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Antropología... etnografía, etnología, etc.

Mensaje por Invitado » Mié 04 Sep, 2019 8:28 pm


BRASIL (Tribu Akuntsu)
Los "Akuntsu" son un pequeño pueblo indígena de la Amazonia de sólo cinco integrantes. Son los últimos supervivientes conocidos de su pueblo y habitan en el estado de Rondônia, en el Brasil occidental. En pocas décadas el pueblo indígena akuntsu habrá desaparecido y nuestro planeta habrá perdido un pueblo, un lenguaje y una cultura únicos.

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Mensaje por Invitado » Mié 04 Sep, 2019 3:00 am


BRASIL (Amazonia: Selva y Asfalto)

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Mensaje por Invitado » Vie 02 Ago, 2019 2:38 am



Gitanos y Cobras (Cobra Gypsies)
Una aventura con los gitanos de la India (Subtitulado)

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Mensaje por Invitado » Sab 01 Jun, 2019 1:39 pm

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Sublime mañana lagarterana

Durante unas horas, el día que se celebra el Corpus, el pueblo toledano de Lagartera viste sus mejores galas y se adorna con valiosas telas bordadas

Vestida (o vestido) de lagarterana: todos hemos usado alguna vez esa expresión, y seguro que inapropiadamente si queríamos referirnos a un atuendo estrafalario, demasiado llamativo o inadecuado para la ocasión. Porque es verdad que el traje de fiesta tradicional de las hijas (naturales o voluntariamente adoptivas) de Lagartera, en el Campo Arañuelo, al oeste de la provincia de Toledo y cerca ya de la raya con Cáceres, es llamativo, pero nunca demasiado. Y menos aún estrafalario. Durante la celebración de su famoso Corpus, que ya está al caer (este año, el 23 de junio, el domingo siguiente al Corpus oficial), la riqueza y el colorido de sus corpiños bordados, sus mangas de lino plisadas, sus medias, calzas y borceguíes y sus faldas superpuestas alcanzan precisamente mediante el exceso decantado sabiamente durante siglos de selección y gusto colectivo una elegancia popular y suprema que deja sin aliento. Como decía William Blake, “el camino del Exceso lleva al palacio de la Sabiduría”, y algo de eso debió adivinar Sorolla cuando pintó dos hermosos cuadros con mujeres de Lagartera ricamente ataviadas que se pueden ver en su casa-museo de Madrid.

Lagartera ya es, durante 364 días, un bonito pueblo de la vega del Tiétar, en la comarca de Oropesa: es verdad que su núcleo histórico, el Toledillo, recuerda en pequeño a la capital de la provincia con sus calles estrechas, sus sobrias casas de ladrillo y mampostería y la imponente parroquia de granito del Salvador, gótica tardía y con soberbios artesonados. Pero un día al año, por la festividad del Corpus Christi y desde el siglo XVI, se transforma en una especie de ciudad encantada gracias a uno de los despliegues de arquitectura y ornamentación efímera populares más impresionantes de España. Estamos ante la versión más risueña y delicada y menos torva de la propaganda espectacular de la Contrarreforma.



Lagartera en el año 1968



Boda en Lagartera en 1963



LAGARTERA - CORPUS CHRISTI 2016


Lagarteranas y lagarteranos con Traje de Lagartera en la procesión 2017



Andiguela Jota Rabiosa - Lagartera Fiesta Traje de Trapillo

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Mensaje por Invitado » Vie 29 Dic, 2017 6:04 pm


Las bonitas tradiciones. Las noches de Ortega. :loker

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Mensaje por Depende » Jue 09 Nov, 2017 3:59 pm

El farmacéutico gallego

06 Nov 2017 ARTURO PÉREZ-REVERTE Patente de corso


Hay tópicos nacionales de todas clases: los portugueses melancólicos, los italianos caóticos, los alemanes de piñón fijo, los ingleses arrogantes, borrachos y egoístas. Y lo que quieran ustedes añadir al asunto. Muchos de esos lugares comunes son falsos, y otros —establezcan cuál o cuáles— corresponden a la exacta realidad. En España, como en todas partes, esos tópicos los tenemos en abundancia: los andaluces indolentes y graciosos, los aragoneses nobles y testarudos, los catalanes laboriosos pero lentos en sacar la cartera, y cosas así. Y uno de los más reconocidos es el de los gallegos. Me refiero a su proverbial hermetismo, magistralmente expresado en esa imagen del ciudadano al que te encuentras en la escalera y no sabes si está subiendo o bajando. O si está parado.

El otro día tuve ocasión de comprobar en carne propia que a veces los tópicos se ajustan a la más absoluta realidad. Al menos, en lo que a los gallegos se refiere. Me encontraba en Santiago de Compostela, alojado en el hotel donde lo hago cada vez que viajo allí, situado en un buen lugar de la plaza del Obradoiro, junto a la catedral. Se acercaba la hora de comer, así que cogí un paraguas y salí a dar una vuelta por una calle cercana donde abundan los restaurantes. Como animal de costumbres que soy, me encaminé directamente al que frecuento cuando estoy en esa ciudad, pero lo encontré cerrado. Me quedé indeciso, pues no conocía ninguno de los otros locales de esa calle, que son una docena. Y como en aquel momento me dolía la cabeza y necesitaba un Actrón —esos dolores de cabeza que le he prestado a mi amigo Lorenzo Falcó, y que en los años 30 él soluciona con aspirinas—, entré en una farmacia, aprovechando para pedirle al farmacéutico que me recomendase un lugar próximo. Un buen restaurante.

El farmacéutico, un tipo de mediana edad, con un acento tan gallego que parecía imitado y no real -estilo Manuel Jabois o Luis, el limpiabotas del Palace-, se me quedó mirando, inexpresivo.

—Buenos, lo que se dice buenos, hay muchos —dijo.

—Lo supongo —respondí—. Pero habrá alguno que pueda usted recomendarme.

Se rascó la cabeza.

—Hay varios, ¿eh?—comentó.

—Ya supongo.

—Unos mejores y otros no tanto, pero los hay buenos.

—Con que me diga uno es suficiente.

Volvió a rascarse la cabeza.

—El problema es que si le recomiendo uno, igual soy injusto con otros.

—Puede. Pero tengo hambre, ¿sabe?… Con uno dicho así, al azar, me las arreglo.

El farmacéutico encogió los hombros, fruncido el ceño.

—¿Prefiere carne, pescado o marisco? —inquirió.

—Me da igual —repuse esperanzado—. Lo que me apetece es comer bien.

—Es que algunos son mejores en carne, y otros en pescado y marisco.

Respiré hondo. Seis veces. O quizá fueron siete.

—A estas alturas me da igual carne que pescado. Se lo juro.

Volvió a rascarse la cabeza.

—No es lo mismo —objetó—. Porque cada uno tiene su especialidad.

Me metí el nudillo de un dedo índice entre los dientes y mordí fuerte.

—Por Dios… Dígame uno, carne o pescado. El que sea.

Se quedó pensando otro largo momento.

—Pues la verdad —concluyó— es que no me atrevo a decirle uno en concreto.

Decidí cortar por lo sano.

