Nicolas II el ultimo Zar de Rusia

Las últimas noticias de la Realeza. Monarquía vs. República
¿Cuánto reinarán Felipe VI y Letizia?


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Nicolas II el ultimo Zar de Rusia

Mensajepor Invitado » Lun 04 Ene, 2016 4:52 pm

Es Anastasia Romanov posando de broma.

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Nicolas II el ultimo Zar de Rusia

Mensajepor Invitado » Dom 18 Sep, 2016 1:08 am

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Nicolás II, el último zar de Rusia, con su esposa, la zarina Alexandra, y algunos de sus hijos, en 1914.


LOS ROMANOV DEL SÍNODO DE LOS BORRACHOS AL ÚLTIMO DE LOS 20 ZARES

La tragedia del último zar nos ha llevado a creer que los Romanov estaban malditos, pues ninguna otra dinastía ocupa un lugar semejante en la imaginación de la gente y en la cultura popular. Pero en realidad cosecharon grandes éxitos, y su herencia marca los modos y maneras de la Rusia de hoy, la del ‘zar’ Putin. Simon Sebag Montefiore, historiador y filósofo especialista en la revolución soviética y cuyas obras se han publicado en más de 45 idiomas, reconstruye su historia en ‘Los Romanov. 1613-1918’, una exhaustiva investigación política y psicológica que recrea la vida íntima de los 20 soberanos, que fue una extensión de la actividad política. Adelantamos extractos sobre Pedro el Grande, la gran Catalina, la zarina Isabel...

SIMON SEBAG MONTEFIORE


    PEDRO I, EL ZAR DE LOS BORRACHOS

    El poder real se hallaba allí donde se hallara Pedro, y el zar peripatético se hallaba habitualmente en Preobrazhénskoye, donde sus tropas se ejercitaban y había creado un sucedáneo de corte en bruto. No nombró a ningún boyardo más. Ahora sólo importaban sus servidores y partidarios, ya fueran mercenarios suizos o escoceses, hijos de un pastelero o príncipes de la sangre. Su hombre de más confianza era el temible Fiódor Romodánovski, jefe de una nueva agencia para todo, la Secretaría de Preobrazhenski, al que Pedro ascendería concediéndole un nuevo título, el de «príncipe-césar», o sucedáneo de zar. Pedro lo llamaba «Vuestra Majestad», y cuando firmaba alguna carta dirigida a él lo hacía llamándose a sí mismo: «Vuestro eterno esclavo». Aquello liberaba al zar del tedioso formalismo de los elaborados rituales «que tanto odio». (…)

    En el otoño de 1691 Pedro [zar desde 1682 a 1725] estaba listo para poner a prueba a su Guardia, al mando del príncipe-césar y de Lefort, mientras que él mismo hacía las veces de humilde bombardero, en unas maniobras contra los mosqueteros. La Guardia hizo un excelente papel, tras lo cual Pedro convocó el Sínodo (o asamblea) de los Locos, Bromistas y Borrachos, una sociedad de bebedores y comilones que en parte equivalía al gobierno de Rusia en su versión más brutal y estridente. Había empezado siendo la Alegre Compañía, pero Pedro la convirtió en una organización aún más elaborada. Llegaban a juntarse entre 80 y 300 invitados, entre los cuales había un circo de enanos, gigantes, bufones extranjeros, calmucos siberianos, nubios, monstruos de obesidad y chicas casquivanas, que empezaban la juerga a mediodía y continuaban con ella hasta la mañana siguiente.

    El príncipe-zar presidía su brazo secular junto con Buturlín, el llamado «rey de Polonia», pero Pedro no podía resistir la tentación de burlarse de las mascaradas de la Iglesia Ortodoxa. Nombró a su viejo tutor, Nikita Zótov, prelado borracho —Patriarca Baco—, pero para no ofender a sus súbditos solemnemente ortodoxos, mandó que la burla se hiciera a costa no de ellos, sino de los católicos. Zótov se convirtió así en el príncipe-papa. Tocado con una especie de tiara de hojalata y vestido con un caftán hecho de naipes, montado en un barril de cerveza ceremonial, presidía un cónclave de 12 cardenales ebrios como cubas, entre los que Pedro hacía de «protodiácono».

    Las reglas de esos «oficios sagrados» fueron elaboradas por el propio despótico juerguista: la primera decía que había que «venerar a Baco bebiendo a lo grande y de forma honorable». Todos los miembros del Sínodo llevaban títulos obscenos (a menudo relacionados con el término ruso que designa los genitales masculinos, khui), de modo que el príncipe-papa era asistido por los archidiáconos Metelapolla, Tocatelapolla, o Atomarporculo, y por una jerarquía de cortesanos fálicos encargados de portar salchichas con apariencia de pene sobre unos almohadones.

    El príncipe-papa Zótov, a menudo completamente desnudo, salvo por la mitra que llevaba en la cabeza, comenzaba los banquetes bendiciendo a los comensales arrodillados y cubiertos con una simple túnica; para ello utilizaba un par de pipas holandesas en vez de una cruz. Como Pedro no podía parar quieto nunca, solía levantarse de un salto y tocar el tambor o mandar que tocaran las trompetas, o salir al frente de sus compañeros a disparar la artillería o a tirar cohetes. Luego volvía a la mesa a comer el siguiente plato, antes de salir de nuevo con toda la pandilla al exterior y montar todos en una fila de trineos.


