Tragedia en la Dinastía Pahlavi de Irán.

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¿Cuánto reinarán Felipe VI y Letizia?


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Tragedia en la Dinastía Pahlavi de Irán.

Mensajepor Invitado » Mié 05 Ene, 2011 8:24 pm

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ENTREVISTA MAYO 2010

FARAH DIBA. ENTREVISTA EXCLUSIVA:

«Quizá nos volvimos demasiado poderosos»

Mientras ella reinaba en las portadas de medio mundo como icono del glamour, en su país, bajo el dictatorial régimen de su marido, el sah, se gestaba una revuelta liderada por comunistas y muyahidines y azuzada por la pobreza. Cuando se cumplen 30 años de la muerte de su esposo en el exilio, la ex emperatriz recibe a XLSemanal en su casa para hablar de algunos errores del pasado.

En esta casa de ladrillos rojos en Potomac, una exclusiva área residencial al norte de Washington, no hay seguridad aparente, sólo una valla con portero automático que se abre sin hacer preguntas. Llegamos pronto, pero la ex emperatriz no nos hace esperar. Farah Diba tiene 71 años y su presencia sigue siendo imponente: alta y delgada, lleva el pelo recogido en un moño que, con coquetería, se retoca cada vez que se deshace. Nos recibe en un salón abarrotado de recuerdos y con un impresionante busto del sah que parece escuchar la conversación. Nos trae aquí el documental “The Queen and I” (realizado por HBO) –la cinta que podrá verse durante todo mayo en el marco de El Documental del Mes–, en el que Diba se atreve por primera vez a enfrentarse a su pasado con una `extraña´ pareja, la directora iraní Nahid Persson, quien ayudó a derrocar el régimen del sah desde las filas comunistas.

Sobre la mesa, una caja esconde su paquete de tabaco, aunque apenas le da un par de caladas a un cigarro durante la entrevista. Habla con voz suave, pero enérgica y cada vez que menciona el exilio o Irán suspira.

XLSemanal. Un día era la emperatriz de Irán y al siguiente, una refugiada política. ¿Cómo se vive eso?
Farah Diba. Fue muy duro. En primer lugar dejas tu país, y luego toda la propaganda que se hizo. Ves la televisión, oyes la radio y no sabes adónde ir, de un país a otro. Mi marido estaba muy enfermo, fue terrible. Pero yo me repetía que por mi familia y por mi propia dignidad necesitaba continuar. Porque, por mucho que nos quisieran convertir en monstruos, yo sabía quiénes éramos. Eso me hizo tirar para delante.

XL. ¿Cómo era su día a día al comienzo del exilio?
F.D. Buscaba medios para superar la ansiedad, como el deporte. Creo mucho en el deporte. Hacía natación, caminaba, corría... El tenis me ayudó mucho. Recuerdo que estábamos en Bahamas o en San Antonio (Texas), en circunstancias terribles, y yo me arrastraba hasta la pista, aunque no me apetecía jugar porque me daba energía. Escuchaba cintas de meditación, leía poesía. Y ahora sé, cuando pienso en las mujeres en Irán y la miseria del mundo, que tengo que estar agradecida por mis hijos, mis amigos, el cielo azul, las flores... Todo. En una ocasión, un caballero americano me dijo: «No me gustan las personas que se autocompadecen». Y cuando pienso «¿por qué me ha pasado esto, Dios mío?», recuerdo sus palabras. Trato de no pensar en aquellos días y doy gracias a Dios de que han pasado.

XL. Dejó Irán en 1979, ¿cómo recuerda las últimas horas en su país?
F.D. Fue duro. Veíamos lo que estaba pasando y no podíamos creer aquella histeria en masa. Recuerdo que en el aeropuerto los oficiales se pusieron a los pies de mi marido para pedirle que no se fuera, mientras él tenía los ojos llenos de lágrimas... Nunca lo olvidaré.

XL. ¿Cree que el ascenso de Jomeini se debió sólo a un problema de fundamentalismo religioso?
F.D. Fue una mezcla de muchas cosas. Cuando Jomeini estaba en el exilio, lo presentaron como alguien que creía en los derechos humanos, la libertad y la democracia. Luego estaban los fanáticos religiosos que hacían propaganda en las mezquitas. Pero había otros grupos implicados: el partido comunista era muy activo, aunque ilegal, y estaba muy vinculado a la Unión Soviética. Además, estaban los muyahidines, una mezcla entre islamistas y marxistas, y también había republicanos. Todo eso se juntó y luego, claro, hubo grandes influencias extranjeras. Toda esa gente se puso a las órdenes de Jomeini. Pensaban que, si el sah se iba, Jomeini se iría también, como había prometido, a su ciudad santa y ellos podrían tomar el poder. Los comunistas, que recibían órdenes de la Unión Soviética, estaban convencidos de que se harían con el poder. Jomeini los utilizó a todos y luego los quitó de en medio asesinando a miles de ellos.

XL. Ha mencionado intereses extranjeros...
F.D. Quizá nos volvimos demasiado poderosos. Especialmente, cuando el precio del petróleo se disparó en 1973 a 13 dólares el barril, toda la prensa atacó a Irán acusándonos de arruinar al mundo. ¡Cuando pienso que el año pasado subió hasta 150! Además, mi marido dijo que en 1979 los contratos con las petrolíferas se acabarían y decidiríamos qué íbamos a hacer con el petróleo. Eso no les gustó a muchos y empezaron a hacer propaganda en contra del régimen.

