¿ERES UN PSICÓPATA?

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Mensajepor Invitado » Jue 06 Dic, 2012 6:04 am

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Asesinato en el metro



Julio Valdeón Blanco


Una fotografía en la portada del New York Post ha revolucionado a las buenas gentes. La tomó R. Umar Abbasi, segundos antes de que Ki-Suck Han fuera atropellado por el metro Q, a la altura de la calle 49. Han fue empujado a la vía por un loco, y Abbasi hizo click-click. Al loco lo han detenido en menos de veinticuatro horas. Al pobre Han ya lo habrán enterrado. Y a Abbasi le está cayendo la del pulpo, convencido el gentío de que su exceso de celo profesional lo hace, si no coautor del crimen, sí cómplice. En lugar de fotografiar, gritan, debiera de haber ayudado a la víctima. Aquí mi brazo, ¡toma!, aunque acaso chapoteemos juntos bajo el acero rodante.

Los deontólogos, taaan abundantes, acusan a Abbasi de canalla. En su defensa el hombre dice: “Comencé a correr, a correr, en la esperanza de que el maquinista viera mi flash“. O sea, que la foto habría salido porque intentaba avisar al conductor del tren, no por reflejos felinos o asombrosa facilidad para sacudirse la empatía como quien se limpia la chaqueta de migas y luego satisfecho eructa. Tras el griterío indignado, leyendo sobre la historia, descubrimos que el asesino había asustado previamente a varias personas, que Han le recriminó su conducta, que la discusión acabó con el sujeto empujándole al foso. Aunque había más personas en la estación, descontados nuestros protagonistas, solo acusan a quien, involuntariamente, dejó constancia del crimen. La policía, al menos de momento, no ha presentado cargos por omisión del deber de socorro, que al menos en España significa algo así como el delito cometido por quien no socorriere a una persona que se halle desamparada y en peligro manifiesto y grave cuando pudiere hacerlo sin riesgo propio ni de terceros. ¿Qué tenía que hacer Abassi? ¿Buscar una cabina subterránea, si existieran, y colgarse una capa? ¿Con el asesino a su espalda? Suspiro mientras el periodismo de opinión, no contento con haber desahuciado las noticias —y esta foto lo es— chulea a los investigadores. Lo primero, el tormento y el éxtasis y sus conspiraciones cósmicas; después, si hay hueco, los informes periciales y forenses. En realidad lo único cierto, cadáver aparte, es la fotografía. Siguiendo al maestro Arcadi Espada basta con ampliar el encuadre para corroborar que nada la contradice. Una estación de Manhattan. Un tren y un hombre. Marc Cooper, profesor de periodismo preguntado al respecto por Los Angeles Times, comenta que “Los que están indignados con el fotógrafo por no salvarlo tienen que preguntarse qué hubieran hecho ellos y qué podrían haber hecho. Porque por lo que he visto, no estoy convencido de que podría haber salvado su vida“. No estoy tan seguro, sin embargo, de que tal y como afirma Cooper luego la imagen de marras ayude a reflexionar sobre la gratuidad del mal, aunque pudiera ser. Habla, ojo, de una sociedad donde la gente muere por estupideces, no del fotógrafo. Me vale siempre que aceptemos que cualquier asesinato resulta gratuito. E igualmente loco, y enajenado su autor, así en el metro neoyorquino como agitando banderas o libros sagrados amén.

Más problemático resulta el tratamiento que merecen los familiares de la víctima, que acaso se sientan agredidos, pero diría que los indignados los utilizan como coartada para enredarse en su juego favorito, que no es sino escribir, frente a la sangre y firmes, pomposos artículos donde todo dios, del MTA a los servicios de emergencia, de la escuela o los mass-media, todos menos el asesino, somos culpables.


PD: He leído los interesantes comentarios y confieso que mi análisis necesita más pista. Lo bueno de publicar en Internet es que permite un work in progress. Aclarar que no entiendo por qué borré una línea en la que me preguntaba por el titular, tan zafio, tan burdo. Sin duda el melodramático Condenado ensucia nuestra fotografía por la vía del sensacionalismo, un forma de posicionarse muy del Post. Cabe la posibilidad, también, de que las señales con el flash sean disculpas. Que acojonado por la inminencia de la catástrofe, y con el asesino al lado, Abbasi optara por dejar testamento de lo ocurrido. Lo demostrarían el encuadre y la definición, demasiado logrados. Incluso así no encuentro la amoralidad. Ni tenía la obligación de rebelarse ante una situación límite que bien podía haberle costado la vida ni su fotografía miente. No fue un héroe, mas quién lo es. Basta con que sea un profesional. El periodista puede inventar sus motivos, darse alpiste o silbar, pero nunca manipular la foto o la entrevista. A no ser que quiera zamparse el World Press Photo (yo me entiendo). Tampoco detecto conceptos. O metáforas. O subrayados. Esos que Cooper cree ver. El mensaje, de haberlo, no sería la ciega indiferencia del personal, el apático movimiento de los astros frente a la gente que sufre o muere, sino la evidencia del miedo. Un miedo atroz, justificado, ante la posibilidad de que el asesino te empuje y te atropelle el metro.

Alguien menciona la imagen del general Nguyen Ngoc Loan a punto de incrustarle una bala a un supuesto civil, Nguyen Van Lem. Ejecución en Saigón fue elevada a los altares del Pulitzer. Un símbolo de la guerra, contra la guerra, que penetró en el imaginario colectivo. Más tarde se dijo que Lem era un asesino, al mando de un comando de asesinos que acababa de liquidar a más de treinta personas, entre ellas la familia de un amigo del general Loan. No justifica esto la conducta de Loan, pero añadiría un contexto distinto, un claroscuro inquietante y reactivo al maquillaje ideológico adosado desde un principio. El propio Eddie Adams, autor del retrato, habría reconocido años después que se arrepentía de haberla tomado porque “no contaba toda la historia”. Incluso, cuentan, habló en favor de Loan frente a las autoridades de inmigración cuando, viejo, lisiado y retirado, quiso vivir en los EE.UU.

Otra instantánea: la de Kevin Carter y el niño y el buitre. El mundo en asamblea sumarísima acusó al fotógrafo de caníbal. ¡No ayudó al pequeño! La presión fue bestial. Lincharon al mensajero. Lo ataron al poste y lo azuzaron, si no por la hambruna, si por evidenciar con su conducta la miseria moral de Occidente, mercenario el cabroncete de unos medios que hacen safaris entre fiambres para, horas después, volver a su ducha caliente. Mi amigo Alberto Rojas, uno de los grandes, viajó a Sudán para reconstruir la historia. Incluso me pidió que entrevistara en Nueva York a Judith Matloff, excorresponsal de Reuters en Sudáfrica y hoy profesora en Columbia. Matloff acogió durante sus últimas dos semanas de vida a Carter. Esto me dijo: “La foto del buitre no fue la causa de su suicidio. Kevin ya había intentado suicidarse varias veces antes de haber tomado aquella instantánea. Habitualmente fantaseaba con esa posibilidad porque se trataba de una persona seriamente desequilibrada, muy frágil (…) Era adicto al mandrax o pipa blanca, una droga muy potente. Eso le hacía aún más vulnerable (…) Nada más ganar el Pulitzer la agencia Sygma le contrató para un trabajo en Ciudad del Cabo, pero llegó tarde y perdió el vuelo. Pocos días después, la revista Time le encargó otra sesión en Mozambique, pero se olvidó los carretes en el avión de vuelta… Aquello fue el punto de no retorno para él”.

