DISEÑO INTELIGENTE

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Mensaje por Invitado » Lun 05 Mar, 2018 12:34 am



Arte Neandertal

Se ha sugerido que los Neandertales podrían haber pintado cuevas y ahora se ha confirmado científicamente. Nuevos métodos de datación (Uranio-Torio) de carbonatos han datado pinturas de diferentes cuevas de España en más de 64.000 años, las más antiguas del mundo hasta la fecha, anteriores en al menos 20.000 años a la llegada del homo sapiens sapiens a Europa, por lo que forzosamente son obra del homo sapiens neandertalensis. Las obras incluyen representaciones de varios animales, signos lineales, formas geométricas, rayaduras e impresiones de manos. Por tanto se demuestra que los neandertales poseían un comportamiento simbólico mucho más rico de que se creía y bastante similar al nuestro.


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Mensaje por Invitado » Vie 02 Feb, 2018 2:36 pm


Inexplicable Fotografía Tomada Recientemente en Marte
El Robot Curiosity, ha efectuado hace pocos días una sorprendente toma en la que aparecen “cosas” que sencillamente, calificaríamos como inexplicables.

Fuente de las Imágenes: https://mars.nasa.gov/msl/multimedia/ra ... mera=MAHLI

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Mensaje por Invitado » Jue 11 Ene, 2018 1:58 pm


LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NO EXISTE
El director de www.hispanidad.com, Eulogio López, recuerda que sólo los papanatas creen en la inteligencia artificial.

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Mensaje por Invitado » Dom 03 Dic, 2017 11:57 pm



NASA reinventa la rueda.

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Mensaje por Invitado » Mié 01 Mar, 2017 1:13 am



El gran misterio de las Matemáticas
Documental que ofrece un viaje de misterio matemático, una exploración del poder de las matemáticas a través de los siglos para descubrir su firma en la naturaleza, en el torbellino de una galaxia...

El retroavance pánfilo

Mensaje por Invitado » Jue 16 Feb, 2017 1:12 am

El retroavance pánfilo

Perroantonio


Todos los días a esta hora hay un individuo que inventa la rueda. «¡Oye, mira lo que se me ha ocurrido!». «¡Oh! ¿Para qué sirve?».

Viene siendo así desde el inicio de los tiempos. Un mono descubre la rueda, juega con ella y enseña a otros monos a usarla. Unos monos aprenden y otros no, y a medida que van desapareciendo los monos que aprendieron, si no se molestaron en transmitir sus conocimientos, todos olvidan para qué servía la rueda. «¿Y eso qué es». «Un sol».

Dice Harari en Sapiens que los grupos pequeños de humonos, digo de humanos, rara vez progresan, pero que si alcanzan el tamaño suficiente —creo recordar que habla de un mínimo de unos 150 individuos— la transmisión cultural está garantizada y se puede enseñar a la siguiente generación no sólo que la rueda ya está inventada sino para qué sirve y por qué es inconveniente construir ruedas cuadradas.

El problema viene residiendo en que la rueda la inventa todos los días un cenutrio con influencia sobre un grupo de cenutrios, bien porque es más espabilado o más bestia o porque maneja los mecanismos del poder, y así resulta que todos los días a esta hora nos enteramos de que se ha descubierto la rueda, ¡oh!, y que es cuadrada.

Para evitar estos inconvenientes, y sin que sea necesario juntar a más de 150 individuos para descubrir si hay alguno que sabe lo que es una rueda, se inventó hace tiempo un artilugio para transmitir conocimientos. Es cierto que tiene el grandísimo inconveniente de que obliga a leerlo y no todos los humonos son capaces porque puede provocar daños cerebrales, así que la gran mayoría prefiere la transmisión vía oral de lo que cree que sabe, que como me lo dijeron te lo cuento. Vamos, que podría darse el caso de que juntaras a veinte mil humonos, les dieras a elegir entre una rueda redonda, una cuadrada y una romboidal, y eligieran por mayoría la cuadrada porque la romboidal es extravagante y la redonda demasiado perfecta, que vete tú a saber quién habrá podido fabricar algo tan así y con qué interés oculto, como si no nos diéramos cuenta.

Aunque todo esto da absolutamente igual porque mañana lo habremos olvidado y a esta misma hora un individuo inventará la rueda. Y dará exactamente lo mismo si antes sirvió o no, si trajo amor o produjo muerte, porque un número importante de cenutrios abrirán su boca como un buzón y comulgarán con la rueda. «Oh, ¿qué es?». «Una rueda cuadrada. Sirve para aplastar cabezas».

