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Mensajepor Invitado » Jue 14 Ene, 2021 1:50 am

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La incómoda gloria de Gil de Biedma: "¿Puede homenajear el Instituto Cervantes a quien se ha jactado de pederasta?"

El Instituto Cervantes incluye al poeta en su sala de honor, entre quejas por el encubrimiento de su pederastia. Opinan Andrés Trapiello, Arcadi Espada, Anna Caballé, Pau Luque y Félix Ovejero

LUIS ALEMANY


Algunos hechos conocidos: en 1956, con 26 años, Jaime Gil de Biedma pasó seis meses en Filipinas comisionado por la Compañía General de Tabacos. El abogado español, que desde hacía dos años prefería a los hombres como amantes, encontró en Manila un ambiente permisivo. Una noche, a la salida del bar Bay View, un proxeneta llamado Pepe le ofreció mujeres. "No me interesan las mujeres", contestó.

-¿Qué le interesa, entonces?

-Los chicos.

-¿Le gusto yo?

-Suba a mi taxi.

Pepe llevó Gil de Biedma a un prostibulo, el primero en Manila para él. Semanas después, el español fue a otro local de la calle Escolta, lleno de niños y se emparejó con un crío "de 12 o 13 años". "Ya no recuerdo su cara. Sólo sus calzoncillos lacios, color ala de mosca y desgarrados en la cintura; era lo único que llevaba encima cuando me volví hacia él después de haber cerrado la puerta", escribió Gil de Biedma en su diario. La experiencia no le gustó porque juzgó al niño apático. "No me dejaba besarle, no me dejaba hacer nada. Nada de nada". El poeta escribe como un cliente estafado. "Empiezo a temer que el defecto de los chulos de aquí sea la falta de afición y mi recuerdo va, nostálgico, a los maravillosos chulos españoles".

En realidad, la escena no apareció en la primera versión del diario filipino de Gil de Biedma (Diario del artista seriamente enfermo, 1974), pero sí en la segunda, póstuma (Diario del artista en 1956; Península, 1994). Si se fuerzan un poco las cosas, se puede pensar que Gil de Biedma escribió aquel encuentro "contra Jaime Gil de Biedma". Puede ser. Pero es poco atenuante si se considera la gravedad de los hechos y la falta de empatía por la víctima. "Jactancia" es la palabra con la que describe la narración el escritor Andrés Trapiello, que fue el primero en denunuciar su contenido en 1996.

Trapiello comentó aquellas líneas con indignación en su libro Los caballeros del punto fijo (1996). Rosa Regàs y Pere Gimferrer le respondieron en las páginas de El País. El artículo de Gimferrer se tituló Homofobia y se refirió al matrimonio de Antonio Machado y Leonor Izquierdo. El de Regás se llamó Moralidades. Los dos achacaron a Trapiello un prejuicio anticatalán. Terenci Moix también quiso defender al poeta en La Vanguardia pero desistió tras leer la escena del burdel.

TENÍA DOCE O TRECE AÑOS. YA NO RECUERDO SU CARA. SÓLO SUS CALZONCILLOS LACIOS, COLOR ALA DE MOSCA Y DESGARRADOS EN LA CINTURA; ERAN LO ÚNICO QUE LLEVABA ENCIMA CUANDO ME VOLVÍ HACIA ÉL DESPUÉS DE HABER CERRADO LA PUERTA. ME DESNUDÉ"


Dio igual: el desagravio funcionó. Gil de Biedma ha permanecido en el podio de la literatura española como protagonista de tesis doctorales, premios y calles a su nombre, reediciones, biografías, películas... Los hechos de Manila no han sido un secreto, pero se han visto como el claroscuro de una personalidad y una obra fascinantes. Y por eso, en la semana del 30 aniversario de su muerte (el pasado 11 de enero), el Instituto Cervantes homenajeará a Gil de Biedma. Los familiares del escritor y el director del Cervantes, Luis García Montero, depositarán el viernes un legado in memoriam en la Caja de las Letras y, ya de noche, la cantautora Silvia Comes estrenará un espectáculo titulado Vals del aniversario, dedicado al poeta y basado en sus textos.

¿Cuál es el problema ahora? El problema es la jurispruencia moral reciente: Plácido Domingo, César González Ruano, etcétera. 2021 ya no es laxo ni relativista, y menos aun con los delitos sexuales y contra la infancia, como lo era 1994. El encubrimiento colectivo de los hechos de Manila es muy extraño en el mundo del #metoo, sobre todo, si el Estado es el que lo avala a través del Cervantes. Y, en realidad, el debate es recurrente desde hace años: ¿qué hacemos con Pound, Céline, Quevedo...? Con todos los escritores de textos admirables que fueron nazis, antisemitas, maltratadores... ¿Qué hacemos los lectores y qué hacen las instituciones públicas?

