LA EXPLOTACION SEXUAL INFANTIL

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LA EXPLOTACION SEXUAL INFANTIL

Mensajepor Invitado » Vie 03 Ago, 2018 7:02 pm

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Carta a Pedro Sánchez

El autor, quien sufrió graves abusos en la infancia, sugiere cambios legales para proteger a los menores. Como una reforma judicial para que en casos de violación infantil, niños y niñas declaren en privado, con la presunción de que dicen la verdad


Apreciado señor Sánchez:

Llevo más de un año viviendo en España. Para mí, este país es mi casa; me he enamorado completamente de él, hasta la médula. Pago impuestos aquí, intento contribuir de manera productiva y mi deseo es que, en algunos años, me haya ganado (y elijo esta palabra con intención) el derecho a ser ciudadano de este maravilloso, generoso, fantástico y bonito país.

Cuando usted fue nombrado presidente del Gobierno y eligió un Consejo de Ministros integrado en sus dos terceras partes por mujeres, me pareció que teníamos un nuevo mandatario con una mentalidad más abierta en muchos temas. Por eso le escribo esta carta.

Tenemos un grave problema. Y tiene que ver con su sistema judicial y con el trato que da a los menores. Quiero que sepa que hablo con conocimiento de causa: de niño me violaron repetidamente. Los años ochenta fueron una gran época para los pederastas: aunque los adultos veían que sangraba, lloraba y me ponía histérico, me enviaban de vuelta a los brazos (piernas, mejor dicho) de mi violador. Una y otra vez. Esa gente que tenía puestos de responsabilidad sabía que algo malo pasaba, pero nadie hacía nada y, de nuevo, me mandaban junto a él. Durante cinco largos años.

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Todavía estoy pagando el precio de haber tenido esa infancia. También mis seres queridos. Tengo prótesis de metal en la espalda, resultado de las tres operaciones a las que tuve que someterme para intentar reparar el daño que me habían causado las agresiones sexuales. He intentado suicidarme demasiadas veces y me he pasado también demasiados meses en instituciones psiquiátricas. He probado todos los medicamentos que las grandes farmacéuticas han tenido a bien inventar, he destruido relaciones, me he autolesionado con rabia y he hecho todo lo que se me ha pasado por la cabeza para intentar detener ese zumbido incansable y violento que me retumba en la cabeza. Desde que vivo en Madrid, ese zumbido se ha convertido al fin, milagrosamente, en un rumor lejano la mayor parte del tiempo que estoy despierto. Lo que quizá explique por qué este país significa tanto para mí. Pero cuando veo en las noticias que hay tantísimos fracasos en la protección de los derechos de los niños, de consecuencias catastróficas, no puedo evitar sentir náuseas.

He aceptado que nunca se haga justicia por lo que me pasó (mi violador murió antes del juicio). Pero también me he prometido a mí mismo que si alguna vez tenía frente a mí un altavoz, por pequeño que fuera, lo usaría para hablar de este tema. Y por eso le escribo esta carta. Aquí, en España, me siento afortunado. Puedo hablar de ello en la Cadena SER y comentarlo con Buenafuente en la televisión o en las entrevistas de los periódicos. Puedo darles copias de mi libro Instrumental a todos los jueces del país, porque explica claramente qué secuelas tienen los abusos. Pero, al final, todo acabará cayendo en saco roto. La única persona que puede cambiar las cosas de verdad ahora mismo es usted.

Tengo ante mis ojos unas hojas con miles de palabras, enviadas por Save the Children España, que harán que se le salten las lágrimas. Aquí tiene algunos ejemplos:

Aunque el 70% de las víctimas infantiles diga que avisó a un adulto de lo que pasaba, solo el 15% de los casos se denunció a la policía. De ese 15%, el 70% nunca llegó a juicio.

El proceso judicial dura como promedio tres años; en algunos casos se llega a los cinco. El abuso sexual dura como promedio cuatro años.

En el 86% de los casos, el menor tiene que declarar en sesiones plenarias, en juicios a puerta abierta, delante de tres jueces y también del presunto autor de los hechos.

En España, solo cinco de sus diecisiete comunidades autónomas prestan un servicio universal gratuito a las víctimas infantiles de los abusos sexuales. En el caso más tristemente célebre de España, el de los Maristas, de las 17 acusaciones que hay contra Benítez, el autor confeso, 13 han prescrito. ¿Cómo puede ser que no vaya a ser juzgado por todos estos crímenes cometidos? Además, ¿qué ha fallado tan estrepitosamente para que durante más de treinta años un profesor pudiera abusar de sus alumnos sin que nadie lo denunciara?