La Historia no es circular. El que da vueltas en círculo eres tú.

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Mensaje por examen » Mié 15 Feb, 2017 6:35 pm

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Mensaje por Invitado » Lun 13 Feb, 2017 2:01 am

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Mensaje por Invitado » Dom 05 Feb, 2017 1:47 pm

El canibalismo nos permitió sobrevivir en la Edad del Hielo

La imposibilidad de obtener este nutriente esencial para el desarrollo del cerebro a través de los animales cazados empujó a nuestros ancestros europeos a comerse entre ellos durante la última glaciación

El cerebro humano es la máquina más compleja de la Naturaleza y gracias a él iniciamos hace millones de años la conquista de la pirámide evolutiva. Nuestra capacidad para fabricar herramientas y transmitir información de generación en generación nos convirtió en los cazadores más eficientes de la Tierra. Pero mantener el desarrollo de nuestra creciente materia gris requería unas cantidades considerables de ácidos grasos omega-3 que no siempre estaban disponibles, especialmente en los durísimos inviernos del Paleolítico. Para conseguir el aporte de tales nutrientes esenciales tuvimos que pagar un macabro precio, una suerte de pecado original sin el que nuestra supervivencia en la última glaciación hubiese sido imposible.

Hace 40.000 años, en una Europa cubierta por los hielos, la subsistencia dependía casi exclusivamente de la caza, pero muchos de los animales consumidos entonces carecían en sus órganos de ácidos omega-3 en la cantidad necesaria. «Sin DHA [el omega-3 del cerebro] no hay desarrollo posible de las habilidades cognitivas y gracias al canibalismo se obtenían suplementos apreciables», afirma el investigador de la Universidad de Almería, José Luis Guil-Guerrero. Este experto en nutrición del Paleolítico acaba de publicar un artículo en «Quaternary Science Reviews» en el que asegura que el déficit de Omega-3 que sufrieron nuestros antepasados en la transición del Paleolítico Medio al Superior pudo haber acabado con nuestra especie. Sobrevivimos porque consumimos los cuerpos de otros seres humanos cuando fue necesario.

No había otra opción
No había otra opción, asegura Guerrero-Guil. «Los homínidos previos, como el Australopithecus y el Homo erectus tenían un cerebro pequeño. Pero el de los neandertales -y el del hombre actual- era grande, aproximadamente 1,5 kg, y muy ávido de DHA, un ácido graso que se encuentra sobre todo en microalgas, peces y huevos. En pleno apogeo de la última glaciación, estos alimentos solo estaban disponibles en el corto verano ártico y la ingesta de omega-3 obtenido a partir de la caza era cinco veces inferior a la actual», subraya el investigador. Los neandertales y los hombres anatómicamente modernos llegados desde África afrontaban situaciones muy duras en los crudos inviernos de diez meses en los que dependían casi de cinco grandes animales: el uro, el ciervo, el reno, el bisonte y el caballo.

La carne del reno, del que dependían los 10 meses de invierno, apenas tenía DHA
El problema es que el más abundante era el reno, que es uno de los que menos omega-3 tiene. Y sin este ácido graso, especialmente el DHA, sobrevienen el deterioro cerebral, la demencia y otras enfermedades neurodegenerativas que en aquel tiempo afectaban sobre todo a los ancianos, individuos imprescindibles en las culturas de la Edad del Hielo por ser los depositarios del conocimiento ancestral del grupo. Nadie sabía mejor que ellos la ubicación de los territorios de caza y las tecnologías para confeccionar herramientas de piedra. Eran un tesoro para el clan y, probablemente, se les reservaban las mejores porciones de alimentos porque su saber era vital para la supervivencia del grupo», deduce Guil-Guerrero.

A expensas de los renos
La dependencia del magro reno debió de suponer para aquellos cazadores un gran estrés adaptativo y un fuerte declive de sus poblaciones. «El canibalismo en los seres humanos es preadaptativo; ya existe en los chimpancés. Tal conducta se fijó durante la última glaciación simplemente por selección natural. Cuando las condiciones son extremas, desaparecen aquellos que no tienen los comportamientos adecuados. Se trata de una combinación de azar y necesidad. Por otra parte, el canibalismo debió de tener un fuerte componente estacional y es muy probable que se realizase siguiendo rituales para asegurarse de que, al ser vital para la supervivencia del grupo, se repitiese generación tras generación», indica Guil-Guerrero.