Algunas opiniones, ahora: "Me parece una calamidad que las instituciones públicas lo homenajeen", explica Pau Luque, autor de Las cosas como son y otras fantasías: Moral, imaginación y arte narrativo, Premio Anagrama de Ensayo de 2020. "Un homenaje no es sólo decidir si se publica un libro o no, es algo más que eso e involucra algunas consideraciones éticas inevitables, consideraciones que para una editorial tal vez no tienen carácter decisivo (aunque tampoco deberían ser irrelevantes), pero para las instituciones públicas desde luego que sí. Para mí no hay dilema: que se ahorren ese homenaje. Y lo mismo creo que pienso respecto de casos como el de Pound: una cosa es que las instituciones públicas sean sensibles al pluralismo moral y político a la hora de hacer reconocimientos oficiales a escritores tanto progresistas como conservadores, pero hay que ser particularmente obtuso para pensar que el abuso o las simpatías militantes por el fascismo entran dentro del pluralismo moral o político".

Las cosas como son y otras fantasías habla de ética y creación, igual que El compromiso del creador, de Félix Ovejero (Galaxia Gutenberg, 2014). "A los poetas se les homenajea con mucha frecuencia, forma parte de las reglas de esa singular tribu", explica ahora Ovejero. "Otra cosa son las instituciones. Cuando el homenaje es a la persona, hay que calibrarlo mucho porque supone otorgarle el reconocimiento de 'profeta ejemplar'. Y no parece. No se trata, obviamente, de valorar ni aun menos de prohibir la obra por la calidad moral de su autor. La pregunta, más enojosa, es si alguien insensibilizado ante obvias injusticias o indignidades puede asumir una comprensión amplia de la condición humana. No quiero decir que lo incapacite para una comprensión de sí mismo, más que probada en el caso de Gil de Biedma, pero sí de la vida de los otros".

La idea es interesante: Gil de Biedma fue un maravilloso escritor contra sí mismo, pero no en atención de los otros, tampoco en atención del niño de Manila. "Debemos distinguir las conductas públicas de las privadas porque de lo contrario la vida puede llegar a ser un infierno", dice Anna Caballé, Premio Nacional de Historia por su biografía de Concepción Arenal. "Nuestra obligación como sociedad que ha incorporado las conductas privadas y las literaturas privadas a la esfera del conocimiento y del juicio es ser consciente de ello humanamente y comprender que las vidas no son un repertorio de perfecciones. Ahora leemos a Gil de Biedma siendo conscientes de su promiscuidad sexual, de su drama personal por vivirla clandestinamente, de la infamia que supone aprovecharse de la pobreza de un país tercermundista y de unos niños indefensos para satisfacer los propios impulsos. Jaime Gil de Biedma, como ser humano, es todo eso y de ese ser compuesto sale su poesía, su culpa y su íntima desesperación, tan perceptible en su Diario. Nosotros, como lectores, aprendemos a reflexionar sobre la vida, sobre la explotación en las relaciones, sobre cómo son las cosas del mundo. La madurez para mí es esto, la disposición a enfrentarte con la complejidad humana y aprender de ella. Otra cosa muy distinta es dónde depositamos nuestra admiración. Y ahí le doy la razón a Trapiello".

¿Y Trapiello, qué dice en 2021? "Va a parecer que se trata de blanquear desde las instituciones conductas no solo reprobables sino punibles penalmente, sólo porque quien las cometió era un poeta prestigioso. Resulta como mínimo chocante la indulgencia con unos y la severidad con otros". ¿Qué hacer entonces? "El criterio deberían establecerlo las administraciones. ¿Puede rescindirse el contrato a un tenor acusado de abusos no probados y homenajear al mismo tiempo a quien se ha jactado de pederasta y abusador? Por otro lado aquí no se juzgan valores literarios, sino hechos. A Céline no se le juzgó por haber escrito Viaje al fin de la noche, sino por antisemitismo. Y dicho esto, a quien le gusten los poemas de Gil de Biedma incluso ese Diario, adelante; son todo suyos, que circulen libremente".

A Céline también lo homenajeó la República de Francia hace justo 10 años y también hubo protestas. El Gobierno de Sarkozy suspendió los actos y el periodista Arcadi Espada escribió entonces que era un error: el Estado debía promover el conocimiento de Céline, incluida su realidad más sórdida: "Da un cierto apuro mezclar a Céline en esta objeción a Gil de Biedma", cuenta ahora Espada. "El caso de Céline, como el de Quevedo, permite debatir cuestiones realmente interesantes, porque en uno y otro caso el antisemitismo forma parte de su poética. El alcance técnico del error moral es un grave asunto. Pero nada tiene que ver con nuestro amado punto filipino".