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XL. El gobierno de su marido fue definido entonces como un régimen opresor.
F.D. Hubo mucha mala propaganda proveniente de los comunistas. ¡Cuando comparo lo que pasó en Irán durante el régimen de mi marido y lo que ha pasado después...! Por suerte, desde hace un año, la prensa escribe qué pasa ahora en Irán. Quisieron destruir nuestra imagen y nosotros no fuimos lo suficientemente fuertes para reaccionar, porque los medios internacionales eran muy poderosos. Mi marido no tuvo otra opción que reinar como lo hizo porque había mucha presión de la Unión Soviética y otros países extranjeros. Él quería que el país creciera económicamente, que hubiera educación y pretendía abrir lentamente el sistema político, porque algunos países no pueden convertirse en una democracia de la noche a la mañana. Pero en nuestra época había libertad social: en la educación, en la manera en que vestíamos o en cómo los chicos y las chicas se relacionaban... Pero es cierto que algunos partidos políticos no eran legales y, cuando mi marido empezó a abrir un poco el sistema, quizá fue en mal momento porque lo utilizaron para ponerse contra el régimen y a favor de Jomeini.

XL. También se los acusó de llevarse un patrimonio que no era suyo...
F.D. Se dijeron muchas barbaridades. Pero me alegro de que el día que nos fuimos del palacio pidiéramos a la prensa que lo filmara, porque muchas de las cosas que había eran personales, como objetos antiguos e incluso vestidos iraníes tradicionales... y todo se quedó allí porque pensé que debía quedarse. Cuando comentan que teníamos esto y aquello... [suspira]. También dijeron muchísimas mentiras sobre la supuesta fortuna del sah, y la república islámica nos ha perseguido legalmente durante 14 años. Aunque han tenido más poder que yo, perdieron en los casos que presentaron contra nosotros en América, Suiza o Inglaterra.

XL. El gobierno revolucionario exigió el arresto y la pena de muerte tanto para usted como para su marido. ¿Alguna vez temió por su vida?
F.D. No. Nunca he pensado en ello ni lo hago ahora. Si un día me encuentro con alguien que me apunta a la cabeza con una pistola, no sé cuál será mi reacción [se ríe]. Siempre he tenido seguridad alrededor.

XL. ¿Cree que Irán ha retrocedido en estos 30 años?
F.D. Sí, y quienes más han sufrido han sido las mujeres. En 1963 había igualdad de derechos y se los quitaron todos. Volvió la poligamia, los hombres podían divorciarse sin que sus mujeres lo supieran, podían llevarse a los niños. Las lapidaciones y la situación de los niños son terribles. Antes iban a la escuela y ahora hay dos millones de niños que piden en las calles. Y también los periodistas encarcelados, las torturas. Y la reputación de los iraníes: antes éramos respetados y viajábamos sin visado. Ahora, aunque tengas un pasaporte español o francés, si has nacido en Irán, te paran en cada aeropuerto como si fueras un terrorista. Y económicamente la renta per cápita en Irán hace 30 años era de 2.500 dólares anuales; ahora es la misma, ¡30 años después y con tanto petróleo! Y la corrupción que hay. No digo que no haya habido progreso porque Irán es un país rico y quizá hayan hecho algunas carreteras; pero es un problema de fanatismo, no reconozco a mis compatriotas.

XL. ¿Cuál es el camino para que Irán conquiste la democracia?
F.D. Yo no tengo la solución, pero hay mucha gente trabajando en ello, especialmente fuera de Irán y que está muy involucrada: artistas, poetas, músicos, cineastas, activistas por los derechos de la mujer o los derechos humanos... Y, con suerte, algún día pasará algo dentro del país y contará con el apoyo del mundo.

XL. Siempre cita el caso español como un ejemplo modélico de transición democrática.
F.D. No se pueden comparar los dos casos, pero el Rey de España actuó como rey constitucional, apoyó la democracia cuando le tocó e hizo lo que tenía que hacer. Él demostró que un rey puede ser una fuente de estabilidad y seguridad en un país democrático.

XL. ¿Mantiene relación con los Reyes de España?
F.D. Los admiro y los quiero mucho a ellos y a sus hijos. Hablamos por teléfono, aunque a veces pasan meses entre llamada y llamada porque estamos muy ocupados... y de vez en cuando nos vemos.

XL. Suele referirse a Internet como una herramienta indispensable para la libertad en su país.
F.D. Hace unos años, mi hijo dijo una cosa muy interesante: «Si Jomeini llegó con las cintas de casete, Jomeini desaparecerá con Internet». Y eso espero. Aunque la gente tiene miedo de que la pillen, es lista y se las apaña para leer las noticias del resto del mundo.

XL. Usted tenía 21 años y estudiaba Arquitectura en París cuando conoció al sah.
F.D. Cuando fui a conocer al sah con otros estudiantes, estaba muy contenta. Recuerdo que escribí a mi madre para decirle que lo había visto y que tenía unos ojos preciosos, pero muy tristes. Cuando hablé con él por primera vez y le dije que estaba estudiando Arquitectura, se quedó alucinado porque en Irán sólo había una mujer arquitecta entonces. Mis compañeras de colegio me tomaban el pelo porque leían en los periódicos que el sah iba a casarse de nuevo y que le estaban presentando a diferentes mujeres. Ellas me decían en broma: «¡Igual eres tú! Eres guapa, inteligente... ¿Por qué no le escribes?». Volví a Irán y mi tío, que trabajaba para el sah, me llevó a conocer a la princesa Shahnaz, hija del sah y de su primera mujer, la reina Fawzia. De pronto apareció el rey y me empezó a latir el corazón con fuerza. Me di cuenta de que el amor de una ciudadana hacia su rey se había transformado en el de una mujer hacia un hombre. Y, luego, él me pidió que me casara con él y yo acepté inmediatamente.