—¿A cuál suele ir usted?

—A veces voy a uno y a veces voy a otro.

—¿A veces?

—Depende. Unas sí y otras no. Pero casi siempre como en casa.

Me agarré al mostrador, tambaleante. La farmacia me daba vueltas.

—¿Y cuál fue el último restaurante al que fue?

—Pues fui a uno, pero no sabría decirle ahora cuál.

Estaba a punto de echarme a llorar. Saqué la cartera.

—¿Qué le debo del Actrón?

—Ocho euros con cincuenta y cinco céntimos.

Salí a la calle haciendo eses, mareado, y me metí en el primer restaurante que vi abierto. Y las cosas como son, oigan. Comí de puta madre.

__________

Publicado el 5 de noviembre de 2017 en XL Semanal.

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Mensaje por Invitado » Mar 22 Ago, 2017 7:24 pm

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Agafia Lykova durante su estancia en Tashtagol tras recibir el alta médica

Agafia Lykova, 70 años viviendo de espaldas a la civilización en Siberia

Una familia rusa se asentó en la taiga, aislada de todo contacto humano, hasta que fueron descubiertos por unos geólogos; la hija menor es la única superviviente


El clan Lykova, perteneciente a los viejos creyentes, huyó de la persecución religiosa de Stalin en 1936 en busca del aislamiento absoluto. Karp Lykova y su mujer engendraron y criaron a sus cuatro hijos, dos niñas y dos niños, en la taiga siberiana, bajo los preceptos de su religión. Construyeron un hogar a dos semanas andando (250 km.) del pueblo más cercano, Tashtagol, cerca de la frontera de Mongolia. Allí han vivido durante décadas, de espaldas a la civilización.

En medio de la desierta Siberia, en un claro cerca de las orillas del río Abakán, vive Agafia Lykova; una ermitaña de otro siglo. Sin electricidad o más transporte que sus piernas, la septuagenaria cultiva patatas y hortalizas, lanza la red de pescar y ordeña una cabra tal y como le enseñó su padre, el último en morir de los cuatro miembros de su familia, hace ya 28 años.

A mediados del siglo XVII, el líder de la Iglesia Ortodoxa Rusa, el Patriarca Nikon, introdujo reformas radicales en Rusia. Muchos creyentes no pudieron aceptar los cambios y se convirtieron en los llamados “viejos creyentes”, conservadores de una moral estricta y partidarios de la prohibición tajante de cualquier ‘pecado’ mundano: baile, alcohol, tabaco…





La familia vivió aislada sin contacto alguno con ningún ser humano más allá de ellos mismos durante 40 años hasta que un grupo de geólogos soviéticos dieron con ellos, por casualidad, en una de sus expediciones en 1978. Encontraron a cuatro personas –la madre había muerto poco tiempo después dar a luz a Agafia– viviendo como en la Edad Media y hablando una lengua que mezclaba el ruso y el antiguo eslavo, el idioma ancestral de Rusia. Fue entonces cuando se enteraron de que Stalin había muerto y que había habido una Segunda Guerra Mundial. También vieron la televisión por primera vez. Tres años más tarde, murieron los tres hermanos de un “mal resfriado”, explica Agafia en un documental de la agencia de noticias Russia Today.

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Desde que murió su padre, Agafia sólo ha contado con la compañía de uno de los geólogos, Erofey Serov, que se instaló en una cabaña a 50 metros de su asentamiento hasta que murió el año pasado. La mujer, cuyas uñas negras revelan años de trabajo en el campo, y cuyos dientes oscuros denotan una higiene escasa, sobrevive gracias a mantenerse activa constantemente. Sin ello, el frío del invierno siberiano, que puede alcanzar temperaturas de 50 bajo cero, acabaría con ella.

La vida mundana es aterradora. Lo peor es cuando ponen música y empiezan a bailar"


Si bien los Lykovs vivieron de forma autosuficiente, ahora la anciana recibe un poco de ayuda de personas que quieren echarle una mano y le envían por helicóptero algunos materiales y alimentos, como por ejemplo sacos de harina. Ahora bien, los paquetes no pueden llevar códigos de barras porque Agafia, educada profundamente en la fe religiosa, afirma que “los códigos de barras son señales de la Bestia”.

“La vida mundana es aterradora. Lo peor es cuando ponen música y empiezan a bailar. Todos los que disfrutan la danza viven en la infamia”, afirma la mujer que durante 35 años conoció el mundo exterior a través de las historias que le contaba su padre y una biblia rusa ortodoxa. De nada más.

Tras el descubrimiento de su existencia, un periodista ruso escribió en los años 80 varios artículos sobre su aislamiento y la familia se convirtió en un fenómeno nacional en Rusia. Desde aquello, Agafia ha viajado menos de una decena de veces fuera de su hogar durante cortas estancias, para conocer a otros viejos creyentes o para recibir tratamiento médico. De hecho, la semana pasada viajó a la región siberiana de Kemerovo para tratarse un dolor en las piernas. Avisó por radio, su único medio de comunicación, que necesitaba ayuda y la trasladaron en helicóptero a un hospital de la zona. A principios de esta semana le dieron el alta y ahora está esperando la posibilidad de volver a casa sobre uno de los helicópteros que sobrevuelan la reserva natural. Ella prefiere el aislamiento; la familiaridad de su fría, salvaje e inmaculada Siberia.



(Agafia. El documental de RT) Agafia Lykova, 70 años viviendo de espaldas a la civilización en Siberia.

Las cobijadas de Vejer

Mensaje por Invitado » Dom 20 Ago, 2017 2:45 pm

Un grupo de mujeres ataviadas con mantos de cobijada en una calle de Vejer (Cádiz).

La enigmática tradición perdida que se ha convertido en emblema de Vejer

La localidad gaditana mantiene el uso de un traje castellano que solo deja al descubierto un ojo y que muchos confunden con un burka

El ojo emerge del manto negro como única y luminosa referencia de la que se oculta. “Punza y penetra”, llegó a escribir el célebre viajero Richard Ford en 1845. No le falta razón. En la tórrida tarde de agosto, la enigmática cobijada posa envuelta, en su absoluta oscuridad, ante un fulgurante y blanco callejón de Vejer de la Frontera (Cádiz). Un turista se topa con la escena. Apresurado saca el móvil y dispara fotos sin piedad, antes de perderse por la esquina satisfecho por su hallazgo. Andrea Vallejo se desprende de su manto de cobijada mayor y se hace la luz. A sus 18 años no oculta “el enorme orgullo” que le produce vestir este traje típico, convertido hoy en santo y seña de un pueblo que pelea por conservarlo como parte de su genuina imagen.

Muchos creen erróneamente que el traje de cobijada o tapada de Vejer es una suerte de burka, heredado del pasado islámico del pueblo. Así lo atribuyeron y contaron viajeros románticos como el propio Ford o reputados fotógrafos como Jean Laurent, Kurt Hielscher u Ortiz Echagüe. No les faltaban motivos para caer en tal confusión. Cuando la cobijada vejeriega se tapa con su manto negro, a juego con el color de saya, se convierte en una figura de la que solo se advierte uno de sus ojos. Hasta en su filosofía pueden trazarse similitudes. “La tapada es austera por fuera y rica por dentro, como le ocurre a nuestros patios andaluces”, reconoce Juan Begines, jefe de Protocolo del Ayuntamiento de Vejer.