Podría seguir y seguir…

Sé que usted leerá esta carta. Y sé que en la política y en la ley las cosas van despacio. Pero también sé que si entrara en una habitación y sorprendiera a alguien violando a un niño, no se movería con lentitud. Le sorprendería ver que uno es capaz de actuar con muchísima rapidez. Y de soltar un puñetazo la hostia de fuerte. Estoy aquí para decirle, para prometerle, para asegurarle que, aunque en este momento no vea con sus propios ojos cómo violan a un niño, está sucediendo ahora mismo. Cuando usted lea esto, estará pasando. Siempre está pasando. Y necesito que actúe rápido.

Me han sugerido (en Twitter, claro) que, como soy anglosajón, un huésped de este país, mejor “no me meta en política”. Pero esto no tiene que ver con la política, sino con la humanidad. El sistema creado específicamente para proteger a los más vulnerables se ha roto y ya no sirve.

Estoy seguro de que este asunto no es nuevo para usted; que ya tiene una idea de lo que quiere conseguir y de cómo va a hacerlo. Yo solo quiero ayudar. Me gustaría, junto con Andrés Conde, director general de Save the Children España, reunirme con usted un par de horas y ayudarle a lograr que España sea un lugar más seguro para sus niños y niñas. Sabemos lo que hace falta: lo más urgente es una formación obligatoria, unos protocolos y una reforma profunda del proceso judicial para que en los casos de abuso sexual infantil se respeten de verdad los derechos del niño y también sus necesidades particulares: que haya juzgados específicos, con jueces preparados y juicios rápidos para que el menor declare solo una vez, en privado, con la presunción de que está diciendo la verdad. Cuando se trate de niños, hay que dejar de distinguir por ley entre abuso y agresión: siempre es agresión.

Quiero que apruebe una nueva ley que erradique la violencia contra los menores y adolescentes, y que se centre especialmente en las medidas preventivas, tal y como le ha sugerido en dos ocasiones el Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas al Gobierno de España.

Un periódico publicó hace poco un artículo que decía que “a Rhodes lo violaron repetidamente durante su infancia y Bach lo salvó, pero ni siquiera esa experiencia límite lo convirtió en un músico excepcional”. Y, aunque quizá suene raro, por desgracia es verdad. No soy para nada un músico excepcional. Pero creo que sí puedo ser un recurso excepcional para usted y su equipo en la tarea de cambiar las cosas a mejor de forma permanente para los niños y niñas de este país. Por favor, contésteme, veámonos y pongámonos manos a la obra.


James Rhodes es pianista, autor del libro Instrumental. Memorias de música, medicina y locura (Blackie Books). @JRhodesPianist



James Rhodes se reúne con Pedro Sánchez tras pedir reformas legales contra la pederastia en EL PAÍS


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Mensajepor Invitado » Mar 04 Sep, 2018 1:11 pm


LEGALIZACIÓN DE LA PEDERASTIA: ALGO MÁS QUE UNA HIPÓTESIS
Hoy, martes 4 de septiembre de 2018, el director de www.hispanidad.com, Eulogio López, advierte: cuando la pederastia ya no sirva para atacar a la Iglesia, será legalizada.

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Assia
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Re: LA EXPLOTACION SEXUAL INFANTIL

Mensajepor Assia » Mié 05 Sep, 2018 11:24 am

Esa es tu ''Hipotesis.?'' Dejate de lo que pueda o no pueda pasar en el futuro y vamos a la realidad. Y la realidad es que hay 1 abuso casi incontrolable de crios que has sidos y siguen siendo abusados sexualmente por los de las Sotanas Negras.

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Mensajepor Invitado » Mié 19 Sep, 2018 1:01 am


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Mensajepor Invitado » Sab 10 Nov, 2018 3:05 am


El obispo de Salamanca, Carlos López, a la derecha, junto al portavoz de la Conferencia Episcopal, José María Gil Tamayo, en 2014. En vídeo, conversación entre el obispo de Salamanca y una víctima.

“Ahora la Iglesia es culpable de ocultar. ¿Y las víctimas, por qué se han callado?”

Las grabaciones al obispo de Salamanca revelan los argumentos y las tácticas de la jerarquía eclesiástica para acallar a los denunciantes de abusos


Las conversaciones grabadas en 2013 entre el obispo de Salamanca, Carlos López, y una víctima de abusos Javier Paz, a las que ha tenido acceso EL PAÍS, son reveladoras de los argumentos de la Iglesia para silenciar el escándalo y de su falta de empatía con quienes denuncian. Uno de los momentos más llamativos de los audios es cuando el prelado responde a las quejas de su interlocutor sobre la actitud de la Iglesia. El obispo pregunta por otras víctimas que conoce Paz, para saber si se quieren unir a su denuncia contra Isidro López, el cura de Salamanca que fue finalmente condenado por el Vaticano en 2014.