XL. ¿Qué tipo de hombre era el sah?
F.D. Muy civilizado. En 20 años que vivimos juntos nunca lo vi enfadado o diciendo palabrotas. Sólo se enfadó conmigo dos veces y por cosas muy pequeñas. Al principio, cuando él conducía deprisa, a mí me daba igual, pero cuando tuve a mis hijos me asustaba. Un día le dije: «¡Frena! Vas muy rápido». Ya sabes cómo son los conductores, que no les gusta que les digas cómo tienen que conducir. La otra vez fue en vacaciones comiendo con amigos. Empezamos a lanzarnos bolitas de pan en la mesa y él se enfadó. Dos veces en 20 años.

XL. ¿Y cómo era como padre?
F.D. Era un gran padre. Estaba muy orgulloso de que sus hijos fueran pilotos. Mi hijo mayor voló solo a los 13 años por primera vez, algo que no estaba permitido. Veían muchas comedias juntos, y también le gustaba mucho el deporte, jugaba al tenis...

XL. ¿Echa de menos la vida palaciega?
F.D. La vida en palacio no es diferente a la de cualquier mujer trabajadora. Claro que un palacio es más grande, hay personas que te ayudan, pero para mí todo era asistir a reuniones desde primera hora de la mañana, comer con mi marido y más reuniones por la tarde... Todo el mundo nos imagina con vestidos preciosos, tiaras maravillosas y joyas. No es así. Y el protocolo es útil algunas veces, pero otras te aleja de la gente.

XL. Este año se cumple el 30 aniversario de la muerte de su marido. Creo que le molesta cuando alguien le pregunta si ha vuelto a amar a otro hombre. ¿Por qué?
F.D. Si eso no ha pasado hasta ahora y ya tengo 71 años... Simplemente creo que nadie podría reemplazar a mi marido y, además, en mi posición tengo un sentido del deber muy arraigado. Ésa es la razón.

XL. ¿Cree que volverá algún día a Irán?
F.D. Lo más importante es el fin de este régimen y conquistar la libertad que se merece Irán. Mi esperanza es que mi familia vuelva y todos los iraníes que están en el exilio. In sha’a Allah (`Si Dios quiere´).

PARA SABER MÁS;
The Queen and I, de Nahid Persson Sarvestani, se estrena el 6 de mayo en 46 salas de España, en el marco de El Documental del Mes. Más información: http://www.eldocumentaldelmes.com y en el website de HBO.

Por: Ixone Díaz Landaluce, XL Semanal, ABC

http://www2.xlsemanal.com/upload/articu ... 448907.jpg

http://xlsemanal.finanzas.com/web/artic ... icion=5167

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Mensajepor Invitado » Mié 05 Ene, 2011 8:25 pm

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El príncipe Ali Reza Pahlevi, hijo menor del depuesto Sha de Persia Mohamad Reza Pahleví, se ha suicidado, según informó el martes su familia.

En un comunicado colgado en su página de Internet, su hermano Reza Pahlevi indica que, "como millones de jóvenes iraníes, también estaba demasiado conmovido por los males que padece su querida patria".

Además, indica el comunicado, también le había afectado "el acerrear el peso de la pérdida de un padre y una hermana en su vida juvenil". Alireza Pahlevi, que había luchado durante años contra una depresión, "se quitó la vida durante la noche del 4 de enero de 2011 en su residencia de Boston".

Exiliado en Estados Unidos desde la Revolución Islámica de 1979, Pahlevi estudió en las universidades de Princeton, Columbia y Harvard, donde se especializó en Estudios Iraníes. Según el sitio web de su madre, Farah, Ali Reza era aficionado del buceo, el paracaidismo, y le gustaba pilotar aviones. El príncipe, nacido en Teherán, tenía 44 años y estaba soltero.

En su comunicado, el mayor de los Pahlevi también informó que "el príncipe luchó durante años, intentando superar la tristeza que le provocó la pérdida de su padre y su hermana", en referencia al Sha, que falleció en 1980 de un linfoma no-Hodgkin, y a la princesa Leila, que murió en 2001 de una sobredosis de secobarbital.

Es el segundo suicidio entre los hijos del Sah Mohamed Reza Pahlevi. Su benjamina, Leila, falleció en Londres en 2001 a los 31 años, tras ingerir una mezcla de cocaína y barbitúricos.

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Mensajepor Invitado » Mié 05 Ene, 2011 8:26 pm

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Mensajepor Invitado » Mié 05 Ene, 2011 8:32 pm

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Princesa Leila palhevi

Fallecida el 12 de Junio de 2001
http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/misc/n ... 385560.stm


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sino trágico

LA TRAGEDIA DE UNA FAMILIA: FAMILIA DEL SHA DE PERSIA

Mensajepor sino trágico » Dom 09 Ene, 2011 1:41 am

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    Toda la familia en 1975, en el Golfo Pérsico.