Sin embargo, el origen de esta prenda que cubre a la mujer es posterior a la presencia musulmana. Se remonta a los siglos XVII y XVIII y, en ese entonces, no era patrimonio exclusivo de las vejeriegas. “Esta manera tan particular de cubrirse la cabeza fue una costumbre arraigada en los reinos peninsulares. Poco o nada tiene que ver con el mundo musulmán, ni siquiera las prendas de ambas indumentarias [por el burka] usan patrones similares”, explica Juan Jesús Cantillo, doctor en Historia y director del Museo de Costumbres y Tradiciones de Vejer.

El traje de la cobijada seguía el modelo castellano de manto y saya que, incluso, llegó al continente americano donde evolucionó hacia otros modelos de trajes, como la tapada limeña. Con él se vestían y cubrían las mujeres, con independencia de su estatus social, para sus quehaceres diarios en la calle, como explica la historiadora del Museo Nacional del Traje Irene Seco, autora del artículo ‘Por tu capricho te pusiste el manto’. Las dos prendas están confeccionadas en lana merina negra y se atan fruncidas a la cintura. Cuando la mujer se descubre, la toca cae sobre la parte trasera de la falda y deja al descubierto su forro de raso blanco. Es entonces cuando también queda a la vista una camisa del mismo color que completa el traje junto a las enaguas. Justo esta camisa -o mejor dicho, la pomposidad y cantidad de encajes que llevaba en el pasado- es la única que permitía “distinguir la condición económica y social de la portadora”, según Cantillo.



La madre de Andrea, Leonor Gutiérrez, se conoce bien cada entretela del traje de cobijada. Ella misma ha confeccionado a mano el de su hija, en el que se le han ido cuatro metros y medio de terciopelo negro para la saya y el manto y más de 12 metros de tiras bordadas para la camisa, como reconoce orgullosa. Cuando designaron a su hija como cobijada mayor de este 2017, durante las fiestas en honor de la patrona de la Virgen de la Oliva del pasado 15 de agosto, Gutiérrez sabía cómo tenía que realizarlo gracias a la tradición oral. Y eso que el traje ha pasado décadas de decaimiento y a punto estuvo de desaparecer.

“El hecho de que esto fuese un pueblo castellano de la baja Andalucía que se mantuvo aislado favoreció que el uso del cobijado se conservase”, reconoce Begines. Tanto fue así que, en Vejer y Tarifa (allí con el nombre de tapada), el traje “se convirtió a lo largo de los siglos XIX y XX en una seña de identidad local y de referente a la tradición, en buena parte, a través del tamiz de los viajeros románticos”, como apunta Seco. Pero el halo de misterio que conlleva la toca, hizo que la República lo prohibiese en 1936 ya que “podía enmascarar delitos”, como explica Cantillo.

Cuando, en la década de los 40, se quiso recuperar ya era tarde. La posguerra obligó a reconvertir las piezas en mantas, colchas y otras prendas. Hoy solo se conserva uno anterior a 1936, en el Museo Nacional del Traje de Madrid. Sin embargo, Vejer siguió ligado afectivamente a la pieza, como reconoce Begines: “Yo, con 64 años, he vivido cuando a las señoras mayores les daba pudor salir a la calle sin su cobijado, por lo que se cubrían con un pañolón”.

La localidad gaditana podría haber dejado perder la prenda castellana, pero con la llegada de la democracia, en los años 70, le dio un giro de tuerca, lo convirtió en su traje típico. Como aún así era difícil fomentar su uso, en los 90, lo vinculó a la reina y damas de las fiestas en honor de la Oliva, que pasaron a ser cobijada mayor y de honor, respectivamente. Con el reciente despunte de Vejer como destino viajero de moda, el Ayuntamiento ha convertido la figura de la cobijada en un emblema señero de la localidad: tiene una escultura (tan enigmática como las de carne y hueso) junto a las murallas de la ciudad; otra a la entrada del pueblo y los establecimientos emplean su nombre o silueta como reclamo comercial.

También es objeto de codiciado deseo entre las niñas y adultas que quieren representar a su pueblo en las fiestas y diversos actos institucionales durante todo el año. Tras ese tiempo, las siete seleccionadas en la categoría adulta e infantil guardan el traje con celo y orgullo. Así lo hará Andrea, que ya fue cobijada de honor cuando era niña y ahora vuelve a vestirse como adulta. En septiembre, se marchará fuera a estudiar Psicología y tenía claro que este verano tenía que quitarse la espinita de repetir: “Soy muy del pueblo, me gusta su historia y sus tradiciones. Me presenté como despedida de Vejer y me han acabado eligiendo como cobijada mayor. No puedo estar más contenta”.

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Mensaje por Invitado » Mar 11 Jul, 2017 2:14 am

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Una boda gallega

Manuel de Lorenzo


CUALQUIER CELEBRACIÓN suele tener algo que ver con lo cuantitativo. La forma de celebrar que tu equipo se ha proclamado campeón –o ha evitado el descenso, que en muchos casos es otra forma de ganar– consiste en hacer lo mismo de siempre, pero en mayor cantidad. Quedas con tus amigos en el bar, os dais más abrazos y palmaditas de lo habitual, en lugar de dos o tres copas os bebéis diecisiete por cabeza y se acabó. Se puede dar el asunto por celebrado.

Con los cumpleaños, las Navidades, las cenas de fin de curso o cualquier otro festejo ocurre lo mismo. Te reúnes para comer con tus amigos, tus seres queridos o tus compañeros de clase y, en lugar de un menú normal, pones a prueba tu estómago con tres platos y un postre. La celebración, en estos casos, se basa en comer más de lo normal. Una Nochebuena o una fiesta patronal no se celebra con una ensalada o un plato combinado. Una celebración, por lo general, es una cuestión de proporción.

Sin embargo, esta regla encuentra su excepción en las bodas. No cabe duda de que éstas descansan sobre la idea de enormidad, pero en ellas no sólo se produce una diferencia de carácter cuantitativo, sino también cualitativo. La celebración de una boda no sólo consiste en hacer lo mismo de siempre pero en mayor cantidad. Es un evento que discurre en un plano paralelo a la realidad. Se compone de momentos que, si se consideran de forma aislada, resultan extraños y disparatados, pero en el contexto de una boda todo el mundo los acepta con normalidad. Una curiosa singularidad que encuentra su máxima expresión cuando se trata de una boda gallega.

Pero en éstas, además, la cuestión de la proporción es fundamental. La semana pasada participé en la primera de las cinco a las que asistiré este año y que se sumarán a las cuatro del verano pasado y a las tres del anterior. Es indiferente. Salvo pequeños matices, todas las bodas gallegas son la misma boda. La de la semana pasada duró un poco menos de lo normal. Apenas llegó a los dos días. Comenzó por la mañana, se extendió durante toda la tarde, se prolongó por la noche y dio sus últimos coletazos al día siguiente hasta el mediodía. Una boda gallega, por definición, siempre debe tener algo de bacanal romana. Si uno se va de boda un sábado por la mañana y no despierta ya el lunes para ir a trabajar, no es una boda gallega.