Rojas, en Sudán, sobre el terreno, demostró que el niño “ya estaba registrado en la central de comida, en la que atendían enfermeros franceses de la ONG Médicos del Mundo. Florence Mourin coordinaba los trabajos en aquel dispensario improvisado: “Se usaban dos letras: ‘T’ para la malnutrición severa y ‘S’ para los que solo necesitaban alimentación suplementaria. El número indica el orden de llegada al feed center. Es decir, que el pequeño Kong tenía malnutrición severa, fue el tercero en llegar al centro, se recuperó, sobrevivió a la hambruna, al buitre y a los peores presagios de los lectores occidentales”. Incluso concluyó, tras entrevistar al señor Nyong, padre del niño, que este murió en 2007. Recopilemos. Carter no abandonó a una criatura a merced del buitre. Y estaba desequilibrado, consumía drogas, perdía trabajos, lo acosaban las deudas. Asunto distinto es si los blandos moralistas, los que distraen su aburrimiento en nombre de la humanidad para tirotear a un hombre, no sonrieron, siquiera un instante, cuando se suicidó. Bien empleado lo tiene, y olé. A lo mejor eso quieren que haga Abbasi, que acepte su maldad y se aplique un lingotazo de plomo en las sienes. Curioso que quienes le condenan muestren una absoluta indiferencia al importante detalle de que la fotografía de Carter, que implica la soledad del niño frente a la bestia, sea falsa. Bienintencionada, positiva si quieren porque puso el foco sobre una tragedia humanitaria, pero falsa, mientras que la de Abassi, en cambio, es cierta y dura, verídica y honesta, fatal e indiscutible. Tampoco me sorprende: si algo se la sopla a tanto pistolero con el Twitter flojo es, precisamente, el periodismo.

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what?

Mensajepor what? » Dom 13 Ene, 2013 1:41 am

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Chris Brown se tatúa "una mujer golpeada" y niega que se trate de Rihanna

El dibujo es parecido al rostro de la cantante cuando el rapero le propinó una brutal paliza en 2009



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arenita
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Mensajepor arenita » Sab 02 Nov, 2013 7:39 pm

todos al lokero pero YA jajaja

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secuases

el pie de foto me tiene transtorna

Mensajepor secuases » Lun 11 Ago, 2014 1:20 am

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Patricia Krenwinkel, en el centro, rodeada de otras dos secuases


Una cómplice de Charles Manson rompe su silencio después de 45 años

Patricia Krenwinkel, que tomó parte en el asesinato de siete personas, entre ellas Sharon Tate, entonces esposa de Roman Polanski, confiesa los motivos del crimen


Cuando se cumplen 45 años del más notorio asesinato del trivia hollywoodiense, aquel que en agosto de 1969 acabó con la vida de Sharon Tate –entonces esposa del director Roman Polanski– y otras cuatro personas, Patricia Krenwinkel, una de las secuaces de Charles Manson, ha decididó confesar las razones que precipitaron el terrible crimen.

Krenwinkel, que contaba 21 años cuando se produjeron los hechos y que al igual que el resto de sus cómplices cumple cadena perpeteua, ha hablado por primera vez en dos décadas ante la cámara de Olivia Klaus, una documentalista que dirige el proyecto «My life after Manson». La convicta, hoy sexagenaria, ha admitido que colaboró en los «terroríficos» y «abominables» crímenes de Manson porque durante aquellos años era, siempre según sus palabras, una «cobarde».

Más allá de integrar el culto del exmúsico, la entonces veinteañera cumple condena por el brutal apuñalamiento de Abigail Folger, una empresaria californiana, así como del matrimonio que componían Leno y Rosemary La Bianca, a quienes descuartizó en las inmediaciones de Los Feliz, un suburbio residencial de Los Angeles. Ella fue la encargada de grafitear sobre los lugares del crimen la consigna «Muerte a los cerdos», una argucia con la que Manson pretendía atribuir la autoría de la tragedia a la comunidad negra.

En una pieza para el «New York Times», Klaus asegura que Krenwinkel «lleva años tratando de conciliar las dos esferas de su vida: la veinteañera que mató bajo la supervisión del hombre al que amaba, y la mujer de sesenta años que se tortura cada día rememorando el dolor que provocó».

En cuanto al resto de las integrantes de «La familia», o el apelativo con el que Manson bautizó la secta que dirigía, Susan Atkings murió de un cáncer en la cárcel en 2009 mientras que Leslie Van Houten todavía permanece en prisión. Manson ha declarado varias veces que prefiere seguir bajo tutela del sistema penitenciario pese a que, sea como fuere, la próxima revisión de su caso tendrá lugar en 2027, cuando el problemático sociópata sume 92 años.

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:)

Mensajepor :) » Mié 27 Ago, 2014 12:43 am




ME RESULTARÍA incómodo tener que empezar ahora una actividad secreta como psicópata. Es cierto que la pedagogía social sugiere que cualquier momento de la vida es adecuado para entregarse a una vocación nueva, ya sea esta la jardinería o estudiar una carrera. No lo es menos que estoy en esa edad fronteriza en la que, para combatir la angustia de lo que los argentinos llaman el viejazo que no es otra cosa que el descubrimiento de que el tiempo ya empieza a escasear y no puede desperdiciarse, tengo la necesidad terapéutica de encontrar un nuevo territorio de emociones. Y temo que, emociones, las hay más en la psicopatía que en la jardinería, aun siendo lo segundo más fácil de encajar en la etiqueta de hobby de fin de semana. No creo que en Leroy Merlin dispongan de un anaquel de material de tortura para Dexters diletantes.

El viejazo me hizo volver a boxear con una pasión obsesiva. Lo cual entusiasmó a mi mujer, convencida de que estaba sublimando en el ring alguna reparación de la autoestima masculina que sin la contención del boxeo habría derivado inexorablemente al adulterio masivo. Y con mozas cada vez más jóvenes a las que fuera posible extraer vitalidad con técnicas bucales semejantes a las del vampiro: «Mirá, mejor que te rompan la nariz, el boludo vas a hacerlo igual, de un modo u otro». Me resultaría molesto que el estadio siguiente fuera el crimen serial. Primero, porque empezar a matar por afición después de los cuarenta sería tan extemporáneo como comenzar a fumar. Por no hablar de las complicaciones sociales, de lo difícil que sería encontrar en Internet un foro en el que compartir experiencias, lo cual sí está al alcance de quienes practican hobbies con mayor aceptación cultural: incluso hay uno de puteros en el que usuarios de puticlubes hablan de mujeres como si volvieran de probar un coche.

