HABLEMOS DE LECTURAS CUALES SON VUESTROS AUTORES/AS...

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Mensaje por Invitado » Dom 22 May, 2022 7:43 pm


Especial celebración Premio Cervantes 2021 a Cristina Peri Rossi

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Mensaje por Invitado » Dom 22 May, 2022 7:06 pm


Cervantes contra Shakespeare: la literatura es una construcción política
Jesús González Maestro contra las falacias literarias del imperialismo cultural anglosajón.

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Mensaje por Invitado » Lun 02 May, 2022 5:25 pm


Cómo interpretar las apariencias a través de la literatura: don Quijote y las cortes de la muerte.

Jesus G. Maestro analiza a través de un capítulo de El Quijote los valores vigentes de las apariencias y la ficción; lo sensible frente a lo inteligible; la posmodernidad de la anglosfera frente a la tradición cultural hispano-greco-latino.

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Mensaje por Invitado » Jue 16 Dic, 2021 1:43 am

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Mensaje por Invitado » Jue 09 Dic, 2021 1:55 am



Ficción sonora: Celia en la revolución
Podcast de la ficción sonora de Carlos Alsina, 'Celia en la revolución'. El estallido de la Guerra Civil sorprende a la pequeña Celia (15) y su familia en Segovia, que cae del lado nacional. Huirán a Madrid, donde estarán más seguros, pero el avance de la guerra provoca el peligro constante y la separación de la prole: el padre marchará al frente y la criada Valeriana, junto a las niñas más pequeñas, se refugiarán en Valencia. Sola, y a remolque de los acontecimientos, Celia tratará de sobrevivir y de volver a reunirse con sus hermanas, con su padre y también con su amor sobrevenido: el apuesto soldado Jorge.

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Mensaje por Invitado » Sab 20 Nov, 2021 10:00 pm



Miguel Bosé, 'El hijo del Capitán Trueno' (I)

En su libro 'El hijo del Capitán Trueno' habla de su niñez , "todos los días eran un tsunami", de su padre, "se desplomó al final", de su madre "la diva". Y es que "de la genética no escapas".






Miguel Bosé, 'El hijo del Capitán Trueno' (II)

El cantante asegura que su "desencanto con la política es irreversible". Sobre el coronavirus, "¿Pandemia? Que baje dios y me lo cuente. ¡Basta ya!".

"La exhumación de Franco del Valle de los Caídos fue un ritual masónico. "

¿El signo de los tiempos? Responde: "El de las mentiras que ven la luz. Es el tiempo de las mentiras desveladas". Situación que cree que no durará mucho porque "es el fin del sistema". ¿La responsabilidad de los medios de comunicación? Remata: "la gran prostitución que están sufriendo en general los medios y la ciencia".A este mundo en crisis, "no puedo imaginar nada que lo vaya a recomponer".

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Mensaje por Invitado » Jue 28 Oct, 2021 2:25 am

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Julián Contreras denuncia que las editoriales no quieren publicar su nueva novela erótica "por ser hombre"

La primera entrega, que formará parte de una trilogía, podrá comprarse en noviembre a través de Amazon.

Tras unos tiempos convulsos tanto personal como profesionalmente, Julián Contreras, hijo de Carmina Ordóñez, se ha adentrado en nuevo sector: se ha atrevido con el mundo de la literatura erótica.

El hermano de Fran y Cayetano Rivera, que lleva casi dos años en el paro a causa de la pandemia, autopublicará su primera novela, que formará parte de una trilogía. Si todo va bien, podrá comprarse en noviembre a través de Amazon.

Y, tal y como cuenta a La Razón, lo hará así debido a que las editoriales le han rechazado: "En una editorial me dijeron que es que solo editan a mujeres y que en mi novela faltaba la versión femenina de la autora, y yo le dije que era una pena que yo no sea mujer y que no me lo publicase por ser hombre, porque viviría toda mi vida de este escándalo. Yo aluciné".

"Al final aquí todo el mundo es muy progre y moderno, pero cuando llevas un libro que aborda la temática de una manera más explícita, parece que estamos en la España de 1972", añade. "En otra editorial me dijeron que solo estaban editando novelas románticas, y es que la mía es romántica y una historia de amor, pero narrada con otra entonación y con otro estilo. Había otra con la que contacté que me daba fecha para 2024".

Por tanto, será él mismo quien asuma los gastos de edición, maquetación e ilustración de su novela erótica, la cual será "una historia de amor muy musicalizada que transcurre durante una semana de verano" y, según él mismo describe, "no está recomendada para todos los públicos".

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Mensaje por Invitado » Mié 27 Oct, 2021 3:33 am


Un Libro una hora
Aprende a leer, aprende de literatura escuchando. Un programa para contar un libro en una hora. Grandes clásicos de la literatura que te entran por el oído. (Lista de reproducción de los primeros 119 programas)

https://play.cadenaser.com/programa/un_libro_una_hora/
https://www.ivoox.com/podcast-un-libro- ... 433_1.html

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Mensaje por Invitado » Mié 20 Oct, 2021 4:46 pm

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La otra Carmen Mola: "Tuve que hacerme pasar por mujer para que me publicaran"

Cansado de enviar manuscritos y que no le hicieran caso, Sergi Puertas cambió su nombre y su foto por el de una chica joven y tuvo respuesta inmediata


Al concederse el Premio Planeta y conocerse la identidad de Carmen Mola (resultaron ser tres hombres), una mayoría de lectores abrieron los ojos con asombro, un pequeño pero ruidoso grupo enfureció por la supuesta usurpación del territorio a las mujeres y un tercer grupo se carcajeó a gusto con la astracanada. Sin embargo, unos pocos empezamos a reírnos fuerte, muy fuerte, y no podíamos parar, solo que por motivos diferentes a los del tercer grupo. Resulta que conocíamos una historia similar. Incluso más fuerte.

Una historia que no teníamos permiso para contar, con amenaza de denuncias, hasta hoy, momento en que su protagonista se anima a compartirla con los lectores de El Confidencial. Es la historia de cómo un tal Sergi Puertas, tras muchos años de encontrarse con el silencio como toda respuesta de las editoriales cuando enviaba sus novelas, inventó a su propia Carmen Mola y obtuvo un éxito instantáneo. Acabó publicado un libro de cuentos en Impedimenta, una de las mejores editoriales de este país. Esta es la historia tras las bambalinas de 'Estabulario', un libro que no hubiera visto la luz si, como explica su autor, no se hubiera hecho pasar por mujer.


PREGUNTA. A ti lo de Carmen Mola te habrá hecho más gracia que al resto de escritores.

RESPUESTA. Me ha parecido simpático que saliera a la luz, aunque no tanto que los autores nos vengan ahora con que se escondían tras un nombre, y no tras una mujer. Casi todos los profesionales del mundillo con los que he conversado al respecto certifican 'off the record' lo que es un secreto a voces: que hoy día se da preferencia a las autoras.

P. Tu caso vendría a probarlo. Recapitulemos un poco. ¿Quién era Sergi Puertas antes de tener una idea para mover un libro de cuentos de forma, digamos, "transexual"?

R. Un señor que rondaba ya los 50 y que, a lo largo de los últimos 10 años, llevaba tres novelas enviadas a multitud de editoriales sin que nadie le respondiera jamás. Para entonces tenía ya bastante obra publicada, pero luego ya me fueron contando que, si no has tenido éxito, eso juega en tu contra. Es bien sabido que los libros de cuentos tienen poca aceptación en el mundo editorial, así que cuando terminé el mío me planteé colgar el PDF en algún lado y a tomar viento. Entonces llegó esta idea de vete a saber dónde y me dije: de perdidos al río, vamos a probar.


"Casi todos los profesionales del mundillo certifican 'off the record' lo que es un secreto a voces: que hoy día se da preferencia a las autoras"



P. Es decir, habías publicado un montón de libros, sin éxito, y de pronto llegó el invierno: ¿demasiado desconocido para publicar tan mayor?