Estas personas no se fían de la Iglesia porque creen que ha ocultado el caso. El obispo reacciona con contrariedad: “Pero, ¿quién tiene la culpa? ¿por qué no lo han denunciado? Es que es muy fácil decir… ¿Estos señores por qué no lo han denunciado a su debido tiempo? Ahora la Iglesia es culpable de haberlo ocultado ¿y ellos por qué lo han ocultado?”. La víctima le explica que no es fácil asimilar los abusos y denunciar, que pasan muchos años. El obispo continúa: “Si en el caso de Isidro no ha habido un castigo es por culpa de todos. Lo que no vale decir es que los obispos no han hecho nada. No, vamos, a ver ¿las víctimas por qué se han callado? ¿Por qué todavía las víctimas no quieren decir nada?”. El obispado de Salamanca, que durante décadas se negó a investigar a este sacerdote por no creer "verosímiles" las denuncias contra él, se ha negado en todo momento a responder a EL PAÍS sobre el caso.

Es más, el propio Carlos López admite que ya en 2003, cuando llegó a la ciudad, conoció rumores sobre el cura, luego condenado, en la parroquia donde estaba entonces, en el barrio de Tejares, aunque sostiene que no encontró pruebas concluyentes. De modo que el sacerdote siguió ocho años más de párroco, y aun así cuando el obispo recibió en 2011 la denuncia de Javier Paz, “considerando la buena fama del sacerdote, juzgó que no había suficientes elementos para proceder”, tal como afirma la sentencia del Vaticano que reveló este periódico la semana pasada. Mientras se llevaba a cabo el proceso canónico permaneció aún tres años más prestando ayuda en otra parroquia.



No obstante, el obispo admite a su interlocutor que podría haber hecho más y tomar medidas: “Hablé con don Isidro, y el conocimiento que he tenido de eso ha sido después. Si en 2003 hubieran estado en vigor las normas canónicas que están ahora [Benedicto XVI ordenó en 2010 elaborar protocolos contra los abusos], yo hubiera actuado de otra manera, claro, me hubiera sentido obligado a actuar. Pero entonces las normas eran distintas". Carlos López ha sido una autoridad en la Iglesia española en cuestiones legales, porque desde 1994 formó parte de la Junta de Asuntos Jurídicos de la Conferencia Episcopal, y de 2002 a 2017 fue su presidente.

En otro pasaje el responsable de la diócesis salmantina vuelve a atribuir el papel de víctima a la Iglesia, cuando debe pagar indemnizaciones: “Si no hubiera prescrito y condenan a don Isidro y el juez civil le impone una indemnización, y al final si él no tiene dinero, ¿quién lo tiene que pagar? Lo paga la diócesis. ¿Quién es la víctima entonces? Porque claro, la diócesis es también tu madre, y son los pobres”.

En todo caso, su principal interés en gran parte de las charlas es convencer al denunciante de que es mejor mantener el asunto en secreto. En una conversación del 15 de marzo de 2013, por ejemplo, Javier Paz se está planteando presentar una denuncia en los tribunales, aunque está prescrito, para que salga a la luz. Pero el obispo intenta convencerlo de que no va a conseguir nada. Solo el escándalo, porque está prescrito y “la vía civil está cerrada”. En cambio, le razona, en el juicio canónico no hay prescripción: “Solo van a conseguir hacer daño, nada más, hacerse daño a sí mismos y a su familia, y todos los demás”. Y luego añade: “Ya bastante has sufrido para que salgas también en la prensa”. Las críticas a los medios son recurrentes.

Paz replica que también cree que con la denuncia pública pueden salir otras víctimas a la luz, cuyos casos no hayan prescrito, pero el obispo le desanima: “¡Si eso fue hace montones de años! Si todos esos hechos acontecieron cuando estaba en San Julián, después estuvo ocho o diez años en Tejares. Está superprescrito”. Sin embargo, se habían recibido denuncias en esta segunda parroquia, donde permaneció hasta 2003, tal como consta en la sentencia del Vaticano revelada por este periódico. Los casos de abusos de menores prescriben hasta 15 años después de la mayoría de edad, y por tanto en 2013 no se podía descartar que algún caso no hubiera prescrito.