El problema verdaderamente insuperable que yo veo es de espacio. Con la llegada de los hijos, fuimos mudándonos a pisos cada vez algo mayores en los que me supuso una hazaña conquistar un ínfimo cuchitril en el que poder encerrarme a trabajar. No quiero ni pensar cuánto me costaría, en un barrio céntrico de Madrid, el traslado a una casa con suficiente espacio para habilitar un sótano insonorizado en el que infligir torturas a mis víctimas y en el que, además, cupiera un congelador de tamaño suficiente para albergar humanos. Imposible, porque no alcanza con un trastero. Imposible, al menos, sin acabar viviendo al otro lado de la M-30. Así va aclarándose por qué en la literatura criminal no abundan los asesinos en serie con carné de familia numerosa. Lobos solitarios. Pues claro. Al Carnicero de Milwaukee querría yo verlo asando una víctima en la cocina de un hogar en el que solo falta López Vázquez haciendo de padrino.

Lo más sensato será canalizar hacia otra cosa las tentaciones de psicópata que me nacieron este verano en la playa. No es fácil mantenerse inmune a la misantropía en la playa, eso no me lo negarán. Pero el descubrimiento terrible de que oculto un monstruo en mi interior se produjo cuando tonteábamos con un esquilero en un roquedal aprovechando las pozas dejadas por la marea baja. Yo jamás cacé, ni le corté el rabo a una lagartija de niño, ni sentí otro apetito de destrucción de una vida ajena que el necesario para ser invitado a las tertulias de la tele. Todo me lo detonó un pececillo que se quedó atrapado en el esquilero. Respiraba con dificultad. Me demoré unos segundos más de lo necesario antes de devolverlo al agua para disfrutar de la sensación de que era dueño de su destino. Hasta el darwinismo social de los nacionalismos se me explica mejor después de haber sentido lo mismo que el káiser teniendo a Bélgica en el esquilero. Esta noche saldré de casa a hurtadillas con el esquilero. En una evolución lógica de las proporciones, en invierno estaré ensayando ya con hámsteres. Luego, con ponis. Y en primavera nos mudaremos.

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Mensajepor Invitado » Sab 08 Nov, 2014 12:12 am

La policía británica mata a un caníbal que se estaba comiendo a una mujer en un hotel de Gales

■ Los agentes le provocaron una descarga eléctrica de 50.000 voltios con una pistola

■ La mujer murió a causa de las heridas en la cara que le provocó el agresor



La policía británica ha acabado con la vida de Matthew Williams, un hombre que se estaba comiendo a una mujer en un hotel para indigentes en Gales. El caníbal mató a la víctima tras causarle varias heridas en la cara y después fue sorprendido por los agentes, quienes le provocaron una descarga eléctrica de 50.000 voltios con una pistola de aturdimiento, según ha informado este viernes el diario 'The Independent'.

Los policías recibieron una llamada del hotel, que les avisaba de que un hombre estaba atacando a una mujer en una de sus habitaciones. Todo empezó cuando los agentes de seguridad del recinto sospecharon de Williams cuando éste se negó a dejarles entrar en la habitación. Tras insistir en varias ocasiones, decidieron llamar a la policía, quienes finalmente interceptaron al agresor.

Al principio solo inmovilizaron al asesino con una descarga eléctrica, sin embargo después del arresto Williams dejó de dar señales de vida, según ha informado la policía de Gwent. "Mientras se encontraba bajo arresto, el hombre dejó de responder a estímulos. Responsables médicos le administraron primeros auxilios pero ya no se pudo hacer nada por salvar su vida".

Matthew Williams salió de la cárcel hace dos semanas, después de haber cumplido una condena de cinco años por atacar violentamente a su ex pareja. En cuanto a la víctima que ha muerto este jueves, la policía ha confirmado que ya conocía a su agresor.

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Mensajepor Invitado » Sab 06 Dic, 2014 12:28 am



ACOSADORES ASESINOS (Perfil de un Psicopata)
Como un depredador sigue a su presa,Son Amantes celosos,Conocidos obsesionados,y Admiradores delirantes

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Mensajepor Invitado » Mar 09 Dic, 2014 7:21 pm



MIEMBROS DE SECTAS (Perfil de un Psicopata)
Seguidores, a algunos se les empuja a matar, otros dan testimonio de lo mas bajo de la especie humana. Todos sufren las consecuencias de su ciega lealtad ¿Que los convierte en seguidores de una secta? ¿Acaso es debilidad o todos somos susceptibles de caer?

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Mensajepor Invitado » Mié 07 Ene, 2015 2:55 am




UNA PAREJA se conoce en Ciudad Juárez, diciembre de 2005: Sergio Barraza, 22 años, y Rubí Fraire Escobedo, 14. El chico se la lleva de casa e impide a su madre verla. La mujer intimidada, Marisela Escobedo, se conforma con mirar todos los días a escondidas a su hija para ver que está bien. La niña se queda embarazada y los dos vuelven con la madre para que se haga cargo; consigue trabajo para el chico, tiene en casa a la hija y a la nieta, Heidi. En agosto de 2008 desaparecen los tres. Marisela Escobedo sólo encuentra a Sergio y Heidi. Sergio le dice que Rubí se fue con otro hombre. La madre de Sergio confirma la versión. Pero Sergio Barraza desaparece con el bebé. Empieza la segunda vida de la enfermera Marisela Escobedo. Con recursos propios y ayuda de familiares emprende una búsqueda por el país para dar con Sergio Barraza, miembro de Los Zetas. Lo encuentra, avisa a las fuerzas de seguridad, siempre se escapa, a veces de forma insultante. En junio de 2009 por fin lo detienen y Sergio habla en el juicio: asesinó y quemó a Rubi Fraire Escobedo, dice dónde están los restos -aparecen huesos de la niña- y pide perdón a Marisela Escobedo. Lo absuelven por unanimidad. La lectura de la sentencia está en Youtube: Marisela Escobedo se levanta, grita, tira algo al suelo y termina desmayándose. Barraza se va. Empieza otra vida, la última, de Marisela Escobedo. Organiza marchas en varias ciudades, recoge firmas y clama por algo más que la resolución del asesinato de su hija: quiere saber el punto en el que se encuentra la desintegración del Estado mexicano. Se instala frente al palacio de Gobierno de Chihuahua para demandar respuestas. «Tengo amenazas. Él ya está involucrado en un grupo del crimen organizado. ¿Qué está esperando el Gobierno? ¿Que venga y termine conmigo? Pues que termine conmigo, pero aquí, a ver si les da vergüenza», dice el 12 de diciembre de 2010. La matan el 16 de diciembre. Una cámara fija graba el asesinato: un hombre se acerca a ella con una pistola pero se le encasquilla. El hermano de Marisela le golpea en el brazo con una silla de plástico, pero el asesino carga otra vez. Marisela corre hacia la puerta del palacio de Gobierno: el hombre la mata de un tiro en la nuca. Marisela se desploma en la acera frente al despacho del gobernador, el asesino se sube a un vehículo y se va. En octubre 2012 un sicario llamado El Wicked confiesa el asesinato: fue encargado por Los Zetas al Cartel de Juárez para callar a la mujer. Un mes después el Ejército mata a Sergio Barraza, condenado en rebeldía a 50 años tras la revisión de su juicio, en un tiroteo. El Wicked, arrepentido y usado por el Gobierno para dar charlas en colegios, murió en su celda el pasado 30 de diciembre. Por un infarto fulminante, anunció la Fiscalía. Asesinado, rectificó días después. Lo mató Jimmy Cuevas, antiguo cómplice del asesinato de 16 personas en un bar. Según la Fiscalía El Wicked había delatado a su socio, que se presentó en su celda de máxima seguridad, grabada las 24 horas, y lo estranguló. La familia de Marisela nunca reconoció a El Wicked como asesino de la mujer. El hermano, testigo presencial, dice que fue Andy Barraza, hermano de Sergio. En cualquier caso El Wicked, condenado por otros asesinatos, no llegó a ser juzgado por el crimen. La familia de Marisela huyó del país, amenazada, y vive en El Paso. La prensa mexicana se pregunta cómo El Wicked pudo delatar a Jimmy si fue detenido dos meses después que él.