    LA TRAGEDIA DE UNA FAMILIA: FAMILIA DEL SHA DE PERSIA
    «MAMÁ, ALIREZA SE HA PEGADO UN TIRO»

    Es la llamada que recibió elmartes, en París, la emperatriz Farah Pahlevi. Con éste, ya son dos sus hijos suicidados

    COTE VILLAR
Al morir Leila, yo tuve que comunicar a sus tres hermanos la muerte de mi hija. Quien más me preocupaba era Alireza. Cuando logré contactar con él, iba en coche conduciendo. Lo primero que hice fue pedirle que se detuviera y aparcara en el arcén de la carretera. Temía que la noticia le hiriera profundamente y perdiera el control, provocando un accidente». La emperatriz de Irán, Farah Pahlevi, intuía ya en aquel momento que el suicidio de su hija menor podía traer consecuencias al otro eslabón frágil de su familia: Alireza. El pasado martes 4 de enero ese presentimiento que relataba en sus memorias se hacía realidad al recibir una llamada de teléfono en su casa de París. Otra vez. «Mamá, es Alireza. Se ha pegado un tiro».

Desde entonces, nada se sabe de la emperatriz, ensimismada en una tristeza de dimensiones gigantescas. Se espera que aterrice en Boston de un momento a otro para ocuparse, junto con su hijo mayor, de los restos de Alireza, muerto a los 44 años. De momento, la familia ha pedido «unos días para poder llorar en la intimidad», antes de organizar un acto oficial en su memoria en Washington. No será enterrado junto a su hermana, en el cementerio parisino de Passy, por su expreso deseo. Quería ser incinerado y que sus cenizas se esparcieran por el Mar Caspio. Su propia forma de regresar a casa.

    EN PORSCHE

Alireza Pahlavi (Teherán, 1966) era el hijo menor del depuesto Sha de Persia, Mohamed Reza Pahlevi, y la emperatriz Farah Diba. El pasado martes, decidió quitarse la vida en su apartamento del South End bostoniano. Llevaba viviendo en la calle West Newton Street al menos cuatro años. Un barrio tranquilo, de rango acomodado, donde su presencia no había pasado inadvertida. Siempre elegante, a bordo de su porsche negro, aunque siempre solo (no se le conocía pareja). A las dos de la mañana, cuando se oyó el disparo, uno de sus vecinos llamó a la policía. Ellos certificaron la muerte de Alireza y encontraron una nota en la que daba algunas indicaciones sobre las gestiones que hacer a su muerte y sus últimos deseos. El resto de su contenido no ha trascendido.

«Con inmenso dolor, queremos informar a nuestros compatriotas del fallecimiento del príncipe Alireza Pahlevi. Al igual que millones de jóvenes iraníes, él también estaba profundamente preocupado por todos los males caídos sobre su amada patria, además de llevar la carga de la pérdida de un padre y una hermana en su joven vida [...]». El comunicado, que el hermano mayor y cabeza de familia, Reza, colgó en su popular página web, está firmado por toda la familia Pahlevi.

Fue Reza también quien convocó al día siguiente una rueda de prensa para satisfacer la curiosidad de los periodistas. En el lujoso Fairmont Copley Plaza Hotel de Boston, ante medios de todo el mundo, el cabeza de familia rompió a llorar mientras leía una declaración que tenía preparada sobre su hermano pequeño. Las causas del suicidio, según Reza, hay que buscarlas en una depresión crónica que acarreaba desde que la familia fue exiliada de Irán, y que fue agudizada por los fallecimientos de su padre y de su hermana. Alireza tenía 12 años cuando, en 1979, la Revolución Islámica destronó al Sha y le condenó a una vida errante hasta que, en 1980, falleció de cáncer en Egipto. «Puedo imaginar que para un adolescente sería todavía mucho más duro todo aquello», explicó Reza entrecortadamente. No escondió el hecho de que durante años, su hermano había sufrido subidas y bajadas emocionales: «No ha sido un camino fácil».

Hacía diez días que los dos hermanos habían hablado por última vez. Le había notado normal, como siempre. Aunque su depresión era profunda, nunca antes había intentado suicidarse. Era un hombre «sensible, un gran amante de la vida, al que le gustaba viajar, bucear, conocer gente, tenía un gran sentido del humor», pero castigado por «una enfermedad que ha podido más que él». Abbas Milani, autor de la biografía El Sha, apunta a que el propio padre de Alireza padecía la misma enfermedad. «Los servicios de inteligencia extranjeros insinuaban en sus informes que el Sha sufría muchos altibajos emocionales. Un informe de la época en la que estuvo en el poder le describe como un Hamlet moderno».

Alireza llevaba en los genes, el drama del exilio y el dolor de haber visto cómo su hermana Leila aparecía muerta por una sobredosis en una lujosa suite de cuatro habitaciones del Hotel Leonard, en Londres, donde residía eventualmente a 850 euros la noche. «Estaban muy unidos », confirma el hermano mayor. El 10 de junio de 2001, el frágil y bello cuerpo de Leila Pahlevi fue encontrado sin vida en su jaula de oro. La princesa, de 31 años, había ingerido una gran cantidad de Seconal, analgésicos y cocaína. Ponía fin así a una existencia marcada por la anorexia, la frivolidad y la infelicidad crónica.

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    JUVENTUDES TRUNCADAS. Alireza Pahlevi (izquierda) tenía un carácter disciplinado, militar, y era especialista en la cultura persa.
    A su hermana Leila le gustaba más el ‘glamour’.