Arcadi Espada es el autor de Raval: del amor a los niños' (Anagrama, 2000), un libro sobre pederastia e hipocresía. ¿Le parece bien el homenaje a Gil de Biedma? "No me consta que el Cervantes lo homenajee por putero, que lo era mucho, o por abusador de chiquillos, que lo era muy esporádicamente si nos atenemos a la famosa página donde describe su gusto y recomienda que los colegiales vayan con colegiales, los jóvenes con los jóvenes y él con el taxista. Yo creo que el Cervantes habla de versos y no de pvtas, aunque bien es verdad, reconozco, que él tiene un verso que dice: 'Si no fueras tan pvta!', en el poema en que para empeorarlo habla de su reputación. Pero, en fin, me parece subsanable".

Sólo queda preguntar a las instituciones. En el Cervantes la respuesta es sencilla: "El viernes se hablará de todas esas cosas". Y la Dirección General de Derechos de la Infancia y de la Adolescencia, del Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030, no ha querido comentar el homenaje. "Me temo que la explicación hay que buscarla en que el mando en plaza lo considera Gil de Biedma de los nuestros", termina Félix Ovejero. "Y eso lo disculparía todo. El experimento mental para probarlo es si se contemplaría parecido homenaje a otro poeta del bando ganador en parecidas circunstancias. Claro que, bien pensado, Biedma formaba parte del bando ganador, el de la pérgola y el tenis".


Homofobia

Pere Gimferrer
Toda colectividad históricamente marginada o en algún sentido perseguida en España (los homosexuales, los judíos, los protestantes, los musulmanes, los catalanes, por ejemplo) tiende a reaccionar con alarma ante cualquier dato relacionable con su problemática. Pero nadie parece saber o tener en cuenta que Camilo José Cela, en su libro Reloj de arena, reloj de sol, reloj de sangre , publicado en Barcelona en 1989, describe en primera persona del plural, y no para condenarla, la sodomización activa, por parte de un grupo de amigos, de un adolescente indio. No estimo ésta la forma de escribir de un homófobo. E, inversamente, nadie parece advertir la homofobia de Andrés Trapiello al señalar con el dedo a Jaime Gil de Biedma por su ocasional trato carnal con un chico de 13 años en Manila y encontrar, en cambio, naturalísimo el continuado trato carnal de Antonio Machado con una Leonor que acababa de cumplir 15 años; eso sí que es homofobia, esa diferencia de pesos y medidas según el sexo. Y homofobia es, por lo demás, la de Antonio Machado al escribir: «La pederastia -actividad erótica desviada y superflua- es la compañera inseparable de la gimnástica».- .

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0019, 19 de junio de 1998.