R. La editora de un grupo tocho vino a decirme que hoy día en el ramo cuentan con una aplicación en la que teclean tu nombre y ven inmediatamente cuánto has vendido. Si las cifras no te acompañan, muy probablemente ni siquiera se molesten en echar un vistazo a tu manuscrito. De hecho, Enrique Redel, mi editor en Impedimenta, me pidió explícitamente que no figuraran en la solapa de 'Estabulario' ni mis cuatro novelas publicadas ni mis demás libros. Me pareció y me sigue pareciendo bien, pero ese viene a ser el panorama.

P. ¿Cuál fue esa idea?

R. Dejar de ser Sergi Puertas. Me miré desde el otro lado del cable y no me gustó lo que vi. Vi a un señor fracasado y entrado en años que cada tanto manda una novela nueva, una interferencia en tu buzón, un adhesivo que no te quitas ni con rasqueta. Por demencial que pueda sonar, empecé a tener la impresión de que lo más disuasorio de mis manuscritos era que los firmaba yo.

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P. Así que probaste a mandar textos no como Sergi Puertas, autor fracasado de casi 50 años, sino como... otra persona.

R. Me imaginé mi propia reacción como lector frente al libro que acababa de terminar, que era muy 'punk', muy oscuro, muy despiadado. ¿Y si lo hubiera escrito una chavalilla? Ganaba, ya lo creo que ganaba. Pretender otra cosa es no entender cómo funcionamos las personas, cómo funcionan nuestras percepciones, cómo funciona el mundo.

(...)

P. Así que te pusiste a la tarea. ¿Cómo fue crear a la escritora que te sacó de las alcantarillas?

R. Muy poco maquiavélico y bastante chapucero. Me limité a rescatar de internet una foto 'random' de una chiquilla de 25 años y a crear una cuenta de Facebook y otra de Gmail, todo en el mismo día. Al rato ya estaba tirando de mi directorio de contactos y chutando mi manuscrito indiscriminadamente como siempre he hecho. Es un trámite doloroso, así que siempre lo despacho de un tirón. Para mi sorpresa, el silencio había tocado a su fin. Empecé a recibir respuestas muy pero que muy receptivas casi en tiempo real.

(...)


Sigue: https://www.elconfidencial.com/cultura/ ... a_3308954/

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Mensaje por MELBA » Lun 20 Sep, 2021 11:57 pm

PERDON. EN EL TEMA TAURINO PUSE 1 TITULO NO COMPLETO DE 1 LIBRO QUE AYER ME REGALO MI HIJO. PONDRE EL TITULO COMPLETO POR SI ALGUN/A LECTOR/A DE ESTE FORO ESTE INTERESADO/A EN LEERLO O LERR LA CRITICA DEL LIBRO. TITULO COMPLETO DEL LIBRO: '' THE BRILLANT BOY DOC EVATT AND THE GREAT AUSTRALIAN DISSENT'' AUTOR: GIDEON HAIGH.

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Mensaje por Invitado » Sab 24 Jul, 2021 2:17 am

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Mi tía Chus

Nacho Carretero es poco menos que el autor de culto en España. Después de su libro «Fariña», que se convirtió en la serie de Netflix más vista en la península ibérica, Nacho tuvo una tremenda exposición mediática. Pero muchos años antes escribió un texto maravilloso para la primera temporada de la Revista Orsai. Una crónica familiar muy íntima que le pedimos que leyera en voz alta para nosotros.

Nacho Carretero



No es fácil para Chus subir las escaleras del autobús por la mañana. Su rollizo cuerpo pelea por encaramarse a cada escalón: primero una pierna, después la otra. Ella a su ritmo, el mundo a otro. Que se espere. Chus es pequeña, redondeada y se balancea al caminar sobre unos diminutos pies en los que, curiosamente, posee una asombrosa fuerza. También sus manos son pequeñas. Se aferran a los laterales para completar el ascenso. Sabe qué movimiento debe hacer casi de memoria porque apenas ve nada. Chus nació ciega de un ojo y en el otro está perdiendo la visión. Al llegar a su asiento se deja caer a plomo. Una trabajadora social le coloca la horquilla que sujeta su pelo mientras le da los buenos días. El autobús arranca y Chus —que en realidad se llama María Jesús pero todo el mundo la llama Chus— frota con lentitud sus manos enrojecidas por el frío. Echa un vistazo alrededor, en la cara lleva una sonrisa —suele portarla donde va— y después vuelve a su mundo interno, indescifrable, profundo, mientras el autobús sale de la ciudad. Afuera la lluvia helada de la mañana moja las ventanillas.

«El pediatra nos llamó por teléfono y nos pidió que fuéramos a verle al día siguiente», cuenta mi abuelo, serio, sentado en una butaca de su salón. Era el año 1958. Habían pasado tres meses desde el nacimiento de Chus. Cuando mis abuelos llegaron a la consulta, el médico no dio demasiados rodeos.

—Creo que esta niña es mongólica.

—¿Qué es eso? —preguntaron.

—¿No sabéis lo que es mongólica?

—No.

—¿No la veis diferente?

—No.

—Estos son niños que no van a estar bien y tienen retraso. Hubo un silencio.

—¿Es tonta? —preguntó mi abuelo.

—Médicamente es idiota. Tiene idiocia.

Mis abuelos se echaron a llorar. Y eso que mi tía Chus, de idiota, no tiene un pelo. El problema —uno de ellos— es que todavía faltaba un año para que Jérôme Lejeune diagnosticara el síndrome de Down tras detectar una alteración en el cromosoma veintiuno, que se duplica parcialmente. En ese momento ni mis abuelos, ni el médico ni en realidad nadie sobre la faz de la Tierra conocía tal hallazgo. Por eso se atrevían a llamarle idiota.

Cuando salieron de la consulta, Martín Pou y Lucrecia Romay (así se llaman mis abuelos, lo que pasa es que a mi abuela todo el mundo la conoce como Chicha, excepto, por cierto, mi abuelo, que la llama Chola, a saber por qué), cuando salieron de la consulta, decía, fueron a casa de mis bisabuelos. Chus iba en una pequeña cuna de mimbre, ajena, claro, a todo lo que la rodeaba. «Nos acaban de decir que Chus es tonta». A Coruña, ciudad de provincias de por entonces ciento cincuenta mil habitantes, año 1958. Lo que mis abuelos acababan de lanzar no era una noticia, era una maldición. Mis bisabuelos preguntaron: «¿Puede afectar al resto de hermanos?». Entonces Chus tenía cuatro hermanos mayores (uno de ellos, mi madre). Era una duda —si acaso razonable— que se instaló en la casa. Lo que ya no les pareció tan razonable a mis abuelos fue el consejo que recibieron a continuación y que les instaba a no dejarse ver en público con Chus, por el bien de toda la familia. «Hay que entender que era otra época, otra mentalidad», justifica mi abuelo.