    MUY DISTINTOS

Los dos hermanos estaban muy pendientes el uno del otro, se llamaban y se visitaban frecuentemente, pero sus temperamentos eran completamente distintos. A Leila le gustaban las fiestas, el glamour —era habitual de los veranos ibicencos—, se rodeaba de la jet set europea —Marie Chantal Miller, la esposa de Nicolás de Grecia, era buena amiga— y se desesperaba por no encontrarle a su vida más utilidad que gastar su fortuna flotando de desfile en desfile. Alireza, sin embargo, era de carácter marcial —es sintomática la forma en la que ha muerto, pegándose un tiro como haría un militar—. Amante de las armas y de los aviones desde muy pequeño, pilotó su primer aeronave a los 12 años. No tenía apenas perfil político, y había optado por dedicar su vida al estudio de la cultura persa. Estudió música en Princeton e Historia Iraní en Columbia. También hizo un posgrado en Harvard para ampliar sus conocimientos sobre cultura persa.

«Era un tipo muy sensible, muy culto y entrañable», ha descrito una compañera de facultad, «pero desde la muerte de su hermana cambió mucho, se convirtió en otra persona». Sus compañeros, amigos y la diáspora iraní se están movilizando a través del perfil de Alireza en Facebook, donde no paran de llegar condolencias. Allí se han convocado hasta 12 vigilias con velas en lugares tan dispares como Scottsdale (Arizona), París, Toronto (Canadá), Atlanta, Los Angeles, Texas o Nueva York. Son personas fascinadas por la leyenda negra que persigue al Sha y a su familia, un linaje marcado por la belleza y la tragedia, y por lo que Kapuscinski llamó La desmesura del poder.

La primera mujer del Sha, la princesa Fawzia de Egipto, era tan bella que la revista Life la bautizó como la Venus de Asia. Pero el suyo fue un matrimonio de conveniencia que apenas duró nueve años y que sólo legó a la dinastía Pahlevi una hija, Shahnaz, que actualmente vive en Suiza. Soraya Esfandiary, una de las mujeres más guapas de la época, fue la segunda mujer del Sha. Hija de una alemana y de un embajador iraní, la joven apenas tenía 16 años cuando conoció a Mohammed Reza Pahlevi. Se casaron en 1951, profundamente enamorados, pero la aparente infertilidad de ella provocó que la repudiara siete años después. Desde entonces, y hasta su fallecimiento, Soraya fue conocida como la princesa de los ojos tristes.

La tercera y definitiva fue Farah Diba, con la que se casó en diciembre de 1959. Estudiante de arquitectura en París, elegantísima, era la hija de un importante militar del régimen imperial. Tardó menos de un año en darle el ansiado heredero al Sha, el príncipe Reza (1960). Después vendrían la princesa Farahnaz (1963) y los tristemente desaparecidos Alireza (1966) y Leila (1970). Los niños se criaron en un ambiente fastuoso. Había un colegio dentro del palacio, donde estudiaban con profesores y alumnos escogidos de entre los mejores del país. Tenían casas propias, teléfono en la bañera. El lujo más brutal. Hasta que en 1979 la Revolución Islámica les expulsó para siempre de su país, comenzando un periplo por distintos países que terminó con el fallecimiento del Sha en un hospital de El Cairo, un año más tarde, víctima de un cáncer.

Desde entonces, los hijos se asentaron en Estados Unidos, donde crecieron y formaron sus familias en Washington. Nunca perdieron de vista, sin embargo, la lengua ni las tradiciones ni las pretensiones de rehabilitarse en la monarquía cuando cayera el régimen. Desde su despacho en las afuera de Washington, Reza Pahlevi se ha convertido en el faro de los exiliados, aunque de momento no tiene demasiada influencia en la política iraní ni se le considera una oposición seria al régimen de Ahmadineyad.

    NI UNA LÍNEA

De hecho, el fallecimiento de Alireza, como antes el de Leila, ha pasado casi desapercibido en Irán. IRNA (la agencia de noticias de las repúblicas islámicas) dio una pequeña nota que fue lo más visto el miércoles por la mañana. La web de la televisión oficial apenas soltó un titular: «Se suicida un hijo del ex dictador de Irán». El periódico Iran Daily, el más internacional por estar destinado a los extranjeros, publicó una columna bastante neutral con el suceso. El resto de medios no han dado ni una línea.

Es lógico este silencio si se tiene en cuenta que el régimen acusa a la familia del Sha de haberse llevado 46.000 millones de dólares antes del derrocamiento. No fue tanto. Ahmad Ansari, primo de la emperatriz y administrador de su fortuna durante años, explicó en un libro que, intuyendo lo que se avecinaba, el Sha había desviado 22.000 millones de dólares a bancos suizos. Los fondos sólo podían ser desbloqueados tras la restauración de la monarquía en Irán. Mientras tanto, sus hijos y su viuda podían beneficiarse de sus intereses (unos 2.000 millones de dólares anuales). Sólo así se entiende el tren de vida de la familia.

No todo es dinero, sin embargo. Los únicos que llevan una vida normal son los dos únicos hermanos que siguen vivos. Reza, su mujer Yasmine y sus dos hijas se han convertido en «una familia americana media». La princesa Farahnaz, licenciada en Psicología, trabaja en una residencia de ancianos en Nueva York. Pero ninguno pierde de vista el famoso dicho iraní: Por muy bonita que sea esta tierra y muy hermosa que sea esta casa, esta tierra no es mi tierra y esta casa no es mi casa.