    ISABEL Y LOS TRAVESTIDOS

    Nadie admiraba la belleza de Isabel [zarina de 1741 a 1761] más que ella misma, y en su opinión como mejor estaba era vestida de hombre. De ahí que con frecuencia celebrara lo que llamaba Metamorfosis, bailes travestidos en los que adaptando los juegos que tanto gustaban a su padre, consistentes en poner el mundo al revés, ella se metamorfoseaba en un hombre guapísimo.

    Isabel especificaba personalmente cada detalle: «Las señoras irán vestidas con trajes de caballero, y los caballeros llevarán trajes de señora, lo que tengan, vestidos con falda y todo, caftanes o batas de casa». Los hombres «llevaban basquiñas con verdugado e iban peinados como las señoras». Catalina odiaba las Metamorfosis porque «la mayoría de las mujeres tenían aspecto de niños canijos» y a los hombres tampoco les gustaban pues «pensaban que estaban espantosos» con semejante atuendo. «Ninguna mujer quedaba bien salvo la emperatriz, pues era muy alta y tenía una constitución poderosa. Tenía unas piernas más bonitas que las que he visto nunca en un hombre.»

    La autócrata era una déspota de la moda, llegando a publicar decretos del siguiente tenor: «Que las señoras lleven caftanes blancos de tafetán; que el borde de los puños y los faldones sean verdes, y las solapas vayan ribeteadas con galones dorados: deberán llevar en la cabeza un adorno en forma de mariposa de cintas verdes, y el cabello levantado y liso. En cuanto a los caballeros: llevarán caftanes blancos, camisolas con pequeñas aberturas en los puños, cuellos verdes, y ojales ribeteados de oro».

    Siempre se salía con la suya. «Me han dicho que ha llegado un barco francés con vestidos de mujer, sombreros de hombre y lunares para mujeres y tafetán dorado», decía en una carta. «¡Que me lo traigan todo aquí de inmediato, incluido el mercader!» Cuando se enteró de que no había sido la primera en verlo, podemos figurarnos las amenazas con las que adobó su respuesta: «Haz venir al mercader y pregúntale por qué mintió cuando dijo que había mandado todas las solapas y todos los cuellos que yo había escogido... Ahora los exijo todos, así que ordénale que los encuentre y que no los guarde para nadie más. Y si alguien se los queda, dile de mi parte que lo lamentará (señoras incluidas). ¡Si veo a alguien luciéndolos recibirá el mismo castigo!».

    A su muerte, había 15.000 vestidos en su vestidor, más «dos arcas llenas de medias de seda, varios miles de pares de zapatos y más de 100 cortes de traje de tejido francés intactos».


    CATALINA LA GRANDE Y SU AMANTE

    A sus 33 años, Catalina [zarina de 1725 a 1727], de pelo castaño rojizo, ojos azules, pestañas negras, figura pequeña y rellenita, pasó a caballo entre los soldados, pero entonces se dio cuenta de que a su sable le faltaba la dragonne, el tahalí o correa de agarre, y en una época en la que ese tipo de cosas tenían su importancia, el joven, a la par que sagaz sargento de la Guardia Montada que había montado anteriormente en su carroza, se acercó al galope hasta ella y le ofreció la suya. De una manera realmente audaz Potiomkin había llamado la atención de la emperatriz, que se fijó en su estatura gigantesca, su espléndida cabeza de cabellera rojiza y rostro longilíneo y delicado, con un hoyuelo en la barbilla, características que, unidas a su inteligencia, le habían ganado el apodo de Alcibíades.

    Cuando el joven intentó regresar a su puesto entre la soldadesca, su caballo, acostumbrado a galopar en escuadrón, se negó a separarse de la zarina: «Aquello la hizo reír ... y se puso a hablar con él», y «por esta feliz casualidad», recordaría más tarde Potiomkin, se convertiría en socio suyo en el poder y en el amor de su vida. «Y todo gracias a un caballo nuevo». (…)

    Cuando se convirtió en su amante, Catalina se sintió cautivada por aquella extraña fuerza de la naturaleza. Su afinidad sexual era sólo igualada por el entusiasmo intelectual y político que compartían. «Cariño mío», escribía a Potiomkin, «el tiempo que transcurro a tu lado me hace tan feliz. Hemos pasado cuatro horas juntos, el aburrimiento desaparece y no quiero separarme de ti. ¡Querido mío, amigo mío, te quiero tanto! ¡Eres tan apuesto, tan listo, tan alegre, tan ingenioso! Cuando estoy contigo, no doy ninguna importancia al mundo. Nunca he sido tan feliz». (…)

    Aquel sería el gran asunto amoroso y la máxima asociación política de la vida de la zarina. Potiomkin y ella eran opuestos en lo que respecta a su estilo de vida: Catalina era ordenada, germánica, mesurada y fría; Potiomkin era salvaje, desorganizado, eslavo, emocional y fuera de lo común, el garbo personificado. Ella era 10 años mayor y de sangre real; él era hijo de la pequeña nobleza de Smolensk, y había sido el niño mimado de la casa, rodeado de cinco hermanas. En materia de religión, ella era racionalista, casi atea, mientras que él combinaba el misticismo ortodoxo con una rara tolerancia ilustrada. Él era puro ingenio; a ella le gustaba reír; él cantaba y componía música; ella no tenía oído, pero le encantaba escuchar. Él era nocturno; ella se acostaba a las 11 todas las noches. Ella era práctica en materia de política exterior; él era imaginativo y visionario. Mientras que Catalina estaba siempre enamorada de una sola persona, él era un entusiasta voraz y animalista que no podía dejar de seducir y de hacer el amor a las aristócratas y a las aventureras más hermosas de la Europa de su tiempo, así como al menos a tres de sus hermosísimas sobrinas.