El autobús llega a su destino: el centro ocupacional Aspronaga Lamastelle. Detrás, cuatro autobuses más de los que salen decenas de chicos y chicas con distintos grados de discapacidad. Se saludan, gritan, ríen, alguno va casi dormido, otro parece enfadado. Encogen los hombros para protegerse de la lluvia. La unidad de Chus es la de tercera edad y hacia allí camina despacio, muy despacio. En realidad todo lo hace despacio, Chus vive atrapada en la cámara lenta y sus movimientos están empapados de parsimonia. Y cada vez más: va a cumplir cincuenta y cinco años, no está para carreras. El cumpleaños, por cierto, lo celebrará como todos y cada uno de sus cumpleaños: con chocolate con churros. No hay forma de que lo festeje de otro modo. «¿Qué quieres hacer este año en tu cumple, Chus?». «Chocolate con churros». No insistan. Como decía, cincuenta y cinco años es una gran marca para una persona con síndrome de Down, de modo que ya no trabaja como hacía hasta no hace mucho y como sí hacen la mayoría de sus compañeros, más jóvenes. Son trabajos de manufactura, sencillos, pero que cumplen con una efectividad asombrosa. En eso consiste Aspronaga Lamastelle: dar ocupación a personas con discapacidad para ayudar a su integración. A cambio reciben un sueldo simbólico, pero obviamente ese no es el objetivo. En el caso de la unidad de Chus se trata de ocupar el tiempo de los mayores y dotarlo de la máxima calidad de vida posible, que no es poco. Ni fácil. Envuelta en su abrigo, sin abandonar la sonrisa pese a la lluvia, entra en el taller y da los buenos días a sus compañeros. Otra trabajadora social la saluda desde la puerta: «¿Qué tal el fin de semana, Chus?». Responde automáticamente mientras se quita la bufanda: «Muy bien». Para Chus todo está muy bien siempre. Si se queja, si algún día alguien la escucha quejarse, entonces es que algo realmente grave está ocurriendo. Chus cuelga el abrigo, se estira con su apenas metro y medio para alcanzar la percha. Tiene todas las características que distinguen a una persona con síndrome de Down: extremidades pequeñas, rasgos mongólicos, problemas psicológicos, tendencia a la obesidad y reducida esperanza de vida. También, y debido a su edad, la mente de Chus ya está maltrecha: gira sobre sí misma encerrándola cada día más en su mundo interior. En cuanto a lo importante —ya les iré contando— tiene todas las características que distinguen a una persona maravillosa. Por fin logró colgar el abrigo. Se dirige a su sitio y, de nuevo, se deja caer sobre la silla a mitad de trayecto. Lo que le faltaba, tener que guardar las apariencias cuando por fin ha logrado encontrar un asiento.

«Lo que ahora a los jóvenes os cuesta entender —explica mi abuelo— es que entonces no sabíamos nada, no había nada de información. Era como un túnel negro en el que entrábamos y no sabíamos cómo avanzar, ni a dónde íbamos, ni nada…». Un túnel negro. Mis abuelos, sentados en un sillón, en desolado silencio, contemplaban a Chus en su cesta de mimbre. En ese momento en Europa no existía un solo país que legislara o dedicara especial atención a personas con discapacidad intelectual. Sencillamente eran niños o adultos enfermos para los que no había cura. Inútiles sociales que caían como un hechizo sobre las familias. No solo porque eran una carga, también suponían un estigma. Mis abuelos estaban perdidos. «Yo recuerdo que no podía parar de llorar», añade mi abuela con un hilo de voz, sentada en su butaca, menuda, frágil, como si el sillón fuera a tragársela. «Creo que entré en depresión». No sería hasta un año después —coincidiendo con el diagnóstico del síndrome de Down— cuando los países nórdicos, con Dinamarca a la cabeza, comenzarían a regular el trato hacia estas personas. Diez años después, en 1968, se constituiría en Jerusalén la Liga Internacional de Asociaciones en Pro de la Deficiencia Mental, un hecho que contribuiría de manera definitiva a impulsar los derechos de las personas con discapacidad intelectual. Hasta entonces, palos de ciego. Para mis abuelos comenzó el rosario de consultas a médicos, amigos y conocidos en busca de respuestas.

Alguien les dijo que encerraran a Chus. Y cuando digo alguien no digo un tipo despistado que pasaba por la calle y se giró para comentarlo. Alguien fue un amigo, un familiar, un médico… El consejo era que viviera en una habitación y que no tuviera contacto con nadie. De este modo evitarían problemas. La realidad es que en ese momento, en la ciudad, había cientos de niños considerados idiotas encerrados en habitaciones, aislados en las profundidades de las casas. Las familias no querían ver mancillado su honor o, simplemente, no querían que el resto de hermanos se contagiaran de idiocia. Esa era la espesa y oscura realidad de no pocos niños en ese momento. Mis abuelos se negaron.

Otro alguien les advirtió que no tuvieran más hijos, ya que podrían nacer igual que Chus. Mis abuelos llegarían a tener cuatro niños más, haciendo un total de nueve. Ninguno de ellos, por cierto, con síndrome de Down o cualquier otro tipo de discapacidad.

Un tercer alguien, miembro del Opus Dei, les dio consejos tan abyectos que mis abuelos se levantaron y salieron de allí con un cabreo histórico. «Yo después no podía parar de llorar, escuchamos cosas terribles», dice otra vez mi abuela con voz tambaleante. «¿Pero estabas llorando todo el tiempo, abuela?». Mi abuelo irrumpe: «Todo el tiempo. Se pasó toda aquella época llorando». Y mi abuela le mira, minúscula, desde su butaca.

Un cuarto, médico, recomendó internar a Chus en un centro especializado. Allí le darían todos los cuidados que necesitaban las personas como ella. Mi abuelo fue a visitar uno de estos centros, sopesando la posibilidad. La descartó nada más poner un pie en el primero de ellos. «Era como un manicomio, las camas tenían correas, había barrotes, las paredes acolchadas… horroroso». Mi abuelo, tal vez imaginando a Chus en un sitio como ese, lo rememora escandalizado.

Un quinto y último consejo llegó a través de otro médico que se desmarcó con un experimental tratamiento de vacunas recién llegadas de Alemania. «Tengo que decirte que mi padre me dejó el dinero para pagarlas», añade mi abuelo para desquitarse de su anterior crítica. No solo por caras aquellas vacunas eran especiales. El tratamiento que mi abuelo encargó prometía la curación de Chus. Se trataba de unas inyecciones de, atención, células vivas de cabra. La primera dosis llegó al pequeño aeropuerto coruñés proveniente de Berlín. Mi abuelo fue con Chus, todavía con meses, a que una enfermera le pusiera la primera de las inyecciones. «Sacó una jeringuilla enorme, recuerdo una aguja muy larga», relata mi abuelo. «Y se la inyectó directamente en la cabeza». De los ojos de mi abuela brotan lágrimas al escucharlo. «Yo no vi aquello, no quise ir», susurra. Mi abuelo abandonó el tratamiento tras la segunda inyección. Chus no recibió más vacunas.

En la unidad de la tercera edad están sentados en círculo, haciendo ejercicios de memoria. Chus espera su turno acomodada en una silla, con sus rechonchas piernas estiradas, sus manos en los bolsillos huyendo del frío y sus pensamientos, sus profundos pensamientos, apartándola de la realidad. El ejercicio consiste en ir diciendo un objeto cada uno, de modo que cuando les llega el turno, además del que se les ocurra, deben repetir todos los que se hayan dicho antes. Hoy se trata de prendas. Cuando le toca a Chus ya se han dicho cuatro prendas, no está nada fácil. En un sublime gesto de concentración, Chus apoya su pequeña mano en la frente y se pone a pensar con tanta intensidad que se puede palpar el esfuerzo: «Jersey, pantalón, bata… y camisa». Lo consigue. Sonríe. Chus, ya lo dije, siempre sonríe.