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Mensajepor Invitado » Mié 07 Ene, 2015 3:20 am

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Fabricando monstruos. Las crónicas de la época no aclararon las razones del suceso. Sólo se demostró el secuestro de una niña que apareció 17 días después. Arriba, Enriqueta Martí y abajo, la página de L’Esquella de la Torratxa (marzo de 1912)


Enriqueta Martí, la vampira que no fue

Un nuevo ensayo desmonta la leyenda de la asesina en serie de la Barcelona de 1912 | A final del siglo XIX Barcelona era una ciudad con un 50% de analfabetos y 12.000 prostitutas | "La muerte de un hijo de diez meses, por desnutrición, la perturbó totalmente"


La primera vez que el escritor Jordi Corominas leyó una reseña sobre la tremebunda historia de Enriqueta Martí i Ripollés, nacida en 1868 -bautizada después "la vampira del Raval"- también creyó en su leyenda negra. ¿Por qué tendría que dudar del relato oficial?

Así quedó registrada en su memoria: "Nacida en Sant Feliu de Llobregat, fue a Barcelona y amó el pluriempleo. Sirvienta, probable prostituta, curandera, proxeneta, secuestradora, mendiga, lavandera, modista, madre sin hijos, progenitora huérfana, amiga de los ricos, princesa de los pobres, vampira por mitología y asesina en serie por caprichos de la propaganda". ¿Quién da más? se preguntaba el escritor.

Teóricamente -sobre el papel y en connivencia con el relato de las autoridades- Enriqueta Martí habría sido un verdadero monstruo. Todo habría empezado por el secuestro en 1912 -eso sí fue cierto- de una niña de cinco años, Tereseta Guitart.

Diecisiete días después la criatura aparecería con el pelo rapado y vestida con andrajos en su piso de la calle Poniente donde -contaban las crónicas- se encontrarían espeluznantes hallazgos: huesos, restos de sangre, extraños utensilios...

Se suponía que Enriqueta secuestraba niños y utilizaba sus flujos corporales para elaborar ungüentos que vendía a burgueses -a la salida del Liceu- o aristócratas -más arriba de Diagonal- con la promesa de "la eterna juventud". ¿Se les ocurre algo más espeluznante?

"Yo elaboraba artículos de crónica negra -explica Jordi Corominas a La Vanguardia- intentando buscar alguna rendija por la que comprender la vida de asesinos y víctimas". Hizo lo mismo en Radio Barcelona. Barajando información sobre crímenes locales siempre chocaba con el nombre de Enriqueta Martí. "Un día, habiendo aceptado ya la versión mentirosa, decidí meterme de lleno, bucear, en la hemeroteca. Precisamente, la de La Vanguardia". Y entendió por qué muchos cronistas miraban solamente la información escabrosa que se publicó los primeros días prescindiendo de realizar un posterior seguimiento riguroso.

"Enriqueta no era una asesina sino más bien paradigma de una Barcelona pobre y desesperada que era la que no acostumbraba a salir en los medios". A Corominas le fascina, de Enriqueta, que no deja de ser una víctima de una ciudad donde no se aplica ningún tipo de piedad, no se contextualiza, y donde la miseria era el factor común "por mucho que nos hayamos quedado con la narración del Modernismo oficial o con el esplendor de la burguesía de entonces".

La curiosidad de Jordi Corominas i Julián, sin embargo, iba más allá. Tras el impacto inicial, cotejó artículos como el publicado por Pedro Costa en El País. Empezó a investigar y, tras muchas horas de trabajo, llegó a la conclusión de que la historia de la Vampira del Raval no había sido más que el producto de una maquinaria periodística a favor del morbo y la truculencia. Repasó notas y archivos, releyó crónicas de la época en La Vanguardia y ABC y confirmó que "muchos de quienes volvieron a explicar el caso se limitaron a leer las reseñas de esos primeros días pero dejaron de investigar los últimos rastros del relato...". Porque la historia de Enriqueta no es como parece.

La lectura de Barcelona 1912. El caso Enriqueta Martí (Sílex) es doblemente interesante por cuando desmonta toda la maquinaria de la leyenda. Para Corominas, Barcelona, que no contaba hasta entonces con un gran asesino en serie local, la figura de Enriqueta "era una gran oportunidad para encajar en el parque temático barcelonés, una suerte de Jack el Destripador ambientado en la época de la Rosa de Foc".

El morbo y el sarcasmo estaban servidos. Incluso L'Esquella de la Torratxa publicó, como portada, el 8 de marzo de 1912, un dibujo cómico donde aparecía una monstruosa Enriqueta con un par de niños bajo el brazo y otros tantos a su paso, y una leyenda: "El plat del dia".

Rumores y falsedades que el ensayo se encarga de desmontar. No es el primero. Hace pocos meses la historiadora Elsa Plaza publicó otro con conclusiones parecidas a las de Corominas y un enfoque sociológico y de género. Enriqueta Martí, lejos de ser una asesina, sería una mísera mujer marcada por un hecho que le destrozó la vida: la muerte de una hijo, con apenas diez meses, a causa de la malnutrición. "Perturbada por esa situación -concluye Corominas- secuestró a Tereseta". Tal vez para buscarle una compañía a Angeleta, la otra niña que ella cuidaba, en el piso que compartía con el abuelo. "Pero la suya no era una mente analítica ni criminal. Hoy hubiera recibido atención psiquiátrica".

La leyenda de "la mala dona" ha generado varias novelas, obras de teatro, incluso un musical. El trabajo de Corominas rectifica y dignifica, en algo, su figura. La Barcelona de fin de siglo XIX -una ciudad con el 50% de analfabetismo y 12.000 prostitutas- era lugar idóneo para el relato siniestro. Pero aquella pobre desgraciada sobre la que se cebaron las crónicas de la época -y posteriores- ni siquiera murió, como se dijo, apalizada por sus compañeras reclusas -aunque falleció en prisión- sino víctima de un cáncer de útero.

"Su historia real no deja de ser dickensiana -continúa Corominas- y este es el contraste más salvaje con la versión oscura que hemos heredado. En realidad, lo único que tenemos es un ser anónimo, a quien siempre andan desahuciando, enfrentado a unas condiciones materiales de máxima miseria que la llevan a una serie de hechos alucinantes que tampoco podrían haberse sucedido con tanto impacto sin un elemento esencial: las apariencias".

