y Sonia de Noruega, Fabiola y Balduino de Bélgica, Beatriz y Klaus de Holanda, pasando por los inevitables Grecia y su numerosa prole. Los reyes de España estaban de moda, se los veía como una pareja moderna, de gran fuerza icónica, aunque casi nadie conocía entonces las tormentas que agitaban su matrimonio.

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En el álbum de las vacaciones reales también debemos colocar las fotos en las que los españoles pudimos seguir los ligues adolescentes de las infantas con algún compañero de regatas –el atractivo Fernando León, por ejemplo– o el primer amor de don Felipe. La imagen del príncipe con una voluptuosa Isabel Sartorius en la cubierta de la lancha Njao luciendo espectacular anatomía y sonrisa enamorada, le reportaron al fotógrafo 15 millones de pesetas.

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La decisión del Govern balear de potenciar el veraneo real resultó ser todo un acierto. En aquellos años de esplendor todos querían ir a Mallorca: Mario Conde con el barco más grande del puerto; Alicia Koplowitz, que empezó a sospechar aquí que su marido tenía algo más que una aventura con Marta Chávarri; Tita Cervera empeñada en comprar, en vano, el palacio vecino a Marivent; y toda la aristocracia, en fin, del lujo y del dinero. Lo que se llamó ‘la corte de Palma’. El rey, bronceado, sexy, atlético, elegante, luciendo carillas y el postizo que le arreglaba Iranzo todas las semanas, era no solo el rey de España, sino el rey del mundo. Como me dijo un amigo suyo entonces: “¡Se le ofrecían todas! ¿Que con cuántas estuvo? ¡Yo qué sé! ¡Mil quinientas!”.

Los últimos años, sin embargo, esas imágenes espectaculares e idílicas se han hecho añicos. Cristina y Elena han sido expulsadas del paraíso: la una por sus oscuros manejos económicos y la otra por solidaridad con su hermana. A Letizia no le gusta Mallorca y procura pasar menos días cada verano. Leonor y Sofía no tienen ningún arraigo en la isla. Y don Juan Carlos, separado de hecho de doña Sofía, ha preferido dejar el inmenso palacio de 9.000 metros cuadrados, esculturas de Miró en los cuidados jardines franceses, tres edificaciones anexas, piscina y solárium, y decenas de personas de servicio, para el uso y disfrute de su mujer y su cuñada, las únicas habitantes fijas del enorme complejo. Desde el porche donde desayuna cada mañana los productos naturales que le llevan de la huerta, un lugar antes lleno del bullicio de los hijos, los amigos, los invitados, y ahora silencioso y solitario, quizás Sofía añore, como Hemingway, aquellos tiempos en los que eran pobres y felices… O no.

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NO ES POR MALDAD - Pilar Eyre

Mensajepor Invitado » Jue 16 Jul, 2020 2:54 am

[conte]

Paloma Cuevas, guapa, esposa ejemplar… ¡y abandonada! ¡Con luz y taquígrafos! Pero esta dramática historia de traición y mentiras no es la única que ha tenido que sufrir una mujer famosa. Paloma tiene muchas compañeras de infortunio que, como ella, pasaron de ser las más envidiadas de España a víctimas de la infidelidad de sus maridos. Una humillación pública que las convirtió, muy a su pesar, en carne de cañón y portada de revista.

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En aquel 14 de julio de 1988 el calor parecía surgir del centro de la tierra y el asfalto hervía en un Madrid casi vacío. En la calle Tambre, Carlos Falcó, ya separado de Isabel Preysler, ofrece una cena fría en su pequeño jardín a los miembros más destacados de la ‘beautiful people’: Mario Conde y su mujer, Lourdes; Juan Abelló y Ana; y Alberto Cortina, el exitoso empresario al frente de Construcciones y Contratas, con su mujer, un ama de casa mona, pero sin perfil social, llamada Alicia Koplowitz. Casi nadie sabe que es la auténtica propietaria del próspero negocio de su marido, que heredó de su padre, un judío llamado Ernesto Koplowitz, y que su padrino, Ramón Areces, el dueño del Corte Inglés, ha ayudado a consolidar.

El último en llegar a la cena es Fernando Falcó, hermano del anfitrión. Va con su mujer–embutida en un traje apretadísimo y cortísimo, rubia de pelo, la piel bronceada de las reinas vikingas–, a la que la prensa llama ‘Marta Terremoto’, aunque su nombre es Marta Chávarri. Tiene 25 años y su apabullante atractivo sexual la convierte en el centro de la noche, haciendo que el resto de las mujeres tengan una apariencia apagada y anodina. Alberto Cortina, que es bastante mujeriego, no deja de dirigirle las miradas codiciosas del perro de presa, que Marta acepta con coquetería. ¡A partir de aquí empieza para Fernando, Marta, Alicia y Alberto un camino sin retorno!