Al llegar a la iglesia, un desconocido me saludó, me abrazó con fuerza y me dijo que llevaba un buen rato esperándome. Cuando le comenté que no nos conocíamos de nada puso cara de estar hallando la raíz cuadrada de dos y, entre risas, concluyó: "Perdona, es que llevo diez cañas y estoy un poco perjudicado". Diez cañas a las doce de la mañana es algo que no se entiende fuera del marco de una boda. Mientras tanto, el resto de los asistentes a la ceremonia aplaudían con rabia la llegada del novio y, unos minutos después, la de la novia, a los que se jaleaba desde los bancos y se les piropeaba a voz en grito. Si no parece la presentación de los jugadores en el All-Star de la NBA, no es una boda gallega.

Hacia el final salí a fumar y, en la puerta de la propia iglesia, uno de los invitados me invitó a unas cervezas que guardaba en una bolsa nevera en el maletero de su coche. Cuando la ceremonia terminó y nos acercamos a tomar los aperitivos previos al banquete, un invitado que estaba delante de mí en la barra le dijo al camarero: "Otro whisky con Coca Cola". Otro. No uno, no. Otro. Ese hombre se estaba tomando, como mínimo, el segundo. Si no se bebe como si al día siguiente se fuese a promulgar la Ley Seca, no es una boda gallega.

El banquete duró de tres de la tarde a diez de la noche. Cuando sirvieron los licores, eran las diez y cuarto. Por el camino se sucedieron bandejas inagotables con langostinos, zamburiñas, cigalas, centollos y vieiras –la llegada de las vieiras se anunció por megafonía y los camareros salieron de la cocina en fila india, caminando a modo de marcha militar, llevando las bandejas en alto–, cerrando el menú la lubina y el solomillo. A eso de las dos de la mañana, mientras cuatro generaciones distintas bailaban El venao, se sirvieron alrededor de cuatrocientas minihamburguesas. Un par por cabeza. Alguien me dijo en cierta ocasión que, en Galicia, un buen banquete de boda no se mide por lo que se come, sino por lo que sobra. Si después de haberte atiborrado a manjares no sigue habiendo comida para otras dos bodas más, no es una boda gallega.

En una boda normal se lanzan puñados de arroz al salir de la iglesia, se llena el coche de los novios con globos, se entregan regalos y se bailan congas durante el banquete, la novia le regala la liga a una amiga, al novio le cortan la corbata en pedazos y se la reparten entre sus amigos, se entregan las figuras de la tarta a una pareja invitándola a casarse, etcétera. Y todo esto en medio de esa especie de baile de disfraces en que suele consistir una boda –empezando por los chaqués y los vestidos imposibles y terminando por el vestido de novia: ¿quién diablos se viste así?–. Cualquier boda normal, como decía, tiene algo que ver con el surrealismo. Pero eso no es nada comparado con una boda gallega.

En la de la semana pasada había falsos paquetes de regalos de cuyo interior, de repente, salieron corriendo docenas de gallinas en estampida. Creo que con eso está dicho todo. Que alguien se lo explique a Buñuel.

Primeros 'Homo sapiens', en Marruecos

Mensaje por Invitado » Mié 07 Jun, 2017 7:06 pm

Restos de una mandíbula hallados en Jebel Irhoud (Marruecos).

Hallados en Marruecos los restos de los primeros 'Homo sapiens'

El yacimiento de Jebel Irhoud, de 300.000 años, desplaza la cuna de la humanidad al norte de África



Reconstrucción de un cráneo a partir de los restos de Jebel Irhoud.
La cuna de la humanidad se desplaza a Marruecos. Un equipo de científicos ha descubierto en el yacimiento de Jebel Irhoud restos humanos de 300.000 años, que atribuyen a los orígenes de nuestra especie. Hasta ahora, los primeros Homo sapiens aparecían de repente en la historia, como caídos en un paracaídas hace 195.000 años sobre algunos puntos de Etiopía.

El yacimiento marroquí se conoce desde 1960, cuando unos mineros se toparon con cavidades habitadas en el Paleolítico. Entonces se desenterraron varios fósiles humanos, asociados a afiladas herramientas de sílex. Los restos se dataron en 40.000 años y luego en 160.000 años. Ahora, un equipo dirigido por el paleoantropólogo francés Jean-Jacques Hublin ha hallado más fósiles humanos, incluidos fragmentos de una calavera y de una mandíbula. Una nueva datación, con las últimas tecnologías, apunta a que estas personas vivieron hace unos 300.000 años.

Los restos de Jebel Irhoud sugieren que la cara de aquellos humanos pasaría desapercibida hoy en cualquier calle. Su cráneo, sin embargo, era achatado, no alto como el de los humanos modernos. “Los llamamos Homo sapiens porque pertenecen a los orígenes de nuestro linaje. Pero no pretendemos que sean humanos modernos, gente como nosotros, porque su cerebro todavía tenía que evolucionar hasta ser como el nuestro. ¡La evolución existe!”, explica Hublin, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Leipzig (Alemania).

El 'atapuerca' de los 'Homo sapiens'

El antropólogo británico Chris Stringer y su colega Julia Galway-Witham lo tienen claro: los restos de 300.000 años hallados en el yacimiento de Jebel Irhoud son “los fósiles de Homo sapiens más antiguos”. En un artículo de análisis publicado en la revista Nature, Stringer y Galway-Witham, del Museo de Historia Natural de Londres, animan a revisar las actuales ideas sobre la evolución humana en África.

Los fósiles de Jebel Irhoud “pueden iluminar la evolución de nuestra especie de manera equivalente a cómo los fósiles de neandertales tempranos de la Sima de los Huesos, en Atapuerca, han proporcionado información sobre el desarrollo de los neandertales”, escriben los autores en Nature. Hace 430.000 años, al menos 28 niños y adultos quedaron sepultados en una cueva de la Sierra de Atapuerca, en Burgos. Su ADN muestra un parentesco cercano con los neandertales. Y sus restos han iluminado la vida de esta especie, prima de los sapiens.

El nuevo hallazgo, que se anuncia hoy en la revista Nature, sugiere que la emergencia de los Homo sapiens llegó tras un proceso evolutivo que implicó a todo el continente africano. Otro cráneo fósil, descubierto en 1932 en Florisbad (Sudáfrica), ha sido datado provisionalmente en 260.000 años. Con los fósiles que hay hoy sobre la mesa, la comunidad científica sostiene que los Homo sapiens surgieron en África a partir de los Homo heidelbergensis, una especie más arcaica.

“Homo sapiens era hasta ahora la especie sin pasado. Aparecía como de la nada en el registro fósil africano hace 200.000 años”, reflexiona la paleoantropóloga María Martinón Torres, investigadora del University College de Londres. En su opinión, el hallazgo de Jebel Irhoud “cubre un vacío bastante importante sobre el origen de Homo sapiens”. Sin embargo, es escéptica con la clasificación.