El esfuerzo extremo de nuestros ancestros requería dietas de 4.500 kcal diarias
Vestigios como las marcas de herramientas de piedra halladas en los huesos de las víctimas hablan por sí solas. «El deseo de obtener nutrientes críticos es innato, y las cantidades de DHA en el cerebro humano son muy superiores a las del de otro animal. Lo mismo ocurre con el hígado y la grasa humana. Suena espantoso, pero ya era terrible de por sí la existencia de nuestros antepasados, que requerían dietas de unas 4.500 kcal diarias para afrontar el esfuerzo al que estaban sometidos», apunta Guil-Guerrero.

Afortunadamente, hace unos 12.000 años, los hielos comenzaron a retirarse, la pesca se hizo más regular y apareció la agricultura. Comerse al enemigo ya no era cuestión de vida o muerte y el canibalismo dejó de practicarse. De aquella época han quedado mitos, «como el del ogro», aventura el investigador, y una gran pregunta sin respuesta. ¿Qué fue de aquellos lejanos parientes que compitieron con el hombre anatómicamente moderno sobre los hielos de Europa? ¿Se hibridaron con nosotros, se devoraron entre ellos al no poder competir con el «recién llegado» de África o... nos los comimos? De momento, solo sabemos que un 4% de su ADN forma parte del nuestro, del de los europeos que sí sobrevivimos a la última gran glaciación.

PD: a buenas horas mangas verdes

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Mensaje por Invitado » Jue 25 Feb, 2016 2:51 pm



Google presenta la última versión de su ‘Terminator’

El humanoide alcanza la agilidad suficiente para levantarse del suelo y retomar la tarea

Boston Dynamics, la compañía de robótica controlada por Alphabet -que agrupa todos los negocios de Google-, acaba de presentar la última versión de su humanoide Atlas. Es más pequeño (1,75 metros de altura) y ligero (85 kilogramos) que su hermano mayor. Pero lo más relevante es la agilidad que muestra el ingenio a la hora de realizar las tareas para las que está programado, hasta el punto de que es capaz de responder a las distracciones y de reincorporarse cuando lo tiran al suelo.

El vídeo publicado por la firma tecnológica empieza con un paseo entre árboles por un parque nevado. El nuevo robot mantiene perfectamente el equilibrio mientras avanza por el terreno irregular, adaptándose sobre la marcha a los distintos obstáculos. El Atlas aparece después entre dos estanterías, colocando una caja de unos 4,5 kilogramos de peso. La máquina procede con la tarea sin mayores problemas. La cosa se complica justo después.

En la toma aparece un humano que le tira la caja al suelo con un palo de hockey. El robot reacciona y la recoger para cumplir la tarea. El técnico de Boston Dynamics sigue interrumpiendo la faena, intentando desequilibrarlo. El aparato con celebro de silicio no cesa en su empeño por coger la caja. Hacia el final del vídeo, el empleado le da un empujón por la espalda hasta tirarlo hacia el frente. Tras unos segundos, empuja los brazos y se impulsa para volver a levantarse.

Mensaje por Invitado » Dom 25 Oct, 2015 2:15 am

Viajar en el tiempo

PEDRO G. CUARTANGO



SIEMPRE se ha creído como una verdad indiscutible la afirmación de que el tiempo es irreversible, como la flecha que sale disparada de un arco. Sólo en los vídeos se puede dar marcha atrás mediante la tecla 'replay' para que esa flecha vuelva al carcaj del arquero o para reconstruir un vaso que se ha hecho añicos en el suelo.

He leído un artículo de Stephen Hawking en un diario británico que contradice esa afirmación al sostener que sí es posible viajar en el tiempo. El físico británico señala que, aunque le tomen por loco, cree que es posible desplazarse hacia el pasado a través de las partículas elementales.

Hawking explica que no existe la planitud en la materia. Es una ilusión porque los 'quarks' son irregulares y tienen microagujeros de un tamaño inferior a miles de billonésimas de milímetro. Por esas fisuras de la materia, podemos viajar en el tiempo, que es una especie de río con tramos a diferente velocidad.

El científico británico recuerda que, si nos desplazáramos en una nave a casi 300.000 kilómetros por segundo, un día de tiempo en su interior equivaldría a un año en la Tierra, según la teoría de la relatividad.

Lo que sucede, dice Hawking, es que necesitaríamos una fuerza asombrosa, que hoy no existe, para construir un dispositivo que nos permitiera viajar a través de los 'quarks' y luego volver al presente.