■ ■ ■

La relación entre Cortina y Marta pronto se conoce en todo Madrid, periodistas incluidos, pero nadie se atreve a hacerla pública. Las fotos de los amantes saliendo de un piso en la calle Alberto Bosch se guardan en un cajón; otras, en las que van cogidos de la mano por la calle pintor Rosales o entrando juntos en un ascensor del hotel Villamagna son compradas directamente por el poderoso financiero. Alicia es muy buena, pero no es tonta, y se da cuenta de que su marido está teniendo una aventura, aunque cree que es una de tantas y se resigna.

Pero su íntima amiga, la abogada y más tarde ministra Ana Palacio, le desvela: “Tu marido está con Marta Chávarri y van en serio”. Se le viene el mundo encima. Ella misma confesará más tarde entre sollozos: “Estaba destrozada, era incapaz de reaccionar. ¡Me sentía muy sola y prefería tragármelo todo yo!”. No confía en nadie, sufre tanto que, incluso, desarrolla una úlcera de estómago y ataques de migraña.

Por Navidad cree que su marido volverá al redil, pero Cortina parece embrujado por Marta. Le regala un carísimo abrigo de visón y un buen día se va de casa con una maleta y se instala en un hotel. No habla de divorcio, dice que necesita estar solo. Pero Marta se reúne con él y se van de viaje a Austria en avión privado. Alicia sufre en silencio, no puede dormir, comer, hablar… Hasta que el 1 de febrero se produce lo irremediable: en una revista aparecen unas fotos de Cortina y Marta en un hotel de Viena. Alicia ve cómo su mundo perfecto se desmorona. Se asoma a la ventana y advierte debajo de su casa una nube de periodistas. Sus hijos, llorando, se niegan a ir al colegio… ¡Ha perdido su anonimato y será una de las mujeres más perseguidas de España!

■ ■ ■

Alicia parece despertar de un sueño y más tarde confesará: “Sé que muchas han pasado lo mismo que yo, pero que te hagas famosa por una cosa así, que te lo señale la prensa y que lo pueda leer todo el mundo, incluidos tus hijos, no deja de resultar durísimo”. Su primera llamada es para Fernando Falcó, el otro agraviado, que le dice caballerosamente: “Lo siento por ti, yo ya no me hacía ilusiones acerca de mi matrimonio”. Después llama a su marido y le duele que su único comentario sea: “Pobre Marta, esto va a destrozarla”. Luego llama a Ana Palacio, no como amiga, sino como abogada: “Quiero tramitar el divorcio, mañana mismo. Ana le responde: “Ya puedes dar las gracias a tu padrino con una oración por obligarte a contraer matrimonio con separación de bienes”. La empresa, por tanto, sigue siendo de Alicia y de su hermana Esther, que también anda en pleitos matrimoniales.

A partir de aquí se desata una pelea brutal entre los abogados de ambas partes que se saldará un año después: Alicia, a la que ha defendido la correosa abogada Concha Sierra, se queda con la mitad de Construcciones y Contratas (la otra mitad es de su hermana) y Alberto Cortina, con paquetes de acciones de diversas compañías por valor de 5.600 millones de pesetas. Es el kilómetro cero de la nueva vida de los dos, que empezarán a rodar por separado. Alicia, que jamás ha llevado una cuenta ni sabe lo que es un balance, es consciente de sus propias limitaciones y comprende que debe rodearse de los mejores. Lo hace tan bien que al año siguiente llega a colocarse en el puesto número 198 de la lista mundial de millonarios de la revista Forbes. Confiesa a sus amigas que “en el fondo estoy contenta. Puedo demostrar a mis hijos que su padre no era el listo de la familia, sino que yo también sirvo para llevar una empresa”. Y lo más absurdo de esta historia es que Alberto Cortina, que había puesto su mundo y el de su familia al revés por culpa de Marta, en realidad empieza a estar cansado de ella.

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Estos amores que suben como fuegos de artificio, también se desvanecen con la misma rapidez. Aparecen unas fotos de Marta muy delicadas y Cortina no tiene más remedio que hacer el Quijote y casarse con ella para no quedar como un canalla delante de sus padres y de la sociedad, aunque su matrimonio, como es lógico con estos mimbres, durará apenas cuatro años. Cortina se casó luego con la auténtica mujer de su vida, la inteligente y discreta Elena Cué, con la que ha tenido una hija.

Aunque a Alicia se le hayan atribuido distintos novios, desde el atractivo abogado Jorge Trías al duque de Alba, no ha vuelto a casarse, se ha desprendido de su empresa con pingües beneficios, cuenta con otros negocios y es una filántropa silenciosa y eficaz. Como confesó una vez serenamente: “La crueldad de los acontecimientos de mi vida me ha hecho crecer interiormente”. A través de su fundación ha creado hogares para niños sin recursos, centros para enfermos de esclerosis múltiple y ayuda a varios refugios de animales. Yo misma he visto en el museo del Holocausto de Tel Aviv, esculpido en piedra, el nombre de Alicia Koplowitz y la palabra Todah, que quiere decir gracias.

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Mensajepor Invitado » Lun 20 Jul, 2020 2:57 am





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