“Lo que no tengo tan claro es que podamos llamarlos Homo sapiens, porque todavía no tienen las características que definen a los humanos modernos, como el cráneo alto y el abombamiento parietal, que sí están presentes en otros Homo sapiens arcaicos, como los de los yacimientos de Qafzeh (Israel) o incluso el de Herto (Etiopía)”, expone. Para Martinón Torres, lo de Jebel Irhoud son “presapiens”, hasta que se demuestre lo contrario.

El genetista Carles Lalueza-Fox, uno de los mayores expertos mundiales en ADN antiguo, también recela de las conclusiones de Hublin. “Que haya restos parecidos a los primeros Homo sapiens no es incompatible con el hecho de que todas las estimaciones genéticas siguen situando el origen de la diversidad genética actual en unos 200.000 años”, opina.

El yacimiento de Jebel Irhoud (Marruecos), nueva cuna de la humanidad.

Como buen genetista, Lalueza-Fox, del Instituto de Biología Evolutiva de Barcelona, cree que el concepto de especie es algo arbitrario. “El panorama del ser humano en África en los albores de nuestra especie es mucho más complejo de lo que nos habíamos pensado. Probablemente coexistieron formas muy diversas con morfologías más o menos modernas junto con otras más primitivas, y sin duda por todo el continente”, hipotetiza.

El geólogo Juan Cruz Larrasoaña ha colaborado con Hublin en la reconstrucción del clima del norte de África durante el Paleolítico. “Debido a la configuración de la órbita de la Tierra, hay periodos en los que el clima del Sáhara fue más apto para la especie humana. Se expandieron los ríos y la sabana”, señala. “El Sáhara no siempre fue una barrera”, subraya Larrasoaña, del Instituto Geológico y Minero de España. “Aparecerán fósiles de edades insospechadas en lugares inesperados. Y cada hallazgo desmontará algún paradigma”, sentencia.


El planeta de los simios

Mensaje por Invitado » Mar 19 Jul, 2016 12:48 am

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Un mono con una pistola en Hellboy, de Mike Mignola.


El planeta de los simios

Perroantonio


Si el Islam fuera el problema habría que concluir que se dedica con mucho ahínco a causar víctimas entre sus propias filas. Así que debe haber otras razones.

El principal problema del mundo es que los seres humanos son básicamente animales idiotas que confunden tener inteligencia con haber aprendido a leer y escribir, sin que ello les haya llevado a entender absolutamente nada del funcionamiento de la existencia en general y de su papel individual en ella. El principal problema es que heredamos creencias y costumbres como quien hereda un hígado y lo divertido es que creemos que son «propias» y que ser fieles a ellas es una virtud a la que llamamos «coherencia».

Hay bases genéticas para que nuestro comportamiento se parezca al de los rebaños de mamíferos, aunque como especie hayamos evolucionado como un mono carnicero, violento y —lo que quizá sea el rasgo más importante— tozudo e incansable. Ningún otro animal puede dedicar toda su vida a una «causa mental», sea batir el récord de inmersión en apnea, la conversión del plomo en oro o la conversión de los infieles.

Cuando un zumbado se propone un objetivo y resulta ser lo suficientemente convincente, obcecado y tenaz, démonos por jodidos porque parte del rebaño le seguirá adonde vaya. Y el mensaje que triunfa es siempre el mismo: una vida sin preocupaciones ni obligaciones ni sobresaltos, regalada y en paz; es decir, un futuro venturoso o dos futuros venturosos, como prometían Los Luthiers a su chaparrita.

En su versión benévola, el mono desnudo se conforma con la utopía postmortem y, del mismo modo que recibe esos sellos de la compra que se pueden canjear por una sartén, va acumulando sellos ficticios de bondad esperando la resurrección de la carne en el paraíso (sin sexo para los cristianos, que como ya no necesitarán reproducirse tampoco necesitarán gozar, y con orgía perpetua y sustancias psicotrópicas para los islámicos). En sus versiones duras, la consecución de la sociedad feliz requiere ingeniería abrasiva, lo que incluye matanzas, exterminios y toda la gama de acciones cruentas que los pacíficos empleamos con la ganadería. No me voy a molestar en citar la historia porque está pasando, lo estás viendo y si no te enteras es porque eres gilipollas.

Todo lo que hacemos en la vida lo hacemos para calmar el estrés y la incertidumbre. El estrés nos levanta, nos estimula y nos da vida —y por eso lo alimentamos con sustancias o actividades de riesgo—, pero también nos agota y nada deseamos más que el descanso, el sueño y la falta de preocupaciones… para cargarnos de energía, volver a acumular estrés y desear más paz. Esa promesa cotidiana de tranquilidad, de reposo es el motor que nos mueve día a día, así que no es extraño que los más idiotas entre los idiotas sean capaces de inmolarse en sacrificio para obtener una recompensa inmediata tras la que alcanzarán la paz, la tranquilidad, el disfrute eterno… y un poco de gloria para alimentar el narcisismo.

El mono estúpido, presa de su hiperactividad, sólo busca la calma, y unos la encuentran leyendo, otros tocando el banjo, otros pintando y otros haciendo submarinismo, pero los más briosos y dominantes no se conforman con hacer macramé para calmar su ansiedad y quieren salvarnos a todos de nuestra vida miserable actual y conducirnos a un futuro venturoso, queramos o no.

Desgraciadamente, la selección natural, la selección sexual y la selección cultural del rebaño siguen prefiriendo a estos mandriles de soluciones «fáciles» y despreciando las antiutopías trabajosas que no prometen felicidad inmediata, sino complejidad, esfuerzo y trato diario y diplomático con los diferentes (que también son idiotas, como tú) con la esperanza de que no nos hagamos demasiado daño.

Incluso los que buscan elevarse de su triste condición de mono erguido siguen actuando como el viejo simio. Hace unos años, en 1995, y por estas mismas fechas, cruzó el firmamento el cometa Hale-Bopp. Un astrónomo aficionado sacó una fotografía y por una aberración óptica y porque era estúpido vio, ejem, interpretó que al cometa le seguía una nave espacial de origen extraterrestre. Unos monos del género homo dizque sapiens que se agrupaban en una secta llamada Heaven’s Gate (La Puerta del Cielo) y cuyo proyecto estúpido y contumaz consistía en evolucionar hacia seres superiores y espirituales que abandonarían la Tierra para llegar a un planeta extraterrestre donde reinaba la armonía, decidieron que era el momento. En una liturgia colectiva y previa castración de los hombres para abandonar el deseo que los ataba a los instintos animales, se suicidaron 39 personas con la esperanza de que sus espíritus llegaran hasta la nave extraterrestre que seguía al Hale-Bopp.

«Sin esperanza, con convencimiento», decía el poeta. Sin esperanza, sin convencimiento y viendo crecer las plantas y cantar al chochín. Me siento tan ajeno a las pulsiones animales de mis contemporáneos, a sus ejercicios de poder y representación, a sus «cosmovisiones» y a sus filosofías que muchas veces me pregunto qué cojones hago aquí y por qué no reacciono convenientemente a la inseminación ideológica y costumbrista. Me faltará una hormona. O un hervor. O quizá soy uno de los más idiotas entre los monos, que tampoco me atrevería a descartarlo.