Para el autor de este ensayo desenmascarador, Enriqueta fue sólo el chivo expiatorio periodístico que ocultaba las vergüenzas de Barcelona. No olvidemos que su cuñada le da a cuidar su criatura -Angeleta- porque la ha tenido viuda y teme el qué dirán.

El autor del ensayo descarta una por una las hipótesis. ¿Se demostró que existieran los famosos "ungüentos" milagrosos? No. ¿Restos de sangre en alguna toalla? Enriqueta sufría un cáncer de útero que le provocaba hemorragias vaginales ¿De qué eran los huesos que encontraron? Unos, probablemente extraídos de algún cementerio, y utilizados como amuletos mágicos, otros de animales usados para cocinar, gallinas y huesos de cerdo. Su día a día no era más que la suma de una vida desgraciada y una existencia misérrima que alguien quiso manipular, años después, como reclamo turístico.

El caso, tan sensacional como misterioso, queda registrado también en La vampira de la calle Poniente, donde Ginger Ape Books publicó sueltos y reseñas remitidas por las agencias de noticias en la prensa madrileña y crónicas del novelista Luis Antón del Olmet, uno de los forjadores de la leyenda, corresponsal especial del ABC que acabó por creerse aquella aquella feria de detalles macabros. Y, con él, todos sus seguidores.

Enriqueta Martí murió a los 45 años en la prisión Reina Amalia. Su historia acaparó la atención de toda España y esta fue la reseña inicial, el disparo de salida de una leyenda que hoy se está desmontando: "Barcelona 27, 2 tarde (Urgente). Un guardia municipal ha encontrado esta mañana a la niña desaparecida. Estaba secuestrada por una mujer de cuarenta años, llamada Enriqueta Martí, en una casa de la calle de Poniente. Cuando el público ha conocido la noticia, se ha agolpado frente al domicilio de la Enriqueta, y para evitar un asalto, han tenido que acudir las fuerzas del orden público. Ampliaré detalles".



    Visita al piso donde vivió Enriqueta Martí - Entramos en el número 29 de la calle Joaquim Costa, antiguamente conocida como calle Poniente, donde vivió Enriqueta Martí y fue descubierta la última niña que secuestró.

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Mensajepor Invitado » Mar 11 Ago, 2015 2:17 am

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El filicida de Moraña: “Me voy de vacaciones. Regresaré el viernes”

Reconstrucción de las circunstancias del doble crimen de Moraña, el asesinato de dos niñas del que se acusa a su padre

Manuel Jabois


El jueves 30 de julio, a media mañana, David Oubel salió de su agencia inmobiliaria. La empresa se llama Gaubica, está en la calle Juan Fuentes de Caldas de Reis, una vía en la que se acumulan cafeterías y tiendas de ropa, a 40 metros del lugar en que estaba la casa de doña Urraca. Oubel hizo unos recados (él era el encargado de hacer gestiones en el exterior de la oficina; su hermana pasaba más tiempo en el local) y una familia lo encontró de vuelta por la misma calle. Caminaron varios pasos juntos: ellos lo invitaron a tomar algo, él les dijo que tenía que ir a la ferretería. Se desvió por la Rúa Real, enfrente de su negocio, y le vieron entrar en Eladio Bricotendas, un comercio con un puesto de lechugas en la puerta que vende plantas, semillas, flores y material de jardinería. Allí David Oubel compró una rebarbadora, una sierra radial que le costó unos 60 euros. Bromeó con el dependiente, como informó Raquel Torres en Diario de Pontevedra: le preguntó si esa máquina cortaba dedos, y si el chico se ofrecía para hacer la prueba. Al día siguiente, conmocionado, el joven ordenó retirar de todos los estantes las rebarbadoras, sacándolas de la vista de los clientes y de él mismo. También se decretó el silenzio stampa.

Sus hijas Candela, de 9 años, y Amaia, de 4, se encontraban ese jueves con él en Caldas. Un día después tenía que devolverlas a su madre para que pasasen el mes de agosto con ella. Hubo varias personas que los vieron al final del día jugando en el parque alrededor de las nueve de la noche. Entre ellas la abogada que se encargó del divorcio de David Oubel y su mujer Rocío Vieitez, que recordaba estos días que la separación no fue traumática, al menos en los despachos: él se quedó la casa de Moraña que hizo remodelar, un inmueble que había puesto a la venta en los últimos meses por cerca de medio millón de euros en su propia gestoría, y ella a las niñas. Esa noche, exactamente a las 23.00 horas, David Oubel envió un whatsapp a un amigo. Le informaba de unas gestiones y terminaba: "Mañana me voy de vacaciones. Regresaré el viernes".

En Caldas David Oubel tenía varias relaciones de confianza. Allí pasaba los días con el negocio inmobiliario, y su trabajo se producía de cara al público: enseñaba casas, vendía, alquilaba. A un vecino le alquiló dos en los últimos años y una plaza de garaje. Con él estableció una relación de amistad. Le informaba de los problemas con su mujer. Nunca le dijo abiertamente que era gay, nunca hizo una salida formal del armario, pero en un momento dado se dio por sobreentendido y él empezó a hablar abiertamente de su novio. Hablaba del "círculo gay" que había encontrado en el mundo de las competiciones de perros, a las que se había hecho aficionado, y decía entre risas que le tiraban "los trastos". En los meses que siguieron a su separación David adelgazó, se puso en forma y cuidó más su manera de vestir. A este amigo le dijo que achacaba a su exmujer algunas denuncias a la Guardia Civil, entre ellas una relativa a una fiesta que hizo en su casa y que terminó con los vecinos arrancándole un fusible. Le comentaba cosas íntimas de los dos, detalles de la vida de pareja que Oubel, en confianza, relataba con naturalidad en una cafetería del centro de Caldas.

Moraña había pasado ya el fin de semana grande de las fiestas: el carneiro ao espeto, una tradición heredada de un inmigrante argentino que tenía por costumbre abrir en canal los carneros y asarlos como en su tierra, estirados en dos cruces de hierro. Una escultura con varios carneros de piedra abiertos en canal junto a un fuego da la bienvenida a Moraña. Ese día, en el que el pueblo se llena de miles de visitantes, Oubel también fue visto disfrutando de la jornada con sus hijas y su pareja. "Las besuqueaba y estaba pendientes de ellas todo el tiempo", recuerda un testigo que se cruzó con ellos. Una semana después, la mañana del crimen, salió con ellas a dar un paseo por el pueblo y de regreso a casa puso la música alta, algo que era costumbre y que le había causado algunos problemas con el vecindario. En su domicilio tenía aparatos tecnológicos de última generación, también musicales. Pasaron los minutos y las casas de alrededor dejaron de escuchar la música. David Oubel había hecho dos llamadas para comunicar que iba a matar a sus hijas, como informó Elisa Lois en El País: una a su ex mujer, Rocío Vieitez, que se desmayó en la calle, y otra a la Guardia Civil.