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    La fastuosa coronación de Mohammed Reza Pahlevi como emperador

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    Aún quedan los palacios que los Pahlevi habitaron en Teherán, varios monumentos decorativos e infinidad de objetos cotidianos de la familia que se pueden obtener con facilidad en los bazares.
    PALACIO DE SA’D ABAD. Descolgado en las abruptas laderas de los montes Alborz, este palacio es un vasto y frondoso pulmón verde en el norte de Teherán con más de 104 hectáreas de extensión. Fue durante años la residencia de verano de los Pahlevi. En su interior, se reparten diez edificios ahora convertidos en museos. Concluida la Revolución, el régimen abrió sus puertas para mostrar a la población el lujo en el que vivía «el dictador» depuesto.
    PALACIO DE NIAVARÁN. También en la agreste sierra que separa Teherán delmar Caspio, fue el hogar del último Sha de Persia durante sus últimos diez años de estancia en Irán. Es un ejemplo del ecléctico y fastuoso gusto del entonces rey de reyes. Fascina la clínica dental que el Sha tenía en su palacio, su colección de pistolas o un teléfono de oro. Cuenta la leyenda que en la parte superior del palacete del príncipe heredero los revolucionarios hallaron una discoteca. A la entrada del Palacio, destaca la colección de arte de la emperatriz Farah, considerada la mejor y mayor colección de arte moderno de Oriente Medio, el legado involuntario de la mujer del Sha al pueblo iraní.
    COMPLEJO AZADI. Situada en una de las plazas históricas de la capital, es uno de los monumentos que se construyeron en los tiempos del Sha y que han pasado al ideario de la República Islámica. Ahmadineyad da discursos habitualmente desde allí.


EL MUNDO. AÑO III. NÚMERO 102. LA OTRA CRONICA. SABADO 8. ENERO 2011

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Regadera
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Mensajepor Star » Dom 09 Ene, 2011 2:38 am

Prácticamente desconozco todo de esta familia.

Respecto a el dinero, es obvio que no da la felicidad, no de ayuda les ha servido a estas dos personas, quien más lo debe estar sufriendo, lógicamente es su madre.


Como en cualquier caso de suicidio, es una pérdida dolorosa para su familia, mis condolencias.

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Mensajepor Invitado » Dom 09 Ene, 2011 10:48 am

QUE DESCANSE EL PAZ EL PRINCIPE ALLÁ DONDE ESTÉ

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La maldición

Point de Vue: La maldición de los Pahlavi

Mensajepor La maldición » Sab 22 Ene, 2011 6:50 pm

Farah, el dolor de una madre

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bambalina

Mensajepor bambalina » Mié 09 Feb, 2011 4:46 pm

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He sentido un gran dolor, especialmente, por la ex- emperatriz Farah.

Esta mujer, siempre me ha inspirado gran respeto y admiración.Por su saber estar, elegancia y discreción.De acuerdo que en vida del Sha,quizá disfrutaron de privilegios desmedidos; pero en el momento en que se comenzaron a complicar las cosas y se vieron obligados a abandonar el país y abocados a un lamentable peregrinaje con el Sha, ya moribundo, los amigos y aduladores se esfumaron.

Es triste, pero real.Sus hijos, se comprende, que no lograron superar la situación.La pérdida de la hija, en primer lugar en extrañas circunstancias, lógicamente sería un golpe brutal.Por si no fuese suficiente, recientemente, otro de sus hijos.

Farah, en algunas etapas de tu vida,tal vez tan envidiada e idollatrada; pero ahora, ahora seguro que ya nadie siente envidia ni se cambiaría por tu persona ni un sólo instante.Demasiado duro lo que el destino ha deparado a algunas personas.

Pero tengo el convencimiento de que aún con dolor tan intenso, no perderás la dignidad que siempre te ha acompañado.

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mantilla española

“Farah, una mantilla española cubre tu dolor” por Peñafiel

Mensajepor mantilla española » Dom 06 Mar, 2011 10:04 pm




“Farah, una mantilla española cubre tu dolor”

“Yo, que pude con unas pocas palabras consolar a un viejo general
exiliado, no he conseguido ayudar a mis propios hijos”
, me dijo Farah
Diba Pahlevi. ¡Qué cruel ha sido la vida con ella! Perdió a su marido,
el Shah de Irán, tras un humillante exilio; después a su hija Leila;
y el pasado enero a su hijo Ali Reza, que se suicidó. Esta es la
crónica del sufrimiento de una mujer a quien traté muy de cerca.


Por JAIME PEÑAFIEL


P asé dos días aullando de dolor, creí que me iba a volver loca... El mundo se hundió a mi alrededor”, declaró la ex emperatriz de Irán tras conocer la muerte de su hija Leila, el 10 de junio de 2001, en la sórdida soledad de un hotel de Londres.

Perder a un hijo es el drama más grande que pueden sufrir unos padres, y del que difícilmente se recuperan. Perder a dos te condena a seguir viviendo muerto en vida, si es que a eso se le puede llamar vivir. En todo caso, es para enloquecer.

Cuando Farah aún no había logrado sobreponerse al suicidio de Leila –porque en el corazón de una madre nada puede llenar la pérdida de un hijo–, a principios de este año, concretamente el 4 de enero, Ali Reza, el tercero de sus hijos, se quitaba la vida en su residencia de Boston. “Me siento embrutecida por el sufrimiento, abandonada, a solas con mi dolor”, dijo ella.

La protagonista de esta historia es quien, en enero de 1979, perdía el trono, el país del que era emperatriz y, más tarde, a su esposo, después de convertirse en una apestada que buscaba un lugar no ya para vivir, sino donde el emperador pudiera morir. Esto sucedió el 27 de julio de 1980, en el exilio de Egipto, después de que el mundo entero se negara a recibirles.