Moralidades

Rosa Regás
Sea cual sea el lugar donde hayamos situado la línea de exclusión de nuestra identidad -la pareja, la familia, el pueblo, la comarca o el país- siempre alcanza a contener el sermón de un moralista, cuando no los lamentos y amenazas de una voz que clama en el desierto y reclama una sociedad que prescinda de los pecadores, de los que no practican el ascetismo, de los que se permiten los desmanes del placer, de los que creen que hemos venido al mundo a pasar el verano, o como en el caso del autor de El escritor de diarios, Andrés Trapiello, de aquella gauche divine que tuvo la osadía de pretender renovar la posguerra cultural que había recibido en herencia. El moralista arremete siempre contra el acusado en un intento de aniquilarlo, lo amenaza con el fuego eterno del desprecio colectivo y del olvido terrenal y celestial, y desde su autoproclamada situación de derecho y privilegio esparce a los cuatro vientos los males morales de su enemigo. Porque es de verdad su enemigo, no hay más remedio que así sea estando como está plácidamente instalado en la otra orilla, una orilla -¡demos gracias al proceder y al devenir de este bajo mundo!- inalcanzable para el moralista. El ansia de moralidad se extiende a todos los órdenes de la vida y a todos los tiempos. En los años que yo fui a la Universidad, buena parte de los que se creían comprometidos en política formaron una raza de moralistas que, escudados en la lucha de clases, arreciaban contra el pobre estudiante que tenía la desgracia, la desfachatez y la desvergüenza de no ser hijo de viuda, ni vivir en una chabola o en un barrio marginado de casas de hormigón, de no ser hijo de guardia civil y de no tener que ganarse la vida en una mina. Lo maldecían y lo vilipendiaban, pero sobre todo lo ninguneaban, lo excluían de la lucha que cada pocos meses entablaban contra la policía en una esquina cualquiera de la Gran Via, y no le dejaban pertenecer a sus células, compartir sus ideas, colaborar en sus proyectos. Y el pobre desgraciado al que la vida había dado una hacienda que hoy haría sonreír al prolífico señor Trapiello, volvía a casa con la cabeza gacha, avergonzado se sentaba a la mesa y comía la ensalada de endivias con tal sensación de culpabilidad que aún hoy, a estas alturas del siglo, sigue aferrado al garbanzo para que le perdonen sus orígenes quienes presumiendo de pijoaparte han olvidado probablemente a qué escritor barcelonés deben el epíteto bajo el que se arropan. Eran pobres desgraciados que creían haberse librado de los terrores del fuego eterno bajo el cual fueron educados por los jesuitas para pasar a comprender, sin el menor resquicio de tiempo ni esperanza, que su vida no tenía solución ni más consuelo que espiar los encuentros clandestinos regados con vino peleón de los militantes, y morderse las uñas suspirando por un domicilio en Badalona o el Baix Llobregat, los barrios rebeldes, progresistas y revolucionarios por derecho propio, tan alejados de los barrios burgueses de la ciudad que los moralistas decían no conocer. Como los de entonces, los moralistas de hoy tampoco conocen lo que anatematizan. No lo conocen ni le ven el más mínimo sentido a conocerlo. Les da asco, simplemente, o mejor aún, "grima". Eso es, les da grima, y añaden a la ignorancia, la superstición. "¡Lagarto! ¡Lagarto!" dicen para conjurar el mal cuando ante ellos alguien tiene la osadía de pronunciar una palabra como "Cadaqués", tan preñada de desvaríos y frivolidades. Y es que nosotros, pobres pecadores que no estamos tocados por la gracia ni la clarividencia, olvidamos que cuando se analiza a través de la lente de la moral a un escritor, un arquitecto, un fotógrafo, su obra y su proceder quedan hasta tal punto invalidados por su culpa que sobran los estudios y los análisis sociológicos, literarios o críticos. Lo que hizo, intentó, innovó o se propuso el escritor al moralista le importa poco, se limita a ponerle una etiqueta, casi siempre inexacta, y con ella pasea el juicio moral que le merece por libros, revistas, prólogos, presentaciones, televisiones, radios y entrevistas. Andrés Trapiello así nos habla de la situación moral de ciertos escritores a los que ni conoció ni cree que valga la pena conocer o leer, pero de los que en cambio dictamina cuál fue el problema que los afectaba: "Su problema", dice, "y el de muchos de los llamados escritores de la Escuela de Barcelona, no fue sino que la vida, su posición social, su dinero, incluso su diletantismo, les puso en una terraza con un gin tonic en la mano". ¡Eso sí que es un problema definitorio y fundamental, y difícil de diagnosticar! Fueron Gil de Biedma, Gabriel Ferraté, Carlos Barral, Juan Marsé, los Goytisolo, Costafreda, Oliart, y muchos más, dice. ¡Qué bien! A eso se llama un pensamiento matizado y profundo. ¡Qué frase tan certera, enjundiosa y penetrante, tan social y psicológicamente aclaratoria, tan cargada de sabiduría y de análisis literario. Una frase cuyos contenidos barren de un plumazo cualquier otro conflicto del entorno, la vida y la obra de los escritores. Y es que, si bien se mira, un escritor que se toma un gin tonic en una terraza de Barcelona con dinero suficiente en el bolsillo para pagarla, es que no es escritor ni es nada. Así se estudian los movimientos artísticos y sociales de determinados periodos de nuestra historia literaria, incluidos los que llevan tras de sí un intento de renovación cultural, claro que sí; por la moral y con ella, la descalificación. ¿Dinero? ¿Gin tonic? ¿Terraza? Es cierto, son los tres enemigos mortales de la literatura. Y así será por los siglos de los siglos, porque los moralistas no mueren, no desaparecen jamás, es una raza difícil de extinguir cuyos sacerdotes se suceden agarrándose unos a otros como los eslabones de las cadenas fantasmales y así atraviesan el mundo y la historia. Y mientras escritores y artistas, homosexuales y heterosexuales, amantes del sol y de la lluvia, sentados en una terraza, con gin tonic o sin él, o a bordo de un avión, o en la penumbra de su alcoba, o en la fiesta de una noche de verano, buscan su lugar en este mundo, la belleza de un verso o de un amanecer y las fantasías y leyes del pensamiento y la palabra, ellos, los moralistas, sólo tienen ojos para el pecado que denuncian, y ajenos a lo que verdaderamente ocurrió, se erigen en jueces sin testigos y en acusadores de quienes les sobrepasan, como si -rocambolesco proceder de la naturaleza- se hubieran propuesto sin saberlo que el mundo siguiera iluminado por la verdad del poeta y, desde la sima de 60 años de historia, el verso de Machado permaneciera vigente e incólume para la posteridad: "Castilla envuelta en harapos, desprecia cuanto ignora".