Su separación se había producido dos años atrás. La homosexualidad de David Oubel fue un bombazo en Moraña y en Caldas, dos poblaciones pequeñas. Los amigos de la pareja recibieron esos días mensajes contradictorios de David y Rocío, ya enfrentados. Oubel decidió irlos llamando por teléfono. Con uno de ellos quedó en Caldas. Sentados en una mesa le confesó que era gay y que se había enamorado de un vecino de Cuntis, un pueblo cercano. Este amigo le dijo que le parecía bien, pero que pudo haber salido antes del armario si lo sabía desde hace tiempo para evitar el daño a su mujer. Oubel no encajó bien el reproche: le retiró el saludo. Al pasar unos meses de la separación, Rocío, que había estado muy enamorada de su marido, se reunió con una amiga para decirle que tenía una oferta para irse a trabajar a Londres. Tras recibir el consejo de que se fuese y dejase a su expareja atrás, Rocío le informó al cabo de las semanas de que el padre no le había dado permiso para llevarse a las niñas.
Los primeros en llegar urgentemente a la moderna vivienda de Oubel el viernes 31 a media mañana fueron agentes del Seprona. Hasta allí llegó casi seguido un agente de la Policía Local del municipio, que al salir de la casa rompió a llorar. De la cantidad de sangre que se encontraron en el cuarto a los agentes les costó en un primer momento comprender qué había ocurrido. Las niñas estaban muertas en la habitación. Al entrar en el baño se encontraron a David Oubel: tenía la espalda apoyada en el suelo y una de las piernas metida en la bañera. Jadeaba con unos cortes en los brazos que, según el fiscal Alejandro Pazos, se realizaron más para llamar la atención que para suicidarse. Junto a él estaba la sierra radial tirada. No dijo nada que se le entendiese; se encontraba en estado de semiinconsciencia. Fue levantado y llevado en camilla al Hospital Montecelo de Pontevedra para que se le tratasen las heridas, que allí calificaron de superficiales; en otro centro, el Provincial, pasó por el servicio de Psiquiatría.

Cuando fue trasladado a la cárcel de A Lama David Oubel había recuperado la consciencia. Entró soberbio y altivo, una actitud que preocupó al personal de la cárcel: si los presos por delitos contra menores corren riesgo de agresión, esa actitud les condena de inmediato. Tuvo junto a él en todo momento a un preso de apoyo para evitar que se suicidase. El miércoles, debido a la atmósfera creada contra él en Pontevedra, se le trasladó en un autobús a León (el autobús tuvo que dar la vuelta para que se le hiciese una nueva prueba que no trascendió). Para entonces sus hijas Candela y Amaia ya se encontraban enterradas en el cementerio de Couso, en el municipio de Campo Lameiro: dos cirios en dos lápidas sin inscripciones. Tras un acto mínimo, en intimidad, el lugar está siendo visitado ahora por muchos vecinos. La conmoción que ha tenido el crimen es tal que se teme que al camposanto lleguen personajes pintorescos o iluminados. El jueves un chico que decía venir de lejos merodeaba la zona diciendo a los vecinos que había sentido la llamada para estar allí, que necesitaba acompañar a las niñas. "Me dio mala espina, le pedí que se fuese", dice Carmen, una mujer que fue allí a depositar flores.

Tanto Rocío Vieitez como sus padres pasaron la semana blindados en su casa de Couso, Campo Lameiro, cercados por unidades móviles de televisión. Un periodista de Telecinco habló con los padres de Oubel, destrozados por la noticia: según él el padre se presentó en el hospital buscando a su hijo y allí le dio un infarto. Su hermana Silvia, vecina de Caldas, madre de una niña, echó el cierre a la inmobiliaria, en la que han aparecido pintadas de asesino. Candela y Amaia eran dos niñas morenas, de ojos oscuros. A la primera le encantaba patinar y tenía mucha habilidad con las matemáticas. Una mujer que las vio crecer dice que quizá ya entendiese el mundo a través de los números. Que a la segunda, a Amaia, no le dio tiempo a nada. Eran cariñosas y muy inteligentes. Aceptaron sin traumas la sexualidad de su padre; el propio Oubel presumía de lo bien que se llevaban las niñas con su novio.

Rocío Vieitez ha hablado estos días con algunas amigas de la familia. Su mensaje ha sido que seguirá luchando y viviendo en memoria de sus hijas. El viernes cientos de personas salieron a la calle en Moraña y Campo Lameiro portando un mensaje: "Candela e Amaia, sempre estaredes con nós". Delante de sus lápidas fueron dibujados dos ángeles y se colocaron velas blancas y unos patines con el nombre de las dos.


    Menores víctimas mortales de violencia de género

    En los últimos tiempos David Oubel se había desprendido de sus perros hasta quedarse con sólo uno, con el que solían jugar las niñas. Cuando el agente inmobiliario no estaba en casa o hacía algún viaje del animal se encargaba su vecino. Por el perro, precisamente, preguntaba en la parroquia de O Casal, Moraña, uno de los vecinos el pasado viernes. Tanto esta zona rural como el centro del pueblo está copado estos días por periodistas, que una semana después continúan preguntando a los viandantes por el suceso.

    Desgraciadamente hay contexto informativo. Seis días después del crimen de Moraña una mujer entró en una casa de Castelldefels, alarmada por no tener noticias de su padre, y se encontró la escena de un nuevo crimen familiar: una mujer y dos hijos, de 12 y 7 años, disparados a la cabeza. Un hombre muerto en el sofá con el arma del crimen. La reconstrucción de la Guardia Civil concluyó que tras matar a su familia el homicida se suicidó. La Policía Local conocía la casa porque se había acercado varias veces a mediar entre las peleas de la pareja. Sin embargo la mujer nunca llegó a presentar denuncia.

    Esta semana la agencia Efe ha recordado que además de estos dos casos, Moraña y Castelldefels, el pasado 4 de mayo un niño de diez años fue asesinado en Torrevieja (Alicante), presuntamente por la pareja sentimental de su madre. En la estadística de menores víctimas mortales por violencia de género, hay tres muertes de menores más en investigación. Dos de ellos, un niño de 6 años y una niña de 14, fueron asesinados en Villajoyosa (Alicante) por un hombre de 37 años -padre del primero- que se suicidó, tras acabar también con la vida de su propia madre, de 64 años.


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Mensajepor Invitado » Mar 11 Ago, 2015 2:17 am




El hombre que amaba a sus perros, y no a sus hijas

Nadie en Moraña se explica que David, dueño de una mansión, castigara a la ex esposa asesinando a sus hijas cuando él tenía una relación con otro hombre. Apasionado de los perros, soñaba con ser juez canino y llegó a ganar el campeonato de España con Horatio, el bulldog que su hija mayor pintó para él

ANA MARÍA ORTIZ


La casa es un fiel reflejo de esa personalidad minuciosa y refinada que le adjudican a David Oubel: una perfecta armonía entre la piedra rústica y la decoración vanguardista. La vivienda, que el parricida restauró hace un lustro, retrata a un inquilino de alto poder adquisitivo: 420 metros, tres habitaciones, dos baños, chimenea, calefacción por suelo radiante y vistas a las montaña entre otras virguerías. Fuera hay un agradable jardín de 600 metros, garaje y "piscina para niños", según el mismo destacó en el anuncio por palabras que publicó ofreciéndola en venta por medio millón de euros el 14 de julio. Dos semanas después (viernes, 31 de julio) asesinaría (presuntamente) a las niñas para las que hizo construir esa piscina, sus propias hijas: Candela (9 años) y Amaia (4).