Lo cual que progresan los tomates a pesar de los insectos y aunque parece estar muriéndose el limonero reverdecen el laurel y el bambú sagrado.

El enterrador de Pedernales - Manuel Jabois

Mensaje por Invitado » Mar 19 Jul, 2016 12:41 am

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Froilán Cevallos frente a uno de los ataúdes abandonados después de las últimas exhumaciones.


El enterrador de Pedernales

Tres meses después del terremoto, Froilán Cevallos cuenta su historia: "Yo debajo de la cama donde duermo tengo un muertito entero que me protege"

Manuel Jabois




El día en que Pedernales tembló, su enterrador, Froilán Cevallos, se echó al suelo para abrazarlo.

-Me sacudía tanto que parecía que se me estaba batiendo hasta el cerebro. Cuando alcé la mirada todo era una polvareda. No se escuchaba la caída de los edificios sino el rugir de la tierra. Batía el suelo como un movimiento de olas. Si llega a demorar un minuto entero estaríamos todos muertos.

A Lys Arango, periodista y responsable de prensa de Acción contra el Hambre, Cevallos le contó que a los pocos días vio llegar a su cementerio a sus hermanos y sus amigos metidos en féretros.

-Los que no cupieron o los que no tenían dinero para costearse los gastos, fueron apilados en fosas comunes. Vi cómo las máquinas levantaban cabezas, pedazos de brazos y piernas e iban a parar a las escombreras. El Gobierno dice que fallecieron cerca 100 personas en Pedernales, pero nosotros sabemos que hubo muchos más.

Le pregunté a Arango cómo es un terremoto. Ella acudió a Ecuador tras el primer seísmo. Días después, junto a otros trabajadores de la ONG, se encontraba hablando con varios supervivientes cuando la tierra empezó a tabletear y finalmente se quebró, provocando un colapso en la puerta del edificio en el que se encontraban.

-El suelo salta, se rompe -dice

De aquella charla de la ONG hubo gente que salió arrastrándose por el suelo moviéndose con los codos como en un ejercicio militar. De sus casas no quedaba casi nada, sólo alguna pared y un techo. Pero habían dejado a sus hijos en ellas.

Cuando la tierra tiembla en Pedernales Froilán Cevallos piensa en sus muertos. Lys Arango fue a visitarlo al cementerio: lo encontró junto a su hijo y tres muchachos preparando una tumba a la que trasladar el cuerpo de una mujer y su hijo, enterrados en una bóveda ajena. “Yo soy analfabeto, nunca fui a la escuela”, le dijo. “Mi hijo viene a ayudarme porque me ve viejito, y eso le honra. Yo aprendí desde muy niño a trabajar en el campo, con el machete: me hizo persona de bien”.

Cuando ocurrió el terremoto lo primero que hizo Cevallos fue subirse a la moto y acudir al centro a ver qué había ocurrido. Entró así en una película de terror: no había electricidad y los faros de la moto iluminaban edificios caídos, gente gritando y pidiendo auxilio. Escuchó voces que avisaban de la llegada de un tsunami y se acercó al malecón (“soy hombre de mar”). Pero la única ola que se acercaba a Pedernales, dijo, era de ladrones. Saquearon almacenes y casas en la misma noche del terremoto.

Ocurrió a las 18.58 del 16 de abril; en ese momento Ecuador sufrió un temblor de 7,8 grados de magnitud durante 45 segundos; provocó 661 muertos, y la ciudad peor parada fue Pedernales: allí apenas quedaron unos pocos edificios en pie.

“Cuando yo estaba abrazado a mi tierra prometí que de mi Pedernales (pone los dedos pulgar e índice en cruz sobre su boca y los besa haciendo un ruido sonoro) jamás me iré. Mejor me muero. Nací aquí y aquí voy a morir", le contó a Arango. Esa misma noche sacó cadáveres de los escombros y de mañana, sin dormir, buscó huecos en el cementerio. Esas nuevas tumbas no tienen adornos, no tienen cruces, no tienen fechas. Algunas incluso no tienen nombre. Porque están hechas, dijo, “a la desesperación”.

Después de decenas de llamadas se quedó sin teléfono; una mala noticia en un pueblo es que al enterrador se le acabe la batería.

La relación de Froilán Cevallos con los muertos comenzó a los 17 años, cuando abrió su primer cadáver. Él habría querido ser forense, pero como sus padres no le llevaron a la escuela se fue a pedir trabajo a la morgue. “Me dediqué a andar con los muertos”, dice. Y se iba solo allí para ver el trabajo que hacían los médicos para tratar mejor, con más cariño, “a mis muertitos”.

Le llegaron a ofrecer dinero por un cadáver, algo que no sólo es delito “sino pecado”. Dijo que cuando entra un muerto está él para hacerle respetar: él sabe que los muertos le quieren. Hace años un accidente de avioneta terminó con dos mexicanos en la tierra de Pedernales; fue sonado: llevaban 1,3 millones de dólares. Hasta que se decidió el destino de los cuerpos (se les hizo la autopsia para comprobar que no llevaban droga en el cuerpo) Froilán Cevallos se ocupó de ellos, echándole cal para que no se pudriesen, pues en la morgue de Pedernales no hay cámara frigorífica.

No es su experiencia más cercana con un muerto: vive con uno.

-Yo debajo de la cama donde duermo tengo un muertito entero -le contó a Lys Arango.

Hace cuatro años se encontraba tomando unos tragos cuando a las 5.30 de la mañana escuchó unos ruidos. Se acercó al lugar de donde procedían y vio a “dos pendejos” cargando un saco enorme, así que Froilán Cevallos agarró un machete y fue tras ellos.

-A la carrera dejaron el saco tirado y se largaron en una moto. Yo lo recogí y vi que dentro había un muertito. Puros huesos. Me lo cargué al hombro. Cuando amaneció llamé a la policía judicial, a la criminalística y pudimos encontrar a la familia. Me dijeron que esto había ocurrido porque debían un dinerito, pero ellos no querían al muerto. De modo que me lo llevé a mi casa.

El muerto de Froilán Cevallos se llama Lisandro Cotera, pero en casa le llaman Don Liso. Duerme debajo de su cama y “ya es parte de la familia”.

-Tengo perro, tengo gato, tengo chancho, tengo gallinas, tengo mis muchachos, tengo mi esposa y tengo mi muerto. Él nos protege.

Antropología... etnografía, etnología, etc.