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0010, 10 de junio de 1998.

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jaja

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Mensajepor jaja » Jue 14 Ene, 2021 2:30 am

Cien noches con un peso atado a los pies

ESCRITO POR MOLINOS

Advertencia: este post contiene lenguaje y expresiones vulgares y descripciones crudas de lo que se supone son actos sexuales entre adultos.

Segunda advertencia: no me hago responsable de la vergüenza ajena que los lectores puedan sentir al leerlo.

Tercera y última advertencia: el post es un puro spoiler pero no importa nada porque de ninguna manera y bajo ninguna circunstancia, ni siquiera de fuerza mayor (como que os secuestraran a un hijo y os exigieran leerlo) debéis acercaros a este libro ni con un palo, ni con una pértiga. Ni lo miréis.

Allá vamos. Para empezar entono el mea culpa, casi un año después de poner a Dios por testigo, de prometer que no leería más libros aclamados por la crítica y premiados he vuelto a caer. Y Dios me ha castigado fortísimo. Lo único que puedo hacer para redimirme es salvar a otros de mi error.

«—Quizás yo lo recuerdo mal, no importa. Quizá yo tampoco tenía sentimiento de culpa. Pero un día, con mi semen todavía en la boca, me preguntaste si era razonable lo que estábamos haciendo. Tú amabas a Claudio y yo era feliz con Harriet como nunca lo había sido con nadie».

Con esta imagen tan innecesaria y tan asquerosa en mente, os voy a contar quienes son los protagonistas de esta escena tan bochornosa.

La del semen en la boca (ojalá dijera Pamplona que me parece una frase muchísimo mejor para decir en esas circunstancias que preguntar por la moralidad de los cuernos que estás poniendo) es Irene y es guapísima. Pero guapa de doler, guapa de tener un problema. ¿Qué problema tienen los guapos? Nadie lo sabe, pero es un problemón. «¿Qué habría sido de mi si no hubiera sufrido la maldición de la belleza?» Pues mira, Irene, lo mismo nos habíamos ahorrado este espanto. El caso es que Irene es guapísima aunque por supuesto de niña era feúcha pero cuando se vuelve guapísima, pero una cosa mala de guapa (si os está resultando cansina esta reiteración, imaginad lo que es la novela cuando ella misma no se cansa de repetirlo), los hombres la acosan muchísimo, todos quieren ligar con ella. Como consecuencia de esto, su amigo Hugo la viola. Mal por Hugo pero tal y como está contando y a pesar de que estás en la página diez, ya te da igual.

Bueno pues la Irene guapísima y de familia millonaria con un tío en la cárcel por corrupción en el franquismo y una tía que vive en Estados Unidos porque quiso ser piloto y su padre no le dejó y no me acuerdo pero pasó algo y se fue y volvió y luego se volvió a ir, se va estudiar psicología o psiquiatría a Chicago. ¿Por qué Chicago? Porque su amiga del alma Adela quería ir ahí. Es su amiga del alma pero Irene la describe así cuando recuerda como su amistad se rompió cuando, de adolescentes, a Hugo empezó a gustarle ella y no Adela que estaba enamorada de él: «Ella sintió celos de Hugo. El amor dejó de ser un juego social y se convirtió en un torneo de guerra en el que no se respetaban las lealtades ni las jerarquías. Adela se había transformado en una jovencita gorda y con la piel llena de escamas. Los carrillos le caían blandos sobre la mandíbula, y los molledos de los brazos y las piernas blancuzcos se le escurrían sin consistencia. Incongruentemente, era corpulenta en todo menos en el pecho: tenia unos senos pequeños, casi masculinos».

Podría detenerme en que si tienes una amiga que te describe así lo mejor es que jamás le des la espalda o en la absoluta ignorancia que refleja el hecho de que al autor le parezca incongruente ser gorda y tener pechos pequeños pero no tenemos tiempo...sigamos.

Irene se va a Chicago a estudiar algo. Además está obsesionada con asesinos en serie y psicópatas así que a lo largo del libro reparte historietas de asesinos que puedes buscar en la wikipedia y te dan exactamente los mismos datos pero con menos adjetivos. En Chicago decide que se va a follar a todo lo que pille y apuntarlo en un cuadernito para algo, para sus teorías, ¿Qué teorías? da igual, a nadie le importa. Ella folla y lo apunta y le deja claro al lector que a ella lo de saltar de cama en cama le parece muy muy liberador y lo ha descubierto ella y todos los demás, lector incluido, son unos mojigatos y unos estrechos. Alardea de acostarse con todo tipo de hombres incluidos los feos, gordos, desagradables y maleducados. Irene es además de guapa, imbécil pero misteriosamente ella no se da cuenta en todo el libro y ningún personaje se lo dice. Irene vive en un universo de luz y de color y de sexo. Vive en una peli porno con ínfulas pero ella se cree Grisom de CSI y Gillian Anderson en Sex Education.