Probablemente es el objeto decorativo de menor valor económico de esta estupenda casa de Moraña (Pontevedra) pero con mucho peso sentimental. Se trata de un pequeño lienzo al óleo, ubicado cerca de la entrada y visible desde la isleta de la cocina, que retrata a Horatio, uno de los bulldogs de David Oubel y el perro por el que más pecho sacaba este apasionado del mundo canino y asesino (presunto) de sus dos hijas.

El cuadro de Horatio -reproducido junto a estas líneas-, el bulldog que se coronó Campeón de España de Morfología (belleza) en su categoría en 2011, lleva la firma de Candela, la hija mayor, muy aficionada a la pintura y cuyo cadáver, degollado por la hoja de una radial, se halló tumbado bajo una puerta, lo que hace pensar a los investigadores que la niña fue atacada cuando trataba de emprender la huida tras ver morir a su hermana en la cama.

Algún vecino ha referido que pese a la estruendosa música que Oubel habría puesto para amortiguar el sonido del crimen se escucharon sus palabras de súplica: "¡Papa, non a mates, non a mates!". Candela -una niña muy risueña que soñaba con ser guionista- y la más pequeña, Amaia, compartían con su padre y verdugo el amor por los perros y era habitual verlas con él en las competiciones caninas en las que participaba. Nadie nunca presenció ni un mal gesto hacia ellas que pudiera ser indicio del cruel desenlace. Al contrario.

Es difícil encajar la historia de David Oubel, 40 años cumplidos en abril, en el patrón de sus predecesores, de los otros hombres que antes que él han asesinado a sus hijos (46 menores muertos en la última década en el contexto de la violencia de género). El retrato robot los define como sujetos a los que la pareja abandona o va a abandonar por su corte violento y que, incapaces de asumir la ruptura y obsesionados con la ex, esponden asestándoles donde más le puede doler a ella: matándole a sus hijos. A este esquema se ajusta el perfil de su sucesor en la lista de monstruos: Ricardo F., de 61 años, quien, antes de suicidarse este 4 de agosto en Castelldefels (Barcelona), asesinó a su mujer Maryna, de 45 años -hasta tres veces llamó Maryna a la policía pidiendo auxilio para luego retractarse- y a sus dos hijos: una niña de 7 y un chico de 12.

Pero a David Oubel no se le presuponía fijación con la esposa ni intención alguna de volver con ella. ¿Cómo iba a albergar sentimiento o rencor hacía Rocío Viéitez si él ahora hacía vida con un hombre?, se preguntan en el municipio de 4.500 habitantes, aún aturdidos por la envergadura del suceso.

La existencia del inquilino del envidiado chalé de la calle N12 dio un giro de 180 grados hace un par de años. A todos sorprendió la repentina ruptura de una pareja que parecía bien avenida. Se sabe que la irrupción de un desconocido en la vida sentimental de David Oubel fue el detonante pero los detalles precisos son menos públicos. En una esquina se cuenta que fue Rocío, 37 años y traductora por cuenta propia, la que descubrió la relación y dio el portazo. Y dos calles más allá se dice que fue él quien puso sobre la mesa su nueva inclinación sexual y sus amoríos con el desconocido. El caso es que el idílico retrato familiar se hizo trizas y ella se trasladó con sus dos hijas a un piso de alquiler en el casco urbano de Moraña.

En la que había sido la vivienda familiar, la que hoy se oferta por medio millón, comenzó a hacerse visible la presencia del desconocido. Nos referimos a él así, como "el desconocido", porque a fecha de hoy nadie ha logrado identificar al misterioso novio de David Oubel. Sólo se han podido recabar unos cuantos datos de él: dentista, más o menos de la misma edad que el parricida y con residencia en Vigo, sin que estos apuntes tengan absoluta fiabilidad.

"Siempre que coincidía con David, antes de que saliera del armario, pensaba: "Este hombre es gay y no lo sabe"". Lo dice un habitual del circuito canino, donde no sorprendió que el dueño del famoso bulldog Horatio comenzara a acudir a las competiciones acompañado del desconocido -en alguna ocasión junto a sus hijas también, los cuatro- y con un vestuario mucho más llamativo y meticulosamente combinado.

Oubel cambió la paleta de colores de su armario y se distanció de su entorno hasta el punto de enemistarse con muchos. "Todos me hacen daño, todos están en contra de mí", le lloró hace unos meses, victimista, a una vecina. A sus amigos de la pandilla en la que también estaba Rocío Viéitez dejó de verlos. Y en el barrio se convirtió en un vecino de lo más impopular y molestoso. Las quejas no eran tanto por el ir y venir de los invitados a sus interminables fiestas sino más bien por el volumen al que ponía la música y que no bajaba aunque fuera bien entrada la madrugada. Un día un vecino le arrancó un fusible y el asunto acabó con enfrentamiento y denuncia ante la Guardia Civil. Quitando su sonada detención de ahora, el otro episodio que protagonizó y en el que tuvo que intervenir la Benemérita se produjo hace aproximadamente un año, cuando fue acusado de agredir a la doctora que se negó a darle una baja médica. La facultativa presentó denuncia pero no acudió al juicio por faltas.

En este rumbo que había emprendido David Oubel hay otro importante viraje en las últimas semanas. Puso en venta la casa y, lo más sorprendente, se desprendió también de sus perros. El parricida de Moraña se había iniciado en el mundo de las competiciones caninas hace unos ocho años, al regalarle un amigo al recién nacido Horatio y resultar el perro un figura. Tuvo otros bulldogs -Indira y Napoleón-, se pasó más tarde a la raza boston terrier -Grace Kelly Glamour y Harpagon Duke Diamond entre otros- y últimamente paseaba por los rings a affenpinschers y welsh corgis. Varios de sus perros subieron al podio pero ninguno al cajón más alto como Horatio.

Se ha publicado erróneamente que David Oubel era juez de competiciones caninas. Sí se le solía reclamar como comisario de ring por su conocimiento del inglés, pero nunca logró el estatus de juez, una de sus grandes frustraciones. Paradójicamente acreditó "buena conducta cívica y societaria", como se exige, pero no cumplía el requisito de tener "suficiente experiencia como criador". Ya sin perros, prescindió también de su handler -un especialista en mostrar a los ejemplares en la competiciones a las que no podía asistir-, al que pagaba 600 euros al mes.

Un importante desembolso al que hay que unir el mantenimiento de los perros, la pensión de las niñas, los gastos de la casa, las fiestas... La agencia inmobiliaria que tenía con su hermana en la vecina Caldas -en su fachada han pintado la palabra "asesino"- iba viento en popa.

Todos estos últimos movimientos -adiós a la casa y a los perros- hacían pensar que Oubel se disponía a emprender el vuelo fuera de Moraña, quizás con el desconocido. Hasta que el jueves, el día antes de los asesinatos, entró en una ferretería de confianza y pidió una radial. Bromeó con el dependiente sobre si valía para cortar dedos y si hacían una demostración con su mano. El viernes por la mañana, un día antes de que tuviera que devolver a las niñas tras 15 días bajo su cuidado, la enchufó y le dio al interruptor. El domingo, Candela, la autora de la mejor pintura de Horatio, habría hecho la Primera Comunión.