A mi modo de ver, esto plantea una paradoja irresoluble. Imaginemos que usted viaja al año 1930 y mata a uno de sus abuelos. Ello impediría que su madre hubiera nacido en 1940 y, por tanto, que usted viera la luz 30 años después.Desde el pasado, teóricamente se podría cambiar el presente, como ya hemos visto en algunas películas de ciencia ficción. Pero eso no puede suceder porque los hechos son irreversibles en el entorno en el que vivimos. No podemos alterar que ayer nos rompimos una pierna.

La paradoja de viajar en el tiempo es tan absurda como la teoría del 'Big Bang', por la cual el universo nace de una leve oscilación cuántica de la nada que produce una gigantesca explosión por la que se forman las galaxias y las estrellas hace 13.800 millones de años. Y todo ello en un brevísimo intervalo de tiempo.

    "Las magnitudes macrogalácticas me abruman y me hacen pensar que nada tiene la menor relevancia en esa historia universal de la que no soy ni una letra"
Ningún físico solvente cuestiona hoy el 'Big Bang', que ha sido corroborado por pruebas que van desde 'el efecto Doppler' hasta el ruido de fondo que se puede escuchar en el espacio, que sería el eco de ese gran estallido. Tampoco nadie discute que existen dimensiones en la materia que no pueden captar nuestros sentidos o que hay agujeros negros que concentran millones de sistemas solares en una partícula inferior al grosor del papel. El más cercano está a 28.000 años luz de la Tierra, en el centro de la Vía Lactea.

Por las noches miro las estrellas e intento comprender los muchos enigmas que encierra el universo, que, según los científicos, no es infinito. ¿Qué hay detrás de la última galaxia? ¿La nada, tal vez?

No hallo ningún sentido ni ningún consuelo en estas reflexiones que me hacen sentir más pequeño que un gusano. Las magnitudes macrogalácticas me abruman y me inducen a pensar que nada de lo que me pasa tiene la menor relevancia en esa historia universal de la que no soy ni una letra de un inmenso libro.

Mi dolor es intenso, mi desorientación es agobiante, mi angustia es cada vez más insoportable. Pero mis sentimientos no son apreciables en la cuasi infinitud del universo ni en la flecha del tiempo. Soy -somos- un empeño inútil en ese caos de creación y destrucción que llamamos leyes de la física.

Mensaje por Invitado » Jue 24 Sep, 2015 5:21 pm

Celtas en el Museo Británico: solo sé que no sé nada


A mediados de los años 50, el conde e ingeniero José Moreno Torres, un madrileño hijo de gallegos que llegó a ser alcalde de Madrid, creó como homenaje a sus ancestros lo que se daría en llamar «el Chester de los obreros»: los cigarrillos negros «Celtas», cortos y sin filtro. Comenzaron a despacharse en 1957, mayormente desde la Fábrica de Tabacos de La Coruña, que en 1969 llegó a fabricar 300 millones de paquetes. Para adornar las cajetillas, un ilustrador dibujó al celta tabaquero que todos conocemos: una suerte de vikingo barbado, con un casco con alas y espada en ristre.

Hoy podemos sonreírnos ante la recreación un tanto élfica de los celtas de aquel anónimo dibujante. Pero lo cierto es que hizo lo mismo que han hecho todos los que han recuperado el mito desde el siglo XVII, cuando se volvió a escribir el término por vez primera en 2.000 años: directamente inventárselos.

El Museo Británico de Londres inaugura hoy la exposición «Celtas: arte e identidad», en cartel hasta el 13 de enero, con un precio de entrada de 22,5 euros. Tiene la clara vocación de convertirse en su taquillazo del otoño, porque hacía cuarenta años que el British no se ocupaba ampliamente de los viejos celtas, que siguen fascinando.

La muestra deja una sensación ambivalente: los celtas están, pero no están. Se ve su arte, enormemente atractivo, porque se aleja del naturalismo clásico griego y romano para cultivar una abstracción geométrica que resulta muy del gusto moderno, aunque date de la Edad del Hierro. Pero tras pasear por las salas –bajo una innecesaria musiquilla a lo Clannad– se concluye que al hablar de los celtas toca recuperar la vieja máxima socrática: «Solo sé que no sé nada».