Cuando la víctima insiste en que el objetivo es llegar a que más gente pueda denunciar, el obispo argumenta: “No se hace más justicia por el hecho de que absolutamente todos los que puedan considerarse perjudicados, abusados, comparezcan en el proceso. Si ellos llegan a saber, y sabrán, porque la condena tendrá que ser pública, y saben que ha sido culpable, que ha sido condenado, pues ya está. Lo mismo da que sea por dañar a cuatro que a catorce”. De todos modos le promete que al final la sentencia se haría pública. No fue así. El obispado solo difundió un breve comunicado que ocultó los detalles del caso y de la condena, como que había dos víctimas más, no solo Javier Paz, que ya lo había hecho público.

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Mensajepor Invitado » Sab 10 Nov, 2018 3:07 am


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Mensajepor Invitado » Mié 02 Ene, 2019 5:22 pm

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ABUSOS EN LA IGLESIA
El Vaticano ocultó la pederastia del fundador de los Legionarios de Cristo durante 63 años

El prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada reconoce que la sede pontificia tenía desde 1943 documentos sobre las conductas de Marcial Maciel


El prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, el cardenal João Braz de Aviz, reconoce ahora que el Vaticano tenía desde 1943 documentos sobre la pederastia del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel. El religioso fue investigado entre 1956 y 1959. “Quien lo tapó era una mafia, ellos no eran Iglesia”, ha dicho al ser entrevistado por la revista católica Vida Nueva. João Braz estuvo en Madrid hace un mes para clausurar la asamblea general de la Confederación Española de Religiosos (Confer). “Tengo la impresión de que las denuncias de abusos crecerán, porque solo estamos en el inicio. Llevamos 70 años encubriendo, y esto ha sido un tremendo error”, sostiene.

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Los Legionarios de Cristo renacen de sus cenizas, con una nueva estructura, después de 12 años de expiación y diez desde la muerte de su fundador, el sacerdote Marcial Maciel, amigo de varios papas y el mayor depredador sexual en la historia reciente de la Iglesia. Presentado durante años por Juan Pablo II como apóstol de la juventud y mimado por incontables obispos y cardenales, muchos de ellos españoles, Benedicto XVI le conminó en 2006, meses después de la muerte del Pontífice polaco, a retirarse a México el resto de su vida, dedicado “a la penitencia y la oración”. Murió sin pedir perdón dos años más tarde, cuando una comisión de investigación ya había desvelado sin ningún género de dudas sus actividades delictivas y una vida de crápula tolerada por el Vaticano.

EL PAÍS publicó en 2006 que el fundador legionario había sido investigado entre octubre de 1956 y febrero de 1959 por encargo del cardenal Alfredo Ottaviani, entonces el gran inquisidor romano. Maciel había estudiado en la Universidad Pontificia de Comillas, entonces con sede en Cantabria, de donde fue expulsado con alguno de sus compañeros sin que los jesuitas tomasen medidas adicionales. La inspección del Vaticano la supervisó el claretiano vasco y futuro cardenal Arcadio Larraona. Durante ese tiempo, Maciel fue suspendido como superior general, y expulsado de Roma. Larraona envió a sus inspectores al seminario de Ontaneda, entre otros centros. No resolvió nada y Maciel volvió a las andadas, con más poder. Tampoco actuó en 1999 Ratzinger, pese a las evidencias depositadas sobre su mesa de presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Santo Oficio de la Inquisición del pasado.

Las denuncias de sus incontables víctimas, a las que se unieron más tarde las de las mujeres con las que el sacerdote Maciel había tenido hijos, arreciaron hasta hacerse insoportables para el Vaticano. Nadie tomó medidas. “No se procesa a un amigo del Papa”, argumentaron quienes debían intervenir, en primer lugar el cardenal Josep Ratzinger, hoy Papa emérito. Maciel también era su amigo, además de confesor del Papa polaco en muchas ocasiones. "Esperaban a que Dios les sacara del atolladero con la muerte de Juan Pablo II o la del acusado", dijo en 1999 una de sus víctimas y denunciante, Alejandro Espinosa, que tuvo la desgracia de ser presa predilecta del fundador legionario en el frío caserón del seminario de Ontaneda (Cantabria).

Marcial Maciel Degollado (Cotija, Estado de Michoacán. México, 1920-2008), iba para santo hasta que varios de los seminaristas de los que abusó se unieron para clamar desesperadamente ante el Vaticano. "Es un guía eficaz de la juventud", opinaba de Maciel Juan Pablo II cuando las denuncias eran ya públicas. Apenas una semana antes de que Ratzinger notificase la apertura de una investigación, el célebre fundador festejó sus 60 años de sacerdocio en un acto al que asistieron el Papa y su secretario de Estado, cardenal Angelo Sodano.