Desde hace diez años, aproximadamente, la demencia senil devora insaciable su memoria. De un tiempo a esta parte Chus ha perdido sus facultades para recordar, hasta tal punto que ni siquiera recuerda lo que hizo ayer. En muchos casos olvida lo que acaba de suceder, por lo que suele entrar en bucles, preguntando o diciendo lo mismo una y otra vez. Cierto día, comiendo en mi casa, Chus repetía incansable una misma idea (no recuerdo qué decía exactamente) hasta que mi madre intentó cortar la retahíla: «Chus, las cosas se dicen una vez. No repitas más, ¿vale?». A lo que Chus respondió: «Vale, ya no repito más». Y medio minuto después dijo: «Ya no repito más». Y otro medio después, «ya no repito más», y así entró en un bucle, repitiendo que no repetiría, digno de la mejor paradoja. Otros días Chus revive hechos pretéritos —se remonta años y años— y los comenta (de nuevo en bucle) como si acabaran de ocurrir. Sucedió un día, en su unidad, que no dejaba de repetir que le habían subido el sueldo (no era verdad, muy al contrario, y debido a la crisis, a la mayoría se lo habían rebajado). A su lado, un compañero también con demencia senil estallaba en enfado cada vez que la escuchaba: «¿Cómo que te lo han subido?», gritaba. Ella rectificaba, pero al cabo lo volvía a decir y su compañero —que también lo había olvidado— estallaba de nuevo. Así una mañana entera, en un tragicómico remolino. Esta incapacidad para retener la realidad a corto plazo impide a Chus desarrollar una vida normal, no puede mantener conversaciones como hacía antes y hay que guiarla a través de las palabras, dándole la mano, ofreciéndole cuestiones sencillas y evitando cualquier giro en la charla. Por ello la mayoría de respuestas que da están automatizadas y por eso, cuando se le exige, cuando se le obliga a recordar, sus esfuerzos son encomiables. Lo curioso es que las escasas veces que está enfadada (enfadada es una palabra sin duda muy grande para describir sus enojos, pero valga para entendernos) es cuando más lúcida está, cuando más y mejor responde. Yo de vez en cuando la enfado —amagando con que voy a beberme su refresco, por ejemplo, esto la saca de quicio— porque quiero traerla a este mundo unos minutos y poder disfrutarla, pero sin que se entere mi abuela, claro. Sé que he logrado molestarla si me llama «tremendo». Si Chus dice que alguien «es tremendo», es que está realmente mosqueada.

Tras el rosario de asesores desubicados y sus disparatados consejos, mis abuelos seguían tan o más perdidos que antes de las consultas. Como siempre puede ser peor, apareció un nuevo problema: se le detectó un glaucoma en su ojo sano, en el único que le ofrecía visión. Había que operar. Y, aquí sí, toca hablar y muy bien de los médicos. El que operó a Chus lo hizo sin cobrar una peseta de las de la época. Quería ayudar a Chus y a mis abuelos, y también llevar a cabo una operación de extrema ambición para un cirujano. Hasta les pidió permiso para grabar en vídeo la intervención. Era delicada al máximo: un error de apenas milímetros al intervenir en el globo ocular y quedaría ciega para toda la vida. Salió bien y la familia del médico acogió a Chus y a mi abuela durante el posoperatorio en su casa de Santiago de Compostela, ciudad en la que tuvo lugar la exitosa intervención. «Recuerdo a Chus con los ojos vendados y atada con los brazos en cruz a la cama. Qué imagen más horrorosa», rememora mi abuela. Pero salió bien. Chus, aunque con gafas y solo de un ojo, pudo contemplar el mundo a lo largo de toda su vida. Y se empeñó en hacerlo. Cuando era joven y quería leer acercaba con parsimonia su cabeza al libro, señalaba con el dedo la línea a leer y arrancaba avanzando sobre las letras a trompicones. Al terminar levantaba la cabeza buscando la aprobación de su oyente. Escribía del mismo modo. Sí, Chus leía, escribía, pintaba y escuchaba música. Porque, a pesar del negro túnel en el que seguían inmersos, mis abuelos no se rindieron. Avanzaron contracorriente bebiendo cada gota de información que se derramaba. «Recuerdo haber leído horas y días, buscar todo tipo de información», dice mi abuelo. Con los meses las cosas fueron tomando forma y, poco a poco, empezaron a entender a qué se enfrentaban, qué ocurría. Cuando Chus cumplió cuatro años comprendieron —y asumieron— que la cuestión no era curar a Chus. Por el simple hecho de que Chus no estaba enferma. Fue un paso crucial. De modo que viraron su rumbo en pos de la luz al final del túnel: si Chus tenía que convivir con su cromosoma parcialmente duplicado entonces lo prioritario era que conviviese con plenitud y felicidad. Comenzó la lucha.

El nueve de marzo de 1962 mi abuelo decidió publicar un anuncio en El Ideal Gallego, entonces el periódico local más importante. Estaba seguro de que en A Coruña había muchos más padres, muchas más familias, con niños como Chus, escondidos, aislados, atemorizados. Quería conocerlos, quería asociarse con ellos y discutir cómo avanzar. El anuncio decía lo siguiente: «Aviso importante: a todos los padres y familiares que lo sean de un niño o niña anormal (mongólico) se les invita a una reunión para tratar asuntos de mucha importancia para este colectivo. Esta reunión tendrá lugar, D. m., el próximo día 12 martes a las 19 horas en el local social de Cáritas Territorial, sito en la calle Teresa Herrera número 12 de esta capital. A Coruña, 9 de marzo de 1962. Martín Pou Díaz».

El anunció gritó con estrépito en medio del inmenso silencio social: en el local aparecieron en la fecha señalada cien personas. «Me quedé asombrado», dice mi abuelo. Aquel anuncio fue como un salvavidas arrojado a familias que se ahogaban en soledad. Llegaron de todos los rincones de la ciudad ansiosas de respuestas y de comprensión. Querían hablar de lo que ocurría en sus casas, querían preguntar, reventar el yugo del tabú. El pequeño anuncio del pequeño periódico de la pequeña ciudad que mi abuelo decidió lanzar al vacío fue la ventana en las habitaciones oscuras donde estaban encerrados los niños. Fue una vida nueva para toda una generación.

La mejor parte en el día de trabajo de Chus es la comida. Chus es glotona por naturaleza, no le dice que no a ningún bocado excepto —misterio— a los pimientos rojos. No le gustan. «¿No te gustan los pimientos rojos, Chus?». «Nada». Por lo demás no hay remilgos. Rechoncha en su silla del comedor acerca con lentitud el tenedor a su boca y degusta. Cierto día, hace años, desayunaba Chus una taza de cacao con bizcochos en la cocina cuando la olla a presión que cocinaba un guiso a pocos metros de ella comenzó a pitar. Nadie en casa le hizo caso, y menos Chus, centrada exclusivamente en los bizcochos. Unos tras otros iban siendo engullidos al mismo ritmo que el pitido de la olla crecía en volumen. Hasta que ocurrió, claro. La tapa de la olla saltó y con ella parte del contenido del guiso, que llegó hasta el techo y —cuenta la leyenda— alguna habichuela hasta quedó flotando en la taza de cacao de Chus. Ella siguió desayunando, sin inmutarse. A quién le importan las explosiones cuando hay bizcocho.

En el comedor rebota el estruendo de las conversaciones, las risas y los cubiertos contra los platos. Hay caldo gallego y filete. De postre, mandarinas. Chus comparte mesa con varios compañeros. Lorena es fanática del cantante David Bustamante. Es monotemática desde la primera cucharada hasta el último gajo de la mandarina. «Pues según vi el otro día, en una revista, le dijo a su novia que quería otro hijo, porque él, que es muy tranquilo, pero yo sé que quiere muchos hijos, había dicho…» y así. Su grado de discapacidad es el más leve de la mesa, por lo que impone su ley. Fernando es más callado, pero no hay más que azuzarle con el fútbol para que se haga hueco. Fanático del Deportivo, se le ve preocupado por el devenir de su club. «¿Y viste ayer el Barça?», pregunta. «¿El Barça? ¿Pero tú no eres del Dépor?». «¡Es del Barça!», acusa algún desalmado desde la distancia, voz en grito. Y Fernando se agarra un cabreo que le dura todo el almuerzo. Chus se centra en comer. Igual que Toñito, el chico de su lado, también con síndrome de Down. A propósito de esto, el término persona con discapacidad intelectual es relativamente nuevo. A lo largo de la vida de Chus las personas con discapacidad han recibido una enorme cantidad de denominaciones, digamos, médicas. De hecho, el nombre ha cambiado cada cinco años desde su nacimiento. Cuando ella nació era denominada idiota. Después, tarada. Oligofrénica, mongólica, subnormal, minusválida, deficiente, incapaz, discapacitada, dependiente psíquica, persona con discapacidad psíquica y —la actual en España— persona con discapacidad intelectual y del desarrollo. Insisto en que a ella todo el mundo le llama Chus.