    Sin embargo, tenían en común muchas pasiones: los dos eran criaturas sexuales, mundanas y no se escandalizaban por nada. Adoraban la literatura, la arquitectura neoclásica y los jardines ingleses (Potiomkin viajaba acompañado de un jardín, portado por sus siervos, que era plantado allí donde se detenía a pasar la noche). Los dos eran coleccionistas obsesivos de obras de arte y de joyas, y a los dos les encantaba el esplendor (pero los gustos de él eran sultánicos, por no decir faraónicos). Sin embargo, vivían sobre todo por y para el poder. Potiomkin fue el único hombre amado por Catalina que era tan inteligente como ella. (…)

    En sus primeras cartas el juego sexual se alterna con el juego de poder. «Las puertas estarán abiertas», escribía la emperatriz en una esquela. «Me voy a la cama. Cariño, haré lo que mandes. ¿Voy yo a ti o vienes tú a mí?» Catalina lo llamaba «Mi cosaco» y «Mi bijou», así como «Mi gallo de oro», «Mi león de la jungla» y «Mi tigre». Él la llamaba siempre «Mátushka».


    LOS OJOS EN BLANCO DE NICOLÁS

    El 13 de marzo de 1917, en la estación de Mogiliov, el general Alexéyev dijo a Nicolás que la dinastía se había acabado. Era el fin de los zares (...). Nicolás [zar desde 1894] se despidió de su madre, cubriendo su rostro de besos y a continuación subió al tren. De pie junto a la ventanilla, sonriendo, mientras su madre se santiguaba y rezaba: «¡Que Dios no lo deje de su mano!». Tres días antes, en el Tsárskoye, residencia de la familia imperial cerca de San Petersburgo, los soldados [a las órdenes de Lenin] exhumaron y mutilaron el cadáver de Rasputín. «La cara estaba totalmente negra», señala un testigo, «pedazos de tierra helada se habían adherido a su larga barba y a su cabellera». Los soldados midieron el pene de Rasputín con un ladrillo y casi con toda seguridad lo cortaron para llevárselo como trofeo.

    El 20 de febrero de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo, llamado por su acrónimo, Sovnarkom, y presidido por Lenin, ordenó que Nicolás fuera procesado en un lugar todavía por decidir.

    Todos esperaban poder marcharse pronto —a Inglaterra o a Crimea—, pero el 9 de marzo el Sóviet había vetado el plan de enviar a la familia al extranjero. (...)

    El 10 de julio, Kérenski, en aquellos momentos primer ministro, dijo a Nicky que la familia sería trasladada muy pronto lejos de la «capital y sus dificultades», irónicamente para su protección. «Los bolcheviques van a por mí», explicó Kérenski, «y luego irán a por usted». (...) La familia hizo las maletas, ocultando un auténtico tesoro en joyas en baúles llenos de cartas y de diarios; como protección se llevaron también el talismán de los Románov, el icono de la Madre de Dios de Fiódorov. (...) Al cabo de cinco días de viaje en tren atravesando los Urales, la familia y los treinta y nueve integrantes de su séquito embarcaron en un vapor en Tiumén, pasando por delante de la casa de Rasputin en Pokróvskoye. (...)

    En el Kremlin, a Lenin le preocupaba que la muerte de los hijos de los Románov causara una impresión terrible al resto del mundo: la Revolución Francesa, demasiado moderada para los bolcheviques, había guillotinado al rey y a la reina, pero había perdonado a sus hijos. (...) «Hoy fueron cambiados los mandos», anotó Nicolás en su diario. (...) El 16 de julio, a las ocho de la tarde, mientras los Romanov cenaban, el oficial al mando dijo a sus guardias de mayor graduación:

    —Esta noche tendremos que pegarles un tiro a todos. (...) Las víctimas eran once. (...)

    —¡Dios mío, Señor! —exclamó Nicolás—. ¡Oh, Dios mío! ¿Qué es esto?

    —¡Oh, Dios mío! ¡No! —se oyó repetir a un coro de voces.

    Los diez asesinos apuntaron al ex zar y dispararon repetidamente contra su pecho, del que empezó a manar sangre. (...) Estremeciéndose a cada disparo, con los ojos en blanco, «Nicolás avanzó unos metros tambaleándose hasta que cayó al suelo».


    Y UN EPÍLOGO: VLADIMIR PUTIN

    En 1991, la caída de la Unión Soviética supuso también la desintegración del imperio de los Románov al que Lenin y Stalin se habían aferrado con una mezcla de astucia y fuerza. (…)

    Yeltsin creó lo que supuso —aparte de la Asamblea Constituyente elegida de 1918— la primera democracia rusa de verdad, con una prensa libre y un mercado también libre. Como los zares antes de Pablo I, eligió a su sucesor, Vladímir Putin, un ex coronel del KGB convertido en político, para que protegiera a su familia y su herencia. La misión inmediata de Putin era restablecer el poder de Rusia dentro y fuera del país. En 2000, su guerra de Chechenia logró que la Federación Rusa permaneciera cohesionada. En 2008, una guerra con Georgia, una de las repúblicas más occidentalizadas, reafirmó la hegemonía de Rusia en el Cáucaso. En 2014, el intento de Occidente de integrar a Ucrania en su sistema económico llevó a Putin a emprender una guerra oportunista que le permitió apoyar una guerra de secesión en el este de Ucrania y anexionarse Crimea, a la que él consideraba «nuestro Monte del Templo». Su intervención en Siria en 2015 supuso el restablecimiento de las aspiraciones de Rusia sobre Oriente Medio desde los tiempos de Catalina la Grande hasta los de la Guerra Fría.