Maciel llegó a España a finales de los años 40 del siglo pasado para extender su fundación, protegido por el entonces ministro de Asuntos Exteriores del dictador Francisco Franco, el democristiano Alberto Martín Artajo. Venía avalado por el papa Pío XII, que lo recibió en 1941, nada más fundar, con apenas 21 años, los Legionarios de Cristo y el Regnum Christi, inicialmente con el nombre de Misioneros del Sagrado Corazón y la Virgen de los Dolores.

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Leaving Neverland

Mensajepor Invitado » Jue 28 Mar, 2019 3:05 am




“SI LA gente escucha una mentira el tiempo suficiente, se la cree. Yo soy un afroamericano orgulloso: el rumor de que me aclaro la piel no es cierto. El rumor de que Lisa [Marie Presley, su esposa] dijo que quería un niño blanco para interpretarme como niño en el cine es eso: un rumor. El rumor de que no quise cantar en la investidura de Clinton es eso: un rumor. Y no soy gay”.

Es Michael Jackson grabado el 1 de marzo de 1996 en una habitación del Four Seasons de Nueva York; no responde a una entrevista sino a un interrogatorio policial sobre abusos sexuales. Jackson, maquillado ligeramente, con melena y sombrero negro de ala ancha, bosteza, ríe de forma incontrolada y, cuando le preguntan si alguna vez fue acusado de abusar sexualmente de un niño, abre mucho los ojos y se tapa la cara con sus dos manos blancas de dedos finos y larguísimos.

Tres años antes, en 1993, Jordan Chandler se convirtió en el primer niño que denunciaba a Michael Jackson. La mayor estrella del mundo, el hombre que subía y bajaba de los aviones con niños, que posaba con niños sentados en sus piernas, que subía niños al escenario, les componía canciones y los invitaba a su rancho Neverland con sus familias, era acusado de abusar de ellos. Jordan Chandler, 13 años, dio al jurado detalles tan exactos sobre los genitales de Jackson que la policía de California fotografió las partes íntimas del más celoso protector de su privacidad; “se presentaron con una orden de registro, fue el momento más humillante de mi vida”, declaró Jackson. El compositor de Thriller suspendió su gira Dangerous y después pagó más de 20 millones de dólares en un acuerdo extrajudicial. Según él, para no prolongar el infierno de una acusación falsa; según la familia del niño, para librarse de una condena segura.

El elefante llevaba años en la habitación. Tan grande y durante tanto tiempo que en un documental hecho en 2002, años después de haber cerrado en falso el caso de Chandler, Michael Jackson abrió las puertas de Neverland a Martin Bashir, un director que le prometió que haría el retrato “más honesto” que le harían nunca. Jackson se convenció de que aquello saldría de maravilla; terminó declarando ante la justicia hasta el director Bashir. En la cinta, la estrella contaba cómo había dormido con niños. “No era sexual. Yo los arropaba, ponía un poco de música y les leía un libro (…) Nos íbamos en la cama con la luz encendida y yo les daba leche caliente y galletas. Era agradable y muy dulce (…) Es lo que el mundo entero debería hacer. ¿Por qué no se puede compartir la cama? La cosa más afectuosa es compartir la cama con alguien. Es una cosa magnífica. Es muy correcta”. Junto a él, un niño de 13 años, Gavin Arvizo, asentía apoyando la cabeza en su hombro y cogido de la mano del astro. Jackson aclara que él duerme en el suelo y el niño en la cama. El entrevistador pregunta si en la casa no hay más cuartos. Jackson dice que sí, pero que los niños quieren dormir con él. No se sabe si es más inquietante la imagen de él durmiendo en la cama con el niño o eligiendo el suelo de una mansión con decenas de habitaciones, teniendo en cuenta que murió por la adicción a los fármacos con los que trataba dolores de espalda que lo tuvieron atado a las drogas durante décadas.