Tras la reunión convocada a través del periódico comenzó a tomar forma una idea que hacía tiempo rondaba la cabeza (ya sin pelo entonces) de mi abuelo. Esta idea surgió tras un viaje a Valencia en el que mi abuelo se entrevistó con el presidente de la Asociación de Personas Anormales (hasta grabó la entrevista con un viejo magnetófono que se acabaría estregando en un incendio años después). De ahí, y tras compartir sus experiencias con los demás padres en la reunión, nació el proyecto: fundar una asociación igual en Galicia. Un proyecto que desde ese instante se tornaría en el sentido mismo de la vida de mis abuelos y cambiaría la de cientos de niños con discapacidad. Pero no iba a ser fácil. Nada fácil. Algunos padres dejaron la carrera nada más darse la salida. «Yo no te voy a decir nombres —dice mi abuela, prudente— pero conozco familias que los tuvieron encerrados en una habitación toda la vida. Hasta hace no mucho». Sin justificarlo cabe ponerlo en contexto. Lo que estaban a punto de emprender aquellos padres era un desafío a una sociedad cerrada, conservadora y, en gran medida, ignorante. Desconocían cuáles iban a ser las consecuencias y en cualquier caso les auguraban perjuicios graves. Aquellos niños y niñas contaban con el desprecio de mucha gente y mis abuelos, y el resto de luchadores que comenzaban en aquel camino, lo iban a vivir. Aún y con eso, la idea de mi abuelo fue acogida con entusiasmo por la mayoría de los padres. En sucesivas reuniones se fundó la asociación, se redactaron unos estatutos y se nombraron dirigentes y vocales. A continuación se decidió que el objetivo primordial, que la necesidad más apremiante, era fundar un colegio para que estos niños tuvieran posibilidad de integración social. El primer paso para que tomara forma fue acudir al gobernador civil de la ciudad, entonces perteneciente, como el resto de ciudades de España, al régimen del general Franco. «Tenía muchos locales vacíos en la ciudad así que fuimos a visitarle para ver si nos dejaba uno y comenzar con la asociación». Sentados en su despacho, mi abuelo y otros dos padres le explicaron su iniciativa. La contestación del gobernador fue inmediata: «¿Sabes lo que te digo? Que a tu hija y a los demás como ella a donde tenéis que llevarlos es al Castillo de San Antón». Cabe explicar que el Castillo de San Antón es una antigua cárcel coruñesa. Mi abuelo se quedó congelado en la silla, después se levantó y se fue casi corriendo mientras le gritó a la secretaria del gobernador: «¡Tienes un jefe loco!». Solo lloró al llegar a casa. Toda la noche. «Sinceramente creo que era una buena persona, pero víctima de una sociedad equivocada», dice mi abuelo.

Tras varios fracasos de similar talla en los que no vale la pena recrearse (otro político —esto es verídico— le dijo a mi abuelo que antes de invertir mil pesetas en un proyecto para niños anormales se encendía un puro con un billete de ese valor. Y procedió a hacerlo). Tras varios fracasos, decía, llegó el milagro. «Es que fue un milagro», dice mi abuela. «Estaba yo trabajando —continúa mi abuelo— cuando vino a visitarme Julio Casares Rivera (mi abuelo siempre dice nombre y dos apellidos cuando habla de coruñeses). Me pidió que si podía ayudarle con la venta del chalé familiar de su padre, que acababa de morir, ya que por entonces yo trabajaba en Hacienda y conocía a gente interesada en invertir». En ese momento mi abuelo lo vio claro: situado muy cerca del centro de la ciudad, ese chalé podría ser la sede perfecta para el colegio. Negociaron y acordaron la venta por dos millones y medio de pesetas (quince mil euros). Mi abuelo agarró su abrigo y se dirigió a la oficina de la Caja de Ahorros de La Coruña para pedir el crédito que necesitaban. «Su director era Antonio Lorenzo Pérez (otra vez dos apellidos), a quien conocía personalmente». Y he aquí el milagro. Lo que a priori iba a ser un crédito más que difícil, o lo que podía haber sido otro desaire para con Chus y los niños como ella de la talla del encendedor de puros, mutó en lo contrario. Don Antonio Lorenzo Pérez tenía un hijo con discapacidad intelectual y desconocía el movimiento que estaban llevando a cabo mis abuelos y otros padres. El crédito fue concedido con entusiasmo, además de otro personal de trescientas mil pesetas y el compromiso de que los intereses serían donados por la propia Caja de Ahorros. Milagro completado. Había colegio.

El once de mayo de 1963 se firmaron las escrituras del chalé ante notario y comenzaron las obras para adecuarlo. «Recuerdo aquellos meses como de los más atareados y ocupados de mi vida. Necesitábamos veintiséis horas al día en lugar de veinticuatro», explica mi abuelo. Pintaron toda la estancia, ampliaron y adecuaron la cocina y compraron muebles de todo tipo. Entre los muebles había unos sillones tapizados. «Hubo personas que me dijeron que no tenía mucho sentido tener sillones tapizados porque se acabarían estropeando con las babas de los niños», dice mi abuelo. «Pero de eso se trataba, de que esos niños estuvieran en un lugar normal y aprendieran a vivir en él». Si nos basamos en que los sillones solo se cambiaron cuando pasaron de moda, muchos años después, puede decirse que el trabajo en el colegio fue un éxito. Más de un año después llegó el ansiado día: el catorce de septiembre de 1964 se inauguró Aspronaga. Tras una testaruda insistencia de mi abuelo —sabedor del beneficio mediático que supondría— al acto asistió nada menos que Carmen Polo, mujer del general Franco. En un principio había dicho que la experiencia de ver aquellos niños podría resultarle demasiado dura, pero mi abuelo volvió a la carga repetidas veces e incluso le llegó a decir a un general que si a la Señora (como le llamaban) le impresionaban unos niños anormales, qué se podía esperar de la sociedad española. El general le miró desafiante, pero se ve que tomó nota. La Señora estuvo allí el día de la inauguración y donó sesenta mil pesetas. Aspronaga era una realidad. Lo habían conseguido.

La jornada laboral de Chus termina a las cinco de la tarde. Es a esa hora —después de una imperdonable y generosa siesta— cuando Chus se enfunda otra vez su abrigo y regresa a casa de nuevo en el autobús. En la parada le espera Eli, una trabajadora social contratada por mis abuelos encargada de cuidarla desde que a ellos les falta la fuerza. Con Eli —a quien Chus considera una amiga— da un paseo, dibuja, escucha música o juega al parchís. Esta tarde van a ir a dar una vuelta y a Chus le apetece un helado. «¿Un helado?», le dice mi abuela mientras le coloca la bufanda. «No, Chus, hace mucho frío, un helado hoy no». Y ella me mira, y después mira a mi abuela. «¿No?». «No. Otro día, ¿vale?». «Vale». Yo me sumo: «Qué frío, no me tomaría un helado hoy ni loco». Ella me mira de nuevo, arquea una ceja: «Yo tampoco», me dice. Nunca se queja, nunca protesta, nunca se encapricha, nunca se enfada. Chus es la bondad en estado puro, sin artificios, sin pretensiones, la bondad inconsciente de sí misma. Antes de irse se sienta un rato a mi lado mientras mi abuela termina de contarme una historia que vivió pocos días después de la inauguración del colegio. Aunque la meta había sido alcanzada, todavía quedaba mucho por derribar, mucho por avanzar. La mayoría de prejuicios seguían intactos. «Era por la tarde y cogí un autobús con Chus para regresar a casa. Nos subimos y nos sentamos junto a una señora —relata—. Esta miró a Chus, se levantó y se fue a sentar a otro sitio. Después le oí que decía ‘mongólica’». Mi abuela exhala tristeza mientras Chus y yo escuchamos. Yo comprendo las palabras, Chus parece comprender el fondo porque su mirada, aún sin saber de lo que estamos hablando, es triste, como si pudiera sentir lo que sucede. Yo la miro y le digo: «Es tremenda la gente, ¿eh, Chus?». Y ella me responde: «Tremenda».