    Putin ha llamado a su ideología «democracia soberana», haciendo hincapié en lo de «soberana»: putinismo mezclado con autoritarismo Románov, santidad ortodoxa, nacionalismo ruso, capitalismo de amiguetes, burocracia soviética y elementos típicos de la democracia, las elecciones y los parlamentos. Si ha habido algo de ideología ha sido inquina y desprecio por Estados Unidos, nostalgia de la Unión Soviética y del imperio de los Románov, pero su espíritu ha sido el culto a la autoridad y el derecho a enriquecerse en el servicio al Estado.

    La misión eslavófila de la nación ortodoxa, superior a Occidente, y excepcional por su carácter, ha sustituido la del internacionalismo marxista. Mientras que el patriarca ortodoxo Cirilo ha llamado a Putin un «milagro de Dios para Rusia», el propio presidente ve al «pueblo ruso como el núcleo de una civilización única». Pedro el Grande y Stalin son considerados gobernantes rusos que cosecharon grandes triunfos.

    La Rusia de hoy es la heredera de ambos, una fusión de estalinismo imperial y de autoritarismo digital del siglo XXI, atrofiada y distorsionada por su propio capricho personal, por su continuo desgobierno, por su esclerosis económica y por su corrupción.

    Tras recorrer los cuatro siglos que abarca el presente libro, resulta curioso observar cómo los llamados «Tiempos de Turbulencias» de Rusia (1610-1613, 1917-1918 y 1991-1991) terminaron siempre con una nueva versión de la antigua autocracia, facilitada por los hábitos y las tradiciones de sus predecesores caídos, y justificada por la necesidad urgente de restaurar el orden, de modernizar el país de manera radical y de recuperar el lugar de Rusia como gran potencia mundial. Putin gobierna mediante la aleación creada por los Románov: autocracia y hegemonía de una minúscula camarilla a cambio de prosperidad y gloria en el extranjero.

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Los Romanov. 1613-1918 (Editorial Crítica), del historiador Simon Sebag Montefiore, profesor en la Universidad de Cambridge, sale a la venta el próximo martes, 20 de septiembre


EL MUNDO. CRONICA. DOMINGO 18 DE SEPTIEMBRE DE 2016

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Excesos sexuales y sadismo depravado

Mensajepor Invitado » Sab 08 Oct, 2016 11:32 pm

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El nuevo libro de Simon Sebag Montefiore
Asesinatos, torturas y excesos sexuales ¿Juego de tronos? No, los Románov

El historiador inglés relata a lo largo de mil páginas la increíble historia de la familia rusa que forjó el mayor imperio del mundo y acabó sus días trágicamente


"Los Románov viven en un mundo de rivalidad familiar, de ambición imperial, de esplendor escandaloso, de excesos sexuales y de sadismo depravado; es un mundo en el que de repente aparecen extraños de oscuros orígenes que afirman ser monarcas difuntos renacidos, en el que las esposas son envenenadas, los padres torturan y matan a sus hijos, los hijos matan a sus padres, las esposas asesinan a sus maridos, un santón envenenado y muerto a tiros resucita, barberos y campesinos ascienden a los puestos más encumbrados y se coleccionan gigantes y criaturas monstruosas, se lanzan enanos contra la pared, se besan cabezas decapitadas, se cortan lenguas, se arranca la carne del cuerpo a golpe de látigo, se empala a la gente metiéndole una estaca por el recto, se llevan a cabo matanzas de niños; nos encontramos a emperatrices ninfómanas y locas por la moda, 'ménages a trois' con lesbianismo incluido, y un emperador que mantuvo la correspondencia más erótica escrita nunca por un jefe de estado. Pero también es un imperio construido por conquistadores de corazón de piedra que se adueñaron de Siberia y Ucrania, que tomaron Berlín y París, un imperio que produjo a Pushkin, a Tolstói, a Tchaikovsky y a Dostoyevski; una civilización de una cultura eminente y una belleza exquisita".

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'Los Romanov. 1913-1918'
Así, con un arranque que más bien parece la sinopsis de un capítulo de 'Juego de tronos', comienza 'Los Romanov. 1613-1918' (Crítica), el torrencial libro en el que, a lo largo de mil páginas –de escuetos márgenes–, el historiador inglés Simon Sebag Montefiore (Londres, 1965) narra la espectacular historia de la legendaria dinastía zarista. Veinte monarcas y 304 años en los cuales el Imperio ruso aumentó una media de 142 metros cuadrados al día, o 52.000 metros cuadrados cada año. Lo que convierte a los Románov en los constructores de imperios más exitosos desde los lejanos tiempos de Gengis Kan.

Una historia cerrada abrupta y trágicamente el 17 de julio de 1918 en Ekaterimburgo, en los Urales, a 1.300 kilómetros al este de Moscú. Ese día, y con el pretexto de tomarles una fotografía, el zar Nicolás II, la zarina Alejandra, sus cinco hijos y algunos sirvientes fueron conducidos al sótano de la Casa Ipatiév y fusilados por un pelotón de bolcheviques armados de fusiles con bayoneta en un aquelarre indescriptible. El propio Lenin había dado la orden.


Acto I. La ascensión

La palabra "zar" deriva del nombre "césar" y no por casualidad, ninguna otra dinastía, a excepción de la de los Césares romanos, ocupa un lugar semejante en la imaginación popular ni ofrece, según Sebag Montefirore, una radiografía tan fiel acerca de cómo funciona el poder absoluto. El primero de los tres actos en los que se despliega el libro del historiador inglés arranca en 1613 con Miguel Fiódorovich, el primer Románov. Eran tiempos convulsos en Rusia, sobre los que aún se proyectaba la sombra de uno de los monarcas más feroces de la historia. Iván el Terribe (1547-1584) había expandido el Imperio al tiempo que lo destrozaba internamente a lo largo de medio siglo de esplendor y locura represiva. Su reinado del terror concluyó a su muerte pero le sucedió la inestabilidad, la lucha entre facciones, los innumerables impostores y la guerra civil hasta la entronización, a los 16 años de edad, de un joven Miguel al que no le apetecía nada asumir un título tan pesado que además multiplicaba exponencialmente la probabilidad de ser asesinado.