Aquello era, como poco, turbador; un hombre adulto yéndose a dormir con sus mejores amigos, niños a los que declaraba públicamente su amor incondicional y decía regalarles la infancia que él no tuvo, que conocía en concursos de baile, niños con talento y sin él, niños cuyas familias entregaban sin condiciones mientras eran agasajadas con casas y coches. Y he aquí una de las sombras más oscuras del eterno caso Jackson: el comportamiento de los padres, entregados cuando creían inocente a Jackson y erráticos cuando lo culparon. El interrogante recorre Leaving Neverland, el documental de Dan Reed que recoge los abrumadores testimonios de Wade Robson y Jimmy Safechuck, dos hombres que ahora acusan a Jackson de haber abusado de ellos cuando eran niños. Los padres de Robson y Safechuck, de Chandler y Arvizo, de Brett Barnes, del propio Macaulay Culkin, los padres de todos ellos. Los padres que recibían dinero a espuertas cuando sus hijos dormían con un hombre de treinta años mientras ellos descansaban en el pabellón de invitados, y que, acabada la relación o el dinero, reclamaban más millones mediante denuncia (o para no denunciar). En el caso de los Chandler, ¿es decente que abusen sexualmente de tu hijo de 13 años y dejes en libertad al monstruo, con ilimitada capacidad para reincidir, a cambio de dinero?

Leaving Neverland es un documental que recoge dos testimonios escalofriantes llenos de detalles y pruebas abrumadoras, poniendo al público ante una tesitura primitiva: la de creer o no creer, o sea sentenciar o absolver, saltándose la justicia. La cinta acribilla a Jackson, que no tiene un defensor en todo el metraje porque se trata, según su director, “de un estudio detallado, de cuatro horas de duración, sobre la psicología del abuso sexual infantil, que se cuenta a través de dos familias que tuvieron un vínculo emocional durante 20 años con un pedófilo disfrazado de amigo de confianza”. Todo ello ahonda en una cuestión verdaderamente delicada. ¿Puede funcionar el sistema de justicia con alguien como Michael Jackson? Testigos que acusan y se retractan, testigos que defienden y dan marcha atrás, padres de niños que se contradicen, una presión mediática y social desbordante; todo bañado en ingentes cantidades de dinero y de un jurado que, como contó Guillermo Alonso en Icon, al ver una de las pruebas que empieza con un vídeo con música de Billie Jean, se movía inconscientemente al ritmo de sus acordes.

Meses después del documental de Bashir, el niño que apoyaba su cabeza en el hombro del rey del pop, Gavin Arvizo, lo denunció por abusos sexuales, Jackson fue arrestado, su casa registrada y él acusado formalmente. Le pidieron 18 años de condena, que habría cumplido en la misma cárcel que Charles Manson. Fue absuelto de todos los cargos por falta de pruebas concluyentes. Le ayudó con su testimonio Wade Robson, que defendió a Jackson durante años y ahora le acusa, dando detalles con pelos y señales, en Leaving Neverland. Miembros del jurado expresaron sus dudas al final. Raymond Hultman: “No creo que este hombre pudiera dormir en la misma habitación 365 días seguidos con un niño y no hacer nada más que ver la televisión y comer palomitas. Pero que no tenga sentido no le convierte en culpable”. La última frase es clave: nada en Michael Jackson tenía sentido. Tras la primera acusación de Chandler su reacción fue grabar un vídeo en el que declaraba su amor a los niños de todo el mundo y de todas las razas, decía que eran el gran amor de su vida y que quería vivir a través de ellos la infancia que él no tuvo. Años después, para defenderse de las acusaciones de abusos sexuales, graba un documental cogiendo de la mano a un niño mientras dice que adora dormir con ellos y que le parece una gran prueba de amor. No tiene sentido en una persona culpable; tampoco lo tiene en una persona inocente.

“Como mucha otra gente en este mundo nuestro pos-O.J.Simpson y Pos-Tyson, no me siento muy dispuesto a tratar la absolución en un juzgado de California de una estrella que tiene detrás a un equipo de abogados con minutas millonarias como una tarjeta chapada en oro para salir libre de la cárcel”, dijo el ejecutivo de la industria musical John Niven en The Guardian tras la muerte del artista en 2009, en un artículo que recordaba que la policía había confirmado la existencia de las manchas del pene de Jackson que había descrito el niño Chandler, y que fue después de que los investigadores contrastasen eso cuando el rey del pop accedió al acuerdo extrajudicial. Claro que, según la lógica de Niven, cualquier estrella que pueda pagarse una gran defensa es culpable por defecto.

El mundo no puede librarse de Jackson. Todos lo juzgamos y estamos siendo juzgados porque de algún modo todos somos cómplices de haber construido una impunidad que tiene que ver más con lo divino que con lo terrenal. Lo apunto él en el Four Seasons, 1996: “Jesús dijo que hay que amar a los niños y ser como ellos. Ser juveniles, inocentes, puros y honorables. Él siempre se rodeaba de niños. Así me criaron: a creer en él y ser como él, imitarlo”. Pero si Michael Jackson fue criado como Jesús, no fue en el amor sino camino al calvario, apalizado y torturado por un padre despótico que quiso hacer de él un dios sin saber que, lejos del cielo, a Dios cuesta distinguirlo del diablo.