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Mensajepor Invitado » Vie 16 Oct, 2015 9:25 pm

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Si tomas el café sin azúcar podrías ser un psicópata

Un estudio afirma que las personas narcisistas y sádicas prefieren los sabores amargos.

No ganamos para sustos. Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Innsbruck en Austria, acaba de hacer que el café del desayuno se me atragante. Y es que, según dicho informe, las personas que prefieren tomar el café sin azúcar podrían tener ciertos rasgos propios de las personalidades psicopáticas. Y no se trata solo del café. En general, los individuos que tienen lo que los autores del estudio denominan "rasgos malévolos de la personalidad", manifiestan su preferencia por los sabores amargos (incluyendo la cerveza o la tónica).

Y no se quedan ahí. Los científicos se despachan a gusto y aseguran que esta preferencia la pueden tener personas más propensas a mostrar signos de maquiavelismo, sadismo y narcisismo. Vamos, que somos unas joyas.

En el estudio de marras participaron 1.000 personas de ambos sexos, y con una edad media de 35 años. Se les pidió que evaluaran su preferencia por una larga lista de productos dulces, salados, agrios y amargos. Luego, los participantes rellenaron cuatro cuestionarios de personalidad.

"Las preferencias generales por el sabor amargo resultaron ser fuertes indicadores de maquiavelismo, psicopatía, narcisismo y sadismo común", afirman los investigadores en la revista. Y, a la vez, el hecho de tener una personalidad amable, simpática y cooperativa se correspondía con un mayor rechazo a los sabores amargos.

Lo que no explican los investigadores son las causas de este vínculo. Además, insisten en que esa preferencia "podría ser" una pista de la existencia de esas tendencias psicopáticas, pero no significa que siempre sea así. O sea, que podemos relajarnos. Ese tipo que se está tomando una tónica a nuestro lado en la barra no tiene forzosamente que ser peligroso.

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La maldad sin eximente - Elvira Lindo

Mensajepor Invitado » Dom 03 Ene, 2016 5:05 am

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Robert Durst, en la neoyorquina Time Square durante el rodaje de la serie documental ‘The Jinx’


La maldad sin eximente

ELVIRA LINDO


Cada vez que leo una crónica sobre la ingente cantidad de somníferos, ansiolíticos, antidepresivos, que ingiere la población española me siento acompañada. Eso rebaja esa penosa culpabilidad que tan bien conoce el insomne cuando cada noche deja la pastilla al lado del vaso de agua y a la hora, en la oscuridad, con la actividad neuronal totalmente desatada, resonando, por ejemplo, en su memoria, un Mackie Navaja interpretado por Bertín Osborne que escuchó esa tarde en un taxi, palpa la mesita para dar con el comprimido que calmará unos pensamientos obsesivos que le hacen sentir como el hámster que da vueltas en su ruedita.

Que esto sea un mal de muchos no cura el insomnio ni las neurosis, pero te hace sentir parte de una comunidad, y eso es bonito. Aunque este sentimiento consolador se esfuma cuando la misma prensa que informa de lo pastilleros que somos da cuenta de los medicamentos que tomaba el último asesino de la crónica de sucesos. La madre de Asunta tomaba Orfidal. El piloto suicida tomaba serotonina. ¿Y? ¿De qué comunidad formamos parte ahora, de la de los hijos de puta que prefieren morir matando? Los psiquiatras se nos enfadan mucho, con razón. Llevan años explicando que asociar los trastornos mentales a la maldad es contribuir a la estigmatización de enfermos que tienden a infligirse dolor más que a causarlo.

Hay malos sin justificante del médico. No tantos como podríamos pensar, pero los hay: madres que matan para librarse de sus hijos, hijos que matan para quedarse con dinero de los padres, sacerdotes que predican la bondad y abusan de los débiles, hombres que maltratan a su mujer y son dóciles con el resto, jefes que humillan a sus subordinados, niños que acosan a otros niños hasta hundirles en la desesperación. Y no hay explicación psiquiátrica que ampare semejante maldad. Es muy posible que se pueda reformar el comportamiento cruel de un niño, pero la maldad en los adultos es rocosa y el cerebro menos flexible. Este ha sido uno de los temas del año: nos cuesta comprender que un malvado no es un enfermo mental.

El mejor ejemplo del hijoputa sin trastorno lo ofreció en 2015 una serie documental, The Jinx, que sin duda influirá en la manera en que los cineastas aborden un caso real. Cuenta la historia de Robert Durst, un millonario neoyorquino sobre el que pesa la sospecha de haber asesinado en 1982 a su primera esposa, a una amiga en 2000, y un año después al vecino. El director, Jarecki, había realizado en 2010 una película de ficción, All Good Things, sobre este personaje que de vez en cuando aparecía en la prensa como sospechoso de crímenes sin resolver, pero nunca hubiera imaginado que el inspirador del filme, tras verse interpretado por Ryan Gosling, le llamaría para proponerle que filmara un documental contando la verdad. Y es que si algo suele caracterizar a los malvados es que son incorregiblemente vanidosos. La serie se basa en las veinte horas de conversación que el director y el millonario mantuvieron durante años. El espectador asiste fascinado al relato de Durst; su infancia de niño rico pero desamparado provocaría compasión si no fuera porque el viejo lo cuenta con una frialdad incontrolada que provoca el efecto contrario, da grima.

Sobre la desaparición de su esposa la policía pasó de puntillas y el pájaro siguió suelto. En 2000 se reabrió el caso y la mejor amiga del sospechoso, la escritora Susan Berman, fue asesinada en su domicilio. Probablemente, Durst sospechó que la policía quería interrogarla y acabó con ella antes de que le incriminara. Permaneció oculto durante meses en una pequeña localidad de Texas, solo charlaba con un vecino que le invitaba a ver la tele en casa. En una de estas sesiones televisivas, apareció de pronto en el telediario. Así es cómo el vecino descubrió la verdadera identidad de su extraño amigo. Según Durst, el tipo quiso sacar tajada del hallazgo, y eso desembocó en una pelea. Una bala (siempre hay una pistola) acabó en el corazón del vecino. Entonces, Durst hizo lo que cualquiera en su lugar: lo descuartizó y lo metió en bolsas de basura. El jurado lo encontró inocente del asesinato, por actuar en defensa propia. En cuanto al descuartizamiento, se encontró justificado dadas las circunstancias.

La vanidad perdió a Durst porque en el documental se fue de la lengua, y eso ha provocado que se encuentre de nuevo en manos de la justicia. Esto no es un spoiler. Hay gente en la actualidad que considera spoiler que digas que al final Luther King muere. El caso es que el director utilizó tramposamente los mecanismos de la ficción: administró la entrevista de tal manera que la escena clave se guardó para el final. Esto provocó críticas severas: ¿es lógico que un documentalista oculte lo que sabe para mantener el interés de la audiencia? Que se lo pregunten a Truman Capote, que hizo lo mismo. Lo que está claro es que nada da más miedo que un malvado interpretándose a sí mismo. No hay actor que esté a su altura.




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