Al joven Miguel no le apetecía nada asumir el pesado título de zar que multiplicaba exponencialmente la probabilidad de ser asesinado"



Miguel no pudo empezar con peores augurios. Rodeado de boyardos quisquillosos que envidiaban su corona, al frente de un país arruinado y amenazado por los ejércitos de Suecia, Polonia y los tártaros que se preparaban para aplastarlo, nadie habría dado entonces un rublo por el futuro de la nueva dinastía. Pero aquel autócrata beato y de pocas luces los venció a todos –con dificultades– y se aplicó a la tarea más importante que tenía ante sí: encontrar una esposa "segura" en una corte en la que el veneno era un instrumento político como cualquiera. Y para ello convocó un concurso de novias que seleccionó a 500 candidatas de un lado al otro del vastísimo imperio minuciosamente examinadas por sus cortesanos. La ganadora fue la noble de rango medio María Kholopova, conocida posteriormente como Anastasia. Fue el gran acontecimiento de la época y fascinó a Occidente. Poco después la muchacha fue envenenada.

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Iván el Terrible


Acto II. El apogeo

El problema de los autócratas no es solo que tengan demasiado poder sino que es raro que ese poder recaiga, merced al azar de la genética, en alguien inteligente, no digamos ya un genio. Entre los Románov hubo dos genios en tres siglos de estirpe, los dos que fueron apodados como "Grandes": Pedro y Catalina. Pedro el Grande reinó entre 1682 y 1725 y fue un personaje extraordinario. Muy alto –2,04 metros–, torcía la cara constantemente en toda suerte de tics extraños debido a los ataques epilépticos y amaba los tambores y los explosivos. Fue también un señor de la guerra intratable que destrozó a los otomanos en Azov, rechazó una invasión sueca y erigió horcas y cadalsos por todo el imperio para ejecutar a centenares de enemigos más o menos imaginarios. Con Pedro I el Grande, Rusia dejó de ser vista como la patria de los bárbaros de Moscovia y empezó a ser temida como superpotencia.


No se engañaba acerca de los límites de su poder: "Hay que hacer las cosas de forma que el pueblo piense que quiere que se hagan así"



Cuando Catalina II la Grande pasó revista en 1762 ante 12.000 soldados "no todos sobrios" en la Plaza del Palacio de San Petersburgo, echaba a andar un reinado que los rusos ya siempre recordarían como la Edad de Oro de su país. Tenía 33 años, pelo rojizo y ojos azules, era pequeña, regordeta, grafómana y enamoradiza. También poseía una inteligencia inaudita y una asombrosa capacidad de trabajo. Era arquitecta 'amateur', autora de decretos y obras satíricas y trataba de tú a tú en su correspondencia a Voltaire y los otros 'philosophes' franceses. No se engañaba acerca de los límites de su poder: "Hay que hacer las cosas de forma que el pueblo piense que quiere que se hagan así". Coleccionó amantes, aborreció la esclavitud y se anexionó Ucrania, Crimea, Biolorrusia y Lituania. Cuando el 5 de noviembre de 1796 le atacó la apoplejía en el retrete fueron necesarios seis hombres para trasladar su cuerpo agonizante de vuelta a su alcoba, donde falleció.

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Catalina la Grande


Acto III. La decadencia

En el siglo XIX el gigante ruso comienza a trastabillar y los grandes cambios sociales que la autocracia zarista inicia para salvarse a sí misma, como la abolición de la servidumbre o los tímidos avances parlamentarios no evitarán la cada vez más cruenta violencia política y solo acelerarán su fin. Con Nicolás II, tan bienintencionado como incapaz, la dinastía de los Románov se extinguirá en uno de los magnicidios más estremecedores de la historia, cometido por los nuevos dueños de Rusia que habían tomado el poder en la revolución de octubre de 1917: los bolcheviques.

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Nicolás II y familia.
El príncipe Alexéi, un adolescente enfermo de hemofilia, no se acababa de morir y tuvieron que asestarle frenéticos bayonetazos

Simon Sebag Montefiore relata con detalle la escena. Cómo en aquel sótano de Ekaterinburgo el comisario Yurovski disparó primero contra un zar incrédulo que no podía creerse lo que ocurría. Cómo acto seguido le volaron los sesos a la emperatriz Alejandra y a Botkin, el médico de la familia. Cómo después tirotearon al príncipe Alexéi, un adolescente enfermo de hemofilia que no se acababa de morir y al que empezaron entonces a asestar frenéticos bayonetazos que tampoco hacían mella al chocar contra su camisa acorazada de diamantes. Y cómo finalmente destrozaron a tiros en una lluvia sangrienta a las princesas María, Olga, Tatiana y Anastasia. Los nuevos zares rojos de Rusia no querían competencia.

Concluye el historiador su libro advirtiendo que en realidad con los Románov no se acabaron los zares. "El pueblo necesita un zar al que puede venerar y por el que pueda vivir y trabajar", declaró Stalin en los años treinta. Tras la caída de la Unión Soviética en 1991, y después de los caóticos intentos de democratización, la querencia rusa por la autocracia, su afán de servidumbre resucita hoy poderosa encarnada en un excoronel de la KGB, Vladímir Putin.