Bueno pues en Chicago mientras hace el idiota, un buen día, en un bar, se le acerca un tipo porque ella es tan guapa que los atrae como un imán y la escena transcurre así:
«—Estoy buscando una mujer que sepa apreciar el dinero.
Yo hice lo que había aprendido a hacer en aquellos últimos meses: controlé mi miedo y me comporté como una taxónoma que mira fríamente la realidad.
—El dinero es lo único que sé apreciar, Mister Cary Grant- le respondí- El dinero y los penes grandes.»

(Yo ahí hubiera dicho pollas, pero en fin.. que sé yo de diálogos encorsetados y ridículos. Si supiera estaría ganando premios literarios y no despellejándolos)

Acaban en el catre después de que él ponga mil quinientos dólares encima de la barra porque ella le dice que cobra quinientos. Y el dice «quinientos por cada vez» y cuando crees que no vas a poder más de bochorno ella dice «¿solo aguantas tres?». (El lector en ese momento sueña con pagar por darle tres bofetones con la mano abierta).

Este supuesto Cary Grant es Adam el otro protagonista de la escena del semen en la boca (que no quiero que olvidéis). Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, es guapo, multimillonario, elegante, encantador, educado, culto e inteligente. Podría haber sido feo, asqueroso, deforme, gañán, inculto, de extrema derecha y con boqueras de saliva en las comisuras de los labios porque recordemos que a Irene le da igual ocho que ochenta pero no, resulta que tiene suerte en esto. Bueno pues eso, se acuestan y el autor escribe muchas veces verga y muchas veces vulva porque por lo visto se le ha olvidado la palabra coño que no escribe ni una sola vez en todo el texto. Y se hacen amantes ocasionales porque lo suyo es especial, ellos son especiales y unos ridículos.

Mientras andan en este ir y venir de polvos, Irene va a un concierto, se fija en el guitarrista, cuando termina el concierto va al camerino, le mira y él la besa, se la lleva a casa, la empuja del pelo para que se arrodille y blablabla: verga, gritos y lo de siempre. Si fuera una peli porno se llamaría "El argentino guitarrista que con su mástil era todo un artista"

Irene en su querido diario de polvos escribe: «tiene un pene grande, de diecinueve o veinte centímetros, sin circuncidar. Cuando está erecto, hace un ángulo de cuarenta y cinco grados con el vientre, apuntando hacia el frente. Los testículos, casi sin vello, están pegado al cuerpo».

No puedo añadir nada.

Con este inicio de relación tan prometedor, Irene la guapísima se enamora del guitarrista que se llama Claudio, es argentino y está atormentado por algo que sinceramente al lector le importa un pepino. Irene tiene mucho muchísimo amor pero decide que para comprobar si el amor y el sexo son lo mismo va a seguir follándose a todo lo que se encuentre y luego pasar muchísimo rato decidiendo si tiene remordimientos o no. Claudio, además de estar atormentado, es idiota porque no se entera de nada y es una pena porque el lector está ya fantaseando con que lo descubra y en un ataque de celos mate a Irene haciéndola sufrir muchísimo. Pero no ocurre. Irene sigue vivita y "culeando" (Perdón, perdón) y por supuesto sigue con Adam haciendo cosas que ellos creen que son de glamour y son de peli porno cutre.

«Llegué puntual al hotel. Adam me esperaba desnudo y con la cena recién servida. Me quitó el mismo toda la ropa y luego me llevó hasta la mesa. No comimos con prisa. A pesar de su erección casi continua, el paladeó con gusto cada uno de los platos».

Qué imagen eh. Ahí con el capullo en el borde de la sopa. Puro erotismo.

A todo esto, Claudio le ha contado a Irene que su madre ha escrito un libro sobre el Petiso Orejudo un niño asesino muy famoso en Argentina y como a Irene los asesinatos le gustan le pide a su tía (si, la que he nombrado antes y que es piloto) que cuando vaya a Buenos Aires le compre el libro. (Si estáis pensando que porqué no lo pide por Amazon, la novela está ambientada en los años 80 más o menos). La tía llega y le dice que el libro no existe e Irene en vez de decirle a Claudio: chaval, que trola me has contado? se queda en plan "mmmm... soy tan lista que algo me huelo, voy a follar con otros catorce y luego apuntar en mi querido diario mis teorías"