Esta capacidad para intuir qué está ocurriendo sin comprender qué sucede es una estrategia definitoria del carácter de Chus. Ante sus limitaciones, Chus siempre ha dispuesto un arsenal defensivo para superarlas. Es raro (al menos lo era) verla bloqueada, siempre burlaba el obstáculo, siempre conseguía no caerse de un mundo que gira mucho más rápido que ella. A veces con una inteligencia y socarronería (gallega) asombrosas. Si le preguntabas qué ponía en algún sitio y no podía leerlo se limitaba a responder: «¿Estás ciego?». Si no se acordaba qué había para cenar, simplemente decía: «¿De cenar? Secreto». Y si directamente no entendía lo que le estabas diciendo, zanjaba: «No me torees».

El del autobús fue uno de los cientos de malos momentos que tuvieron que pasar mis abuelos y, probablemente, todos y cada uno de los padres de la época. «Recuerdo en el fútbol —dice mi abuelo, otro fanático del Deportivo cuyos gritos cuando los centrocampistas pierden la pelota son ya legendarios— que una señora que estaba sentada detrás de mí en Riazor le gritó al árbitro: ‘¡Subnormal! ¡Vete a Aspronaga!’». Mi abuelo se giró y le dijo que él tenía una hija en Aspronaga y que no entendía qué tenía que ver el árbitro con eso. La señora, seguramente ajena a este tipo de prejuicios y simplemente arrastrada por la ferviente excitación futbolera, le pidió perdón y le dio un abrazo. Todavía tuvieron que pasar muchos años hasta que la presencia de Chus en la calle fuera algo normal y a ello iba contribuyendo, sin duda, el crecimiento imparable de Aspronaga. Los padres implicados no dejaban de trabajar para que el desarrollo fuera veloz. Durante el primer año realizaron una serie de folletos para dar a conocer el colegio, era la manera de hacer publicidad en aquella época. Uno de aquellos folletos está hoy en casa de mis abuelos. «¿Puedo verlo?». El papel, que se repartía por la ciudad, contiene el siguiente mensaje: «A Coruña por Aspronaga. ¡Niño subnormal! ¡No estarás por más tiempo solo!». Sobra decir que hoy en día el eslogan no funcionaría del todo bien. Mis abuelos también comenzaron a dar charlas y participar en reuniones para dar a conocer el centro. Hablaron con padres, enfermeras y hasta médicos. Volcaron sus vidas en dar a conocer un problema hasta entonces sumergido en la vergüenza. Pronto las solicitudes superaron a la capacidad. A las mejoras en el colegio se le unió, con el paso de los años, la inauguración de un centro laboral para adultos (llamado Lamastelle, donde trabaja Chus) y una residencia de día para personas con grados de discapacidad muy profundos, que fue bautizada como Ricardo Baró en honor a uno de los padres que, junto a mis abuelos y el resto, luchó por hacer realidad la idea de Aspronaga. El éxito fue rotundo y se extiende hasta nuestros días: hoy Aspronaga —todas sus instituciones— funciona sin descanso. Cientos de niños y de adultos suben y bajan cada día de los autobuses, entre ellos Chus, agarrándose con sus pequeñas manos a los laterales para poder alcanzar el asiento sobre el que se desplomará. Hoy cabe recordar que, detrás de lo que a ojos de las nuevas generaciones es simplemente un centro para personas con discapacidad, está la pelea colosal de un puñado de padres.

«Yo la verdad es que no he podido hacer más», dice mi abuelo. «Hemos dado nuestras vidas». Mi abuela me mira. «Los hermanos», me dice. «Lo de sus hermanos ha sido increíble, cómo la han cuidado, cómo la han protegido. Ninguno de ellos me preguntó jamás qué le pasaba a Chus, ni de pequeñitos. Simplemente la cuidaron, notaron desde niños que tenían que hacerlo y la cuidaron», termina. «¿Y a cambio? ¿Qué os ha dado Chus?», les pregunto. Se quedan callados, pero no porque estén pensando, sino porque lo tienen claro: «Somos mejores. Nos hizo mejores». La charla termina, cierro la libreta, llena de tachones que son recuerdos, heridas, vivencias y hasta un milagro. Antes de alcanzar la puerta mi abuelo me llama, con prudencia, como temeroso de que lo que va a decirme pueda molestarme. «Si escribes algo de esto —me dice susurrando— que no parezca que queremos dar pena o que exageramos ni nada de eso. Simplemente lo que hemos querido siempre para Chus es lo mismo que cualquier padre quiere para sus hijos. Y punto».

En la calle Chus y Eli regresan del paseo. Mañana toca trabajar, madrugar de nuevo y esperar el autobús. «Chus, voy a escribir una historia sobre tu lucha y la de los abuelos, ¿vale?», le digo sin la menor intención de que me comprenda. Ella me mira, sonríe y me dice orgullosa: «No tomé helado».

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Mensaje por Invitado » Sab 05 Jun, 2021 2:35 am

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Romina Caponnetto, viuda de David Gistau, nos habla de los artículos más personales de su marido

Poco más de un año después de la muerte de David Gistau, el columnista más brillante de las dos últimas décadas, comentamos con su mujer, Romina Caponnetto, sus artículos más personales reunidos en el libro El penúltimo Negroni.

Suele pasar que cuando te sientas en un sitio tranquilo con la intención de charlar sin ruido de fondo, el lugar enseguida se llena de oficinistas de cruasán y café con leche y alguien aprovecha para subir el volumen de los éxitos de Kenny G.

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Romina Caponnetto sugiere que nos veamos en una de las cafeterías cerca de su casa donde David Gistau bajaba a escribir sus artículos. A él le hubiera hecho gracia este desfile de anécdotas de su vida bajo un saxofón cansino.

Se conocieron en un dentista de Belgrano. Ella fue porque la consulta era de la prima de un ex novio. A David se lo recomendó una amiga. Habrá cientos de clínicas dentales en Buenos Aires. Es la música del azar. Ella le escuchó bromear con un amigo en la sala de espera, y le hizo gracia. Al salir, él le dijo vacilón: "Qué cara de susto llevas".

-No soy muy fan del torno -dijo ella-. ¿Sos gallego?

-Gallego no, madrileño. ¿Y vos?

"Mi hijo Luca me ha cambiado. Me preparo para sus preguntas, me esfuerzo por ser mejor, excelente, por si acaso en el futuro le da por tomarme como ejemplo", escribió Gistau


Descubrieron que tenían una amiga común periodista. Se intercambiaron los números. David quería regalarle su primera novela, que acababa de publicar, A que no hay huevos (2004), sobre un reportero novato en Afganistán -basada en sus propias vivencias-. Romina llamó enseguida a la amiga común para informarse. "Uy, ese tío es muy raro, va a su bola...", le dijo esta.

-¿Por qué? Me gustó, no me pinches el globo, respondió Romina.

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Apenas una hora después de la escena del dentista, David le llamó para cenar juntos. "Un argentino jamás haría eso -dice Romina-. El argentino prepara una estrategia, espera unos días para llamarte, no vayas a pensar que se muere de amor por ti... Pero David era rotundo cuando tenía las cosas claras, y casi siempre las tenía".