Mensaje por Invitado » Dom 08 May, 2016 7:15 pm

La tremenda

Javier Marías Martes 03 de mayo de 2016,


UNA de las cosas más agotadoras de nuestro país –aunque no sólo de él– es que, de un largo tiempo a esta parte, todo se tome a la tremenda y con enormes dosis de exageración. Hechos, declaraciones, bromas, opiniones que hace unos años habrían pasado casi inadvertidos son hoy pretexto para que los periodistas, tertulianos, tuiteros y demás, se mesen los cabellos y se rasguen las vestiduras. Bueno, ojalá fuera eso. En realidad sus camisas y sus cabelleras permanecen intactas, y los que quedan andrajosos y despeinados son los objetos de su ira, y cualquiera lo podemos ser. Basta con que alguien meta la pata (poco o mucho), con que se muestre guasón respecto a un colectivo o individuo “blindados” por la corrección política actual, con que diga que está harto de los dueños de perros y de la ridícula adoración que les profesan, o de los ciclistas imbuidos de superioridad moral respecto a los peatones; con que no condene abiertamente los toros, con que tenga dinero fuera del municipio en el que vive, con que critique a una mujer (insisto, a una, no al conjunto de ellas), con que desdramatice la derrota de su equipo de fútbol, para que sobre ese alguien caiga un alud de reproches, censuras, anatemas e insultos, cuando no amenazas de muerte y mutilación. Los españoles vivimos, de nuevo, en constante indignación. Pero, dado que no nos faltan motivos para ella, lo que resulta difícil de explicar es por qué los seguimos buscando donde no los hay. Es como una adicción: cada día tiene que haber algo nuevo que nos soliviante y escandalice, que suscite nuestra condena y haga salir de nuestra boca las reconfortantes palabras “Es intolerable”, o bien “Hay que castigar a esta persona, o a esta empresa, o a esta institución”. Hace poco, el autor de un libro crítico con muchos de los que escribimos en prensa sin ser “expertos”, declaraba que con su denuncia no pretendía que se pusieran límites a la libertad de expresión, pero a la vez pedía que se “despidiera”, “expulsara” o “eliminara” (sus verbos) a los opinadores que le desagradan tanto. Me temo que esa es la hipócrita actitud de buena parte de nuestra sociedad: que cada cual diga lo que quiera, pero ay del que diga lo que a mí me parezca mal, porque entonces procuraremos su linchamiento virtual, su despido, su expulsión y su eliminación.

Lo peor es que la mayoría de los “linchados” se achanta. Hay algo muy semejante al terror a ser señalado por la jauría de tertulianos, tuiteros y locutores justicieros que aguardan con avidez la aparición de un nuevo reo. La gente tiene pánico a ser tachada de sexista, machista, racista, antianimalista, imperialista, colonialista, eurocéntrica (no sé qué se espera de un europeo: ¿que adopte una mirada china, argentina o pakistaní? Lo veo un tanto forzado, la verdad). Poco a poco ese temor conduce a la autocensura y a andarse con pies de plomo, porque esos pecados no sólo se atribuyen a quienes en efecto los hayan cometido, sino a cualquiera que no se una, siempre y en toda ocasión, a la vociferación condenatoria. A mí me parece muy preocupante una sociedad que cada vez se parece más a esas personas que merodean a las puertas de los juzgados para insultar y lanzar maldiciones al detenido de turno, normalmente esposado y por lo tanto indefenso en esos momentos, por grave que sea el delito del que se lo acusa. Se trata de una sociedad ávida de sangre (hasta ahora sólo metafórica, por suerte), que cada mañana da la impresión de levantarse con la siguiente ilusión: “A ver quién cae hoy”. Tan grande es la ilusión que si no cae nadie con motivo, se inventa o se magnifica alguno para no quedarnos sin nuestra ración.


Claro está que no toda la sociedad es así. Entre nosotros sigue habiendo gente ecuánime, razonante, proporcionada, que sabe restar importancia a lo que no la tiene. Pero lo propio de esta gente es permanecer callada, o al menos no alzar la voz, de tal manera que lo que predomina y se oye es el griterío incesante de los airados, de los furibundos, de los que desean despedir, expulsar y eliminar. Estamos en una peligrosa época en la que se consienten y admiten hasta la más peregrina susceptibilidad y la más arbitraria subjetividad. “Si yo me siento ofendido, hay que escarmentar al ofensor”, es el lema universalmente aceptado, sin que casi nunca se pongan en cuestión las excesivas suspicacia o sensibilidad o intolerancia de los supuestamente ofendidos. La prueba es que muchos de los anatemizados se disculpan mediante la siguiente fórmula: “Si he ofendido a alguien con mis palabras o mi comportamiento, le pido perdón”. Siempre habrá “alguien” en el mundo a quien agravie nuestra mera existencia. Ya va siendo hora de que algunos contestemos de vez en cuando: “Si he ofendido a alguien, me temo que es problema suyo y de su delicada piel. Quizá convendría que acudiera al dermatólogo”.

La naturaleza no cree en el amor

Mensaje por San Valentín » Dom 14 Feb, 2016 7:39 pm

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Cantaba Deluxe: El amor no es lo que piensas


La naturaleza no cree en el amor

El amor romántico puede no estar inscrito en nuestra biología, como muchos otros rasgos que después de un reciclaje evolutivo se han convertido en aspectos muy humanos


Hay una anécdota, probablemente apócrifa, protagonizada por el presidente de EEUU Calvin Coolidge y su esposa Grace que ilustra un fenómeno amenazador para cierta idea del amor. Durante una visita a una granja de pollos, la pareja avanzaba en grupos separados y le tocó a la Primera Dama llegar antes a la zona utilizada para cruzar a los gallos y a las gallinas. Allí, después de que un empleado explicase el proceso, la señora Coolidge le planteó una duda: "¿Cuántas veces al día monta el macho a las hembras?". "Muchas veces", respondió el granjero. Y ella remachó: "Pues ahora, cuando el presidente pase por aquí, se lo cuenta".

Cuando el presidente llegó al mismo punto de la visita, el empleado le dio el recado que había dejado su esposa y dejó pensativo al presidente. "Entonces, dígame, ¿el gallo elige siempre a la misma gallina cada vez que lo hace?". "No, no, a una diferente cada vez", respondió el granjero. "Por favor", contestó el presidente, "cuéntele eso a la señora Cooldige".


Algunos rasgos de nuestra fisiología, como el tamaño y la forma del pene, muestran que no hemos evolucionado para entregarnos a un solo amor



Esta historia es la que da nombre al Efecto Coolidge, un término empleado por los biólogos para explicar un fenómeno habitual entre los mamíferos. El interés sexual, en particular entre los machos, se incrementa ante la presencia de nuevas parejas. Por eso, quizá sea deseable cierto grado de escepticismo cuando cuatro hombres cantan que solo piensan en ti.

Aunque el efecto Coolidge se ha observado con más intensidad en los machos, algunos rasgos de nuestra fisiología muestran que, probablemente, tampoco ellas evolucionaron para entregarse a un solo hombre. La evolución es una batalla cruenta en la que hay que adaptarse a circunstancias cambiantes para no quedarse en el camino y de esa batalla quedan vestigios que nos pueden dar una idea de cuáles eran las amenazas que se afrontaron.

Gordon Gallup, psicólogo evolutivo de la Universidad del Estado de Nueva York, ha realizado una serie de experimentos para tratar de explicar la forma del pene humano, de mayor tamaño que en otras especies de grandes simios, incluidos los gorilas. Su longitud y la peculiaridad de su forma, con el glande en la punta, podría haber aparecido para actuar como una especie de bomba de vacío que extrajese el semen de machos anteriores. Esto implicaría que las hembras también tienen tendencias promiscuas.