Llega el verano, se van a Detroit a unos conciertos de Claudio y se alojan en un hostal inmundo y asqueroso y ella dice: «aquella habitación mal ventilada era, en mi arrogancia juvenil, un espacio de aventuras». Irene, eres imbécil no arrogante. Bueno pues follan allí entre chinches y mierda y la última noche cuando ella se despierta, él no está. ¡Uy! ¿Dónde estará? ¿Qué misterio habrá? ¿Habrá sido su gran noche? Y sí, porque Claudio además de guitarrista es ludópata y ha perdido todo el dinero que tenían. Irene se enfada muchísimo, sale de la habitación y piensa:

«¿qué hago? ¿Entrar en la habitación, desnudarle, vaciarle los testículos hasta que gritara?»

Claro que sí, Irene y con la boca llena le dices: PAMPLONA.

Vuelven a Detroit y Claudio confiesa que debe seis mil o nueve mil o da igual la cantidad a unos prestamistas malísimos de Chicago. Irene compra el periódico, busca un puticlub, llama, concierta una cita y conoce a Mimí (me apuesto una mano a que si buscas madama en wikipedia también sale Mimí como primer resultado, como novela investigada es un prodigio) que le dice: pues nada chica, aquí lo que quieras, sé limpia y haz lo que los clientes quieren, aquí tienes un corpiño y unas bragas, empieza cuando quieras. Y ahí está Irene la guapa trabajando para salvar a su novio haciendo lo que lleva haciendo toda la novela. Pasa alguna cosa más de mucha pereza y poco interés pero llega el momento en que ella tiene que volver a Madrid porque su madre que, por supuesto, es malvada y estrecha (imagino al autor con una lista de estereotipos al lado del ordenador y haciendo check cada vez que calza uno hasta cantar bingo), le exige que vuelva. Justo antes de marcharse de Chicago llega la madre de Claudio que la mira en plan ¿tú quien eres piltrafilla? y que básicamente se descojona en su cara cuando le pregunta por el libro. Luego Claudio llora y le dice que en realidad se llama Mateo. Aquí viene una historia que al lector, o sea a mí, le provocó carcajadas de pura histeria por el despropósito que es todo. Resumiendo: Claudio y su familia viven bajo identidades falsas en USA porque su padre hizo algo que no se explica bien pero que tiene que ver con corrupción, dictaduras, Alfonsín y no se qué y les persiguen "los argentinos malos" (sic). Algo raro ha pasado y se tienen que marchar a esconderse de nuevo pero le jura a Irene que le escribirá siempre. (Cualquiera con un mínimo de cultura de peli mala de sobremesa sabe que si estás escondido no puedes escribir cartas pero después de preguntar con el semen en la boca si somos buenas personas es obvio que la verosimilitud no es algo que preocupe al autor). Se separan, se escriben cartas e Irene, en Madrid, se reencuentra con Adela y dice estas cosas:

«Tal vez si le hubiera contado que la belleza me había vuelto tan insegura como a ella la fealdad, habríamos seguido siendo amigas siamesas. Pero yo me escondí en mi concha de perla y ella en su concha de molusco hinchado»

Por supuesto yo voy a tope con Adela, es mi personaje favorito de la novela y me hubiera encantado que se convirtiera en asesina y matara a Irene pero se convierte en heroinómana y muere una semana antes de la boda de Irene. ("Mi concha de perla y su concha de molusco", Irene además de cursi es una odiosa como una casa).

Sigamos. ¡Oh, sorpresa! Claudio la escribe al final del verano y le dice que eso que les preocupaba tantísimo, ese peligro tan gravísimo que corrían no era real, que no pasaba de verdad y que va a volver a Chicago. (lo de la verosimulitud ya lo he dicho, ¿no?) Así que nada, vuelven a Chicago, van a un apartamento nuevo, Irene siente muchísimo amor por el reencuentro pero antes de recoger a Claudio en el aeropuerto pasa a follarse a Adam y después de estrenar la cama con Claudio, vuelve al hotel a follarse a Adam. Pero se desborda de amor por Claudio, never forget.

(Llevamos dos mil palabras y os juro que no me he inventado nada y os estoy ahorrando mucho bochorno)

Cuando vuelve a casa de Claudio, éste no le abre la puerta. ¿Qué pasara? ¿Qué misterio habrá? ¿Puede ser su gran noche? Pues pasa que a Claudio lo han asesinado. ¡Vaya por Dios! Ahora que los argentinos malos no le perseguían y ella haciendo de pvta había pagado la deuda, van y lo matan, que disgusto. ¿Quién será el asesino? ¿Los argentinos malos? ¿Los argentinos buenos? ¿Los prestamistas de Chicago? ¡Oh, oh, oh, qué misterio más misterioso! Irene hace lo que hace siempre, llama a Adam que vuela a verla y hablando con él decide que quiere ser policía y que va a investigar que ha pasado. Investiga fenomenal fenomenal y os resumo: a Claudio lo manda matar su madre porque le daba mucha pena que en tres semanas se fuera a morir de cáncer de páncreas. ¿Cómo te quedas? Pues muerto como Claudio pero de bochorno y descojone. Irene sin embargo cuando lo descubre se queda muy hecha polvo y que hace:

«Le pedí (A Adam) que me penetrara hasta hacerme perder la razón. Diez veces, cien veces. Durante el resto de la vida».