    Leaving Neverland en ESPAÑOL | Parte 1 |


    Leaving Neverland en ESPAÑOL | Parte 2 |

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LA EXPLOTACION SEXUAL INFANTIL

Mensajepor Invitado » Dom 27 Oct, 2019 2:10 am

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MI PADRE ABUSÓ DE MÍ CUANDO ERA NIÑA (Y ESO OCURRE MUCHO MÁS DE LO QUE CREEMOS)

El yo acuso de una mujer de 37 años que, con seudónimo, acaba de publicar un libro, ‘Ella soy yo’, para contar que sobrevivió a lo que pocas niñas abusadas. “Hablamos de abusos sexuales, pero en realidad se trata de un asesinato… La Martita original que era yo ya no está… Pero aun así soy un número con suerte”, dice quien perdió ante los tribunales el juicio contra su padre, pues le denunció 30 años después de los hechos


Era un día cualquiera, una mañana como todas. Estaba disfrutando del primer café del día, acompañado del primer cigarrillo del día. La misma liturgia que seguía a diario antes de sentarse frente al ordenador y ponerse a trabajar como consultora de varias instituciones en el ámbito de la cooperación internacional.

Y de repente, unas imágenes perturbadoras empezaron a invadir su cabeza… Imágenes borrosas. Unos ojos, una niña, un gato, un hombre, sexo, luz verde, una habitación. Una sombra que se acerca por el pasillo. Dos siluetas, un hombre y una niña, en colores muy brillantes y protagonizando escenas sexuales.

Y, de repente, un grito ahogado que quema la garganta: «¿Papá?».

Los psicólogos lo llaman amnesia disociativa. Es la capacidad de la mente humana de borrar de la memoria recuerdos traumáticos, recuerdos tan duros que pondrían en peligro la pura supervivencia. Es uno de los rasgos más comunes de las personas que han sufrido abusos sexuales en la infancia o en la adolescencia.

Marta tenía esos recuerdos a buen recaudo, encerrados con cuatro candados en lo más profundo de su mente, cuando un día hace unos años, ¡boom!, le estallaron en la cabeza después de permanecer 30 años de olvido.

Su vida hasta entonces no había sido fácil, estudió con becas mientras trabajaba en ocupaciones precarias. Pero fue una estudiante excelente y luego se convirtió en una profesional de éxito. Cuando los recuerdos la asaltaron, ya había recorrido medio mundo con su trabajo. Tenía una pareja con la que vivía en una capital europea y todo parecía estar en orden. Pero el cuerpo tiene más memoria que la mente.

«Imagínate que un día enciendes el televisor de tu casa y la película que toca ese día es la de tu vida. Te ves a ti de pequeña y todos los acontecimientos que has vivido, incluso los que ya no recuerdas. No tienes el mando de la tele, no la puedes apagar, no puedes darle al pause. Tampoco tienes acceso a la película completa, sólo a escenas inconexas sin voz en off y sin subtítulos», asegura esta mujer, que hoy tiene 37 años, en Ella soy yo, el libro que bajo el seudónimo de Marta Suria acaba de publicar de la mano de la editorial Círculo de Tiza y en el que saca a la luz los recuerdos de los abusos que sufrió de niña a manos de su padre, así como su proceso de curación. Largo, duro y difícil.

Una pesadilla, insiste ella, bastante más extendida de lo que pensamos. Dicen las encuestas que casi una de cada cuatro niñas en España, exactamente el 23%, son víctimas de abuso sexual. De ellas, una de cada dos sufre no abusos aislados sino repetidos y continuados, aunque el 48% lo olvida, lo relega a la parte más profunda de su cerebro para sobrevivir. Sólo una de cada siete denuncia y, aun así, las denuncias que se presentan ascienden a ocho al día. Pero de todas ellas sólo el 30% consigue llegar a juicio.

Marta sí terminó denunciando. «Yo soy una de cada cuatro. También soy una del 60% que sufre abusos sexuales a manos de una persona de su entorno familiar, cifra que la Comisión Europea amplía en sus estadísticas hasta el 85%», asegura. «Soy el número de una realidad macabra que nos rodea pero nadie quiere ver ni escuchar». Y, a pesar de todo, asegura que ha tenido suerte. «Mucha suerte», repite sin cesar.