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Assia
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Re: Nicolas II el ultimo Zar de Rusia

Mensajepor Assia » Lun 10 Oct, 2016 6:15 am

Gracias Invitado por ese articulo. Desconozco a ese autor. No obstante, he leido 1 par de biografias de esta familia del Zar, como 1 par de biografia de Catalina la Grande.
Assia

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carmen cortafuego

Nicolas II el ultimo Zar de Rusia

Mensajepor carmen cortafuego » Sab 26 Nov, 2016 12:32 am

que hermosa familia, sus palacios joyas , ropa, ellos todo.... etc etc etc

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Nicolas II el ultimo Zar de Rusia

Mensajepor Invitado » Sab 08 Abr, 2017 6:16 pm

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La intimidad de los Romanov desde los ojos de la última zarina

Espido Freire presenta Llamadme Alejandra, Premio Azorín, un relato que ahonda en la suerte y desgracia de la última zarina rusa.


Llamadme Alejandra arranca en julio de 1918, ocho meses después de que los bolcheviques tomasen el poder en Rusia. El zar Nicolás II, que abdicó en marzo del año anterior, es prisionero junto con su familia, su mujer y sus cinco hijos. Están desconcertados ante el destino que les espera, un desasosiego que se incrementa cuando, un día, les ordenan que recojan sus pertenencias a toda prisa porque van a ser trasladados.

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Será la propia Alejandra Feodorovna, la última zarina de Rusia, la que rememore su vida anterior ante sus hijas y, en un constante monólogo interior, trate de entender las circunstancias que les han llevado a la situación actual.

Nos han despertado en mitad de la noche a gritos porque nos espera un nuevo viaje. Nicolás se ha levantado, ha abierto la puerta y a través de ella, semicerrada (yo aún en camisón, el Nene asustado y confuso), ha hablado con el comisario Yurovski.

-¿Qué ocurre?

-Nada, no se preocupen, no se alteren. Obedezcan con la mayor presteza posible y todo saldrá bien.


La princesa Alix tomó el nombre de Alejandra al casarse con Nicolás. "Escogí escribir sobre su figura porque es una mujer sin más. Toma su interés cuando la miras, cuando la escuchas", indicó Freire, autora de La diosa del pubis azul (2005) o La Flor del Norte (2011). "Alejandra era una figura despreciada, las nobles consideraban que era vulgar y antipática, su suegra no podía verla. Vivía en una popularidad no deseada y también funciona como una bisagra: carecía de la grandeza de las zarinas. Ha llegado el momento de reivindicar a mujeres que tienen una vida distinta a las que nos han contado", añadió.

La novela avanza salpicada de personajes históricos que marcaron esa época como la reina Victoria, abuela de Alejandra ("Antes, en mi juventud, no era así. Aún contábamos con el respeto del pueblo, y sobre todo, con su miedo… Hay que recordarles con tacto, pero sin cesar, quién manda. Los hombres tienen las leyes, Alix. Las mujeres, sus vestidos"); o Elisabeth de Austria. "Es increíble los consejos que Sissi dio a la zarina", apuntó Freire.

Con apenas veintidós años, Alejandra se casó con Nicolás, el heredero del zar de Rusia. Antes debió convertirse a la religión ortodoxa, la oficial en Rusia. Con la subida al trono de Nicolás tras el fallecimiento del zar Alejandro III, comenzaron los ataques frontales contra lo que para muchos era "un débil carácter". "Necesitaba un poco de ginsen", bromeó Freire. "Era un buen hombre, equilibrado, pero también profundamente mediocre. Fue buen padre, buen esposo, pero no podía ser emperador. Él lo intentaba, pero Alejandra tenía una voluntad mayor".


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Nicolás y la princesa en 1894


La tragedia siempre ha rodeado los Romanov. Durante la ceremonia de coronación, murieron cientos de personas en una avalancha.

Los rumores de mala suerte continuaban y el pueblo comenzaba a culparme de ello a mí, a la zarina extranjera que bailaba mientras los rusos humildes morían. Nunca pude perdonárselo a los tíos, jamás.



Coronación del zar Nicolás II



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Nicolas II el ultimo Zar de Rusia

Mensajepor Invitado » Dom 17 Dic, 2017 4:24 pm


EL FINAL DE LOS ROMANOV, LA FAMILIA DEL ZAR NICOLÁS II DE RUSIA, CONTADO EN 7 MINUTOS
El Zar Nicolás II de Rusia y su familia tuvieron un trágico final el 17 de julio de 1918. Tras la renuncia del zar, su esposa la Zarina Alexandra Fiodorovna Romanova y sus cuatro hijas, Olga, Tatiana, María y Alexandra, así como el Zarevich, pasaron en Siberia unos meses antes de perecer bajo las balas

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Nicolas II el ultimo Zar de Rusia

Mensajepor Invitado » Dom 29 Jul, 2018 3:04 am

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EL RETRATO DE LA MUERTE. Imagen de época del asesinato de la familia Romanov en la ciudad rusa de Ekaterimburgo. La ejecución debía haber durado 30 segundos y se alargó durante más de 20 minutos. Caótica y cruel.


Traición, vodka y deseo: cien años de la masacre de los Romanov en la jaula de Ekaterimburgo

● En la madrugada del 17 de julio de 1918 la familia imperial rusa fue asesinada a tiros en la casa Ipatiev, confiscada por los bolcheviques en la ciudad rusa de Ekaterimburgo

● Allí habían vivido aislados del exterior durante tres meses, humillados por los guardas, sobresaltados por algún romance prohibido y confiados en un rescate que no llegó

"Ninguno de los Romanov esperaba que su encierro terminara así"


XAVIER COLÁS


Dicen que los desterrados a Siberia vuelven la mirada atrás por última vez en Ekaterimburgo, la puerta a Oriente, para recordar la Rusia a la que no volverán.