PAMPLONA.

¿Y qué pasa con el bueno de Adam? Pues resulta que todo esta historia de la juventud de Irene se entremezcla con una escena en la época actual en el que ambos se encuentran en el Hotel Santo Mauro de Madrid, los dos ya con cincuenta y muchos. El sigue casado con Harriet y ella se ha casado tres veces, tiene varios hijos y habla así de ella misma:

«En estos últimos años de vejez erótica, me he acordado a menudo de Adela por esa causa. No soy capaz de imaginar cómo es la castidad. No soy capaz de entender qué razón queda para vivir cuando el cuerpo ya no sirve o no les sirve a otros, cuando el deseo se convierte unicamente en una idealización intelectual. Mis fundamentos existenciales no han sido Sigmund Freud o William Shakesperare sino los pezones, la espiral de las orejas, los tobillos, el clítoris, las encías o la boca del ano. Mi espíritu se ha manifestado a través del flujo vaginal y no de la oración o de la poesía».

Pues cenan y Adam le cuenta que como es multimillonario y muchimillonario y tenía un traumita desde siempre por si los cuernos que le ponía a su mujer, Harriet, eran algo normal que hace todo el mundo o una cosa super especial que solo hacía él, ha encargado un super estudio con psicólogos, psiquiatras y científicos para saber los hábitos sexuales de la gente. No contento con eso, como la mitad han dicho que son fieles, ha pagado otra millonada a detectives e investigadores privados para que comprobaran si eso era verdad y ¡sorpresón! la gente miente cuando dice que no engaña. Que esto se lo podía haber dicho el lector o cualquier hijo de vecino ni se plantea, él se ha gastado trescientos millones de dólares en eso. ¿Y por qué ha hecho esto? Pues porque Adam siente que Harriet se ha alejado de él y ha pensando "Oh, oh, Charlie Babbit ¿y si yo tengo también una cornamenta digna de trofeo de caza".
«—He venido a Madrid para contártelo—responde Adam—Porque sé que eres la mejor detective del mundo y solo tú puedes encontrar la respuesta que necesito.
—Yo busco a personas desaparecidas y a asesinos.
—Busco a una persona que quizá desapareció-dice Adam- A Harriet.
Es medianoche. Se oyen las campanadas de un carillón de pared que hay en una sala vecina. Irene vuelva la cabeza hacía allí para disimular su confusión. Después mira otra vez a Adam, que espera.
—¿Te ha abandonado?
—No lo sé-responde Adam—. Sigue en nuestra casa, duerme conmigo, me acaricia a veces. Pero tal vez me ha abandonado hace mucho tiempo.- Se queda callado durante unos instantes y sostiene la mirada de Irene. No hay nadie a quien pueda encargarle esta tarea-suplica-Ella no le dirá a nadie la verdad. A ti sí».

Lo normal vamos: oye, amante, ¿por qué no hablas con mi mujer a ver si me ha puesto los cuernos?

En un epílogo en el que grandes lágrimas de descojone y de alivio, por vislumbrar el final de este horror, caían por mi cara, Harriet (que también es guapísima) e Irene se reúnen y la mujer de Adam le cuenta que ella quiere mucho, muchísimo pero mogollón y mazo a Adam pero que cuando se dio cuenta de que él se acostaba con otras, ella tuvo una crisis existencial, sufrió muchísimo, mogollón y mazo pero al final decidió que ella también podía follar alegremente por ahí pero queriendo mucho, muchísimo, mogollón y mazo a Adam.

Y chimpún.

Este relato tan inolvidable está interrumpido por informes de los detectives sobre personas investigadas. Esos informes han sido escritos por otros autores que no consiguen ni de lejos alcanzar el nivelón de la trama principal. Son como oasis en medio de la travesía del desierto.

Cien noches de Luisgé Martín ha sido galardonado con el Premio Herralde de novela de la editorial Anagrama. Cada uno le da el premio a quien quiere, tú montas un premio en tu editorial y haces lo que quieres pero como lectora y admiradora de la editorial de los libros amarillos me siento estafada, engañada y bastante dolida.




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