—Pero usted ha denunciado a su padre por abusos sexuales y él ha sido absuelto, ¿no? ¿Dónde está la suerte?

—He tenido una suerte inmensa dentro de cómo funcionan las cosas en este país. He tenido la suerte de tener una abogada que me defendió a capa y espada. He tenido la suerte de que en la fase de instrucción me tocara una jueza que admitió a trámite mi denuncia, piense que el 70% de las denuncias de este tipo se desestiman en fase de instrucción por no existir pruebas indiscutibles de esos abusos. El juicio lo perdí, sí, pero aun así tuve suerte de poder llegar hasta allí. Y sobre todo, aquí estoy. Tengo mis heridas pero ahora estoy bien. Tengo mi vida, tengo una pareja, tengo un trabajo, quiero y me siento querida, funciono. He llegado hasta aquí porque soy un número con suerte. Soy un número afortunado con un final diferente al que la teoría predice, al que las secuelas del abuso te condenan.

La psiquiatría, cinco años de terapia y las pastillas le ayudaron a aguantar lo insoportable, a llegar hasta aquí. Y el apoyo de algunos familiares. No todos, porque muchos no dudaron en tacharla de mentirosa, de loca, de enferma. «Y en cierto modo, los entendí. ¿Cómo me iban a creer si ni yo misma me lo creía?», asegura. «Los abusos a manos de un padre son una realidad tan inconcebible, es tan contra natura que la persona que te tiene que proteger abuse de ti que es humano pensar que no puede ser».

Pero su hermano, unos tíos y una prima la creyeron y la apoyaron. «De nuevo, tuve suerte. Muchas veces he pensado qué habría pasado si todos me hubiesen dado la espalda, si no hubiese tenido a nadie a quien agarrarme. No somos conscientes del daño que hace el que no te crean».


SE TRATA EN REALIDAD DE UN ASESINATO

Sufrir abusos de quien en teoría debería darte amor y velar por tu bienestar provoca un trauma salvaje. «Hablamos de abusos sexuales, pero en realidad se trata de un asesinato. Una parte de mí no sobrevivió a aquello. La Martita original, la niña que algún día fui, ya no está. Se ha convertido en otra cosa, pero la que fui ya no está», explica.

Por no hablar de la carga de culpabilidad y de vergüenza que suelen sentir las víctimas, que con frecuencia se machacan preguntándose por qué no hicieron nada por evitarlo, por qué no lo pararon. «Te sientes fatal, no puedes dejar de sentirte culpable. Supongo que en parte es por la narrativa social, porque vivimos en un mundo muy machista en el que la culpa siempre es nuestra, y a eso se suma la culpa judeocristiana que arrastramos. Creo que la peor secuela es esa, la culpa y la vergüenza», nos cuenta. «En parte he escrito este libro porque quiero perder la vergüenza y el miedo de decir: esto me ha pasado a mí».

Marta, de nuevo, tuvo suerte y pudo denunciar. Casi, casi por los pelos. Cuando los abusos sexuales tienen como víctima a un menor de edad, la cuenta atrás para que ésta pueda denunciar empieza en el momento en que se cumplen 18 años. A partir de ahí la justicia pone a su disposición un plazo de entre cinco y 15 años para romper su silencio y llevar a juicio a su agresor. Es decir: como máximo, la víctima tiene hasta los 33 años para poder denunciar. Pasado ese plazo ya es demasiado tarde, el delito ha prescrito.

Es verdad que en diciembre del año pasado el Consejo de Ministros aprobó un anteproyecto de ley que prevé aumentar el plazo de prescripción de los abusos sexuales contra menores para que la prescripción de esos delitos empiece a contar a partir de que la víctima cumpla los 30 años. Pero aún está pendiente de aprobación definitiva.

«Es necesario que se hable de esto, que dejemos de mirar para otro lado. Las víctimas somos una de cada cuatro, una de cada cuatro. Y aun así no hablamos de ello. Pero cuanto más ocultemos esa realidad, más cómplices somos y más aumentamos el sufrimiento. ¿Qué tiene que pasar para que se hable de esto? ¿Qué tiene que pasar?», se pregunta Marta.

A excepción de la vista oral del juicio, no ha vuelto a ver a quien le robó parte de su vida.

—¿Cómo llama a su padre cuando piensa en él?

—Durante años lo llamaba «él». Ahora cada vez me cuesta menos llamarle así, padre, pero aún me cuesta.


EL MUNDO / CRÓNICA/ DOMINGO 27 DE OCTUBRE DE 2019




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