Delicia estética
La muestra expone 250 objetos teóricamente celtas. El viaje comienza 500 años antes de Cristo, cuando los antiguos griegos emplean por primera vez el término para denominar a los bárbaros norteños que viven al Norte y al Oeste de los Alpes, ajenos a la cultura mediterránea. La exposición, elaborada mano a mano por el British Museum y el Museo Nacional de Escocia, es una delicia estética, aunque a veces abuse de las copias de originales no cedidos. Torques lujosos, espirales, triskels, arpas, espadas, cascos tan evocadores como el de cuernos hallado en el Támesis, objetos domésticos, la lectura celta de la llegada del cristianismo, con sus cruces de estética artúrica… Las últimas salas viajan ya a tiempos recientes para contar el revival céltico que arranca en el siglo XVII y que estalla con las exaltaciones victorianas del XIX. En la época romántica entran también en escena las mixtificaciones nacionalistas de galeses, escoceses e irlandeses, que buscan una leyenda que los distancie políticamente de los ingleses.

¿Celtas en Córdoba?
El arte celta brilla en la exposición. Es su estrella y su razón de ser. Pero del British te marchas con una pregunta: ¿existieron realmente los celtas? La muestra informa de que no formaron una etnia, no tuvieron una lengua común y jamás se llamaron a sí mismos celtas. En cuanto a su ubicación geográfica, sus vestigios van de Turquía a Irlanda. Es divertido ver que las dos únicas piezas españolas, ambas de la colección del Museo Británico, son un torque gallego de oro, hallado en Orense, y otro magnífico de plata, del año 100 a.C., encontrado en ¡Córdoba!, también celta. En los mapas sobre la extensión de aquella civilización –¿fue tal?– a lo ancho de Europa se asegura que en la Península Ibérica se asentaron en el Sur de Portugal, en lo que hoy son las provincias de Pontevedra y Orense y en una amplísima franja que va de Guadalajara a Burgos. Para decepción del nacionalismo gallego, la exposición ningunea la querencia céltica de Galicia, inventada en el XIX con una pasión que rondó el racismo por Manuel Murguía, el marido de Rosalía de Castro, y que hoy sobrevive allí en todo tipo de manifestaciones, desde culturales (el Festival de Ortigueira o la artesanía) a deportivas (el Celta de Vigo).

Lo que uniría a los celtas sería ante todo un temprano y característico tratamiento artístico del metal. También que no vivían en ciudades, sino agrupados en pequeñas villas, muchas veces sobre colinas. Eran belicosos y valientes y, cuando Julio César invadió Britania en el 55 a.C., los elogió por su soberbio desempeño en la guerra con carros (en la exposición se expone uno, una recreación inventada). También se asegura que les gustaba el vino peleón, como ellos, que hacían ofrendas en lugares que consideraban sagrados y que contaban con líderes religioso-mágicos, a lo druida de Astérix y Obélix.

La exposición concluye precisamente con un tebeo de Astérix y una camiseta del Celtic de Glasgow, pruebas de la pujanza de la leyenda. Como dice el director del Museo Británico, Neil MacGregor: «En esta exposición no hemos tratado tanto de mostrar a una gente como de mostrar una marca». Como buen mito que es, la marca entretiene y vende.

Mensaje por Invitado » Jue 27 Ago, 2015 12:53 am

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¿Pueden los hijos heredar genéticamente los traumas de sus padres?

Los cambios genéticos asociados al trauma sufrido por los sobrevivientes del Holocausto pueden transmitirse a sus hijos y, posiblemente, a las subsecuentes generaciones.

Ésta es la conclusión a la que llegó un equipo de investigadores del Hospital Monte Sinaí, en Nueva York, Estados Unidos, que comparó la composición genética de un grupo de 32 hombres y mujeres judíos con la de sus hijos. El grupo en estudio había vivido en un campo de concentración o sufrido bajo el régimen nazi,

Esta información se comparó a su vez con la de otras familias judías que no habían vivido en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

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Mensaje por :( » Mar 25 Ago, 2015 12:45 am

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David Reimer, el «niño cobaya» al que criaron como una mujer hasta los 15 años

Tras perder el pene a los pocos meses de vida, un psicólogo convenció a sus padres para que le ocultaran la verdad


Brenda no supo que había nacido siendo un varón hasta que tuvo 15 años. Fue una tarde de 1980 cuando su padre, torturado por el sufrimiento que veía, le reveló el historia que habían estado manteniendo en secreto: había nacido en Canadá siendo Bruce, junto a su hermano gemelo Brian, pero una negligencia médica durante una circuncisión en 1965 había destruido sus genitales.