Cenar no, porque Romina tenía función de Cats, el musical donde trabajaba. Quedaron para comer al día siguiente y no pararon de reírse. En aquella cita él le engañó sobre su edad. Le dijo que tenía 30 años. "Era una mentira ridícula, porque en la misma contraportada de su libro comprobé que tenía 34 (siete más que yo). A David le divertían mucho estas cosas. Cuando le pregunté por su verdadera edad insistió en que tenía 30, que lo de la contraportada era un error de imprenta".

"A partir de entonces, vino cada noche a ver Cats, ¿te lo imaginas?, ¡a David en un musical! Le veía bostezando, una vez hasta bailó en primera fila -y odiaba bailar-, me traía flores cada noche. Hasta que al octavo día me dijo: Te pido por favor que me liberes de esto, no lo soporto más".

Poco después David, que escribía en La Razón desde 1997, recibió una llamada de Pedro J. Ramírez para incorporarle como columnista en El Mundo. "Gistau tiene el don de sentarse en el sillón de su casa, mirar a las musarañas y encontrar un tema", destacaba de él Pedro J., según dice el periodista David Lema en su excelente introducción a El penúltimo Negroni (editorial Debate).

"Me dijo: Si vienes conmigo a Madrid, digo que sí a la oferta", recuerda Romina. "Yo tenía mi vida hecha en Buenos Aires, mi piso, mi trabajo... Pero quien no apuesta no gana, y además, Iberia va y viene. Así que compré un pasaje abierto. Si lo nuestro no funcionaba, me volvía sin problema. Nos conocimos un 16 de noviembre de 2004 y yo llegué a Madrid un 19 de febrero de 2005".

"Papá no está muerto, está aquí con nosotros, lo que pasa es que se ha vuelto transparente"


El artículo Del Martini al meconio (El Mundo, 31 de agosto de 2010), que no por casualidad es el elegido por Lema para abrir esta recopilación de textos de Gistau publicados en los tres diarios en los que trabajó (La Razón, El Mundo y ABC), es también el favorito de Romina. En él, Gistau apunta algunas de las claves personales que condicionaron su vida, y que no solía dejar caer en sus artículos aunque a menudo usase la primera persona: la muerte de su padre cuando él era un adolescente, el nacimiento de su primer hijo, Luca -"que acaba de cumplir doce años y cada vez se le parece más físicamente", dice Romina-, y su profundo sentido de la amistad.

"Hay hombres impermeabilizados a los que no cambia una experiencia intensa -escribió Gistau en el artículo citado-. No soy uno de ellos. Luca me ha cambiado, ha espantado ansiedades y búsquedas heredadas de los afanes encontrados en las lecturas. No me importa sentir que para mí ya es tarde para muchas cosas, porque las hará él y, por delegación, las haré a través de él. Salgo de las librerías con las colecciones completas de Corto Maltés, de Astérix, de Tintín, que permanecerán un tiempo largo empaquetadas, hasta que él pueda hacer sus primeros descubrimientos de lector. Me preparo para sus preguntas, me esfuerzo por ser mejor, excelente, por si acaso en el futuro le da por tomarme como ejemplo. Encima se me parece muchísimo, por lo que veo en él un yo sin estropear, con todas las posibilidades intactas, que me ha prolongado el ciclo vital como si mi resurrección ya hubiera ocurrido. Siento admiración anticipada por el espectáculo que será su juventud, por los mínimos esbozos de personalidad que me permiten intuir en él a un tipo que vivirá con gozo y al que ya tengo ganas de contarle cuánto de hermoso le aguarda. Que salga a vivir, algún día, sabiendo que cualquier rescate estará tan solo a una llamada de teléfono. Que sea un hombre con códigos del que nadie pueda decir que falló como amigo. Ya iremos viendo todo eso. Ya lo iremos hablando. Lo que pido es tiempo para acompañarle al menos un trecho largo de su camino vital, como espectador y como cómplice. Porque, de todas las sensaciones nuevas que me ha inoculado Luca, la peor es la hipocondría. Por primera vez en mi vida, temo morir. Me siento obligado a permanecer aquí al menos veinticinco años más, los que él pueda necesitarme, y en eso no quiero fallarle. Mi hijo no ha de ser lo que yo fui: un adolescente enfadado con el mundo porque se le murió el padre demasiado pronto. Voy a dejar de fumar".

Romina se quedó embarazada de Luca apenas un año después de casarse. Después vinieron Leo, Dante y Bianca. Dante, que tiene "ese punto observador del padre que a veces parece que está en otro planeta, me dijo un día: Papá no está muerto, está aquí con nosotros, lo que pasa es que se ha vuelto transparente", dice Romina.

"Soy consciente de que todo cuanto digo o hago delante de ellos -escribió Gistau en otro de los artículos preferidos por Romina- equivale a los jirones con los que ellos mismos confeccionarán el retrato del hombre que fui cuando me excaven en su memoria (...) Porque es bajo la mirada de los hijos cuando por primera vez en mi vida he encontrado un motivo para tratar siempre de ser el mejor tipo que pueda haber en mí. Los aciertos de mi edad son, por tanto, obra suya".

"Yo pensé que estaba con Superman, y casi me quema la casa por un bichito..."


Gistau tenía un sentido de la familia íntegro como el de un mafioso de las películas de Scorsese que tanto le gustaban. "Si estabas dentro, mataba por ti -dice Romina-. Era muy protector. Si consideraba que algo no estaba bien o no era justo, lo decía y se enfrentaba a quien fuera. Era tremendamente leal con los suyos. Una vez me dijo uno de sus amigos algo que se me quedó grabado: Tú te has llevado al último caballero".

"Le gustaba estar con la gente pero no era de socializar ni de tener excesivos amigos, sino de unos pocos muy cuidados -dice Romina-. Priorizaba sus cenas y comidas con ellos. Allí disfrutaba plenamente de sus pasiones: la historia, el boxeo, el cine, el fútbol, el Real Madrid, el Independiente... A veces tenías que decirles: Chicos, dejen los diccionarios un rato. Estaba enamorado de esa forma de ser argentina tan amiguera, tan expansiva, porque dos amigos argentinos son lo más exagerado que puedas imaginar. Tuvo una relación muy especial con Umbral. Le quería mucho. Me río cuando recuerdo el artículo que publicó con motivo de su muerte, en el que cuenta la última tarde que se vieron en la dacha y Umbral, solo en casa, le preguntó a David que si podía prepararle la merienda".

Para otro de sus amigos cercanos, Manuel Jabois, a quien Gistau se encargó de traer a El Mundo desde el Diario de Pontevedra, David era esa clase de amigo que hacía mejor a todo el que se le acercaba. "Era algo más que un amigo o un hermano; era una manera de ser, una manera de estar en el mundo que había que tratar de imitar", escribió Jabois en su obituario en El País.

"David disfrutaba mucho de la vida, igual que yo -dice Romina-. Hacía lo que más le gustaba, escribir. Estaba encaminado a hacer novelas. (Su brillante relato largo, Gente que se fue, publicado en Círculo de Tiza junto con otros cuentos, es una buena muestra). En los últimos años había empezado a bajar un cambio, como decimos en Argentina. Ya no le apetecía tanto hacer locuras como cruzar el Atlántico en un buque mercante o pasar un mes fuera de casa cubriendo los Juegos Olímpicos. Lo pasábamos muy bien juntos. Nos reíamos mucho. ¿Qué más quieres en la vida? Con el paso de los años te das cuenta de que no es tan común eso".

De ese sentido del humor de Gistau dan cuenta muchos de los artículos de El penúltimo Negroni, como aquel en que se enfrentó a una cucaracha la primera noche que durmió en casa de Romina en Buenos Aires, y que ella recuerda entre risas. "Yo pensé que estaba con Superman, un tío aguerrido que leía a Hemingway, que había sido reportero en Afganistán y decía que escribía porque estaba mal visto matar búfalos..., y resulta que casi me quema la casa por un bichito".