Tras el éxito de la Revolución de Febrero de 1917 y su abdicación forzada, Nicolás II tenía intención de instalarse en la templada Crimea, donde buena parte de la población le guardaba lealtad. Al caer el gobierno provisional y tomar los bolcheviques el poder, las condiciones de su arresto empeoraron. Llegó a Ekaterimburgo, capital de los Urales rojos, el 30 de abril de 1918 en un tren con las cortinas echadas. La ciudad era un hervidero de desertores, soldados, prófugos y espías. Escuchó a lo lejos campanas, pero era porque esos días se celebraba la principal festividad religiosa. Él y su familia fueron alojados en la casa Ipatiev, confiscada meses atrás y denominada desde entonces Dom Osobovo Nasnachenia: Casa del Propósito Especial.

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Nicolás Romanov había encarado con optimismo el cautiverio hasta después de llegar a Ekaterimburgo. Era apuesto y su fama de débil encubría una personalidad autocrática confiada en su derecho divino. Despreciaba a la clase política y era antisemita. Alejandra y él se habían casado por amor, algo que había repercutido en el carácter abierto de los hijos. Pero el fanatismo místico de ella había hecho entrar en escena durante unos años al monje Rasputín. Para cuando fue aniquilado, el malestar ya había dado cuerda a la revolución.

En la casa Ipatiev (edificada en ladrillo y piedra en el número 49 de la calle Voznesensky) se toparon con el desprecio de los revolucionarios, que hacían dibujos obscenos en los cuartos de baño que los Romanov se veían obligados a compartir con ellos. El zar, su mujer, sus cuatro hijas (Olga, Tatiana, María y Anastasia), el zarevich Alexei y cuatro sirvientes fueron alojados en cinco habitaciones interconectadas.

Los guardas se dejaban sobornar y permitían a algunos vecinos acercarse a observar a los Romanov en cautiverio, como si fuese una visita al zoo. Le gritaban "Nikolashka" y se reían de él. Después se levantaron dos empalizadas de cuatro metros que cegaron la visión del exterior. Se acabaron las cartas. Se les prohibió que hablasen otros idiomas distintos del ruso y sus sirvientes fueron obligados a dirigirse a ellos por sus nombres de pila. Nunca más vivirán como zares, les dijeron. El desayuno pasó a ser té y pan negro. Y sopa con carne el resto del día. La comida que les traían las monjas del monasterio de Novo-Tijvinsky era casi toda aprovechada por las cuatro decenas de guardas -más amigos del vodka que del jabón- que convivían con ellos durmiendo en cualquier pasillo o estancia que quedase libre.

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Las tropas enemigas se acercan con artillería, por seguridad hay que bajar al sótano", les dijeron antes de ser fusilados en esta habitación

Las cuatro grandes duquesas, que firmaban las cartas de manera conjunta como OTMA usando la primera letra de cada uno de sus nombres, pronto sucumbieron al aburrimiento mortal de esa reclusión. Olga, la mayor, pidió a las monjas material para coser. Anastasia, la más pequeña, era la más traviesa y con tendencia al drama. El zar leía el Evangelio en voz alta. Y la zarina se consolaba con dosis de morfina para aplacar su ciática. El heredero, enfermo de hemofilia, cojeaba por culpa de la enésima caída.

El bochorno del verano era insoportable por la prohibición de abrir las ventanas. Así, gradualmente, el exterior fue desapareciendo. Un día pintaron los cristales por fuera, así el paisaje de reclusión quedó sustituido por una luz blanca opaca durante el día. Anastasia, asomó la cabeza por una ventana varias veces, hasta que un guarda disparó a varios centímetros de su mejilla.

Dentro de la casa, en ese ambiente asfixiante, se abrió camino el amor. O por lo menos el deseo. Uno de los episodios menos conocidos del ocaso de los Romanov fue el incipiente pero abrasador affaire de María con uno de los guardas. La historiadora Helen Rappaport cree que fue precisamente "la curiosidad sexual" de la hija del zar la que pudo precipitar el endurecimiento definitivo del régimen de reclusión de los zares, la antesala de su fusilamiento. Ocurrió un 27 de junio, apenas tres semanas antes del desenlace. El jefe militar del soviet, Filipp Goloshchokin, y Alexander Beloborodov, jefe del comité ejecutivo, realizaron una inspección sorpresa y encontraron a María Romanova en el desván con uno de los guardas, un apuesto joven llamado Iván Skorojodov, que había conseguido 'colar' en la casa una tarta y ofrecérsela para celebrar su 19 cumpleaños. Skorojodov fue retirado del servicio de vigilancia y a partir de ese día se introdujeron medidas más restrictivas en la casa. Llegó un nuevo comandante, Yakov Yuroshki, con la tarea de garantizar el orden entre esos muros. Días después, sería Yurovski el encargado de liderar el pelotón de fusilamiento.