Que haya rasgos promiscuos en nuestra naturaleza no implica que no podamos aspirar a sobreponernos a ellos si eso nos parece lo correcto



La diferencia de intereses evolutivos entre hombres y mujeres también habría producido un desfase entre los ritmos sexuales de ambos. Según esta hipótesis, ellas estarían preparadas para tener relaciones sexuales consecutivamente. Después, en el interior de su aparato reproductivo, se realizaría la selección del espermatozoide más adecuado para la fecundación. Esto explicaría porqué la eyaculación masculina es normalmente única y relativamente rápida y las mujeres están preparadas para sesiones de sexo más prolongadas y con varios orgasmos, o el motivo de los excitantes gritos femeninos, que cumplirían la función de atraer a nuevos candidatos a la paternidad.

Ejemplos como los anteriores sugieren que el ideal del amor con exclusividad sexual incorporada, probablemente, no forma parte de nuestra naturaleza. Quizá por ese motivo, precisamente, es una aspiración compartida por millones de personas en el mundo. Poca gente desea con tanta intensidad algo que puede conseguir con facilidad. No obstante, como recordaba en Materia el antropólogo Michael Tomasello, conocer determinados rasgos de nuestra naturaleza no implica que no podamos aspirar a sobreponernos a ellos si eso nos parece lo correcto. El racismo es un mecanismo integrado en nuestra biología y eso no significa que tenga que ser aceptable.

Por otro lado, la evolución es un proceso continuo, y los humanos llevamos siglos reutilizando capacidades surgidas en la sabana africana para realizar todo tipo de nuevas actividades. La lectura, por ejemplo, es posible porque nuestro cerebro reutiliza nuestra capacidad para reconocer rostros u objetos. Hormonas como la oxitocina o la vasopresina sirvieron durante millones de años para regular el comportamiento reproductivo de los mamíferos, estrechando lazos entre los progenitores y entre estos y sus crías, y estas mismas hormonas debieron de facilitar la creación de los vínculos que hicieron posible la aparición de una especie tan social como la humana. Después, como recordaba un estudio publicado en Nature la semana pasada, la aparición de las religiones permitió amplificar ese mecanismo hormonal para superar los vínculos de la tribu y comenzar a construir imperios.

Es probable que el amor que algunos celebrarán en San Valentín, con una exclusividad sexual perpetua, tenga tan poca relación con la naturaleza humana como las creencias religiosas. Sin embargo, es difícil discutir que ambas han desempeñado un papel. Calvin Coolidge, el protagonista de nuestra historia inicial, decía algo respecto a la religión que hoy puede resultar hoy chocante en una democracia: “Nuestro Gobierno descansa en la religión. De esa fuente derivamos nuestra reverencia por la verdad, la justicia, la igualdad y la libertad, y por los derechos humanos”. Quién sabe si dentro de un siglo, nuestra forma de vivir el amor parecerá igual de estrambótica a los habitantes del futuro.

Antropología... etnografía, etnología, etc.

Mensaje por Invitado » Sab 23 Ene, 2016 3:50 pm

David Gistau
El 'burka' genital

Regreso de un viaje prenavideño a Múnich. La Navidad es más entrañable, más parecida a la estampa dentro de una bola de cristal en la que nieva, cuanto menos meridional es la ciudad que la recrea. Múnich tenía un espíritu navideño tal que sólo con respirar profundo en la Marienplatz, con sus puestitos de adornos y los juglares que anunciaban su presencia con una campana como los leprosos medievales, incurría uno en el riesgo de sucumbir a un coma diabético. Cuánto amor. Cuánta felicidad sonrosada y burguesa. Cuántas sonrisas entre desconocidos. Más que a Navidad, a lo que olía en todas partes es a ese infecto y dulzón vino caliente con especias que los muniqueses beben en tazas de porcelana confirmando que la resistencia germánica en el limes del Rin aplazó varios siglos la incorporación del sentido hedonista mediterráneo del que los romanos dotaron a los galos a tiempo de que aprendieran a amar el vino y no hacer con él cosas extrañas que ya tienen medio confeccionado ese vómito del borracho que expulsa, mezcladas, la cena y la bebida. La de cerveza turbia que tuve que ingerir para exudar por los poros un olor alcohólico diferente que me tapara el del punsch. Que así se llama el trago, así de parecido a putsch, y en Múnich. Una taza llena de golpistas de cervecería en estado líquido.

Con todo, el choque cultural más llamativo que sufrí en Múnich no fue el de la taza de vino que en un delirio ucrónico podríamos habernos visto obligados a consumir por ley todos los europeos conquistados, sino el de la sauna. Con cada viaje que hago, Alemania y sus gentes me gustan más. Incluso con ese idioma que, según Carlos V, era el adecuado para hablar con el caballo, de igual forma que el francés lo era para hablar a las mujeres: reparo ahora en que la pobreza de mi vida sentimental tal vez se deba a que siempre lo hice al revés. Ahora, cómo me aman los caballos. Pero hay algo de los alemanes que aún se me hace extraño. Me explico.

Aproveché un rato libre en el hotel para bajar a la sauna y la piscina interior. Al llegar allí me encontré, entre vapores, a un hombre completamente desnudo que, de pie, leía un libro con el pene olvidado en su verticalidad mansa. Cáspita, me dije, qué desvergonzado. Un chiflado. Un exhibicionista. Podría abatirlo de un disparo y el juez me agradecería el servicio prestado a la moral pública. Mi traje de baño hasta la rodilla me permitió disfrutar de un instante de civilización superior, con pudor y recato. Pero ese hombre no estaba solo en su desviación. Correteando por las duchas, entrando y saliendo del baño turco y la sauna escandinava, por todas partes, había hombres y mujeres desnudos cuya espontaneidad convirtió mi traje de baño en el burka genital de un acomplejado. De un Alfredo Landa cualquiera entre la explosión de las carnes nórdicas. No sabía dónde mirar sin parecer un voyeur sátiro. Cáspita, volví a decirme, a ver si por error me he metido en un club de intercambio de parejas o algo así, y se me va a requerir algo con lo que trocar antes de caer en manos de una hermosa tedesca sobre la cual derramar tazas y tazas de punsch en la embriaguez wagneriana definitiva. Pero qué va. No había un ápice de erotismo. Resulta, simplemente, que los alemanes tienen una relación distinta con la desnudez, incluso en los lugares públicos, incluso con hombres y mujeres mezclados, por lo que se muestran con tanta naturalidad que el traje de baño termina siendo la auténtica infracción protocolaria. Pero es verdad, y pude comprobarlo en aquella sauna, que la sensualidad depende en parte de la ocultación y de la aventura del descubrimiento. Los cuerpos desnudos expuestos sin misterio nunca serán otra cosa que un vestuario deportivo o un descarnado muestrario anatómico más científico que sensual. Los cuerpos así desnudos son al sexo lo que un spoiler a la narración. Sólo yo, con mi traje de baño, salí de allí con un secreto. Los demás se confesaron enteros. A ver si por eso no hablaban en francés.

xxx.xlsemanal.com/davidgistau

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