"Les digo lo mismo que Julio Camba cuando, prodigioso, hizo su presentación en estas páginas, hace exactamente un siglo: no me tomen demasiado en serio, pero tampoco demasiado en broma", escribió Gistau en su columna de presentación en ABC en 2013.

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Mensaje por Invitado » Mié 17 Mar, 2021 7:20 pm


Única grabación de la voz de don Miguel de Unamuno - El poder de la palabra (1931)

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Mensaje por Invitado » Dom 07 Mar, 2021 5:47 pm

El penúltimo negroni de David Gistau

Mensaje por Invitado » Vie 05 Feb, 2021 12:28 am


El penúltimo negroni de Gistau: Herrera recuerda al periodista, que no se irá mientras perduren sus columnas

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El penúltimo negroni de Gistau: el hijo, el padre, el amigo y el columnista contra los 'dandis'

En este libro de David Lema -con prólogo de Jabois- se homenajea y se entiende al hombre independiente, sarcástico y lleno de ternura que se fue, como su propio padre, demasiado pronto.

Lorena G. Maldonado

David Gistau fue muchas cosas, pero la fundamental es que fue un hombre de lealtades "casi mafiosas", un tipo con reglas internas que tenían que ver con la dignidad y la protección a los suyos -esos suyos que iban desde la familia a los amigos-, un escritor de columnas que se reencontraba con lo salvaje, con lo tierno y con lo atávico si se trataba de defender a su clan. A su tribu. ¿Habrá algo más honorable, aunque honor sea una palabra tan vieja? ¿Habrá algo más vulnerable, a la vez?

Contaba en una columna -que ahora cobra un sentido devastador- que no le bastó ver nacer a Luca, su primer hijo, para sentirse padre. Cogió al crío en brazos y no se sintió padre, desfiló por la habitación la familia y no se sintió padre; compró hamburguesas del Vips y recogió flores y no se sintió padre hasta que llegó la noche y vinieron las enfermeras a llevarse al niño al nido.

Se imaginó entonces a su hijo solo, abandonado en el pasillo, “a merced de cualquier orco o guepardo que pasara por ahí”: “Y fue esa indefensión del niño incapaz todavía de reñir sus peleas, de mi hijo, la que avivó un hondísimo instinto de protección por el que me abofeteó el descubrimiento de que yo era padre”, escribió.

Nunca se lamentó de que los dedos que servían para sostener Dry Martinis acabasen manchados de meconio. Nunca le dio pudor reconocer que él era un hombre atravesado por la paternidad, y también un escritor dominado por ella, alguien que se preparaba para las preguntas futuribles del vástago, alguien que se esforzaba por ser excelente, “por si acaso en el futuro le da por tomarme como ejemplo”. Quería que su hijo se sintiese seguro sólo sabiendo de su existencia; quería que saliese a vivir, algún día, sabiendo que “cualquier rescate” estaría tan sólo “a una llamada de teléfono”.

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Quería que su hijo fuera un hombre bueno, un hombre “con códigos” del que nadie pudiese decir “que falló como amigo”. Quería vivir largo para acompañarle en eso y en todo. Y quería, muy especialmente, que no se convirtiese en lo que él fue: un adolescente enfadado con el mundo porque se le murió el padre demasiado pronto. Quería dejar de fumar.

La obsesión del padre perdido

Decimos que Gistau fue un hombre atravesado por la paternidad, pero no sólo por la que encarnó como progenitor un tiempo breve, sino por la que perdió a los quince años súbitamente, por una maldita explosión de gas. Un niño, un adulto pendiente de la ausencia del padre del que dejó de esperar que llamase a la puerta de casa, del que olvidó -al final- su último número de teléfono, pero al que siempre tuvo extrañamente presente. Un día importante fue aquel en el que reparó en que ya había cumplido la edad con la que su padre había muerto y que, a partir de ahora, siempre que lo recordase, recordaría a un hombre más joven que él.

Ahora es incómodo, doloroso e injustamente conmovedor leer a Gistau en la pequeña biografía y la recopilación de artículos -políticos, culturales, personales- hilvanada por David Lema -El penúltimo negroni (Debate), con prólogo de Manuel Jabois-, porque uno entiende. Uno entiende quién fue el hombre. Se cierran algunas cosas, se intuyen otras, y una verdad secreta, trascendente y exacta se filtra por las grietas de lo que escribió David.

Él no sabía que iba a morir aunque se pasó la vida esquivando la muerte -desde su nacimiento deshidratado hasta el accidente en la piscina que casi lo deja en una cama del hospital de parapléjicos de Toledo-. Él no sabía que iba a morir, aunque escribía todo el rato desde la consciencia de que la vida era un regalo, por los trombos en el pulmón, por el gran amor encontrado a la tercera -con Romina Caponnetto-, por la domesticación del gamberro insolente que le habitaba en pos del gran hombre independiente y fuerte que conseguía hacer interesantes a los que le rodeaban. A los suyos.


Con el humor, contra las poses

Fue moderno, Gistau, y fue valiente y escéptico y desacralizador; fue culto sin imposturas, fue sarcástico sin ser cínico y fue cómico desde su inteligencia mordaz e irónica. Fue un niño asiduo a la madrileña y madridista marisquería Txangurro, en Doctor Fleming: fue un niño alegre de la mano de su padre, un niño sabio a caballo entre la pachanga de fútbol y la biblioteca. Fue un desenmascarador del dandismo, del malditismo, de la gravedad de las poses bohemias.

Fue un alumno de Periodismo de la Universidad CEU San Pablo que no pisó las clases, y menos mal, porque allí se encargan a fondo de quitarle la frescura a uno. Escribió horóscopos agudísimos, más fiables desde la chanza que los de Esperanza Gracia. Fue guionista y entretenedor. Fue un joven encantado de ir a la mili -a pesar de que no había mamado espíritu bélico-, pero, al reconocerle un trastorno de ansiedad, no le dejaron tocar pistola y lo pusieron a repartir medicamentos en la Enfermería: y qué lujazo.

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Fue un narrador incorrecto, sin moralejas ni moralinas, que vivía la vida para entenderla y la escribía por el mismo motivo, capaz de encontrar siempre la historia aun observando a una araña deslizarse por la tela de un cuartucho.

El casi amigo del Yiyo

Tuvo la deferencia de no emular a su querido Umbral -y de fantasear con un horizonte amigo de Hemingway-, y acabó convirtiéndose -por ese fino hilo del respeto- en un columnista imposible de imitar: que no den más vergüenza los que hoy lo intentan, por favor. En el verano de sus quince años conoció a un entrenador de fútbol que se sentía muy orgulloso de su amigo El Yiyo, y que le prometía que se lo presentaría y lo llevaría por primera vez a una plaza de toros, y nunca se pudo despedir de él -del maestro deportivo- porque en la última jornada de agosto lo escuchó llorar a gritos por la muerte de su colega el mataor. No supo qué decirle.

Sospecho que Gistau fue uno de esos amigos por los que uno, inequívocamente, lloraría a gritos. Uno de esos amigos que bien merecen una estatua junto a Las Ventas. Un crío que una vez tuvo un balón Tango que no usó porque estaba firmado por Juanito. El vecino más humilde de Quino que asumió sin fanfarronadas que ya había rebasado la edad en la que ser más interesante: allá en su tercer cumpleaños.

El que escribía de Cela y de Eastwood y de Lecquio y de Borges y de Norman Mailer y de su odio hacia Supermán. El que fue feliz, muy feliz, y pensó, al ver El desencanto de los Panero, que en esas infancias no había entrado nunca un balón de fútbol.

Jabois recuerda en el prólogo de este libro dos cosas fundamentales: que con Gistau no se ha muerto una “joven firma” ni un “heredero de Umbral”. En realidad se ha ido un hombre que quiso trascender para los suyos. Y uno siente, leyendo El penúltimo negroni, que sus hijos podrán encontrar a su padre bueno en estas páginas, y que, aun siendo adultos, le reconocerán.

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