Abandonados por sus iguales

El arresto de los zares los llevó de San Petersburgo a Tobolsk, y de ahí a Ekaterimburgo mientras fracasaban los intentos de evacuación. Todavía abundan las teorías sobre por qué Jorge V de Inglaterra no salvó a su primo, el zar ruso Nicolás II, y a su familia. La historiadora Catherine Merridale, autora de Lenin en el Tren, ha sugerido que el monarca británico intentó en secreto ofrecer a su primo un pasaje seguro al Reino Unido con la mediación del embajador británico en Rusia, George Buchanan. Pero el plan fracasó y tres meses después Jorge V retiró su invitación de asilo político "porque se dio cuenta de que, en la mayoría de aspectos, el zar estaba "manchado de sangre", según el biógrafo Theo Aronson. Jorge V, temeroso de su propia situación, abandonó a los Romanov a pesar de los fuertes lazos que les unían.

En en esa casa ya no llegaban noticias del exterior. Ni siquiera de su familia. Como si Rusia se hubiese olvidado de ellos. La guerra civil de rojos contra blancos se expandía por la región de Siberia y complicaba un eventual viaje de vuelta a Moscú para ser juzgados. En la capital, Lenin había dado muchas vueltas a qué hacer con el zar desde el mes de abril. A principios de julio se tomó la decisión de que, si llegaba el momento en el que Ekaterimburgo estuviese a punto de caer (en manos de los monárquicos y las tropas checas que se acercaban por el este) la familia Romanov debía ser liquidada sin que quedase ningún "estandarte viviente", lo que significaba matar también al hijo y a las hijas. Pero esto debería mantenerse en secreto para evitar una ola de indignación internacional.

Durante las últimas noches, mientras Alexandra daba vueltas en la cama intentando zafarse del insomnio, oyó a lo lejos fuego de artillería. Eran los enemigos de la revolución acercándose. Esos disparos no eran el preludio de un rescate, sino que estaban escribiendo la fecha de su sentencia de muerte.

Era la 1.30 de la mañana del 17 de julio cuando Yurovsky llamó a la puerta de las estancias de los Romanov. Abrió despeinado el doctor Botkin que recibió una media verdad: "Las tropas enemigas se acercan con artillería, por seguridad hay que bajar al sótano". Así empieza el capítulo final de 300 años de dinastía de los Romanov. En ese momento están en en marcha dos coreografías ensayadas y contradictorias que chocarán en una nube de tiros: la fuga y la ejecución. Por un lado, el zar y la zarina habían entrenado para un eventual rescate a sus hijas, que bostezando se pusieron sus prendas interiores blindadas por joyas ocultas para, en caso de que el momento hubiese llegado ya, no dejar atrás todas sus riquezas. El zar y el zarevich bajaron vestidos de uniforme, el mismo que debían reconocer como propio las tropas que, ya muy cerca, podían salvarlos: "Bueno, parece que por fin nos vamos de este sitio", dijo Nicolás II a un sirviente en el pasillo. Instintivamente, los Romanov y sus sirvientes bajan los 23 escalones -la misma cantidad de años que estuvo Nicolás II en el poder- por orden jerárquico. Ya en el sótano, son colocados como si les fuesen a tomar una foto.

Pero por otro lado, otra danza está en marcha. En la puerta de la casa está aparcando un camión con la orden de mantener el motor encendido haciendo todo el ruido posible para disimular los disparos. Varias latas de gasolina, dos de ácido sulfúrico y un cargamento de leña se habían colocado en el lugar al que se transportarían los cadáveres. La habitación contigua se va llenando de guardias. Uno lleva tres revólveres en el cinturón. Entre los elegidos hay chequistas, mecánicos, soldadores. Unos convencidos, otros fumando compulsivamente. Hay varias ausencias, porque algunos se han negado a disparar a las chicas.

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Yurovsky leyó la condena y, mientras la zarina y su hija se santiguaban, disparó al pecho del zar. La ejecución debía durar 30 segundos y se alargó 20 minutos

Hay que darse prisa. Estos días en Ekaterimburgo se hace de día a las cuatro y media de la mañana. Son noches demasiado cortas para dudar. Los hombres armados entran en la sala, para sorpresa de los once ajusticiables, que esperan acontecimientos. Yurovsky lee un papel: "En vista del hecho de que sus parientes en Europa siguen con su asalto a la Rusia Soviética (...) y en vista de que (...) puede escapar del tribunal popular, el Presidium del Soviet Regional, cumpliendo con el deseo de la revolución, ha decretado que el antiguo zar Nicolas Romanov, culpable de incontables crímenes sangrientos contra el pueblo, debe ser fusilado".

El zar, pálido, dice no entender lo que pasa y pide que se lo repitan. Yurovsky vuelve a leer el final del texto y, mientras la zarina y Olga terminan de santiguarse, dispara al pecho del zar. Otros le imitan, porque todos quieren cobrarse la misma pieza. Otro pistolero, Piotr Ermakov, comisario bolchevique, dispara su pistola Mauser contra la cabeza de la zarina, que recibe los impactos del resto. Las chicas se tiran al suelo, alguna ya herida por una bala que no era para ella. Cada vez hay más humo en la habitación y los ejecutores se atragantan con la pólvora que hay en el ambiente. Dos de las grandes duquesas seguían respirando 10 minutos después de que el comandante dijera que había revisado sus pulsos. Minutos después comprueban que las duquesas siguen vivas e intentan rematarlas a bayonetazos, topándose con su coraza de joyas. Son rematadas a tiros. Lo mismo ocurrió con el zarevich y una sirviente que se había desmayado herida durante el torpe fusilamiento.

La ejecución debía durar 30 segundos y se alargó hasta 20 minutos, caótica y cruel, un adelanto de las convulsiones que aguardaban al país. La casa quedó en silencio y el imperio también: nadie supo del paradero de los cuerpos hasta la caída de la URSS. Pero sí se entendió que el destino había dado la razón a lo dicho por Rasputín a los Romanov antes de ser asesinado: "Mi muerte será la vuestra".




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