Ni en estos trágicos momentos Farah perdió la serenidad. Ha mantenido intacta, a pesar de tanta tragedia, su entereza, una sobriedad que la muerte de sus dos hijos ha hecho saltar en mil pedazos para convertir su vida en un dramático puzzle que nunca, jamás, podrá reconstruir. “¡Sólo me queda morir!.... ¿Cómo he podido sobrevivir a tanta tragedia, cuando ha habido momentos horribles en los que deseé morir? Pienso que por dignidad y porque soy creyente”, confesaba.

    “EN IRÁN DEJÉ MI CORAZÓN”

Desde el día de su boda con el Shah hasta su marcha de Irán, decenas fueron mis encuentros con ella, siendo exclusivo testigo de su coronación, como uno de los seis periodistas de todo el mundo elegidos por el Shah para presenciar in situ tan solemne acontecimiento en el Salón del Trono del Pavo Real. También en las fastuosas fiestas de Persépolis y las numerosas entrevistas en Teherán, El Cairo, Cuernavaca, Amman...

El palacio de Niavaran, la residencia oficial de la familia imperial en Teherán, fue siempre el lugar de nuestros encuentros, amén del Palacio de Golestan, donde fue coronada en el Salón de los Espejos, y el Palacio de Mármol, de donde partió para convertirse en emperatriz.

Pero de estos tres palacios, el de Niavarán era el más entrañable y acogedor. Sobre todo la biblioteca– salón privado de Farah, donde me recibía y donde ella se sentía más a gusto “física y moralmente más libre, aquí es donde intento continuar viviendo como un ser humano”, me reconocía en una de las entrevistas.

Se trataba de una estancia amplia y luminosa, con objetos muy personales, como el retrato que le hizo Andy Warhol u otro de nuestro compatriota Vidal Quadra. También sus libros de arquitectura (Farah estudiaba para arquitecto en París cuando conoció al Shah). Pero, sobre todo, los álbumes, cientos, con las fotos de sus hijos, álbumes que yo tuve que rehacerle con las fotos de mi propio archivo y los cassettes con sus primeras voces. A todo esto, y a cientos de valiosísimas joyas, vestidos, zapatos y regalos, tuvo que renunciar el día que abandonó el país para siempre.

Lo más importante que dejé en Irán fue mi corazón. En cuanto a cosas materiales, todas. Mucha gente del Palacio de Niavarán me preguntó que por qué no me llevaba mis objetos más íntimos. Ahora echo de menos cosas que siento no haber traído. También dejé, no sé por qué, una tiara de turquesas (la piedra nacional iraní) que era muy personal, y que yo había comprado pagándola con mi dinero. Pero estaba tan indignada por lo que sucedía que, en el momento de hacer la maleta, me dije: si vuelvo un día, será de nuevo mía. Si no, no la quiero ver más. Tú no sabes lo difícil y doloroso que puede ser cuando uno tiene que abandonar su país, ignorando si es para siempre. Intenté meter toda mi vida en una maleta”. Desde aquel dramático día, Farah no ha querido poseer nada que tuviera que volver a dejar, nada que pudieran volver a quitarle.

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    LA NOCHE MÁS AMARGA

Las horas que transcurrieron entre las diez de la mañana del día 15 y las 12 del 16 de enero de 1979, permanecerán siempre imborrables en el recuerdo de Farah. “En ese corto espacio de tiempo no sólo tuve que convencer al emperador, a mi marido, de la necesidad de abandonar cuanto antes Irán, sino que además me vi obligada a organizar con urgencia la salida del país porque nuestras vidas peligraban”, declaraba.

Pero al Shah le costaba creer lo que decía su esposa. Él pensaba que era un error prestar atención a las calumnias sobre su persona: “Todos los líderes del mundo me conocen, saben lo que he hecho y lo que estoy tratando de hacer, me decía. Sólo cuando le dije: estos líderes te han abandonado, te han dejado solo, él se rindió”, me contaba.

Fue al abandonar Marruecos –porque el rey Hassan tampoco les quería ya–, en la segunda etapa de su éxodo, cuando el Shah tuvo verdadera conciencia de lo que le decía Farah. Estaban a bordo del avión, en el aeropuerto de Rabat, y comenzaron a pedir asilo, prácticamente, a todos los países del mundo. Pero todos se excusaron. Ninguno les quería. Unos lo justificaban por no poderle garantizar su seguridad personal; otros, claramente porque no querían enemistarse con el nuevo régimen del Ayatollah Jomeini.

“Nos vimos encerrados en el avión como si estuviéramos en capilla. Tan solos y abandonados... entonces pensamos en morir, acabar allí mismo, acabar para siempre con la tragedia de estar aislados en un mundo que, hasta poco antes, nos había reverenciado. Fue una noche muy amarga. Queríamos morir... sólo morir”, contaba Farah.

La última vez que vi al Shah de Persia como emperador fue en los postreros días del año 1978, cuando la cuenta atrás de su derrocamiento ya había comenzado.

Carmen, mi mujer, y yo, habíamos sido invitados por Farah a una cena que ella calificó como privada, en el Palacio de Niavarán, aunque se exigía traje largo para las señoras y esmoquin a los caballeros.

La gran sorpresa me la depararía la presencia, entre los comensales, del presidente de Senegal y gran poeta de la negritud, el humanista Léopold Sédor Senghor y su esposa; el primer ministro Joveida, el de la orquídea en la solapa, la madre de Farah y la hermana gemela del Shah, princesa Ashraf, conocida con el sobrenombre de “la pantera”, así como algún otro personaje del círculo más íntimo de la familia imperial.