En un intento desesperado porque la vida de su hijo fuera satisfactoria, sus padres se pusieron en contacto con un psicólogo que aseguraba que la condición sexual no es innata, sino que es asignada mediante la educación en los primeros años de vida. Es decir, que si trataban a Bruce como Brenda, este se convertiría en una mujer plena, en vez de sufrir como un hombre sin pene. Se trataba de John Money, un psicólogo del hospital Johns Hopkins (Baltimore) famoso por sus teorías sobre el género. Además, era una oportunidad inigualable para Money de demostrar sus teorías, ya que tendría un sujeto de control: Brian, con la misma carga genética que su hermano, pero que tendría una orientación diferente.

El 3 de julio de 1967, los médicos sometieron a Bruce a una castración quirúrgica (quitándole los testículos) y le modelaron una vagina. Bruce se convirtió en Brenda a la vez que en un conejillo de indias. Mientras, las instrucciones para sus padres, Janet y Ron, fueron claras: no contarle jamás lo que había ocurrido.

Los niños fueron creciendo y la situación se fue complicando. Según contaría Janet ya en los años 90 al periodista de la revista «Rolling Stone» John Colapinto, la primera vez que trató de ponerle un vestido a Brenda intentó arrancárselo. «Recuerdo que pensé: “¡Dios mío, sabe que es un chico y no quiere que le vista como a una chica!”». Pero no solo fue aquello. Cuando su hermano jugaba a afeitarse con su padre, Brenda también quería. «Mi padre me dijo: “No, no. Tú vas con tu madre”. Me puse a llorar, “¿Por qué no puedo afeitarme también?”», contó él mismo. Desde pequeña incluso insistía en orinar de pie.

Por su parte, su gemelo identificaba a Brenda como a una hermana. «Pero ella nunca actuó como tal», reconoció al periodista de «Rolling Stone». «Si le regalaban una comba, para lo único que la usaba era para atar a la gente o para azotarla como si tuviera un látigo. Nunca la usó para su propósito real. Jugaba con mis juguetes mientras que los suyos, como una lavadora, solo los usaba para sentarse».


«Estudio John/Joan»

Sin embargo, para cuando cinco años después el doctor Money publicó el primer libro sobre el «estudio John/Joan» (como lo había bautizado) bajo el título «Man & Woman, Boy & Girl», las conclusiones que reflejaban eran las opuestas. Money aseguraba que tras haber enfatizado en el uso de la ropa femenina, Brenda ya tenía una clara preferencia por los vestidos. Que se sentía orgullosa de su pelo largo. Que por Navidades había pedido una casa de muñecas y un carrito de paseo. Que la orientación de género se había impuesto.

Para cuando Brenda llegó a la adolescencia sufría depresión y se había intentado suicidar al menos una vez. También tomaba estrógenos. Cuando el doctor Money le instó a que se sometiera a otra cirugía, se negó rotundamente. Fue entonces cuando sus padres decidieron contárselo. Fue entonces cuando Brenda pudo volver a ser un chico. Eligió de nombre «David» en honor al héroe bíblico que, desafiando todas las probabilidades, mató al gigante Goliat. Se sometió a una faloplastia y se quitó los pechos que le habían crecido gracias a las hormonas. Para cuando cumplió 23 años, se casó.

Sin embargo, su familia había quedado destrozada. Su madre Janet cayó en depresiones clínicas repetidas que requerían hospitalización. Su padre Ron se convirtió en un alcohólico. Su gemelo Brian abandonó los estudios y trató de suicidarse en varias ocasiones hasta que lo consiguió en 2002. Dos años después, con 38 años, David hacía lo mismo tras haberse divorciado años atrás de su mujer.

La historia de David Reimer saltó a la luz en 1997 gracias al doctor Milton Diamond de la Universidad de Hawai, quien convenció a David de que contar su caso ayudaría que no le ocurriera a nadie más. Meses después salía publicado también el artículo de John Colapinto que en el año 2000 se editaría en un libro titulado «Tal como la naturaleza lo hizo». La reflexión del doctor Milton Diamond fue: «Si todos estos esfuerzos médicos, quirúrgicos y sociales combinados no tuvieron éxito en hacer que este niño aceptara una identidad de género femenina entonces, tal vez, tengamos que pensar que hay algo importante en la constitución biológica del individuo».

Mensaje por Invitado » Vie 21 Ago, 2015 4:15 am

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Imagen del documental H.M (2009) del videoartista Kerry Tribe


La increíble historia de Henry Gustav Molaison

Javier S. Burgos


Corría el año 1953. El republicano Eisenhower tomaba posesión como presidente de los Estados Unidos, mientras Francis Crick y James Dewey Watson elucidaban la estructura helicoidal del ADN a partir de unas fotos de Rosalind Franklin que Maurice Wilkins mostró sin permiso a los descubridores del hallazgo más importante de la historia de la biología molecular. Ese año el campeón del mundo Rocky Marciano derrotaba por K.O. en el primer asalto a Joe Walcott, y los entonces Minneapolis Lakers ganaban el anillo de la NBA endosando un rotundo 4 a 1 a los New York Knicks.

Por aquel entonces, Henry Gustav Molaison ya no lograba llevar una vida normal como consecuencia de sus frecuentes y temibles ataques epilépticos.

Henry era un chico normal, de una familia normal, en una ciudad normal. La ciudad de Hartford en Nueva Inglaterra no era un mal sitio para vivir en esos años dorados. Los profusos bosques del estado de Connecticut envolvían la pequeña ciudad, mientras Henry ayudaba a sus padres con la compra, cortaba el césped o rastrillaba las hojas secas de los árboles del jardín, como un chico más de las familias acomodadas del barrio residencial en el que vivía.

Pero las cosas no iban bien desde hacía unos años. Henry daba paseos en su bicicleta por los alrededores de Hartford y de East Hartford, como cualquier niño de nueve años de una pequeña ciudad norteamericana. Pero Henry tuvo una desafortunada caída a esa edad que le dejó cinco minutos inconsciente. A partir de ese momento el joven Henry empezó a padecer crisis epilépticas, al principio leves, aunque con el tiempo se tornaron cada vez más terribles y agresivas. A los dieciséis años los ataques eran dramáticos e incontrolables. Ningún medicamento de la época era capaz de paliar las fuertes convulsiones. En 1953, cuando Henry tenía veintisiete años, ya estaba incapacitado incluso para trabajar. Las crisis eran extraordinariamente severas y frecuentes.

Pero todo cambió ese año.

Fue derivado al hospital de Hartford. A partir de entonces las vidas del doctor William Beecher Scoville y de Henry estarían unidas para siempre. El doctor Scoville, reputado neurocirujano y experto reconocido internacionalmente, decidió practicarle una cirugía experimental en la que extirparía parte de su cerebro.

El diagnóstico del doctor Scoville fue de epilepsia del lóbulo temporal, identificando en esa región el origen de la patología que sufría Henry. El neurocirujano decidió realizar una resecación radical bilateral de los lóbulos temporales mediales, en la que eliminaría el hipocampo, el giro hipocampal, el uncus y la amígdala. Según Scoville, sugirió esta operación por las conocidas capacidades epilépticas del uncus y del complejo hipocampal.

La operación se realizó el 1 de setiembre de 1953 y fue todo un éxito. Tan solo quedaron dos centímetros de su hipocampo, que resultaron atrofiados. Toda la corteza entorrinal, el principal centro de comunicación con el hipocampo, fue también destruida.

Henry no sufrió convulsiones nunca más.

Veinte meses después, Henry fue examinado rutinariamente en el hospital de Hartford. El 26 de abril de 1955, el doctor Karl Pribram sometió al paciente a un examen psicológico. Henry se sentía bien, no había vuelto a tener crisis epilépticas, curiosamente había mejorado en aritmética, y apenas recordaba la operación. Unos minutos después del examen, Pribram volvió a entrar a la habitación. Henry no lo reconoció. Nadie había hablado con él unos minutos antes. Henry seguía teniendo veintisiete años. Seguía siendo 1953.

Henry sufría una profunda amnesia. Alarmado, Scoville decidió recurrir a una segunda opinión profesional. Esa misma noche, los doctores Wilder Penfield y Brenda Milner, de la Universidad McGill en Canadá viajaron en el tren nocturno desde Montreal a Hartford. Ambos realizaron una amplia batería de test psicológicos a Henry. Brenda destacaba su ejemplar comportamiento: «Era un hombre muy gentil, muy paciente y siempre muy dispuesto a realizar las tareas que le ordenábamos, aunque cada vez que me levantaba a pasear por la habitación, me miraba como si nunca me hubiese visto».

La cirugía había eliminado dos terceras partes de su hipocampo.

Ya nunca pudo volver a conocer a nadie. Cada rostro era siempre un nuevo rostro. Cada nombre era siempre un nuevo nombre. Cada lugar era siempre un nuevo lugar. Cada hecho fue siempre un nuevo hecho. No fue consciente de la muerte de sus padres. No era consciente de que había envejecido. No era capaz de reconocer al hombre que le devolvía el espejo. No se reconocía a sí mismo en una fotografía más allá de 1953.