Terminada la cena, pasamos a la biblioteca para el café. Allí nos repartimos en pequeños grupos, de pie, con nuestras tazas en la mano, mientras que el Shah permanecía solo en el centro de la estancia, distante, reservado, impávido, inmutable, solemne, hierático y majestuoso. Transcurrido un tiempo, y ante un gesto del emperador, se abrió una puerta situada a su espalda y, como por encanto, aparecieron dos gigantescos dogos daneses, negros como la noche. En su compañía, Reza Pahlevi abandonó en silencio y sin despedirse la biblioteca, en dirección a sus habitaciones privadas, mientras los presentes inclinaban respetuosamente la cabeza a su paso.Yo, sorprendido, no daba crédito a lo que estaba viendo. Permanecí atónito ante aquella escena viscontiniana.

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      1. En el aeropuerto de Teherán, el Shah y la emperatriz tienen que huir de Irán. Un militar besa sus pies en señal de respeto, enero de 1979; 2. Farah con sus hijos mayores durante el homenaje a su hijo Ali Reza, que se suicidó el pasado 4 de enero en Estados Unidos; 3. En un acto oficial, a finales de los 60; 4. Farah y todos sus hijos en los años 70; 5. La emperatriz y el Shah con ropa de montar, tras un paseo a caballo.
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    UNA MANTILLA ESPAÑOLA

Tras verle derrotado en su propio palacio, en Teherán, volví a encontrarme con Mohamed Reza Phalevi y su esposa Farah poco menos de un año después. Fue en su exilio mexicano de Cuernavaca, en octubre de 1979, en el único rincón del mundo, un escondrijo donde, por el momento, se le hacía el favor, la caridad, la limosna de vivir sin poder y sin opción alguna a recuperarlo, me topé con un hombre derrotado que sólo aspiraba a morir en paz. Su muerte se produciría ocho meses más tarde, el 27 de julio de 1980. Cuando, en aquellos días, Farah me saludó en su villa de Cuernavaca, una triste sonrisa se dibujó en su rostro, al tiempo que me decía: “¡Ya ves!”, una expresión que extendió un silencio emocionante en torno nuestro.

Durante las largas horas de entrevista que mantuve con Farah en la villa mexicana, se sinceró como no lo había hecho en su vida: “Desde la última vez que nos vimos he muerto muchas veces”, me dijo. “Hubo, incluso, momentos en los que me pregunté si había una razón para continuar viviendo... Pienso que, si uno no tiene una razón importante, no se puede vivir por vivir. Quizá ya no vuelva a ser la mujer que fui. He perdido, en cierta medida, el sentido de la felicidad”. Terribles palabras.Y aún le quedaba por vivir la muerte de sus dos hijos.

Antes de marcharme de Cuernavaca, le entregué una mantilla negra española de blonda que me había pedido cuando concertamos la entrevista desde Madrid. ¿Sabía ella que esa mantilla española iba a cubrir tanto dolor? Porque esa misma mantilla llevaba cuando enterró a su esposo, el Shah, en la mezquita de El Cairo; esa mantilla también, cuando dio sepultura a su hija en París y a su hijo de Washington. Tampoco la olvidó cuando acudió a los funerales de Hussein en Amman, ni a los de Grace en Mónaco, ni a los de Diana de Gales, en Londres.


Nº 863. TELVA. MARZO 2011

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Mensajepor Invitado » Sab 24 Mar, 2012 4:19 am

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El príncipe Reza Pahlevi presenta a la hija póstuma de su hermano en su álbum familiar de Twitter


El inmenso dolor de los Pahlevi por la muerte del príncipe Ali Reza halló consuelo meses después con el nacimiento de su hija póstuma, Iryana Leila, la última princesa de la dinastía Pahlevi. Cuando se informó el año pasado de la noticia del fallecimiento de Ali Reza en Boston, se especuló entonces que su prometida, Raha Didevar, estaba embarazada, pero la familia imperial no confirmó el rumor.

Fue Reza Pahlevi, hijo mayor del último Sha y la emperatriz Farah Diba y príncipe heredero, quien anunció el verano pasado el nacimiento de su sobrina a través de su web: “En nombre de mi familia deseo informar a nuestros compatriotas y amigos del nacimiento, el pasado 26 de julio, de Iryana Leila, hija de nuestro querido Alireza”. Al anuncio oficial ha seguido la presentación oficial de la pequeña en las fotos familiares que el heredero comparte con sus seguidores en Twitter.

El álbum familiar del príncipe Reza incluye además fotografías con el resto de los miembros de la familia: su madre, la emperatriz Farah Diba; su hermana mayor, la princesa Farahnaz, la única viva (tanto su hermano Ali-Reza como su hermana Leila fueron hallados muertos en trágicas circunstancias); su mujer, la princesa Yasmine, y sus hijas, las princesas Noor (1992), Iman (1993) y Farah (2004). Instantáneas de nuevos tiempos felices.


VER EL ÁLBUM FAMILIAR DEL PRÍNCIPE EN TWITTER

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Farah Pahlavi

'From Tehran to Cairo' Queen Farah Pahlavi

Mensajepor Farah Pahlavi » Mar 04 Dic, 2012 3:32 am


Tehran to Cairo - English Subtitled

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LICUADO DE NOTICIAS SOBRE MONARQUIA

Mensajepor Invitado » Sab 05 Nov, 2016 4:00 pm


Archivo British Pathé. Coronación del Sha de Persia y ceremonia de apertura del Parlamento británico. 1967.



La coronación de Shah Reza Pahlavi y la emperatriz Farah Diba Pahlavi (noviembre de 1967)




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