Henry fue sujeto de estudio a partir de entonces. Fue sometido a cientos de pruebas psicológicas, exámenes neurológicos y ensayos científicos. Cada uno de esos test y cada una de estas pruebas fue para él siempre la primera.

La amnesia anterógrada severa que sufría Henry le impedía fijar nuevos recuerdos, aunque sí podía adquirir nuevas habilidades motoras que, por supuesto, olvidaba inmediatamente que había aprendido. Henry era capaz de dibujar una estrella de cinco puntas reflejada en un espejo, podía resolver la compleja tarea de la Torre de Hanói o trazar un mapa bastante detallado de su casa, aunque se mudó de residencia tan solo cinco años después de la operación realizada por Scoville. A Henry le tranquilizaba hacer crucigramas. Resolvía dos crucigramas al día, a veces más. Eso sí, siguiendo en estricto orden la lista de instrucciones y resolviendo solo cuestiones previas al año 1953. Al final de su vida encontraron en una cesta atada a su andador un libro de crucigramas y el bolígrafo que permaneció siempre con él.

Las consecuencias de la ablación bilateral del lóbulo temporal medio del cerebro de Henry fue la primera prueba concluyente de que el hipocampo era la región cerebral implicada en la adquisición de nuevos recuerdos. La amnesia retrógrada graduada temporalmente que presentaba Henry demostró que los recuerdos de la infancia no se almacenan, al menos exclusivamente, en el lóbulo temporal medial.

Henry ayudó involuntariamente a los neurólogos y neurocientíficos de todo el mundo a identificar y comprender las estructuras cerebrales implicadas en la adquisición de nueva información.

Pero Henry seguía siendo un tipo normal. La doctora Milner lo sorprendió una vez sentado en una esquina, ruborizado y murmurando que no pensaba que él fuera interesante y que se quería ir a su casa.

En 1980, con cincuenta y cuatro años, se trasladó definitivamente a la residencia de Windsor Locks, también en Connecticut, donde siguió siendo estudiado y analizado durante los siguientes veintiocho años.

Henry murió el 2 de diciembre de 2008 en Windsor Locks, a la edad de ochenta y dos años. Murió un martes por la tarde a las 17:05 horas. Suzanne Corkin, investigadora del Massachusetts Institute of Technology, pasó varias décadas de su vida estudiando a Henry. Como la veía muy habitualmente, él pensaba que era una compañera del colegio. Suzanne certificó su muerte por insuficiencia respiratoria. Ese mismo martes, la doctora Corkin y su equipo científico trabajaron durante toda la tarde y toda la noche para analizar el cerebro de Henry. Lo analizaron por resonancia magnética, obteniendo multitud de exhaustivas imágenes e información anatómica. El cerebro de Henry fue fotografiado pormernorizadamente, extraído y fijado en formalina para su análisis.

Una vez procesado, el cerebro fue enviado a la Universidad de San Diego, donde fue diseccionado un año después por el equipo del doctor Jacopo Annese, director de The Brain Observatory, y retransmitido por streaming. Durante cincuenta y tres horas ininterrumpidas se realizaron miles de secciones histológicas de unas setenta micras de grosor, de las cuales se seleccionaron dos mil cuatrocientas una para su estudio detallado. De todas ellas, tan solo dos se mostraron claramente dañadas. A partir de las imágenes obtenidas, se ha conseguido construir un mapa tridimensional del cerebro de Henry, a disposición de todos los neurocientíficos del planeta. La reconstrucción virtual del cerebro de Henry tan solo arrojó una pequeña lesión en el córtex orbitofrontal izquierdo.

De esta forma, Henry se convirtió en el individuo más estudiado en la historia de la neurología. En el campo siempre se le conoció como el paciente H.M., y no se reveló su identidad hasta después de su muerte.

Pero murió solo y sin recuerdos. Tal vez murió con la mayor de las soledades del ser humano, que es la de no recordarse ni siquiera a sí mismo. Henry murió a los veintisiete años. No tuvo hijos.

Aunque consiguió mantener un nuevo recuerdo que sí fue capaz de fijar. Supo que el hombre había llegado a la luna. Tal vez fue por su afición a los cohetes espaciales, tal vez por cierta actividad residual de su maltrecho hipocampo, o tal vez porque todavía no hemos alcanzado a comprender la profunda complejidad que esconde nuestro cerebro.

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